Muerte tras el objetivo (Un misterio de Judith Spears 5) Capítulo 29
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Capítulo 29

L a más mínima presión sobre el techo bastó para hundir el coche unos centímetros sobre la suspensión y agrietar todas las ventanillas, con un sonido como el de una orquesta entera mordiendo galletas saladas en el mismo instante.

—¿Llegas a la palanca para reclinar el asiento, al lado de tu asiento? —dijo Judith entre dientes mientras se esforzaba por mover el brazo para alcanzar la suya. El cable se le clavaba dolorosamente en el brazo, incluso a través de la chaqueta acolchada.

Heather lo intentó con valentía, pero sus brazos rollizos no tenían adónde ir.

A Judith apenas le quedaba sensibilidad en la mano, así que le sorprendió notar el extremo de la palanca del asiento entre el asiento y la puerta, pero no conseguía agarrarla bien...

Con un gemido hidráulico, la prensa aplicó una presión implacable.

El techo se hundió un par de centímetros con un crujido y todas las ventanillas estallaron, cubriéndolas de cristal de seguridad por todas partes.

Segundos después, la suspensión del Ka se rindió y las cuatro ruedas se abrieron hacia fuera, haciendo bajar el coche otros treinta centímetros y dándoles a las dos mujeres unos preciosos segundos más.

La violenta sacudida permitió a Judith agarrar la palanca y tirar de ella hacia arriba.

El respaldo se le echó hacia atrás, hasta quedar plano, y se puso a retorcerse con furia de un lado a otro para ir subiendo las vueltas del cable por el cuerpo.

Le pasaron por encima de la cabeza y empezaron a enrollarse en el asiento trasero.

Siguió un forcejeo frenético mientras el techo del coche chirriaba y se acercaba a ellas.

Los pilares reforzados que lo sostenían se doblaban como si fueran de goma.

La tapicería aplastó los rizos, ahora lacios, de Heather.

Por fin, las vueltas de cable que rodeaban a Judith se aflojaron. Alargó el brazo por encima del regazo de Heather y tiró de la palanca de su asiento. El respaldo cayó plano, lo que salvó a Heather, temporalmente, de que le hundieran el cráneo en el pecho.

Judith le quitó a Heather las ataduras, pero aquello les robó un tiempo precioso mientras el techo seguía bajando sin piedad.

La puerta de Heather estaba pegada a la pared del fondo de la máquina, así que la de Judith era la única vía de escape.

La empujó, pero no se movió. La parte superior del marco de la puerta estaba ya plegada contra el techo que descendía, y las dejaba encerradas.

Solo quedaba la ventanilla. Aquel hueco de apenas medio metro cuadrado se estaba convirtiendo rápidamente en una ranura de buzón. Judith quizá lo conseguiría, pero era imposible que Heather la siguiera a tiempo.

La vacilación de Judith le salió cara. La parte superior del marco crujió al doblarse aún más. Podía sacar la cabeza, y quizá medio cuerpo... pero luego tendría que despedirse de las piernas.

Ya no había salida.

Judith se tumbó en el asiento y contempló el techo que descendía. Heather se había resignado al mismo destino y estaba tendida, con las manos entrelazadas sobre el pecho.

—No tiene sentido entrar en pánico —comentó Heather—. Aunque podríamos gritar pidiendo ayuda.

—No creo que eso le haga cambiar de opinión a Simon a estas alturas.

—¿Tienes el móvil?

Judith se palpó el bolsillo. No estaba.

—Supongo que pensará convertirlo en un collar.

—Qué detalle.

El techo presionaba ya la réflex. El salpicadero crujió cuando la cámara se partió como un huevo, atravesando el barato embellecedor de plástico.

—Nunca pensé que acabaría así —dijo Heather.

Judith asintió.

—Para ser sincera, a mí no me sorprende demasiado.

Tenían que gritar por encima del ruido de la máquina. El techo estaba ya a la altura de la parte inferior de las ventanillas laterales y apagaba poco a poco la última luz de fuera. Judith notaba el forro del techo apretándole la nariz.

Todo acabaría en cuestión de segundos.

Entonces la placa dejó de moverse y la máquina se quedó en silencio.

Estaba demasiado oscuro para ver a Heather.

—¿Sigues viva?

La respuesta ahogada de Heather bastó como un sí.

Con una sacudida, el coche se balanceó mientras la maquinaria daba marcha atrás.

El techo cedió un poco hacia arriba, pero seguían emparedadas dentro del sarcófago de acero.

Sus posibilidades de salir no habían mejorado.

Judith decidió que quizá había llegado el momento de pedir ayuda a gritos, pero alguien se le adelantó gritando desde fuera.

—¿Judith? —La voz sonaba demasiado ahogada para distinguir quién era, pero mientras no fuera Simon, le bastaba.

—¡Aquí dentro! —aulló, golpeando con los pies el hueco de los pedales para hacer todo el ruido posible.

—¡Aguanta!

—No vamos a ir a ninguna parte.

Luego se oyó una palanca de hierro clavándose en el marco de la puerta.

Con un chirrido metálico, la puerta se dobló hacia un lado y abrió un pequeño hueco, suficiente para que Judith saliera a gatas.

Ayudó a salir a Heather y las dos se quedaron tumbadas en el barro frío del desguace, saboreando el momento.

Por fin se puso boca arriba y levantó la vista hacia la cara de su salvador.

—¿Curtis?

Curtis Salinger chasqueó la lengua y les tendió la mano para ayudarlas a levantarse. Judith la aceptó, luego dio un paso atrás y lo observó con recelo.

—Qué oportuno.

—Un «gracias» es la muestra de agradecimiento habitual cuando a uno le salvan la vida.

—Gracias —dijo Heather, a la que le costaba encontrar la voz.

Como Judith no contestaba, Curtis ladeó la cabeza como si no pudiera creérselo.

—Sus mensajes eran bastante crípticos.

Judith olfateó el aire cuando un rastro de mango cruzó el desguace.

—¿Dónde está Simon?

Curtis señaló la caseta con el pulgar.

—Echándose una siestecita, después de que me colara y le diera con un extintor en la cocorota.

—Una solución muy diplomática. —Judith no estaba convencida.

Curtis abrió mucho los ojos.

—¿Todavía cree que estoy detrás de esto?

Judith no estaba segura, pero se mantuvo desafiante.

—Antes de que nos atacaran, Simon estaba hablando con alguien.

Curtis extendió las manos con impotencia.

—Yo solo lo vi a él, pero claro, estaba demasiado ocupado rescatándola. Es usted una mujer imposible.

Una nube más densa de humo de vapeador con olor a mango se deslizó entre ellos, y Judith se dio cuenta de que venía de una de las grúas.

Vio una bocanada de humo salir por la puerta abierta de la cabina justo cuando la cadena chirrió y la pinza abierta que colgaba sobre ellos cayó de repente como la espada de Damocles, ¡directa hacia Curtis!