Capítulo 28
A Judith Spears su Ford Ka siempre le había parecido un coche cómodo para moverse, perfecto para tomar a toda velocidad los estrechos caminos rurales y adelantar a los tractores. Sin embargo, empezaba a cuestionar su utilidad práctica ahora que estaba sentada dentro con Heather.
O, mejor dicho, atada al asiento del conductor con un rollo de cable eléctrico forrado de plástico.
El dolor palpitante en la nuca le recordaba dónde la había dejado inconsciente Simon. Heather había corrido la misma suerte, y las dos se habían despertado aturdidas para encontrarse en aquel nuevo apuro.
El interior del coche estaba a oscuras. Estaban aparcadas en una especie de garaje negro como boca de lobo.
Solo alcanzaba a ver el desguace por la ventanilla de su lado; las farolas de sodio volvían a estar encendidas.
Simon debía de haber tenido la consideración de recoger de fuera el coche de Judith y meterlo en el recinto.
Se temía que ahí acababa su servicio de aparcacoches.
—¿Eso es tu codo? —dijo Heather, aturdida.
Judith se retorció a modo de prueba.
—Si no es el tuyo, debe de ser el mío. Se me está cortando la circulación de los brazos. No siento nada. —Intentó moverse, pero el cable la sujetaba con firmeza.
Heather se balanceó en su asiento, golpeándose la cabeza contra la ventanilla del copiloto y magullándose las rodillas contra el salpicadero.
—Este coche es muy pequeño.
—A mí siempre me ha parecido práctico —dijo Judith, concentrada en poner en marcha su cerebro en busca de soluciones.
Todos sus sentidos le gritaban que no estaban en situación de bromear tranquilamente.
La poca luz que se colaba dejaba ver la réflex robada de Henry Wilman, colocada de forma burlona en el salpicadero, justo delante de ella.
Por mucho que intentara darle vueltas, aquello no era una buena noticia.
—Tengo la impresión de que Simon no quiere que nos vayamos —advirtió a Heather—. Te lo digo para que te prepares.
Se alegró de que Heather no se dejara llevar por el pánico; eso no les serviría de nada. Sin embargo, a Judith le heló la sangre el peso de la derrota en su respuesta.
—Desde que me encontró en el bosque he aceptado que iba a morir.
Simon Kirby apareció en su campo de visión, a contraluz, caminando nervioso de un lado a otro.
—Por fin despiertas —dijo con tono de conversación—. No creía haberte dado tan fuerte.
—Ha sido usted casi un caballero en su contención —replicó Judith con sorna—. Seguro que es por lo mucho que ha practicado con su querida esposa.
No necesitó verle la cara para saber que había tocado un punto sensible.
—Ella debería acompañaros.
—Solo que usted no sabe a quién le ha contado su pequeño chanchullo. Lista, la chica. Y tampoco sabe a quién se lo he contado yo.
—Supongo que me lo vas a decir.
Judith arqueó las cejas con agradable sorpresa.
—Por supuesto. Solo tiene que soltarnos para que podamos irnos, y le mandaré por correo electrónico todo lo que sé. Todas las personas a las que se lo he contado. Aunque es una lista bastante larga...
—Lo sé todo de ti, Judith Spears. Hasta he escuchado ese pódcast que hiciste. Para partirse.
—No era mi pódcast —gruñó ella—. Y creo que ella está haciendo más desde la cárcel. —Captó la mirada desconcertada de Heather y negó rápidamente con la cabeza—. Es una larga historia para otro momento.
Simon siguió paseándose.
—No va a haber otro momento. Y eso me dice que no les has contado gran cosa a tus simpáticos detectives de barrio, porque si no ya me estarían echando la puerta abajo.
—Ese es un riesgo que no puede correr.
—Yo creo que sí. Verás, aparte de vosotras dos, el único cabo suelto era esa cámara. —Señaló la réflex del salpicadero—. No es que me interese mucho la fotografía, pero no soy tonto.
—Si quiere que resolvamos esto con un test de inteligencia, estaré encantada de...
—Las fotos digitales llevan un montón de metadatos sobre la exposición, la hora, la fecha e incluso las coordenadas GPS.
Wilman era uno de esos estirados que usaba los dos tipos de cámara.
Cuando encontró nuestro chiringuito del bosque, se pasó a esa para poder mandar rápidamente las fotos por correo electrónico a su cómplice.
Tú. —Señaló a Heather—. Necesitaba la tarjeta de memoria, pero con lo listos que son ahora los forenses de la policía, no estaba seguro de si había alguna forma de que las imágenes se hubieran guardado en la propia cámara.
—Se encogió de hombros—. Así que mejor ir sobre seguro y destruirla.
Judith había estado moviendo todas las piezas en su cabeza, y había llegado el momento de poner a prueba sus deducciones. Recordó las cajas de casa de Clara.
—Pero se mezcló con el lote que Clara mandaba a la tienda solidaria.
Simon ladeó la cara, y ella captó su ceño fruncido a la luz ambiental.
—Sí, la muy idiota. Su pequeño sistema de contrabando para sacar parte de mi oro y pasárselo a Fliss para su negocito.
—Otro cabo suelto —señaló Judith—. A este paso va a tener que matar a medio condado.
Puede que sea más difícil encontrar a gente que no sepa el imbécil maltratador que es usted.
—Sabía que no era prudente irritar a su captor, pero, teniendo en cuenta lo poco que podía hacer en ese momento, sacarlo de quicio era una pequeña victoria.
—Es una mujer desesperada. A la gente desesperada se la puede comprar —replicó él.
—A mí también —dijo Judith, esperanzada.
Simon se rio. Era una risa genuina, que ni él mismo esperaba.
—No lo creo. Tienes una postura demasiado ética. Como Heather, aquí presente. Una madre luchando por vengar a su hija. ¿Qué tal te está saliendo?
Judith se volvió hacia Heather y bajó la voz en tono de confidencia.
—Eso me recuerda que deberías ir a ver a Rachel y decirle cuánto la quieres. Cree que la odias, cuando tú estás aquí fuera jugándote la vida por ella. Estaría muy orgullosa.
Simon chasqueó los dedos para llamar su atención.
—Perdonad. Esto no es el consultorio de Elena Francis. Ese barco ya ha zarpado. Vuestras listas de deseos pendientes quedan canceladas. —Dio un paso al frente y golpeó con los nudillos la pared del garaje. Sonó un golpe macizo y metálico.
Judith estiró la cabeza por la ventanilla para ver mejor. El techo del garaje era bajo. A pocos centímetros del coche. Tardó un momento, mientras se le despejaban los últimos restos de niebla de la mente, en darse cuenta de que no estaban en un garaje.
Simon había metido el coche de Judith en la prensa.
—Así que te lo pregunto por última vez: ¿con quién más has hablado?
De pronto, a Judith la inundó la arrogancia.
—A ver si lo entiendo. ¿Su estrategia de negociación es muerte o muerte? Es usted patético de verdad. Como la mayoría de los que pegan a sus mujeres.
Simon sonrió con suficiencia y desapareció de su campo de visión. Segundos después, toda la máquina se estremeció al ponerse en marcha el motor. El silbido de los sistemas hidráulicos al presurizarse cortó el aire. Volvió a aparecer.
—Parece que tendré que fiarme de mi instinto. —Se llevó una mano a la oreja y fingió escuchar con atención de forma teatral—. Pues no. No viene ningún séptimo de caballería a salvaros. Adiós. Diría que ha sido un placer. Pero no lo ha sido.
Se apartó de su vista. Segundos después, un zumbido grave sacudió la prensa. El silbido cambió de tono y, con un gemido forzado del metal, la placa de compresión de la prensa descendió sin prisa sobre el techo del pequeño Ford Ka.