Muerte tras el objetivo (Un misterio de Judith Spears 5) Capítulo 27
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Capítulo 27

B ajo el pálido haz de la linterna del móvil de Judith, Heather Marsh parecía un gremlin asustado por la luz mientras entrecerraba los ojos e intentaba encogerse aún más en el rincón.

Tenía las rodillas recogidas y las manos dobladas en un ángulo forzado a la espalda.

Al reconocer a Judith, empezó de inmediato a gruñir con entusiasmo a través del trapo mugriento que le servía de mordaza.

Judith se agachó y la mandó callar mientras miraba detrás de Heather. Una cuerda de nailon la ataba a las robustas estanterías metálicas.

—Silencio —siseó Judith—. Simon anda cerca.

Empezó a deshacer el nudo. Cuando terminó, Heather liberó las manos, se arrancó la mordaza de la boca y aspiró una profunda bocanada de aire. Le sacudieron los sollozos.

Judith la ayudó a levantarse.

—¿Puedes andar?

—Sí. —Lo demostró poniéndose en pie con más rapidez de la que Judith esperaba, lo cual era alentador—. ¿Cómo has...?

Judith levantó una mano para frenar las preguntas.

—He hablado con Rachel. Querías vengarte, ¿verdad?

—Judith se asomó fuera para comprobar que no había moros en la costa.

Pese a sus ganas de marcharse, Heather se tambaleó y tuvo que apoyarse en las estanterías para reunir fuerzas.

Tenía la voz seca, desacostumbrada a hablar tras unos días de cautiverio.

—Cuando detuvieron a Rachel, quise saber quién era el responsable. Sabía que había hecho entregas en el bosque. Había visto a Simon Kirby ir y venir por allí unas cuantas veces. Lo seguí hasta aquí y luego hasta su casa. Ahí fue cuando vi por primera vez a Henry y a Clara juntos.

—Teniendo una aventura.

Heather asintió.

—También descubrí lo que estaba haciendo Simon. Desmontar móviles para reciclar los metales preciosos que llevan dentro.

—Eso no es ilegal. A menos que uses móviles robados.

—Los usa. Cuando lo investigué, las cifras eran asombrosas. Un móvil medio lleva unos 0,034 gramos de oro.

—Eso no es mucho.

—Un par de pendientes de oro pequeños lleva más o menos un gramo.

Así que harían falta unos treinta móviles para un gramo de oro de veinticuatro quilates.

Y se puede vender por doscientas libras o más.

Si lo conviertes en una pieza de diseño, quizá mil libras o más.

Todo a partir de unas cuantas docenas de móviles mangados.

Y el oro no es el elemento más valioso que llevan dentro.

Las cifras dejaron atónita a Judith. Las repasó mentalmente.

Mil móviles; con un tercio de ellos, Fliss podía hacer joyas de alta gama a mil libras la pieza.

Treinta mil libras. Y Rachel había dicho que había miles.

Quizá un cuarto de millón de libras en menos de un año.

El tipo de dinero por el que la gente mataría.

Por el que la gente había matado.

Heather tosió suavemente para aclararse la garganta seca. Necesitaba atención médica, pero lo que más le preocupaba a Judith en ese momento era salir de allí de una pieza.

Heather continuó:

—Le mandé a Clara una foto de ella con Henry.

Necesitaba algo con lo que presionarla para descubrir quién estaba de verdad detrás de todo.

—A la luz tenue de la linterna, la culpa en su cara era casi luminosa—.

Fue entonces cuando temió por su vida y cortó con Henry.

Cuando Henry descubrió que había sido yo, se puso furioso.

Pero yo no quería hacer daño a ninguno de los dos.

Sabía que Simon le pegaba. Quería acabar con él. Al final Henry aceptó ayudarme.

Judith frunció el ceño.

—¿Haciendo que la detuvieran a ella?

Heather negó con la cabeza.

—Clara le estaba robando a Simon parte del oro reciclado. Ella y Fliss lo usaban para hacer joyas que pudieran vender para escapar. Fliss está en la ruina, y Clara necesita una forma de no depender económicamente de Simon.

—¿Fue Henry quien descubrió que procesaban los móviles en el bosque?

Un sollozo sacudió el cuerpo de Heather. Ver a aquella mujer mostrar cualquier tipo de emoción era una novedad.

—Eso es lo que lo mató. —Heather respiró hondo para recuperarse.

—Déjame adivinar: ¿creyó que podía liberar a Clara tomándose la justicia por su mano?

—Así era Henry. Creía que sabía más que nadie. Sospechaba que Simon trabajaba con alguien más. Ni siquiera mientras moría les habló de mí, por lo visto, pero sospechaban que no actuaba solo.

—Así que le metieron el objetivo garganta abajo como advertencia para su misterioso socio. Luego destruyeron las pruebas del bosque para borrar su rastro y, por lo que se ve, se trasladaron aquí.

—Todo esto es una tapadera muy práctica, pero temporal. Simon solo es un intermediario. Pensaban matarme, pero antes quieren asegurarse de que soy el último cabo suelto.

—Pues se van a llevar una sorpresa —dijo Judith con firmeza—. Y cuando dices «ellos», la otra persona es...

—Nunca lo descubrí.

Judith se desanimó.

—Vamos a sacarte de aquí.

Tras comprobar que no había nadie, abrió la marcha hacia fuera y de vuelta por el pasillo, manteniendo la linterna baja para iluminar solo un metro por delante.

El pálido resplandor amarillo de la farola del desguace, más adelante, las hizo aminorar.

Judith le explicó a toda prisa el plan de fuga: cruzar corriendo el desguace, salir por la verja, meterse en su coche y largarse de rositas. Fácil.

Al acercarse al charco de luz, quedaban ocultas a la vista de la oficina de Simon, pero su coche seguía allí. Entonces oyeron voces detrás de la prensa.

Judith le puso la mano en el brazo a Heather.

Eran dos hombres. Simon y alguien recién llegado. Hablaban en tono apremiante. Judith miró el móvil para ver si sus mensajes habían llegado a Raymond y a Sarah. Se le cayó el alma a los pies al ver que su torpe pulgar los había mandado a otra persona.

Curtis Salinger.

El mismo hombre que ignoraría cualquier mensaje suyo después de la desastrosa cena. Levantó la cabeza de golpe cuando las luces del desguace se apagaron de repente y las sumieron en la oscuridad. Apagó rápidamente la linterna.

Un silencio absoluto reinó en la oscuridad. ¿Se habían ido los dos hombres?

Oía su propio corazón y la respiración temblorosa de Heather. Esperaba oír arrancar el Toyota de Simon...

Nada.

Salvo un ruido repentino a sus espaldas.

Judith se dio la vuelta en redondo cuando unas manos poderosas le agarraron las muñecas; el móvil se le cayó de la mano mientras algo le golpeaba la cabeza.