Muerte tras el objetivo (Un misterio de Judith Spears 5) Capítulo 26
83%

Capítulo 26

J udith seguía repasando mentalmente la conversación de la cena mientras cruzaba el pueblo a grandes zancadas, de vuelta a su coche.

Se mirara por donde se mirara, la cosa no había salido como estaba previsto.

Por mucho que le doliera, en parte se debía a su exceso de confianza.

Clara había acudido a ella por su reputación, pero como nadie la había reconocido la primera vez que fue a Clickers, había dado por hecho que su anonimato seguía intacto.

Sin embargo, a Felicity le había bastado una sencilla pesquisa por internet para desenmascararla. Quizá sus sospechas no se habrían despertado si Second Chances no hubiera ardido literalmente poco después de su visita.

Sabía que había llegado el momento de dar un paso atrás y dejar que el subinspector Raymond Collins se hiciera cargo a partir de ahí. Hora de dejar de fingir que podía resolverlo todo ella sola. Hora de hacer lo que siempre había tenido intención de hacer en Little Pickton: jubilarse.

No esperaba tomar esa decisión aquella noche.

Tampoco esperaba doblar la esquina hacia el aparcamiento del ayuntamiento y ver el Mini blanco de Clara Kirby aparcado entre las sombras.

Por suerte, los recortes presupuestarios habían impedido que el ayuntamiento arreglara las farolas estropeadas de su propio aparcamiento, como aquella bajo la que estaba Judith.

Se detuvo en seco y se adentró más en las sombras al ver aparecer a Clara con Felicity Nelson.

Judith apenas pudo contener una exclamación de sorpresa.

Hablaban con seriedad, Clara gesticulando con las manos de forma animada; su lenguaje corporal era amistoso.

Felicity llevaba una caja con las dos manos, una que Judith reconoció.

Era el estuche de joyería que había visto en Second Chances.

Se detuvieron en la parte trasera del Mini y Clara abrió el maletero.

Felicity colocó el estuche encima de otros cinco idénticos que había dentro.

La calculadora mental de Judith se puso en marcha con un crujido. Si los estuches estaban llenos de joyas artesanales, aquello suponía varios miles de libras en mercancía. No estaba mal para alguien que cobraba prestaciones.

Eso bastó para desencadenar el efecto dominó de causas y consecuencias en la mente suspicaz de Judith.

Las dos mujeres miraron a su alrededor con nerviosismo y se despidieron; Felicity le puso a Clara una mano tranquilizadora en el hombro. Luego Felicity cruzó a toda prisa el aparcamiento hasta su propio coche y se marchó.

No era asunto suyo, se recordó Judith.

Era Clara quien le había pedido ayuda, así que lo que estuviera haciendo con Felicity no tenía ninguna relevancia para Judith.

Era hora de irse a casa...

Pero...

Fue una noche de sorpresas para Judith. Y ninguna fue especialmente agradable.

Siguió a Clara Kirby sin tener nada claro qué iba a hacer.

Si su corazonada sobre el contenido, y el valor, de todas aquellas cajas era correcta, tendría que replantearse seriamente lo inocente que era Clara, sobre todo teniendo en cuenta que el difunto había tenido relaciones con ambas mujeres, por breves que fueran.

Lo que no esperaba era seguir a Clara hasta el desguace de Harkin's.

Judith tuvo que mantener la distancia, porque, conduciendo de noche, era imposible disimular que seguía al Mini.

Apagar los faros la habría estampado contra un seto en cuestión de segundos.

Solo la conducción sensata de Clara, que ponía el intermitente con antelación en cada giro, ayudó a Judith a mantener la distancia.

Cuando Clara cruzó las verjas abiertas, Judith se arrimó al arcén sin llegar a tomar el desvío y apagó los faros.

Tamborileó con los dedos en el volante mientras decidía qué hacer. Allí, el móvil oscilaba entre una raya de cobertura y ninguna, y no le había dicho a nadie dónde estaba. Aunque la lista de «nadie» era excepcionalmente corta. Tres personas, en concreto.

Escribió rápidamente un mensaje a Sarah Eastly y vio cómo no iba a ninguna parte. Ya que estaba allí, podía echar un vistazo, y quizá se le presentara la oportunidad de mirar dentro de los estuches del maletero.

Salió del coche y entró trotando a pie, comprobando dos veces que la cámara de seguridad de la verja seguía torcida.

De noche, el desguace tenía un aire más siniestro que el aspecto lúgubre e inhóspito que mostraba de día.

Las pilas de vehículos aplastados atrapaban la luz fantasmal de la luna llena, y las pocas farolas de sodio de un amarillo enfermizo repartidas por el recinto aumentaban la sensación de decadencia.

Las grúas eran siluetas que se cernían sobre ella: el disco del imán y los dedos de acero de la pinza la hacían sentirse como un premio en una máquina de gancho de feria.

Vio el Mini de Clara aparcado cerca de la caseta de recepción, y un Toyota RAV4 oscuro que supuso que sería de Simon.

Desde dentro llegaba el sonido de una discusión.

Judith se agachó en la oscuridad detrás de la prensa de coches, que estaba parada.

Había un hueco de varios metros entre la prensa y las pilas de lavadoras y frigoríficos que la rodeaban, presumiblemente despejado por motivos de mantenimiento, pero que le servía a Judith de cobertura para acercarse a la caseta.

Estaba tan oscuro que tuvo que usar la linterna del móvil para iluminar la tierra que pisaba.

La inclinó hacia el suelo, revelando afilados fragmentos de cristal y metralla de metal oxidado que cubrían el terreno.

Si tropezaba, aquellos desechos la destriparían.

La voz de Clara subió de tono; las palabras seguían sin distinguirse, pero eran sin duda combativas.

Judith había llegado ya al extremo de la máquina y no se atrevió a acercarse más.

Agachó la cabeza y escuchó con atención...

y se dio cuenta de que había una pila de grandes bidones de plástico apoyados contra la prensa.

La linterna reveló una pegatina con una calavera y dos tibias cruzadas, y la fórmula química: C6H6O2.

Había investigado lo suficiente en internet como para saber que era lo que se conocía comúnmente como hidroquinona.

Mucha más de la que se necesitaría para fotografía doméstica, incluso a lo largo de varios años.

Recordó el hallazgo de Rosie en el Clarendon: en Cheltenham habían robado una cantidad considerable.

Dio un golpecito suave al bidón. El sonido hueco indicaba que estaba vacío.

Al barrer la zona con la linterna contó al menos veinte bidones, dejados frente a un pasillo entre electrodomésticos deslustrados, justo lo bastante ancho como para que pasara una carretilla elevadora.

Judith se imaginó que se usaba como zona de descarga provisional para alguien que los traía desde más al fondo del pasillo.

Dio unos pasos por el camino que se bifurcaba y levantó la linterna para ver qué había delante.

A unos quince metros había un par de grandes casetas prefabricadas, colocadas espalda con espalda y casi ocultas entre la chatarra.

No salía luz del interior, pero fuera zumbaba un pequeño generador diésel que alimentaba un aparato de aire acondicionado.

La curiosidad pudo con ella y se sintió impulsada a investigar.

Era una construcción más nueva que la oficina de recepción de Simon, con un pasador en la puerta pero sin cerradura. Razonó que la falta de seguridad era una invitación a entrar. Entró; habría sido de mala educación no hacerlo.

Su primera reacción fue pensar que había dado con un cuarto oscuro enorme.

Habían quitado la pared que separaba las dos casetas para crear un espacio más grande, ocupado por cuatro largos bancos de trabajo cubiertos de cubetas de plástico.

Una especie de sistema de ventilación, improvisado con conductos industriales, zumbaba suavemente.

Sobre cada banco colgaban, muy bajos, grandes extractores.

Judith enfocó la cubeta más cercana. Estaba llena a rebosar de móviles, sin las carcasas de plástico, con los circuitos al descubierto sumergidos en líquido. Dio un brusco paso atrás cuando el olor ácido le hizo llorar los ojos. Se apresuró hacia el siguiente banco.

Más cubetas llenas de líquido, pero este estaba turbio, porque el interior de los móviles se había separado químicamente en sus componentes.

Diminutas partículas doradas brillaban al paso del haz de la linterna.

Reconoció el olor de la hidroquinona. El mismo producto químico con el que habían envenenado a Henry Wilman.

Hizo un cálculo rápido: si todas las cubetas estaban llenas, allí debía de haber al menos quinientos móviles robados.

Los paralelismos con la distribución de la caseta destruida que había descubierto con el subinspector Collins eran inevitables.

No le cabía duda de que la cabaña del bosque había sido una planta de procesamiento de móviles en pleno bosque, oculta a miradas indiscretas.

Eso era lo que había descubierto y fotografiado Henry Wilman.

Pese al aire acondicionado, los vapores empezaban a afectarle, así que Judith hizo varias fotografías y se retiró a toda prisa.

Fuera, el fresco aire nocturno la ayudó a despejarse del aturdimiento.

Y, con ello, se dio cuenta de que la discusión había subido de volumen.

Volvió sobre sus pasos hasta la parte trasera de la prensa y se detuvo en las sombras, justo a tiempo de ver a Clara salir hecha una furia de la oficina y llegar a medio camino de su coche. Simon la seguía, ladrándole.

—¿Te crees que puedes...?

—¡Puedo y lo hago! —gruñó Clara—. No te estoy pidiendo permiso.

—Se mantuvo firme mientras Simon cerraba el puño y avanzaba a grandes zancadas—.

¿Vas a pegarme otra vez? —Levantó la barbilla, desafiante, y eso lo hizo detenerse en seco—.

Lo tengo todo preparado. Si me tocas, o si me pasa algo, en cuestión de horas todo esto saltará por los aires.

La amenaza surtió el efecto deseado. Simon convirtió el puño en un gesto conciliador. Suavizó la voz.

—No quiero pegarte. Pero no quiero que te vayas. Te quiero.

—¡JA! —La carcajada de Clara resonó por el desguace—. Tú no sabes lo que significa esa palabra. Henry sí lo sabía. —Simon hizo una mueca al oír el nombre—. Ya no soy tu cómplice. No te necesito.

Se salió del campo de visión de Judith, detrás de la prensa. Simon no se movió, y Judith se sintió de pronto atrapada. Si se movía o hacía ruido...

El motor del Mini arrancó. Los faros barrieron un instante a Simon, y Judith oyó el vehículo alejarse con un chirrido, dejando solo silencio y a un Simon Kirby desamparado.

Entonces se fijó en que llevaba algo en la otra mano. Cuando se volvió hacia su caseta, la luz le dio de lleno.

Era una cámara Sony. La que se habían llevado de la tienda solidaria. La cámara desaparecida de Henry Wilman.

Judith tapó la pantalla del móvil con la mano para ocultar la luz y escribió rápidamente un mensaje a Collins, urgiéndole a venir enseguida, antes de que destruyeran la prueba.

Como refuerzo, copió y pegó el mensaje para Sarah.

Temblaba tanto de la emoción que casi se lo manda a Maggie.

Le costó varios intentos copiar, pegar y enviar.

El indicador de cobertura mostraba una raya, que pasó a ninguna mientras lo miraba. Los mensajes se quedaron en la bandeja de salida, sin enviar.

Maldijo en silencio a su compañía telefónica y volvió sobre sus pasos hasta la caseta de procesamiento improvisada.

La cobertura fue subiendo, penosamente, raya a raya.

Tres rayas fuera de la caseta, así que tentó a la suerte y avanzó más por el camino.

La chatarra había dejado paso de los electrodomésticos a los vehículos, todos apilados en orden.

Puede que Simon Kirby fuera un monstruo, pero era un monstruo organizado.

Parecía que cuatro rayas y cobertura 3G era lo máximo que iba a conseguir. Esperaba que bastara, pero los mensajes seguían sin enviarse, aunque un icono giratorio le aseguraba que pronto saldrían.

Estaba a punto de dar la vuelta cuando otra caseta prefabricada le llamó la atención, colocada junto a una pila de coches, todos con daños de accidentes de tráfico.

Lo que la atrajo fue la pila de veinte bidones de plástico que había fuera.

Más hidroquinona. Un golpecito suave reveló que estos estaban llenos.

Judith observó la caseta. En esta, una cadena pasaba por una argolla metálica de la puerta, asegurada con un candado.

Aquello era para ella como la hierba gatera para un gato.

Algo valioso debía de haber dentro, y esperaba que fueran más móviles robados, que demostraran que lo eran.

A la luz del móvil vio que el candado y la cadena eran nuevos. Pero los herrajes metálicos de la puerta no. Pasó un dedo por las cabezas oxidadas de los tornillos que los sujetaban. Ninguna cerradura era más fuerte que su eslabón más débil.

Tras buscar rápidamente a su alrededor, encontró en el suelo una larga barra de acero.

La pasó por la cadena que colgaba y empezó a girarla despacio en el sentido de las agujas del reloj, como si fuera el timón de un barco.

La cadena empezó a enrollarse y a tensarse alrededor del centro de la barra a medida que recogía la holgura.

Luego, cuando ya no pudo girar más, Judith cambió la forma de agarrarla y cargó todo su peso en el extremo de la barra, tirando hacia abajo con todas sus fuerzas.

La palanca improvisada arrancó el pestillo metálico de la puerta; los tornillos oxidados cedieron por la fuerza. El candado y la cadena, todavía unidos, cayeron al suelo.

Satisfecha consigo misma, Judith abrió la puerta y enfocó el interior con la luz. Había estanterías de acero arrimadas a las paredes, llenas de más bidones de productos químicos robados.

No había móviles.

Solo una figura acurrucada en un rincón, mirándola fijamente.

—Ah... hola —dijo Judith, resignada a recibir otra sorpresa más aquella noche.