Muerte tras el objetivo (Un misterio de Judith Spears 5) Capítulo 24
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Capítulo 24

L a mañana fue una pesadilla, al menos desde el punto de vista físico.

Judith había ido en coches desbocados, había saltado de trenes descontrolados y había atravesado paredes como Miley Cyrus en su bola de demolición, pero ayudar a Sarah Eastly con la mudanza había sido el peor de los castigos.

Estaba segura de que la culpa era de Raymond Collins, aunque no sabía precisar por qué.

Se tomó dos paracetamoles, se preparó un tazón de té fuerte y lo remató con un par de ibuprofenos.

Se quedó junto a la ventana de la cocina mirando con ojo crítico su jardín, medio planteándose seguir los consejos de algún jardinero de la tele para convertirlo en un festín visual ese verano, mientras el caso seguía fluyendo por su imaginación en busca de un solo grano de prueba contra cualquiera de los sospechosos.

Eso significaba o bien que se habían equivocado de sospechosos, o bien que la muerte de Henry Wilman tenía sus raíces más allá del Clickers Camera Club y ellos no eran más que daños colaterales.

Le sonó el móvil, con el nombre de Raymond Collins en la pantalla.

—Los móviles —dijo él, sin preámbulos—. Los que encontraste en la cabaña.

—Buenos días a ti también.

—Los tres se denunciaron como robados en ciudades distintas, Manchester, Bristol y Leeds, a lo largo de un periodo de catorce meses.

—Lo oía moverse, con los ruidos de fondo de la comisaría—.

Los de informática forense están mirando si se puede sacar algún dato, pero los chips están muy dañados por el fuego.

—¿Eso significa que intentaron destruirlos a propósito? —dijo Judith.

—Lo dudo. Podrían haber hecho un trabajo más concienzudo. Lo más probable es que estos tres se cayeran del banco durante el incendio y nadie se diera cuenta. He mandado a un equipo de la Científica a echar un vistazo a la cabaña. Y al escondite de Heather —añadió a regañadientes.

—Uy, te estás volviendo supereficiente —bromeó Judith.

—Solo en mi empeño por demostrar que te equivocas —respondió él con sequedad.

—¿Y qué tal te va?

Su silencio resignado le arrancó una sonrisa. Luego llegó el suspiro de derrota.

—En este caso concreto, han concluido que el incendio fue intencionado. Como te dije, había restos de un acelerante.

—Déjame adivinar: el mismo tipo que se usó en la tienda solidaria.

—Sí. Gasolina. ¿Cómo lo sabías?

Judith se mordió el labio. Se había olvidado de que había borrado de su relato los detalles de su presencia en Second Chances.

—Una buena suposición de que había sido la misma persona.

—Y había señales de forcejeo no muy lejos del escondite. Ramas rotas y, esto reconozco que es bastante revelador, el abono de autobús de Heather.

Aquello afectó mucho a Judith. Claro, el agresor no había desmontado la tienda de campaña porque no sabía que existía.

Se imaginó a Heather sorprendida en el bosque con su cámara y atacada.

Dios sabía si estaba viva o no, y Judith sintió un latigazo de vergüenza por no haber convencido a Raymond de que se la tomara más en serio.

—Su coche —dijo de repente—. Tuvo que ir en coche al bosque. No estaba delante de su casa. —Chasqueó los dedos al recordar su llegada con Curtis; los demás ya estaban esperando—. Era un utilitario azul claro... No sé el modelo.

Oyó el traqueteo de un teclado al otro lado del teléfono.

—Bien pensado. Lo pediré a la DVLA, el organismo de tráfico. Hay otra posibilidad que deberíamos tener en cuenta. Que todo esto sea un montaje elaborado por la propia Heather.

—¿Todavía sospechas de ella?

—¿Después de lo que encontramos en su casa? ¿De las múltiples declaraciones de los demás, que la llaman literalmente acosadora? Sí. Un forcejeo se puede fingir. Un abono de autobús se puede dejar a propósito.

Judith dejó la taza y caminó pensativa de un lado a otro, hasta que se detuvo a los pocos pasos porque se le quejaron las pantorrillas y la espalda.

Tuvo que reconocer que tenía razón. El abono de autobús llevaba, muy oportunamente, la foto de Heather.

Haber perdido el monedero o una tarjeta de crédito habría tenido más peso.

Aun así, aquello apenas alivió su sentimiento de culpa.

Collins continuó:

—Según mi experiencia, los culpables huyen y se esconden.

—Y la gente asustada también. —Judith tomó una decisión y cogió las llaves del coche—. Tenemos que alejarnos un poco de las piezas que tenemos. No estamos viendo la imagen completa.

—¿Eso pretende ser un chiste? —preguntó él con sequedad.

—No. Es una analogía bastante perfecta, querido. Hay que agitar las cosas. Es hora de arrancar una o dos confesiones. Un buen sitio por donde empezar es Curtis Salinger. Su mujer murió envenenada.

—Algo por lo que nunca lo acusaron ni lo imputaron.

—Que nosotros sepamos. Los diplomáticos tienen una serie de derechos particulares que les permitirían salir impunes de un asesinato.

—¿Y cómo piensas hacerle hablar?

—Haciéndole pagar la cena —dijo Judith con firmeza.

De camino a Denzel Green, Judith pensó en el consejo que le había dado al subinspector Collins: necesitaban dar un paso atrás y mirar el crimen con ojos nuevos.

Cuando había intentado hablarlo con él, se había puesto taciturno y distraído, había murmurado algo sobre que Salinger era una pérdida de tiempo y había cortado la llamada enseguida.

Judith no entendía qué le pasaba. Desde la improvisada cena india y la mudanza de Sarah, estaba muy cerrado en sí mismo.

Judith bajó la ventanilla del conductor y dejó que el aire fresco de la mañana le despejara las telarañas de la cabeza. Necesitaba estar despierta si iba a hacerle el trabajo al subinspector Collins.

Otra vez.

Rosie Tarrant estaba en su mesa del Clarendon, con la misma ropa y desplegando la misma agresividad sobre el portátil. Judith se preguntó si había salido de la oficina desde su última visita. Esta vez venía armada con un par de cafés y una gran bolsa blanca de la cafetería de la esquina.

—¡Me salvas la vida! —exclamó Rosie cuando Judith abrió la bolsa y dejó a la vista unas berlinas de mermelada recién hechas.

—Después de beber lo que Fabián hace pasar por café aquí, pensé que necesitabas que te rescataran.

—O un buen soborno —dijo Rosie, cerrando los ojos mientras saboreaba el café—. Es su nueva mezcla colombiana. Está buenísima.

Judith sonrió. Apreciaba la franqueza sin rodeos.

—Eres una periodista con mucho talento. Estás desaprovechada aquí.

—Eso le digo yo al jefe.

—Deberías dirigir este sitio —dijo Judith con un brillo cómplice en los ojos.

Rosie abrió un ojo para mirarla.

—¿Tú crees?

—Sin duda.

Rosie centró su atención en las berlinas, hechas hacía una hora. Le dio un mordisco a una como si el cielo le invadiera la boca.

—¿Qué necesitas? —dijo con la boca llena.

—Delitos locales relacionados con teléfonos móviles. Robos, receptación, fraude con el reciclaje, ese tipo de cosas. Me preguntaba si habría algo en el archivo.

Rosie se volvió hacia el portátil y tecleó rápidamente con los dedos pegajosos.

—Todas las noticias de todos los números están guardadas en nuestro servidor. Incluidas las de hace muchísimo, de antes de que hubiera ordenadores.

—Imagínate... —dijo Judith, mordisqueando su berlina, y el subidón de azúcar la asaltó casi al instante.

—Nada importante —dijo Rosie por fin, en el tono ligeramente sorprendido de quien esperaba más—.

Hay un artículo de hace tres años sobre robos de móviles en una tienda de Fulton.

Y ya está. —Siguió bajando—. Nada sobre fraude con el reciclaje.

Nada sobre el desguace aparte de mi noticia del coche robado.

—Se recostó en la silla, que crujió de forma alarmante—.

Supongo que el lema de los delincuentes por aquí debe de ser «a lo grande o a la cama».

Tenemos más asesinatos que robos de móviles. Es una estadística preocupante.

—¿Puedes hacer una búsqueda más amplia sobre móviles robados y el mercado negro? ¿Y cualquier cosa sobre su reciclaje?

—Claro. Tenemos acceso a las agencias de noticias. Probemos con Reuters.

Esta búsqueda tardó algo más: casi toda la berlina había desaparecido antes de que llegaran los resultados. Rosie se lamió el glaseado de azúcar de los dedos, pero eso apenas ayudó a mantener limpio el teclado.

—Aquí está, esto es mucho más interesante. En todo el país, los robos de móviles rondan las trescientas mil denuncias al año.

Judith creyó haber oído mal.

—¿Más de un cuarto de millón?

Rosie sonrió.

—O casi medio millón. Una periodista avispada siempre redondea al alza.

—Siguió leyendo en la pantalla—. Se calcula que el mercado de reventa de móviles robados mueve...

bastante dinero. —Inclinó un poco la pantalla hacia Judith—.

La mayoría de los móviles robados acaban desguazados para piezas o borrados y vendidos en el extranjero.

—Siguió bajando—. Hay una demanda creciente de modelos antiguos en determinadas regiones: Europa del Este, África y partes de Asia.

Judith miró la pantalla.

—¿Incluso modelos estropeados?

Rosie la miró.

—¿A qué te refieres?

—Modelos viejos. Con la pantalla rota. Modelos que uno no pensaría que merece la pena vender. —Estaba pensando en los comentarios de Rachel sobre que eran unos trastos y en quién se molestaría en comprarlos.

Rosie modificó la búsqueda.

—Pues sí, por lo visto. Si el volumen es lo bastante alto, están llenos de piezas valiosas, incluso las unidades estropeadas.

—¿Y el reciclaje? ¿Alguna estafa ahí, o...?

Rosie siguió bajando.

—No mucho más. Sobre todo noticias de estafas con coches robados; siniestros totales reconstruidos ilegalmente y devueltos a la carretera. Lo llaman cut and shut : soldar las mitades de dos coches distintos que han sido declarados siniestro total.

—El tipo de cosa que se haría en un desguace —musitó Judith.

Rosie asintió.

—Sí. Pero por lo visto no en el de aquí.

Ese está limpio como una patena, ¿recuerdas?

Nada sobre móviles. —Hizo una pausa para dar un sorbo al café y siguió leyendo.

Luego dio unos golpecitos en la pantalla, dejando una marca pegajosa—.

Esto es curioso. Un artículo de hace ocho meses sobre un robo de productos químicos en una planta de reciclaje cerca de Cheltenham.

—Giró la pantalla hacia Judith—. Se llevaron una cantidad considerable a lo largo de varias semanas.

La planta no se dio cuenta hasta que hizo un inventario rutinario.

Judith se inclinó para leerlo.

—¿Hidroquinona? —dijo sorprendida.

—Ni idea de qué es.

—Yo tampoco la conocía hasta principios de semana.

—¿Te sirve? ¿Y hay una noticia para mí ahí?

—Puede... —dijo Judith en voz baja, con la mirada perdida. Era muy relevante. Como le había adelantado a Raymond la noche anterior, ya tenía un «qué» viable en cuanto a los motivos del asesinato.

Ahora tocaba acotar el «quién»...