Muerte tras el objetivo (Un misterio de Judith Spears 5) Capítulo 23
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Capítulo 23

L a casa de Heather Marsh no había cambiado en absoluto desde la última visita de Judith.

El jardín invadido por la maleza parecía algo más amenazador en la oscuridad; el tallo de la maceta de terracota junto a la puerta estaba un poco más muerto, y las ventanas, más oscuras.

Casi con toda seguridad, Heather no había vuelto a casa.

Raymond Collins tocó el timbre y aporreó la puerta, gritando:

—¡Señora Marsh, es la policía! ¡Venimos a comprobar que está bien!

Tras tres intentos, agitó la mano en el aire.

—No está. ¿Contenta? Seguramente ha vuelto al escondite.

—No volvió allí —dijo Judith.

—¿Cómo es posible que sepas eso?

—Le pedí al agente Fenton que lo comprobara durante su turno. Me mandó un mensaje de camino aquí. Que es precisamente por lo que tenemos que mirar dentro.

Collins se metió las manos en los bolsillos.

—No puedo entrar en una propiedad privada sin motivo.

—Se dejó en el escondite un trípode que vale cientos de libras.

—No nos ocupamos de objetos perdidos.

—No está aquí. Su hija estaba metida en asuntos con un chatarrero turbio, igual que su amigo asesinado.

Collins levantó la mano para calmarla.

—Todos ellos ejemplos perfectamente válidos de pruebas circunstanciales. Dame solo una sólida sobre la que podamos actuar legalmente.

—Una prueba sólida podría ser que esté muerta al otro lado de esa puerta.

Collins negó con la cabeza.

—No tengo motivos para entrar a comprobar su bienestar —dijo.

Judith levantó un dedo y lo mandó callar con un siseo sonoro.

—¿Has oído eso?

—No he...

Judith se acercó a la puerta de entrada.

—Creo que oigo algo.

—¿Qué? Yo no oigo nada.

Judith escuchó con una concentración teatral, luego se irguió y miró a Collins con una expresión de preocupación tan estudiada que merecía un Óscar.

—Ahí. Un grito de socorro. Bastante claro.

—Judith...

—Podría ser un gato —concedió ella—. Pero a mí me ha sonado humano. —Probó el picaporte: cerrado—. Alguien que sufre. —Miró a través de la mugre hacia el interior a oscuras—. ¡Creo que veo a alguien!

—Esto no está bien...

—Puede que me equivoque, pero, como civil que informa a un agente de la ley, oigo señales de angustia dentro. —Aporreó la puerta y gritó—: ¡La oímos! ¡Vamos a entrar!

Collins se la quedó mirando un buen rato con una expresión que había ido perfeccionando a lo largo de su relación: la mirada hastiada de un hombre al que han dejado sin escapatoria, acorralado en un rincón recién pintado. Peor aún, la brocha y la pintura las había puesto él.

Se mordió el labio. Luego, con resolución, rodeó a Judith y, con más frustración de la que creía tener dentro, le dio una patada a la puerta justo por debajo de la cerradura.

No esperaba que cediera, y desde luego no esperaba que la madera se astillara y la cerradura saltara mientras la puerta se abría de par en par.

Judith quedó impresionada.

—Bravo, detective. Debes de odiar de verdad esa puerta.

El aire del recibidor oscuro tenía un regusto rancio.

Los dos se habían preparado para el olor a descomposición que habían sufrido en la casa de Henry Wilman, pero, tras buscar a tientas un interruptor, Judith localizó el origen del olor en una pila de platos sin fregar en la cocina.

Aparte de eso, y de la propaganda de varios días acumulada detrás de la puerta, la casita de dos plantas estaba limpia y ordenada.

Era evidente que Heather era una persona limpia y cuidadosa.

Collins se pasó los dedos por el pelo.

—No está. No hay señales de angustia. No hay cadáver. No había motivo para tirarle la puerta abajo. Me acabas de hacer saltarme la ley.

—Dentro de un momento practico una detención ciudadana —dijo Judith desde la sala de estar—. Pero quizá deberías venir aquí.

Se unió a ella en la sala. Los muebles eran mínimos.

El sofá y el televisor estaban empujados contra la pared para ganar espacio.

Una silla giratoria acolchada asomaba bajo una gran mesa de comedor cubierta de fotografías, papeles garabateados y notas adhesivas de colores.

Un flexo se tambaleaba en el borde. La mayor parte del espacio lo ocupaba un gran monitor panorámico conectado a un portátil, una impresora a color y un disco duro externo del tamaño de un ladrillo.

La pared de enfrente estaba cubierta de fotografías impresas en distintos tamaños, clavadas y pegadas con cinta al yeso.

Algunas tenían anotaciones con las mismas mayúsculas pequeñas y precisas: fechas, horas, lugares, nombres.

Algunas imágenes eran de Clickers: la reunión, la excursión al bosque, las reuniones en el ayuntamiento.

Judith las examinó de cerca. La gente que aparecía llevaba ropa distinta de una foto a otra, lo que indicaba que se habían tomado a lo largo del tiempo.

Henry Wilman aparecía en varias, pero cada una parecía centrarse en una persona distinta.

De forma alarmante, había una de Judith de la primera vez que había ido a Clickers, tomada justo cuando se había vuelto a mirar directamente a Heather.

Otras varias mostraban a Judith hablando con Curtis, con Geoff y con Felicity, todas tomadas con discreción.

Debajo de una, alguien había escrito con pulcritud el nombre de Judith, seguido de varios signos de interrogación.

—Te estaba investigando —comentó Raymond mientras revisaba un montón de páginas impresas de distintas webs, la más reciente de las cuales mostraba a Judith en un informativo de la BBC.

Alarmada, Judith volvió a mirar la pared. Algunas imágenes mostraban lugares que no reconocía, y uno que sí: Simon Kirby en su desguace, discutiendo con Clara. Una foto tomada desde la seguridad que daba un teleobjetivo.

Judith la señaló.

—Mira esto. Simon y Clara Kirby.

—Retrato de un matrimonio enamorado —dijo Raymond con un sarcasmo cargado.

Había unas cuantas tomas más de Curtis Salinger, cruzando el aparcamiento del ayuntamiento, fechadas seis semanas atrás. Otra en una gasolinera una semana después. Luego en una casa que no reconocía, en la puerta de entrada, estrechándole la mano a un hombre que estaba de espaldas a la cámara.

—Es una acosadora muy buena —dijo Raymond en voz baja.

Judith pasó a otro conjunto agrupado que mostraba a Geoff Philby a la salida de un colegio de primaria; su lugar de trabajo, presumiblemente. Luego en el club. Otra era una foto de él entrando en casa de Clara Kirby.

Judith frunció el ceño.

—¿Qué hacía él allí?

Otro grupo se centraba en Felicity Nelson en Clickers, cargando cajas al entrar en la tienda solidaria.

Varias mostraban primeros planos de sus joyas artesanales expuestas en un puesto de mercadillo en alguna parte, montadas en elegantes estuches de madera de caoba.

Otras dos la mostraban discutiendo con Henry Wilman.

—Una imagen vale más que mil palabras —dijo Raymond con gravedad.

—Y mil palabras pueden contar diez mil historias. No todas ciertas —le advirtió ella—. No conocemos el contexto ni siquiera el orden cronológico de nada de esto. ¿Qué estaba buscando? —Estaba a punto de pontificar un poco más cuando una única imagen le llamó la atención.

Un banco junto a un lago escocés. Dos figuras, con las narices casi tocándose. Tomada con teleobjetivo, el fondo comprimido, el encuadre preciso y deliberado.

Clara le había enseñado esa misma fotografía en el móvil, asegurando que se la había mandado Geoff.

Pero quien la había tomado era Heather Marsh.

Judith la señaló.

—Clara Kirby dijo que se sintió chantajeada con esta foto. Aunque no le pidieron nada.

Raymond intentó asimilar todas las imágenes.

—Esto podría ser solo la colección de una vieja chiflada. —No había convicción en su voz.

Judith volvió a la foto en la que Clara y Simon discutían. Lanzó unas cuantas teorías al aire solo para ver cómo sonaban.

—Quizá estaba celosa de la aventura de Clara y Henry.

—¿Y mató a Henry? ¿Por qué no a Clara?

Judith reconoció que tenía razón.

—Clara pensaba que Geoff se la había mandado para chantajearla. ¿Y si Heather se la mandó para advertirla?

—¿Desde el móvil de Geoff?

—En las reuniones del grupo no sería muy difícil cogérselo unos minutos. Y si no quería que la descubrieran, no usaría su propio teléfono.

Raymond asintió a regañadientes.

—Posible...

Judith estaba lanzada.

—¿Y si Henry Wilman fotografió la cabaña del bosque que encontramos?

La destruyeron para eliminar las pruebas de lo que fuera que pasaba dentro.

Pero el asesino tenía que asegurarse de que no quedaba ninguna prueba fotográfica, así que fue a su casa.

Robó las fotos, los negativos y la cámara digital.

Luego envenenó a Wilman para borrar su rastro.

—Y dejó el objetivo como advertencia para...

—Heather Marsh. Solo que no sabían que era Heather. —Uno de los motivos básicos del asesinato se le vino a la cabeza a Judith—. La venganza... ¿y si Heather intentaba vengar a su hija?

—¿No decías que no se llevaban bien?

—Una brecha que parece que se abrió después de que condenaran a Rachel.

Judith se sumió en el silencio. Una idea se estaba formando en los bordes difusos y cansados de su mente.

¿Había compartido Henry con Heather las imágenes desaparecidas de la cabaña?

Judith estaba ya convencida de que mostraban pruebas concluyentes de las fechorías de Simon Kirby en el bosque.

Pero si la policía no conseguía esa misma prueba, la tarjeta de memoria y la cámara, Simon Kirby iba a salir impune de un asesinato, literalmente.

Collins cogió el móvil.

—Quiero que traigan a Clara Kirby y a su marido esta misma noche —dijo.

Judith le detuvo la mano cuando estaba a punto de hacer la llamada.

—Eso sería enseñar nuestras cartas... y, como no paras de repetir, todavía no tenemos ninguna prueba real de que se haya cometido delito alguno. Solo teorías.

Raymond señaló la foto de los Kirby discutiendo.

—¡Mira eso! Discutiendo como nosotros. Y los dos relacionados con el difunto.

—Circunstancial, como te gusta decir.

Judith frunció el ceño mientras las palabras de él calaban. Se imaginó a Sarah acusándolos de burbujear el uno contra el otro.

—Química... —murmuró.

—¿Qué?

—La química es lo que lo une todo. —No hizo caso de la mirada en blanco de Raymond. Volvía a tener los ojos puestos en las imágenes del desguace—. Creo que sé lo que hacían en el bosque...

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