Muerte tras el objetivo (Un misterio de Judith Spears 5) Capítulo 22
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Capítulo 22

P ensándolo bien, el único motivo por el que no habían detenido a Judith por obstrucción a la justicia era el sofá de Sarah Eastly.

No el sofá en sí: era un sofá de tres plazas sin nada especial, de un tono gris que Sarah describía como pizarra y que Judith habría descrito como martes de lluvia.

Había otros treinta y siete muebles y cajas de historia doméstica acumulada que trasladar del piso de Sarah, una primera planta en Fulton, a su nuevo bajo en Denzel Green, con un jardín del tamaño de un pañuelo.

La expedición al bosque había sido el momento catártico que Judith andaba buscando, y había descargado todo lo que había descubierto sobre el caso.

Bueno... casi todo. Raymond había escuchado boquiabierto y, en su honor, en silencio, pero con un deseo cada vez más visible de detenerla por algo, solo para dejar las cosas claras.

Por obstruir el curso de la justicia, quizá.

La agente Sarah Eastly y el agente Kevin Fenton coincidieron en que, técnicamente, había puesto el caso en mejor camino hacia la justicia.

Raymond había contraatacado, alegando que se había entrometido en asuntos policiales.

Sarah había señalado con tacto que a Judith la habían invitado a hacer precisamente eso. Que había sido él. Y que era la única que había obtenido resultados.

Para echar sal en la herida, Judith había añadido con delicadeza que había estado investigando un incidente aparte: el de Clara Kirby, desesperada por que su aventura no se hiciera pública, ni llegara a oídos de su marido maltratador en particular.

Que los dos mundos hubieran chocado era pura coincidencia.

—¿Cómo te atreves a usar esa palabra conmigo? —le espetó Raymond—. ¡Coincidencia! ¡Ja!

Al final, fue Sarah quien señaló que, si Judith no estaba disponible para ayudar con la mudanza, sería la espalda de Raymond la que sufriría si tenía que cargarlo todo él solo.

Mientras volvían en silencio a los vehículos, Judith repasó su visita a casa de Clara y el olor persistente a mango.

Rachel Marsh y lo que le había confesado en la cárcel.

El encontronazo de Simon Kirby con Henry Wilman.

La abundancia de móviles transportados por todo el país de forma tan subrepticia que tenían que ser robados.

Y, por último, haber visto aparecer en la tienda solidaria lo que podía ser la cámara réflex Sony desaparecida, vista por última vez en casa de Clara...

y que todo el local ardiera hasta los cimientos.

Judith no había mencionado que la noche anterior había entrado a la fuerza y que estaba allí cuando Simon Kirby, o un hombre que lo imitaba bastante bien, había empotrado un coche contra Second Chances y le había prendido fuego.

Le pareció un detalle innecesario que no ayudaba a nadie.

Sobre todo a su reputación ante Raymond.

Se despidieron junto a los vehículos con Raymond asegurándole a Judith, en tono ominoso, que «la conversación no había terminado».

—Ya imaginaba que no había terminado —dijo Judith con amabilidad mientras se subía de un salto a su coche, dejando al subinspector Raymond Collins echando humo con sus compañeros.

El piso de Sarah estaba en la primera planta, y se llegaba por una escalera diseñada en una época en que la gente que vivía en sitios así no podía permitirse mucho más que un orinal y un escritorio pequeño.

Sacar el sofá del salón hasta el rellano había requerido quince minutos, tres recolocaciones y un vocabulario que Sarah no había asociado hasta entonces ni con Raymond ni con Judith, pronunciado con la intensidad susurrada de quien no quiere que los niños de los vecinos de abajo aprendan un repertorio de palabrotas nuevas y vistosas.

El armazón de la cama fue peor.

Era de metro cincuenta, un tamaño perfectamente razonable para una persona, según Sarah. Lo habían desmontado en sus piezas, que eran demasiado numerosas para una cama, y ahora intentaban maniobrar el enorme cabecero escaleras abajo, Collins abajo caminando de espaldas y Judith arriba guiando.

—Izquierda —dijo Judith.

—¿Mi izquierda o...?

—Tu izquierda, Raymond, vamos en la misma dirección.

—Estamos mirando en direcciones opuestas.

—Entonces mi izquierda. ¡Que también es tu izquierda si miro hacia donde voy!

—¡Eso no tiene sentido!

El cabecero rozó la pared en el giro de la escalera y se quedó encajado entre el recodo de la barandilla y la pared, que no cedía. Raymond fulminó a Judith con la mirada desde abajo.

—Creía que lo estábamos inclinando —dijo Judith.

—Lo estaba inclinando.

—Me refería a inclinarlo hacia el otro lado.

—No hay otro lado. Solo hay dos lados, y hemos usado los dos.

—Por lo visto, no en la misma dirección. Probemos otra vez: a la una, a las dos...

Ella se movió primero. El pasamanos de madera soltó un crujido alarmante y el cabecero no se movió.

—¡No has dicho tres! —le espetó Raymond.

—¡El tres es la acción! A la una, a las dos... ¡ya!

—Es a la una, a las dos, a las tres... ¡ya!

—¡Eso es ir en el cuatro! ¿Quién va en el cuatro?

La voz de Sarah subió flotando desde el pie de la escalera:

—¿Qué tal va?

—De maravilla —respondió Judith.

El problema se resolvió de una forma directa que tanto a Judith como a Raymond les resultó satisfactoria.

De una patada rápida, Raymond partió la base del pasamanos y liberó el cabecero.

En una rara demostración de trabajo en equipo, Judith consiguió volver a encajar el pasamanos en su sitio.

Parecía como nuevo mientras nadie lo tocara, y se rieron con malicia cuando Judith señaló que, si alguien lo descubría, se descontaría de la fianza de Sarah, no de sus bolsillos.

Era una pequeña venganza por obligarlos a cargar con todo lo pesado.

Sarah condujo la furgoneta hasta Denzel Green con actitud de piloto de Fórmula 1, con la tranquilidad de saber que la habían obligado a contratar el seguro máximo de la empresa de alquiler.

Devolverla sin un par de golpes y abolladuras le parecía tirar el dinero.

Raymond y Judith se aferraron a la vida, sin ganas de distraerla.

Judith empezaba a sospechar que el turno de tarde de Kevin tenía menos de mala suerte y más de astucia retorcida. Cada vez apreciaba más al joven agente.

Judith se dio cuenta de que el pie de Sarah se volvía de plomo sobre el acelerador en cuanto Raymond empezaba a quejarse del caso y sacaba el nombre de Curtis Salinger.

La furgoneta daba sacudidas y bandazos alarmantes, y sus renovados esfuerzos por seguir con vida lo hacían callar.

A Judith le pareció fascinante que Sarah hubiera dado con un botón de silencio tan poco ortodoxo.

Descargar fue más rápido que cargar. La ausencia de Kevin se notó sobre todo durante la segunda hora, cuando hubo que volver a montar el armario.

Él lo había desmontado la noche anterior, guardando con diligencia cada tornillo y cada arandela en bolsas de sándwich y pegando cada bolsa con cinta a la pieza que le correspondía.

Por desgracia, después de tanto zarandeo por la forma de conducir de Sarah, las bolsas se habían despegado y algunas se habían abierto en la parte trasera de la furgoneta.

Raymond, empeñado en demostrar sus habilidades de macho alfa del bricolaje, se había encargado de volver a montarlo.

Cuando se quejó de que faltaban piezas, intentó encontrar las instrucciones de montaje en internet.

Cuando eso resultó ser un callejón sin salida, tiró la llave Allen a un lado y le dijo a Sarah que tendría que hacerlo Kevin.

En lugar de eso, se entretuvo desembalando el hervidor en la cocina y preparó tres tazas de té.

Al entrar en el dormitorio para llevarlas, casi se le cae la bandeja. Judith y Sarah estaban apretando los últimos tornillos: habían montado el armario en lo que él había tardado en preparar las bebidas.

Judith le lanzó una mirada de suficiencia y dio un sorbo al té.

—Mmm, perfectamente pasable, Raymond. Algún talento sí que tienes.

La risa hueca de Sarah acabó con la réplica de Raymond. Los dos la miraron. Contemplaba el armario con una expresión de duda extrema.

—No queda bien —dijo por fin.

Raymond le dio un empujón a regañadientes. Estaba bien montado.

—A mí me parece que está bien.

—Me refiero a que mi armario esté aquí. —Sarah hizo un gesto a su alrededor—. Esta no es mi casa.

Judith y Raymond intercambiaron una mirada por encima de las tazas. Los dos habían pasado por ello.

Judith se esforzó en contemplar la habitación como si viera el futuro.

—Esta es tu casa. Y lo sentirás así en cuanto le pongas tu sello. —Sarah hizo una mueca; no se tragaba la coba—. Te irá bien —insistió Judith—. A los dos.

—Eso no lo sabes —refunfuñó Sarah.

—No —convino Judith—. Pero eres una persona con buen criterio, y él también. El buen criterio suele complementar más que maldecir.

—Eso es casi poético —dijo Sarah, algo más tranquila.

Raymond dio un sorbo al té.

—O saldrá catastróficamente mal y tendrás que volver a mover todo esto.

—¡Raymond! —le espetó Judith.

—Solo presento todo el abanico de resultados posibles.

—No ha pedido una evaluación formal.

—Una decisión plenamente informada requiere...

—Se va a vivir con su novio, no está presentando una solicitud de licencia de obras.

Sarah soltó un resoplido dentro del té, mitad risa y mitad desesperación.

—¿Os dais cuenta de que sonáis exactamente igual que mis padres discutiendo sobre mis decisiones vitales?

Se hizo el silencio en la habitación.

Raymond se irguió.

—No estamos discutiendo —dijo, haciendo acopio de dignidad.

—Es una distensión. Estábamos reconociendo un desacuerdo —añadió Judith.

—Lleváis toda la semana igual. —Sarah los miró alternativamente con expresión de saber de qué iba la cosa—. Sois de lo que no hay, los dos.

—No sé qué quiere decir eso —dijo Raymond.

—No —dijo Sarah con una sonrisita—. Ya sé que no lo sabes. Sois como un par de reacciones químicas burbujeando. —Movió los dedos de ambas manos como si picoteara trocitos diminutos—. Descomponiéndolo todo constantemente en sus elementos básicos.

Raymond la miró sin expresión.

—¿Eso es bueno o...?

Sarah se rio para sí.

—No, es irritante. Pero que tengas que preguntarlo es casi entrañable. Casi.

Tras otra hora de trabajo agotador, la furgoneta quedó vacía; Sarah se encargó de desembalar las cosas de la cocina mientras Judith y Raymond se desplomaban en el sofá. Durante casi toda la mudanza habían conseguido evitar hablar del caso.

—Heather Marsh —dijo Judith, sin hacer caso del gruñido de cansancio de Raymond—. Tenemos que encontrarla.

—Seguramente ha vuelto al escondite.

—¿Puedes mandar a alguien a comprobarlo?

—O ha vuelto a casa —añadió él rápidamente.

—Entonces deberíamos comprobarlo.

—Cuando se denuncie su desaparición, lo haremos.

—La única persona que podría denunciarla es su hija. Y está en la cárcel. Y no se hablan.

Raymond cerró los ojos y se pellizcó el puente de la nariz.

—Judith, a veces me pregunto si nos confundes a propósito con los servicios sociales. No estamos aquí para ayudar a la gente. Bueno, al margen de un delito denunciado —se apresuró a añadir al captar su mirada.

—Puede que tenga información crucial.

—Ya la interrogamos —les recordó Sarah desde la cocina—. No tenía mucho que decir.

Judith intentó levantarse y caminar de un lado a otro, pero las piernas temblorosas la hicieron pensárselo dos veces.

—Porque se hicieron las preguntas equivocadas.

—Tú misma nos lo dijiste: el vecino dice que a menudo desaparece del mapa.

—¿En plena investigación por asesinato?

Raymond se quedó callado un momento mientras examinaba su té. La tercera taza desde que habían llegado.

—¿Qué sugieres? —dijo.

—Sugiero que vayamos a ver su casa como es debido —dijo Judith—. No como un caso de persona desaparecida. Como una comprobación de bienestar. Una ciudadana preocupada da el aviso y un agente acude a asegurarse de que todo está bien.

Él negó con la cabeza.

—Pero nadie ha dado el aviso.

Judith sacó el móvil y lo agitó ante él con aire amenazador.

—¿De verdad quieres que haga esa llamada y añada todo ese papeleo innecesario?

Raymond resopló, derrotado.

—Serías capaz, ¿verdad?

Intuyendo la victoria, Judith se puso en pie tambaleándose.

—Sí, porque yo soy así.

Raymond se levantó; le dolía el trasero de tanto subir y bajar escaleras. Se rio con sorna para sus adentros: aquel dolor de culo le recordaba a Judith.