Muerte tras el objetivo (Un misterio de Judith Spears 5) Capítulo 21
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Capítulo 21

R aymond Collins dio la vuelta con el pie a una plancha de chapa ondulada ennegrecida.

—Ya he visto incendios antes —dijo, mirando debajo—.

Este fue concienzudo. Haría falta una planificación meticulosa para causar este tipo de daños sin prender fuego al bosque de alrededor.

Esto fue un incendio provocado. ¿Ves los daños en el metal?

Para eso hace falta muchísimo calor. Tuvieron que usar un acelerante para avivar las llamas.

Lo que quedaba era el esqueleto ennegrecido de una construcción auxiliar del tamaño de una cabaña; los pocos maderos que seguían en pie asomaban de la tierra como dedos carbonizados.

Las planchas combadas del tejado de chapa ondulada yacían retorcidas en el suelo, cubriendo los restos parciales de unos bancos de trabajo.

Los muebles se habían desintegrado casi por completo, salvo las patas metálicas y varias cubetas de plástico deformadas.

—¿Un acelerante como la gasolina? —dijo Judith con cautela.

—Es posible. Pero yo diría que algo más industrial.

Judith se quedó pensativa.

—Usado por alguien con buenos conocimientos de química.

—Eso ayudaría. Si esto es lo que fotografió Wilman, me pregunto qué hacían aquí.

Judith dio un puntapié a una botella de plástico derretida. La etiqueta había desaparecido, pero la forma recordaba a las que había visto en los estantes del cuarto oscuro. Le lanzó una mirada elocuente.

Él la recogió para examinarla más de cerca, desconcertado.

—¿Quién montaría un cuarto oscuro aquí? No tiene sentido.

Judith asintió y examinó un banco de trabajo apoyado contra un trozo de pared que había sobrevivido hasta la altura de la cintura.

Estaba a punto de darse la vuelta cuando algo le llamó la atención entre las cenizas, entre la mesa y la pared.

Se agachó y apartó los escombros de tres objetos grotescamente derretidos, todavía reconocibles como teléfonos móviles.

Se habían quemado por completo hasta quedar en plástico retorcido, pero no lo suficiente como para fundir el metal ni el cristal.

Supuso que se habían caído del banco y habían pasado desapercibidos.

Raymond se unió a ella y se puso un par de guantes de látex azules para poder coger un móvil.

—Buen hallazgo. ¿Qué hacen estos aquí?

A Judith la asaltó una oleada de ideas mientras hilos aparentemente inconexos empezaban a echar chispas.

—¿Hay suficiente como para saber si son robados?

—Creo que sí. —Raymond metió los móviles en una bolsa de pruebas de plástico que llevaba en el bolsillo—. ¿En qué estás pensando?

—Estoy pensando que esto era un laboratorio...

—¿Drogas? —Raymond levantó la bolsa con los móviles—. Ya sabes lo que dicen: la gente con dos móviles o está en el mundo del espectáculo o es camello.

Judith negó con la cabeza. Todavía intentaba ver el panorama completo.

Justo entonces, el walkie-talkie de Raymond cobró vida con un chasquido.

—¡Jefe! ¿Me oyes?

Raymond pulsó el botón para responder.

—Alto y claro, Eastly.

—Hemos encontrado algo que deberías ver.

Se reunieron con Sarah Eastly y Kevin Fenton a unos ochocientos metros camino abajo del punto donde se habían separado. El camino se había ido estrechando hasta convertirse en poco más que una senda bordeada de helechos que llegaban hasta los muslos.

Estaban al borde de una espesa mata de avellanos, a una veintena de metros del camino. A Raymond le sorprendió que hubieran visto algo desde la senda. Tuvo que aguantar el entusiasta relato de Kevin sobre su época de boy scout y sobre cómo se había fijado en la hierba aplastada por el uso repetido.

Su comentario entre dientes, «¿Tú eras de Los Cinco?», recibió una mirada en blanco del agente y una risita disimulada de Judith.

Dentro de la mata, sujeta a los tallos de los avellanos con pulpos elásticos y vientos, había una estructura de lona de camuflaje. Incluso a pocos metros, el diseño moteado en verde y marrón se fundía con el entorno.

—Esto lo he visto en El hombre y la Tierra —dijo Judith mientras la rodeaba.

Era un escondite de fotógrafo. Sarah sujetó la solapa abierta y entró a cuatro patas. Solo había sitio para una persona, así que Judith y Raymond se agacharon en la entrada.

Dentro había un saco de dormir impermeable, una linterna de pilas enganchada al techo y una pequeña mochila con un termo y una fiambrera vacía. Un trípode Manfrotto estaba junto a una solapa horizontal con cremallera que daba a los árboles.

—Esa es la dirección por la que hemos venido —le dijo a Raymond. El significado no se les escapó.

—La pandilla de Clickers ataca de nuevo —dijo Sarah, examinando una bolsa de plástico en la que alguien había guardado responsablemente varios envoltorios de chocolatinas—. ¿Creéis que Henry Wilman estuvo aquí?

Raymond negó con la cabeza.

—Esto parece demasiado reciente.

—Y ese trípode no es un equipo barato. —Judith se humedeció los labios—. Creo que esto lo está usando Heather Marsh. Que en este momento está desaparecida.

Sarah miró alternativamente a Judith y a Raymond, confundida.

—¿Desaparecida?

Raymond se encogió de hombros.

—A mí no me preguntes. Es la primera noticia que tengo. Solo soy el detective al mando de esta investigación.

Judith supo que había llegado el momento de hacer de tripas corazón.

—Fui a su casa. Su vecino lleva varios días sin verla. Curtis tampoco sabe nada de ella. Hablé con Felicity Nelson en la tienda solidaria en la que trabaja, y me dijo que seguramente Heather había venido aquí para intentar conseguir unas fotos decentes de naturaleza para la exposición.

Raymond digirió en silencio el torrente de información.

—¿Has estado interrogando a todo el mundo? —gruñó en voz baja.

Judith fingió sentirse ofendida.

—En absoluto. Me he unido hace poco al grupo.

—Que no la encuentres no la convierte en una persona desaparecida —señaló Sarah con tacto, desactivando una discusión que se estaba gestando.

—No, pero el hecho de que estuviera aquí, no muy lejos de la zona que fotografió Wilman por última vez, y cerca de una caseta destruida a propósito que acabamos de encontrar...

Sarah frunció el ceño y miró a su jefe.

—¿Qué caseta?

Raymond no contestó; tenía la vista clavada en Judith.

—¿Qué tienda solidaria? —Cuando Judith fingió no oírlo, añadió—: Second Chances ardió anoche.

Judith intentó parecer sorprendida.

—Esa es.

Raymond se cruzó de brazos y echó la cabeza hacia atrás.

—Judith, ¿qué más no nos estás contando?

—Montones de cosas, como de costumbre —dijo ella a la defensiva.

Demasiado a la defensiva. Hasta Sarah Eastly se cruzó de brazos en un silencioso juicio—.

Bueno... en su momento no era nada. No tenía mucha relación.

Pero ahora —enroscó un dedo índice alrededor del otro—, las cosas han empezado a cuajar de forma bastante inesperada.

Y hasta ahora no estaba segura de por qué.

—Y ahora sabes... ¿qué, exactamente?

Judith levantó un dedo índice a modo de advertencia.

—Antes de decirlo, tengo que avisaros de que no tengo ni una pizca de pruebas.

Raymond soltó un bufido, molesto.

—¿Para qué romper la costumbre de toda una vida?