Muerte tras el objetivo (Un misterio de Judith Spears 5) Capítulo 20
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Capítulo 20

L a parte delantera de la tienda estaba completamente en llamas.

Los percheros de ropa ardían, las placas del techo prendían en oleadas de intensas llamas azules, y un humo negro y espeso lo ahogaba todo.

Judith se había quitado de un tirón el abrigo manchado de gasolina justo cuando empezaba a arder, liberando la sudadera negra de debajo para poder subirse el cuello y taparse la boca.

Se agachó para respirar el aire más limpio y pensar cómo escapar.

Cruzar a la carrera entre las llamas, aunque solo fuera una decena de metros hasta la seguridad de la acera, se volvió imposible cuando el coche empezó a arder.

Las llamas anaranjadas, que se extendían y parpadeaban, revelaron varios bidones de gasolina amontonados en el asiento trasero.

Las intenciones del pirómano estaban clarísimas.

No era la primera vez que se veía atrapada en un edificio en llamas, y tomó nota mental de replantearse urgentemente sus decisiones vitales.

Pero de momento no había tiempo para papeleo existencial.

Con unas reservas de energía hasta entonces inesperadas, o más probablemente con la adrenalina mezclada con el bollo con pasas que se había comido antes de salir, subió la escalera de un salto como una adolescente.

Iba por la mitad del camino hacia la ventana abierta por la que había entrado cuando la gasolina prendió dentro del coche.

La explosión fue grave y profunda; le sacudió las costillas mientras las tablas del suelo vibraban violentamente bajo sus pies.

La onda expansiva la ayudó a salir de cabeza por la ventana...

Los bomberos llegaron con una eficacia impecable. En cuestión de momentos, las mangueras atacaban las llamas, e hicieron un trabajo extraordinario para impedir que el fuego se extendiera a los edificios colindantes.

Judith lo observó todo desde la seguridad de su coche, aparcado a dos cruces de allí.

Apenas recordaba haber bajado a trompicones por la escalera de incendios y haber salido tambaleándose a la calle, tosiendo y escupiendo.

Apestaba a humo y tenía la piel cubierta de manchas de hollín negro.

Si alguien la veía, sería la principal sospechosa de haber provocado el incendio.

Alegar que había entrado a la fuerza antes de que llegara el pirómano no le salvaría el pellejo ante un tribunal.

Arrancó el motor, pero vaciló, medio aturdida y medio hipnotizada por las luces azules de emergencia.

Todavía olía a quemado mezclado con gasolina acre.

Pero había algo más que le había llegado a la nariz justo antes de que soltara la cerilla.

Un olor familiar... pero no podía estar segura de que no fuera un truco de su imaginación.

El agradable aroma de los mangos.

¿Era Simon Kirby el pirómano?

La aleta abollada del lado del copiloto del Peugeot y el faro torcido no podían atribuirse a haber atravesado el escaparate. El coche debía de haber tenido otra colisión. El tipo de cosa que haría que acabara en un desguace...

Eso significaba que Simon Kirby o bien tenía ahora la cámara, si era eso lo que había recogido, o bien la prueba se había destruido en el infierno de llamas. Fuera lo que fuera lo que contenía, era tan comprometedor que había pensado que lo mejor era arrasar el edificio.

Y ahora tenía otro problema. Él la había visto. Fuera quien fuera, ella se había plantado delante de él y le había hablado. Quizá había estado demasiado oscuro para que le viera la cara. Quizá no la había reconocido... pero lo que mataba era la incertidumbre.

Se corrigió: el psicópata a sangre fría que se había quedado sentado con Henry Wilman mientras lo envenenaba, que después le había metido un objetivo de cámara por la boca y que, presumiblemente, había rematado la jugada intentando quemar viva a Judith...

ese era el asesino. La incertidumbre era otro problema letal añadido.

Bajó las ventanillas para ventilar el coche mientras conducía hacia casa, repasando los hechos una y otra vez.

A Henry Wilman lo habían asesinado y le habían robado la cámara.

Presumiblemente, había presenciado algo que no debía.

Simon Kirby era un perista que traficaba con objetos (presumiblemente) robados; Rachel lo había confirmado.

Su mujer había tenido una aventura con el hombre asesinado.

Su desguace había sido escenario de un altercado entre él y el fotógrafo asesinado.

Vapeaba sabor mango. (Probablemente) había entrado a la fuerza en una tienda solidaria y le había prendido fuego para robar, o destruir, la cámara que antes había estado en su casa.

La policía no tenía nada de esa información.

Toda ella, era consciente, debería tenerla la policía.

Pero aún había demasiados «probablemente» y «presumiblemente» como para que fuera algo más que especulación. Collins querría, testarudo, cosas como confesiones, pruebas y órdenes judiciales.

El móvil se le iluminó con una notificación que se le había pasado. Un mensaje de Sarah, enviado a primera hora de la noche. Aprovechó un semáforo en rojo para leerlo.

¡Kev ha encontrado la verja! Vamos mñn a 1ª hora x si t apuntas.

Aunque el lenguaje de mensajes de Sarah le hizo torcer el gesto, la pequeña victoria la hizo sonreír. Eso lo decidía. Al día siguiente lo aclararía todo con el subinspector Collins y quizá trazarían un plan de acción para atrapar al asesino.

Era lo mínimo que podía hacer, ahora que él había intentado matarla.

El agente Kevin Fenton estaba demasiado entusiasmado para ser las siete de la mañana.

Judith se había quedado dormida en la bañera y se había despertado en un agua fría que se había vuelto negra como la tinta.

Después de eso, apenas había conseguido dormir.

De camino a la cita de la mañana, se le habían cerrado los párpados de forma alarmante y, por momentos, le había costado seguir el navegador porque se le nublaba la vista.

Aun así, llegó al bosque de una pieza. Era el mismo al que la había llevado Curtis, pero había tomado un estrecho camino de acceso que llevaba a una zona de aparcamiento cercada por una valla de madera.

Su pequeño Ka se las vio y se las deseó por el camino embarrado y lleno de baches, y llegó para encontrarse a un subinspector Collins muy ufano esperando junto a un Land Rover de la policía requisado, más adecuado para circular campo a través.

El saludo mordaz de Judith no llegó a salir de sus labios, porque el agente Kevin Fenton se adelantó de un salto, con la agente Eastly tras él.

—¡Tenía razón! —proclamó—. Cuarenta y seis verjas no coincidían —dijo Fenton, con el tono radiante de quien informa de un éxito y no de días de caminata agrícola—.

Pero... —señaló con unas manos de jazz hacia una verja que impedía el paso de vehículos bosque adentro—.

¡Les presento a la número cuarenta y siete!

Sarah levantó el móvil y le enseñó a Judith la fotografía del cuarto oscuro de Wilman. La verja coincidía: tenía la bisagra de arriba rota y le faltaba un listón inferior.

—Excelente trabajo, agente —dijo Judith—. Formamos un buen equipo.

Raymond Collins dio una palmada y se frotó las manos para combatir el frío.

—Puede que por fin podamos empezar a reconstruir el rastro de Wilman. Pero sin los negativos no está claro en qué orden hizo esas fotos.

Judith dio un paso hacia la verja y la observó atentamente, empapándose de los detalles. Aparte de un montón de árboles, había poco que sacar en limpio.

—Aquí vio un chotacabras. Le hizo una foto. ¿Qué más veis?

Raymond siguió su mirada, expectante, y luego se le notó la decepción.

—Nada.

—Yo veo un camino. —Señaló bosque adentro—. ¿Vamos?

Los demás se le unieron mientras examinaba el pestillo de gravedad de la verja, diseñado para cerrarse solo al batir. Se había oxidado con los años, pero la palanca aún se movía con facilidad.

—Muy usado —señaló.

—Pero no es que impida mucho el paso a la gente —dijo Raymond.

—No, pero la cadena sí.

Raymond frunció el ceño.

—¿Qué cadena?

A Sarah Eastly le encantaba sintonizar con Judith, y el aire de primera hora de la mañana la hacía estar más atenta que nunca a los detalles.

—La que falta —declaró.

Raymond soltó un gruñido.

—Ay, Dios, su locura es contagiosa. ¿Ahora vemos cosas invisibles, Eastly?

Sarah intercambió una sonrisa pícara con Judith, que le hizo un breve gesto con la cabeza para que siguiera. Sarah señaló una muesca en el poste de madera, unos centímetros por debajo del pestillo.

—Esto lo ha hecho algo pesado, como una cadena. Una cadena es todavía más probable por las capas sanas de musgo que hay por encima y por debajo. —Señaló una zona de madera pálida entre ambas—. En cambio, aquí lo han rascado. Una cadena haría eso. —Les sonrió radiante.

—¡Bien visto! —comentó el agente Fenton, novio leal donde los haya. Su admiración flaqueó ante la mirada gélida del subinspector Collins.

—Mmm. No está mal. Quizá.

Judith soltó el pestillo y empujó la verja. Al pasar junto a Raymond, lo miró de arriba abajo.

—Vaya, vaya, qué gruñones estamos esta mañana.

La mañana era luminosa y fría; el cielo se veía entre las ramas que empezaban a brotar sobre sus cabezas. Judith y Raymond abrían la marcha por el camino.

—¿Qué te pasa en la rodilla? —Collins se había fijado en una ligera irregularidad en sus andares.

—Tropecé en la escalera —dijo Judith.

—¿Cuándo?

—Anoche. ¿Vas a preguntarme qué hacía en la escalera? —preguntó ella.

—Si la respuesta no es subir o bajar, prefiero no imaginármelo.

Llegaron a una bifurcación del camino. Raymond sacó una radio de la chaqueta y Sarah levantó otra. Un rápido apretón del botón con el pulgar y entre ellos sonó un pitido con chasquido.

—Nos separamos. —Raymond señaló a la izquierda—. Su señoría y yo vamos por aquí. Vosotros dos, por allí. Démosle media hora.

Al minuto de separarse, Judith tuvo claro que su camino se usaba con regularidad. Raymond había hablado con los guardas que cuidaban el parque. No habían pasado por allí en todo el invierno.

—¿Qué hacía Wilman aquí?

—Sacarle el máximo partido a la naturaleza —respondió Judith—. Y vio algo que no debía.

—Hay denuncias de que este es un sitio de dogging . —Raymond notó que se le encendían las mejillas cuando Judith le lanzó una mirada—. No tiene nada que ver con pasear perros. Es cuando, eh... la gente aparca y se pone a...

—Sé lo que es —dijo Judith, disfrutando de verlo pasar apuros—. Lo que me sorprende es que lo sepas tú.

—Soy detective —dijo él a la defensiva, y se arrepintió al instante de lo mucho peor que sonaba—. ¿Por qué no paras de insinuar que vio algo que no debía?

—Este es justo el tipo de sitio al que vendrías si estuvieras metido en algún tejemaneje ilegal, ¿no?

—Encaja con el perfil —convino Raymond.

—¿Y si vio algo, hizo una foto y luego los culpables le siguieron la pista?

Averiguaron lo que sabía, y entonces lo mataron, dejando una señal para que otros dejaran de husmear...

—Dejó la frase en el aire para que él uniera los puntos por sí mismo.

En el silencio que siguió, notó que su mirada la abrasaba—. ¿Qué pasa?

—Esperaba que me lo dijeras tú. Ya te conozco lo bastante bien, Judith. Sabes más de lo que cuentas.

Judith gruñó para sus adentros. Había perdido horas de sueño pensando cómo contárselo todo sin que se enfadara. Por desgracia, no había llegado a ninguna conclusión satisfactoria. En lugar de eso, decidió tratarlo como una tirita. Arrancarla de golpe para acabar cuanto antes con el dolor.

—Creo que el dueño del desguace está detrás del asesinato.

Raymond parpadeó, sorprendido ante la mención de un sospechoso que ni siquiera estaba en su radar.

—¿Quién?

—Simon Kirby.

—¿Estamos hablando del mismo caso? ¿El de esa panda de frikis que no paran de invitarte a cenar?

Judith casi tropezó de la sorpresa.

—¡Una vez! Y eso fue porque Geoff... una coincidencia.

—Farfulló, de pronto sin palabras—. Bueno, puede que dos, pero todavía no le he contestado a Curtis...

—Evitó su mirada y siguió adelante—. Mira, creo que aquí se intercambiaban objetos robados.

Henry Wilman tropezó con la operación, hizo fotos y eso le costó la vida.

—¿Y todo eso basándote en qué pruebas? ¿En las fotos que no tenemos, hechas con una cámara que tampoco tenemos?

Judith se paró en seco. Raymond se había pasado todo el rato mirándola a ella y no hacia delante. Ella señaló entre los árboles.

—Creo que esta puede ser la prueba que estábamos buscando.

El subinspector Raymond Collins se dio la vuelta y vio los restos de una estructura más allá de los árboles.

Soportes de madera y planchas de chapa ondulada carbonizadas se habían desplomado sobre unos cuantos bancos.

Todo estaba chamuscado y negro, y a Judith le evocó lo ocurrido la noche anterior.

Allí había habido una vez un edificio, que alguien había reducido a cenizas.