Muerte tras el objetivo (Un misterio de Judith Spears 5) Capítulo 19
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Capítulo 19

C omo Judith había supuesto, el primer piso se usaba como almacén, con percheros de ropa y cajas de donaciones aún por evaluar.

A la planta de la tienda se accedía por una puerta al final de la estrecha escalera interior.

Judith bajó con la linterna baja, dirigiendo el haz hacia la moqueta raída para no tropezar con las carpetas que se alineaban en los peldaños. Era un caos organizado.

Se detuvo al pie de la escalera para asegurarse de que no pasaba nadie por delante de los grandes escaparates.

Solo una farola al final de la calle arrojaba algo de luz al interior, así que las sombras eran densas.

Sin embargo, sin persianas ni cortinas, una linterna moviéndose dentro se vería al instante.

En poco más de un minuto, solo pasó un coche.

Al salir del cruce de enfrente, sus faros barrieron las sombras del escaparate y recorrieron la tienda.

Judith apagó la linterna y se quedó sentada a oscuras unos segundos hasta que el ruido del motor se alejó.

Luego pasó el haz por la sala, apuntando al techo y a los rincones ante la remota posibilidad de que hubiera cámaras grabando todos sus movimientos.

Convencida de que la rudimentaria alarma era el único elemento disuasorio, Judith se acercó a las mesas junto a la puerta y se arrodilló para examinar las cajas de donaciones que había debajo.

Habían desaparecido.

Se lo esperaba, así que barrió la sala metódicamente con la linterna, empezando por la izquierda y avanzando hacia la derecha.

Los percheros de ropa. Las estanterías de menaje abarrotadas de baratijas, y la pantalla de lámpara de Clara que había visto en la caja de donaciones.

Felicity le había puesto con entusiasmo un precio de cinco libras.

A su lado estaba la cazuela blanca, al mismo precio.

O Felicity no quería que esos artículos se vendieran, o les había puesto precio con el piloto automático.

Tras pasar con cuidado la linterna por cada estante, Judith se convenció de que la Sony no estaba allí.

Después venía una estantería atestada de títulos que habían arrasado hacía unos meses, antes de que los clubes de lectura pasaran al siguiente autor famoso. Un expositor de juguetes de segunda mano en un rincón dio resultados igual de negativos.

Felicity podía habérsela llevado a casa, pero eso era arriesgado, teniendo en cuenta que la investigación por asesinato seguía en marcha. Judith estaba convencida de que el mejor sitio para esconder una prueba comprometedora era entre todo aquel desorden.

Al mirar el reloj vio que llevaba casi veinticinco minutos revisando metódicamente las estanterías.

En todo ese tiempo no había pasado ni una sola persona por fuera.

Estaba a punto de pasar a un conjunto de chaquetas, botas y guantes de esquí, bien ordenados en una estantería de madera, cuando una mesita en un rincón le llamó la atención.

El haz de la linterna había pasado por encima y había revelado atisbos de sombras ondulantes, como una ladera.

Sobre los objetos de debajo habían echado una manta de pícnic de cuadros rojos y negros.

El instinto tomó el mando y Judith levantó la tela.

Debajo estaba el cuerpo de la cámara Sony.

Lo cogió con la mano enguantada y le dio la vuelta. La luz reveló golpes y abolladuras en el plástico, señales de una vida de mucho uso. Abrió con el pulgar una pequeña tapa y dejó a la vista la ranura de la tarjeta de memoria. El corazón le dio un vuelco: la tarjeta seguía allí.

El tenue sonido del motor de un coche fuera le hizo apagar la linterna de golpe.

Se estaba incorporando cuando el escaparate de la tienda estalló en un estruendo tremendo al empotrarse un coche dentro. Segundos después le siguió el chillido ensordecedor de la alarma antirrobo.

Adiós al sigilo.

Judith dio varios pasos atrás por instinto y tropezó con una mesa expositora, cuyas patas se partieron bajo su peso. Aterrizó sobre el trasero con tal golpe que se quedó sin aire en los pulmones. La cámara que sostenía se le escapó de la mano y se perdió deslizándose en la oscuridad.

Fragmentos del marco del escaparate, estanterías destrozadas y artículos de la tienda repiquetearon sobre la carrocería del maltrecho Peugeot 205 mientras el conductor salía, dejando que el motor tosiera y se calara.

La caída había impedido que los faros torcidos la delataran, y Judith se quedó totalmente inmóvil en la oscuridad mientras el conductor, con una chaqueta acolchada negra, guantes y un pasamontañas, examinaba la tienda.

Era un hombre de complexión media, pero, aparte de eso, era imposible distinguir ningún rasgo característico.

Llevaba algo en la mano. Judith había supuesto por error que era un foco robusto, de los que usan los obreros. Pero era un bidón de plástico. Le quitó el tapón, y el olor dulzón de la gasolina le dijo todo lo que necesitaba saber.

¿Para qué perder el tiempo buscando la cámara si la prueba podía destruirse fácilmente?

Vació el bidón y lo lanzó a las sombras; aterrizó en el pecho de Judith y le salpicó la chaqueta con los últimos restos de combustible.

Debió de soltar un grito ahogado por el impacto, porque la cabeza del hombre giró bruscamente hacia ella mientras sacaba una caja de cerillas del bolsillo.

A Judith le temblaban las piernas cuando se levantó.

Los faros abollados del coche le iluminaban la cara, cegándola e impidiéndole ver bien al hombre.

Pero había registrado lo suficiente: el coche tenía más daños de los que podía haberle causado el escaparate.

Los faros torcidos y la aleta del copiloto abollada indicaban que ya había tenido un accidente.

Su presencia no estaba prevista, lo que hizo dudar al pirómano.

—No tiene por qué hacer esto —dijo ella. No era la declaración más contundente, pero se encontraba claramente a la defensiva.

Con la alarma chillando, incluso en una calle tan tranquila, sería cuestión de minutos que la gente se acercara a ver qué pasaba.

El hombre encendió una cerilla... pero seguía indeciso.

Entonces algo en el suelo iluminado por los faros le llamó la atención. Se agachó a recogerlo. Judith no distinguió qué era, y esperó que no fuera la cámara.

El hombre retrocedió un paso hacia el escaparate, ladeando la cabeza mientras las luces de un coche que se acercaba aparecían poco a poco. Entonces tomó una decisión y echó a correr.

Pero no sin antes arrojar la cerilla al charco de gasolina.

El fogonazo de la ignición fue seguido casi al instante por un muro de calor que hizo retroceder a Judith hasta la pared mientras la tienda se iluminaba con un incendio feroz.