Muerte tras el objetivo (Un misterio de Judith Spears 5) Capítulo 18
57%

Capítulo 18

A Judith no le gustaban los dilemas. Ni siquiera le gustaba la palabra, y solo la habría admitido para sumar unos cuantos puntos en el Scrabble, o muchos más si conseguía colocarla entre dos casillas de triple palabra.

Con una taza de té fuerte, sentada a la mesa de la cocina, malgastó un tiempo precioso calculando que, para eso, la palabra «lema» tendría que estar ya en el tablero.

Aquel análisis no sirvió absolutamente de nada para atenuar el dilema que estaba evitando.

La cámara Sony, si de verdad era la cámara desaparecida de Henry Wilman, era una prueba que tenía que estar en manos de la policía.

Para contarle al subinspector Raymond Collins cómo había encontrado la prueba, tendría que hablarle de que Clara Kirby había acudido a ella.

Su plan había sido simplemente ayudar a la coartada de Clara aportando detalles que no arruinaran a una mujer cuya única culpa era tener una aventura para escapar de un matrimonio desgraciado, y posiblemente violento.

Sin embargo, ahora empezaba a dudar de lo inocente que era Clara. Había visto el ojo morado disimulado de Clara y entendía la necesidad de creer que podía ser víctima de malos tratos; pero no podía descartar que un moratón pudiera hacerse igualmente al intentar asesinar a alguien.

Para complicar aún más ese razonamiento, su marido, Simon, estaba metido en el transporte de móviles a gran escala, lo que había acabado con la detención de Rachel Marsh. La hija de Heather Marsh, la socia de Clickers ahora desaparecida.

Problema número uno: no tenía ninguna prueba real de que los móviles fueran robados.

Al fin y al cabo, Simon Kirby llevaba un desguace, así que podía estar reciclándolos legalmente.

El único delito entre los sospechosos hasta el momento era que Rachel Marsh había robado un coche para transportar los móviles para Simon.

Algo que ella misma admitía sin reparos.

Problema número dos: aparte de que Simon Kirby y Heather Marsh se conocieran, o al menos supieran de la existencia del otro, no había nada que los relacionara con el asesinato de Henry Wilman...

Salvo que Henry Wilman y Clara Kirby tenían una aventura.

Una aventura de la que Felicity Nelson estaba claramente celosa... y ahora la cámara desaparecida de Wilman (posiblemente) había aparecido en la tienda solidaria en la que ella trabajaba, en una caja que procedía de la casa de Simon Kirby.

Judith tenía que hacerse con la cámara antes de que Felicity pudiera deshacerse de ella, y puede que ya fuera demasiado tarde.

Dio un sorbo al té y dejó que sus pensamientos rodaran sin freno. Lamentaba no haber mantenido informado al subinspector Collins de su caso paralelo; no, se corrigió, lamentaba no habérselo contado a la agente Eastly. Sarah sería más comprensiva con la delicada situación de Clara.

También estaba la cuestión de que Felicity hubiera movido la caja. No tenía motivos para sospechar que Judith conocía su importancia, así que ¿había sido realmente deliberado o un accidente?

Contárselo a Raymond Collins llevaría tiempo, y luego lo pondría en la tesitura de tener que hablar directamente con Felicity; y si ella negaba tenerla, tendría que volver con una orden de registro.

Felicity no había sobrevivido a un divorcio ruinoso y a una vida secreta en una tienda solidaria por ser lenta a la hora de actuar cuando la acorralaban.

Eso le daría días para deshacerse de la prueba y borrar su rastro...

Y eso si de verdad era la cámara desaparecida, y no una que alguien había donado en un arrebato de buena voluntad.

Judith dejó la taza.

En realidad solo había una opción sensata, y no era sensata en el sentido convencional de la palabra. Ni legal. Pero era lógica, que siempre había considerado la mejor de las tres cualidades.

Tendría que llegar ella primero.

El reloj marcaba las tres y media. La tienda cerraba a las cinco. A las siete ya sería de noche; a las ocho, para ir sobre seguro. Entonces sería cuando Judith atacaría.

Second Chances ocupaba la planta baja de un edificio adosado en el extremo de la calle, con un estrecho callejón a lo largo del lado derecho.

Al comprobarlo en Google Maps había descubierto una escalera metálica de incendios en la fachada trasera.

Cuando llegó, a las diez y cuarto, el edificio estaba a oscuras.

Se había vestido con sentido práctico: abrigo oscuro, botas cómodas con suela de goma, la linterna del cajón de la cocina y un par de finos guantes de goma azules, uno de los varios pares que había tomado prestados de una caja que usaban los técnicos de la Científica.

No era una tarea que le hiciera ilusión hacer sola.

Su última incursión de allanamiento, en un almacén, había acabado mal, y aquella vez lo había hecho con un compinche.

Aunque el compinche fuera el criminal en cuestión.

Se planteó llamar a Maggie como refuerzo, pero su amiga estaba ayudando a su pareja en la campaña para las elecciones al Parlamento, así que no era una alternativa viable.

Pedirles a sus dos detectives de policía favoritos que la ayudaran a allanar un local quedaba directamente descartado.

Era un panorama deprimente que la única persona a la que le quedaba por llamar fuera Derek Sheppey.

Literalmente, su excompinche en el delito.

Estaba en su casa de Bath y no tenía la menor intención de hacer el viaje para ayudarla.

Sobre todo porque Derek y Judith estaban en mitad de un plan a fuego lento para descarrilar una investigación sobre su propio pasado.

Si los pillaban a los dos, ese esfuerzo se iría al traste con consecuencias desastrosas.

Le había advertido de los peligros de su plan, de la estupidez que suponía, y luego había procedido a detallarle la operación.

Derek era, al menos, un hombre pragmático, que combinaba poder negarlo todo con su genuina fe en las habilidades de Judith para tranquilizar su propia conciencia. Si es que todavía tenía una.

El callejón junto a la tienda solidaria apestaba a cubos de basura y a ladrillo húmedo.

Judith lo recorrió con la seguridad de una mujer de unos cincuenta y cinco años convencida de tener al menos diez menos, y que pensaba que lo mejor era actuar en consecuencia antes de que su cuerpo la obligara a enfrentarse con la realidad.

La puerta trasera era una pieza maciza de metal.

La ventana de la planta baja tenía barrotes de seguridad.

Parecía que la ventana del primer piso era de guillotina y se podía abrir.

La escalera de incendios trasera era una escalera metálica atornillada al ladrillo, de las que se instalaban en los años setenta, cuando la normativa contra incendios era más una sugerencia que una obligación legal.

El último tramo estaba levantado, pensado para bajarlo empujando desde arriba.

Judith se planteó por un momento trepar por el bajante.

Ya lo había hecho otras veces, pero intuía que su cuerpo estaba a punto de vetarlo muy pronto.

De puntillas, llegaba justo a alcanzar el peldaño más bajo y engancharlo con los dedos.

Colgó su peso de él. Durante un momento no pasó nada, y maldijo no haber cogido unos kilos de más y estar en tan buena forma.

Luego, con un chirrido metálico reacio, la escalera bajó unos centímetros, lo que alteró a un par de perros de la zona, que decidieron entablar un duelo de ladridos, aunque al menos eso ayudó a disimular el ruido.

La escalera bajó un metro antes de atascarse.

Judith se quedó colgando de ella un momento.

Luego el mecanismo renunció a su objeción y el tramo bajó con un estruendo que estaba bastante segura de que se había oído en el código postal de al lado, y que la mandó de culo al suelo.

Esperó y escuchó.

Nada. Hasta los perros abandonaron su protesta. Pasó un coche por la calle mayor. Las ventanas de los pisos de arriba de los demás edificios siguieron a oscuras. Judith soltó el aire y subió.

La ventana del primer piso era de guillotina antigua y tenía unos barrotes finos para impedir la entrada si a alguien se le ocurría romper el cristal.

Al enfocar con la linterna a través del cristal sucio, vio un pequeño contacto magnético blanco en el marco.

Un sensor de alarma básico, anterior a los sistemas inalámbricos, que dependía de la conexión entre el marco de la ventana y su pieza fija en el alféizar.

Si rompía el circuito, saltaría la alarma.

Si no abría la ventana, no podía entrar.

Las matemáticas eran sencillas, y Derek había sido perspicaz al adivinar con qué se iba a encontrar.

Rebuscó en el bolsillo del abrigo y sacó su tarjeta Clubcard de Tesco, intentando recordar cuándo había comprado allí por última vez.

También llevaba una tarjeta de fidelidad de cartón de una cafetería en la que había estado una vez, antes de que pasaran a un sistema de fidelización totalmente digital, y un paquete de chicles que había comprado de camino.

Desenvolvió un chicle y se puso a masticarlo con energía. Nunca le habían gustado mucho los chicles, pero la hierbabuena le refrescó la boca seca. A la luz de la linterna, envolvió con cuidado el extremo de la tarjeta de la cafetería con el papel de aluminio plateado que cubría el chicle.

A continuación, colocó su resistente tarjeta de plástico de Tesco en la estrecha rendija entre las hojas, en la parte superior de la guillotina, y la meneó. Tras unos momentos de tanteo a ciegas, notó que el pestillo se desplazaba a un lado y desbloqueaba la ventana.

Ahora todo dependía de lo fiel que fuera su tarjeta de fidelidad. Sostuvo el peso de la ventana y la levantó con cuidado, pero solo unos milímetros. Se preparó para que sonara la alarma... pero siguió muda.

Inclinó la linterna para poder ver que la tira de contacto de la parte inferior de la ventana se había movido, pero la que iba unida a ella aún cubría a medias su sensor gemelo, y ese era el que tenía el cable conectado a la alarma.

Derek le había explicado el principio: si conseguía puentear el contacto magnético antes de separarlo, el circuito no se interrumpiría.

Deslizó la tarjeta de la cafetería por el hueco recién abierto en la parte inferior y la meneó para que se doblara y se flexionara al colocarse en su sitio, con el papel de aluminio ahora entre los sensores.

Luego subió la ventana un centímetro más, separando los sensores...

Pero la alarma no saltó. El aluminio mantenía vivo el circuito. Se sacó el chicle de la boca y lo usó para fijar la tarjeta en su sitio. Judith amplió el hueco hasta que fue lo bastante grande como para colarse por él.

Sintió una satisfacción impropia, teniendo en cuenta que estaba allanando ilegalmente una tienda solidaria. Pero lo difícil ya estaba hecho. Lo único que tenía que hacer ahora era localizar la cámara y estaría en casa a tiempo para unos bollitos tostados a medianoche.