Capítulo 16
B ien mirado, la sala de visitas de la cárcel era mucho más agradable que la cantina de la comisaría de Fulton, sobre todo por la ausencia del café de castigo.
En una ocasión Judith se había comido allí medio bocadillo de queso, una experiencia que rayaba en el crimen contra la humanidad.
O, al menos, contra sus papilas gustativas.
Esta sala estaba pintada de un verde relajante, con sillas de cubo de un naranja chillón atornilladas a las mesas, como una guardería de mínima seguridad.
Judith había movido algunos hilos para reunirse con la ladrona de coches condenada, y había evitado pedir ayuda al subinspector Collins, que en su opinión ya tenía demasiado entre manos.
Estaba siguiendo una corazonada, y lo único que él hacía era llevarle la contraria.
No conseguía concretar por qué se había mostrado tan brusco con ella el día anterior en la oficina, pero, tras una noche inquieta, decidió no darle más vueltas.
La introspección no figuraba entre sus habilidades.
En lugar de eso, recurrió a un contacto en el servicio de libertad condicional: una mujer llamada Greta que le debía un favor por un incidente relacionado con su terrier desaparecido.
Unas cuantas llamadas sin esfuerzo después, Judith veía cómo se abría la puerta y entraba Rachel, con la cabeza ladeada por la curiosidad.
Vestida con camiseta y vaqueros, Rachel parecía una chica de dieciséis años normal y corriente, más que una joven recién cumplidos los veinte que llevaba media condena.
Se sentó en tensión, con las manos entrelazadas sobre la mesa.
Judith reconoció la mirada de alguien que se arrepentía de sus decisiones vitales.
Mantuvo una expresión amable y cruzó las manos sobre la mesa.
—Hola, Rachel. Me llamo Judith Spears. No soy de la policía, ni del servicio de prisiones, ni siquiera de la prensa del corazón, y no he venido a hacerte la vida más difícil de lo que ya es. —Hizo una pausa—. Solo soy una entrometida con unas cuantas preguntas tontas.
Rachel no pudo contener una carcajada, y su tensión se disolvió.
—Es una presentación muy refrescante, Judith.
—Me parece que ayuda quitarse de encima las tonterías lo primero.
—¿Y eso suele funcionar?
A Judith se le abrieron mucho los ojos, como si estuvieran a punto de embarcarse juntas en una aventura mágica.
—¡Vamos a averiguarlo! —Se recostó en la silla y paseó la mirada por la sala—. Apuesto a que esto es lo más bonito que hay por aquí.
Rachel se recostó, copiando su postura.
—Supongo que no está tan mal. Para ser una cárcel, me imagino que las hay mucho peores.
Judith se inclinó hacia delante y bajó la voz.
—No pareces tener muchas ganas de comprobarlo.
Rachel acortó la distancia.
—La mayoría de la gente de mi edad está por ahí de fiesta, pasándolo bien y teniendo una crisis existencial sobre su futuro. Yo solo estoy haciendo una de esas cosas.
«Y además estás imitando mi lenguaje corporal», observó Judith para sus adentros.
Una buena señal, porque Judith se había estado moviendo a propósito.
Que Rachel la imitara era una indicación inconsciente de que estaba dispuesta a confiar en ella; quizá necesitaba una complicidad que no encontraba en la cárcel.
Por desgracia, Judith también reconocía la imitación como señal de alguien a quien los desaprensivos podían manipular con facilidad, y sospechaba que así era como Rachel había acabado allí.
—Llevas media condena; luego podrás decirle adiós a todo esto y hola a Ballerz —dijo, eligiendo la peor discoteca de la zona.
Rachel puso los ojos en blanco.
—¿Quién va a discotecas hoy en día?
Judith hizo una mueca, insinuando en broma que ella todavía iba. Aquello provocó otra risita de la chica. Luego Rachel se puso seria, y una nube gris de tristeza le cruzó la cara.
—No sé nada de mi madre desde que me condenaron. —Agachó la cabeza—. No me coge el teléfono cuando la llamo. Nunca viene a verme. Creo que debe de odiarme. —Un sollozo le sacudió todo el cuerpo.
Judith se inclinó todo lo que pudo y bajó la voz.
—No te culpes por eso. Me da la impresión de que tu madre se juzga a sí misma como un fracaso. No a ti. —Buscó los ojos de Rachel y sonrió con dulzura—. Siente que te ha fallado. Ya habrá tiempo de sobra para arreglar las cosas cuando salgas de aquí.
Rachel ladeó la cabeza a un lado y a otro, indecisa, mientras ordenaba sus pensamientos, y se irguió.
—¿Por qué quieres hablar conmigo?
Directa al grano. A Judith le gustó. Puede que Rachel fuera fácil de engañar, pero eso no significaba que no fuera lista.
—¿Por qué mangaste el coche?
—No sabía conducir. Bueno, no «legalmente». —Hizo las comillas en el aire con los dedos—. No me había sacado el carné. Me aseguré de que fuera un coche cutre. Nada llamativo que atrajera la atención.
Judith asintió.
—Tiene sentido.
—Solo que era demasiado cutre y se averió en el desguace.
La verdad, no me pareció tan malo, porque podían haberlo prensado y haberlo hecho desaparecer.
—Rachel suspiró—. Fue pura mala suerte. Calculé mal los tiempos.
A esas horas de la noche no había nadie, y para cuando se pudo hacer algo para esconderlo, ya habían avisado a la poli.
—La mayoría de los que roban coches para dar una vuelta se llevan coches rápidos. He visto las películas.
Rachel negó con la cabeza.
—No se trataba del coche. Estaba transportando cosas. —Dio la vuelta a las manos sobre la mesa—. Sabía que no era del todo legal. Pero tampoco era nada malo. Solo llevaba cosas de un sitio a otro.
—¿Qué clase de cosas?
Rachel se puso a la defensiva.
—No eran drogas, ni pistolas, ni nada de eso —dijo, a la defensiva—. Sé que eso está mal. Solo eran móviles que se habían caído de un camión sin que nadie saliera herido. Como Del Boy en Only Fools and Horses .
Judith echó la cabeza hacia atrás con una sonrisa cansada.
—Ay, si la sociedad hubiera estado preparada para la oleada de delitos que provocó esa comedia... No hay nada como un granuja entrañable.
Rachel sonrió.
—Eso es lo que me recordaba el tío del desguace. Un buscavidas, pero sin la gracia. Ni el encanto. Y con mal genio. Por lo menos pagaba a la entrega.
—¿El dueño?
Por primera vez, Rachel se puso tensa. Los ojos se le fueron hacia las puertas.
—¿No habías dicho que no eras de la policía?
—Esto no es nada oficial —le aseguró Judith—. Podrías confesar que eres Jack el Destripador y nadie podría hacer nada al respecto.
—Es que nunca di nombres cuando me pillaron. Y él no estaba allí aquella noche. Supuse que había sacado las cajas del coche antes de que llegara la poli, porque nunca se mencionaron en el juicio. Y nunca me pagaron —añadió, molesta.
—Adónde vamos a ir a parar si ya no se puede uno fiar de un ladrón.
—Ya ves. Da asco. Creo que él era el intermediario. Siempre estaba al teléfono con alguien antes de decirme adónde tenía que ir.
—¿Cómo acabaste metida en todo esto?
—Unos colegas me dijeron que me pusiera en contacto con él si quería sacarme unas libras. Lo hice durante un par de meses.
—¿Los móviles se revendían?
Rachel se encogió de hombros.
—Ni idea, pero lo que me desconcertaba era que muchos eran modelos viejos y cutres. Algunos tenían la pantalla rota. ¿Quién iba a comprarlos?
—Supongo que incluso diez o veinte valdrían unas libras como chatarra.
Rachel la miró sorprendida.
—Yo llevaba quinientos en el coche.
Judith no pudo disimular su sorpresa.
—¿Quinientos móviles cutres?
—Sí. Y lo había hecho un montón de veces. Él se había quedado con miles. Pensé que los dueños estarían encantados de librarse de ellos y cambiarlos por uno nuevo.
—Una especie de servicio público —dijo Judith con sequedad, pero se arrepintió al instante, porque Rachel tuvo la decencia de avergonzarse.
—Pensaba que no le hacía daño a nadie. Solo a las aseguradoras.
Judith la entendía, pero le pareció prudente no demostrarlo.
—¿Preguntaste alguna vez qué pasaba con ellos?
—La verdad es que me daba igual. Me daban cien libras por una noche de trabajo. Pero te digo una cosa: después de esto, creo que prefiero cobrar el paro y buscarme otra profesión. A ser posible, algo que tenga que ver con viajar.
—Es sano tener aspiraciones. Y creo que las conseguirás sin problema. Y otra cosa: no te tortures por lo de tu madre. Acabará cediendo. Las madres suelen hacerlo. ¿Sabía que te estabas saltando la ley antes de que acabaras aquí?
Rachel resopló.
—Después de que ella mangara aquel dinero, ¿qué clase de ejemplo esperaba dar? —Se calmó—. Creo que lo sospechaba. Pero siempre ha sido un poco distante... —Hizo una mueca y se contuvo para no decir nada más.
Judith alargó la mano por encima de la mesa y le apretó el brazo a Rachel.
—Todos cometemos errores que nos pueden poner fácilmente al otro lado de esta mesa. El truco está en aprender de ellos. Y ella debería estar orgullosa de tener una hija que lo reconoce y que tiene conciencia. Las conciencias escasean cada vez más hoy en día. ¿Cómo se llama tu madre?
—Heather.
—Heather acabará cediendo.
Se abrió la puerta de la sala y entró una funcionaria.
—Rachel Marsh. Se acabó el tiempo.
Rachel se levantó y estudió a Judith.
—Bueno, ha sido raro e inesperado. Pero gracias por las palabras amables. No oigo muchas.
Judith la vio marcharse. Era una mujer lista y vulnerable que se había perdido y que no había recibido ninguna orientación de su madre, la única figura en su vida que debería habérsela dado. En cierto modo, le recordó a su propia infancia.
Había visto el nombre de la madre de Rachel en el expediente de la comisaría. Un detalle que había pasado por alto un detective que no estaba en condiciones de relacionar dos casos distintos, de uno de los cuales no sabía nada. Era un nombre cuya conexión Judith necesitaba confirmar en persona.
Heather Marsh.
La enigmática aficionada a la fotografía que merodeaba por los márgenes del grupo. Sin duda era una mujer con secretos, y una mujer que de repente se había convertido en el nudo que unía dos mundos muy diferentes.
Lo único que Judith quería ahora era deshacer ese nudo y ver qué se desenredaba...