Capítulo 17
H eather Marsh no tenía móvil.
No era un problema insalvable, pero a Judith le resultó insólito en los tiempos que corrían.
Desde luego, decía algo de Heather Marsh como persona.
También significaba que, si Judith quería hablar con ella, tendría que hacerlo a la antigua.
Localizarla era la primera tarea. Sabía que debía poner al día al subinspector Collins y a la agente Eastly de todo lo que había descubierto, pero tenía la sensación de que eso implicaría a Clara Kirby sin que esta tuviera coartada, que era precisamente el motivo por el que Clara había acudido a Judith.
Judith se sentía obligada por honor a no dejarla todavía a los pies de los caballos.
Por suerte, un rápido mensaje a Curtis le proporcionó la dirección de Heather sin preguntas incómodas.
Era una hilera de casas pareadas justo a las afueras de Little Pickton, construidas en su día para los trabajadores del ferrocarril antes de que cerraran la línea principal.
Judith aparcó delante y empujó la verja chirriante.
El jardín, invadido por la maleza, presionaba el agrietado hilillo de asfalto que llevaba hasta la puerta; hacía tiempo que nadie lo cuidaba, y la casa en sí necesitaba una mano de pintura y un poco de cariño.
Una maceta de terracota junto a la puerta contenía algo que había sido una planta y ahora era un tallo marrón y seco.
Llamó dos veces, sin esperar respuesta. Luego retrocedió y estudió las ventanas.
Una capa de mugre cubría los cristales, acumulada desde que la dueña había dejado de preocuparse.
Judith calculó que estaba viendo unos buenos ocho o nueve meses de abandono, lo que encajaba con la cronología de la detención, el juicio y el encarcelamiento de Rachel.
No podía quitarse de encima una sensación de desesperanza que no casaba con la pulcra figura que había visto en los márgenes del club Clickers.
Su comentario improvisado a Rachel sobre que su madre se sentía responsable empezaba a sonar cierto.
Llamó la atención del vecino de la izquierda, un hombre de setenta y tantos años que le estaba haciendo algo drástico a un rosal.
—¿Ha visto hoy a Heather?
—Últimamente va mucho a lo suyo —dijo él. Luego lo pensó un poco más—. Esta semana no la he visto. Lo cual es lo normal.
Pese a que él le aseguraba que era un comportamiento normal, Judith no pudo evitar establecer paralelismos con Henry Wilman, cuyo cadáver había pasado varios días sin descubrir. Se asomó a las ventanas, pero el interior estaba demasiado oscuro para distinguir nada.
—¿Parecía estar bien la última vez que la vio?
Él se encogió de hombros con resignación.
—Como siempre —dijo—. O sea, pasó por delante y me saludó con la cabeza, yo la saludé con la cabeza y ya está. —Miró a Judith—. Se volvió rara por lo de esa hija suya. Deprimida, vaya. Ojalá buscara ayuda profesional, a ver si así arregla el jardín. Antes no era una vergüenza como ahora.
—¿Le mencionó adónde iba?
—Nunca lo hace. Antes solía coger una tienda de campaña y desaparecer del mapa una temporada. Le gusta hacer fotos. —Volvió a su rosal con el aire de un hombre que no tenía nada más que decir.
Sin inmutarse, Judith pasó al siguiente nombre grabado en la pared de su laberíntico palacio de la memoria: Felicity Nelson. Una vez más recurrió al cómodo recurso de un simple mensaje a Curtis para localizarla.
Enseguida le llegó otro: Cena antes de que se inaugure la exposición. Sin excusas.
Aquello demostraba que no existían los favores sin compromiso, aunque pagara él.
Judith decidió no contestar y, en su lugar, siguió el navegador hasta un piso encima de una inmobiliaria en Denzel Green.
Distaba mucho de la elegante casa que esperaba que tuviera una mujer como Felicity.
Y no solo eso: la propia inmobiliaria tenía un cartel de Se alquila en su escaparate.
Ahora Judith tenía claro que todos los de Clickers se presentaban bajo una luz falsa; una recreación artística de lo que querían que viera el mundo.
Los defectos se disimulaban con aerógrafo, o con Photoshop, o incluso con retoques de IA en los tiempos que corrían.
Conocía bien a ese tipo de camaleón social, porque ella misma lo era. Solo eso le hacía confiar en que no todos podían ser mala gente. La gente cambiaba de piel para huir de un pasado injusto y reinventarse. Pero también la cambiaba por motivos más turbios.
Judith respiró hondo y se puso mentalmente en el lugar de Felicity.
Era una mujer deseosa de impresionar. La belleza y el talento no eran herramientas lo bastante poderosas para ella, sobre todo porque no sabía manejarlas con eficacia.
Judith veía cómo sus malas decisiones la habían hecho rebotar como una bola de pinball entre posibles amantes, y cómo eso, de algún modo, la había dejado en un piso barato.
Y, sin embargo, de cara al exterior mantenía una imagen de estilo y de seguridad serena.
Judith sonrió para sí al formarse en su mente un nuevo retrato de Felicity. El de una mujer sin un duro que seguía cuidándose y llevaba caros pañuelos de Hermès.
«Pañuelo», se corrigió Judith.
Había llevado el mismo todas las veces que se habían visto. Incluso en el bosque, que no era el mejor entorno para algo tan caro. ¿Tenía valor sentimental? ¿O se aferraba a él porque no era algo que pudiera permitirse?
Judith tenía una memoria excelente, pero tardó unos instantes en volver a la conversación del bosque. Felicity le había dicho que se había encerrado en la tienda para llorar. Que no había tenido tiempo de ordenar las cosas...
¿Qué clase de tienda tenía artículos que hubiera que ordenar?
Felicity tuvo que mirar dos veces cuando Judith entró en la tienda solidaria Second Chances, más fresca que una lechuga, y luego fingió sorpresa.
—¡Buenas tardes, Fliss! ¡Madre mía, no tenía ni idea de que trabajaba aquí!
Ni bajo pena de muerte habría admitido Judith que era la quinta tienda solidaria en la que entraba en una hora.
Second Chances estaba en el extremo del pueblo, en un sitio ideal sobre la carretera principal por la que la zona más rica desembocaba en el centro, lo que le daba la primera elección de donaciones de calidad, de gente encantada de deshacerse de un abrigo de cachemira solo porque se había comprado otro nuevo.
Felicity agitó el rotulador con el que estaba poniendo precio a una etiqueta, como si lanzara un hechizo para desterrar a Judith. Un tartamudeo negando que trabajara allí murió en sus labios.
—Ay, qué cosas tan bonitas hay aquí —dijo Judith, examinando una blusa floreada de aspecto caro colgada en un perchero. No se la pondría ni muerta, pero reconocía la calidad cuando la veía—. Una Stella McCartney. Qué elegante.
—Estoy sustituyendo a una amiga... —dijo Felicity, humedeciéndose los labios.
—Por supuesto. —A Judith se le iluminó la cara como si fueran viejas amigas—. Es algo muy noble trabajar aquí. Colaborar con una causa benéfica... y pagar el alquiler al mismo tiempo —añadió con complicidad—. Todos pasamos rachas difíciles de vez en cuando.
Felicity se mordisqueó el labio con nerviosismo, con la mirada desviándose hacia la puerta. Judith se compadeció de ella.
—No tema. Vengo sola y en son de paz. ¿Doy por hecho que los demás no saben que trabaja aquí?
Felicity negó con la cabeza. Algo cambió tras su compostura, y se sentó pesadamente en el taburete detrás del mostrador.
—Es temporal —dijo, y luego apretó los labios porque le temblaban—. No dejo de repetirlo.
—Estas cosas suelen serlo —dijo Judith con comprensión—. Tendría que contarle algunos de los trabajos que he tenido que hacer para pagar las facturas. Es un crimen.
Judith examinó una bandeja de pulseras de oro sobre el mostrador, diez en total, montadas en una bandeja de madera de caoba. Eran dragones finamente grabados, hechos con una destreza exquisita. Levantó una a la luz.
—¿Esto es oro de verdad? —Felicity asintió—. ¿Quién sería tan tonto como para deshacerse de esto?
—No son donaciones. Las hago yo.
Judith examinó otra. Esta parecía un fénix enroscado, con diminutas llamas grabadas en la superficie.
—Son sublimes, Fliss.
Felicity consiguió parecer orgullosa.
—Gracias. Espero que sea un negocio que me saque de todo esto.
—Hizo un gesto a su alrededor—. El divorcio me quitó todo.
—Las palabras salieron como un tren expreso, encantadas de tener por fin la oportunidad de decirse en voz alta—.
Cuando descubrimos que no podía tener hijos, mi marido decidió que necesitaba cambiarme por una mujer que sí pudiera.
—Muy al estilo de Enrique VIII —dijo Judith con sequedad, odiando ya a aquel hombre. Se sentó en los peldaños de una empinada escalera que lindaba con el mostrador. Fliss la usaba como estantería para la abundante papelería de la tienda.
—Lo consiguió bastante rápido y se quedó con la casa por los niños. Yo me vine aquí para empezar de cero. —Miró el mostrador y luego sacó un pañuelo de papel de una caja junto a la caja registradora para secarse los ojos—. Empezar de cero es bastante más difícil en la práctica que en teoría.
—Es una de las cosas más difíciles que hay —convino Judith.
—Por eso me uní a Clickers. Lo vi como el principio de algo. Una comunidad. Gente que me entendiera.
Judith se sobresaltó cuando Felicity soltó un sollozo sonoro y se secó los ojos con energía. Le costó recomponerse.
—Y luego esta cosa horrible de Henry. Pasara lo que pasara en el pasado, seguía siendo un amigo. Bueno, más o menos. Yo esperaba que aquello fuera el comienzo de algo nuevo y emocionante.
—Pero no pudo ser —dijo Judith, acercándose.