Capítulo 15
S arah Eastly y Raymond Collins volvieron a la comisaría sin nada, salvo la leve depresión colectiva de quien ha desperdiciado casi todo el día en casas de empeño prácticamente idénticas.
Entraron en la oficina de siempre y se encontraron con que ahora tenía una novedad importante: Judith Spears estaba de pie frente al tablón de la investigación, pasándose la boina de una mano a otra mientras lo absorbía todo.
—¿Qué haces...? —empezó Raymond.
Judith ni siquiera se dio la vuelta.
—Después de la última vez, te aseguro que no he venido por el café. Aquella última taza se marchó andando ella solita.
—Me refería a cómo has entrado en esta zona restringida.
—El agente Barry subía las escaleras —dijo Judith, volviéndose por fin—. Me sujetó la puerta. Es muy educado.
—No tiene permitido...
—Dice mucho en favor de la comisaría —dijo ella.
Sarah se rio entre dientes, dejó la carpeta en su mesa y se colocó junto a Judith.
—¿Vas a acusarnos de no avanzar nada?
—Naturalmente.
En el tablón había fotografías: la casita, el cuarto oscuro, el cadáver, las copias reveladas del cordel de secado y ampliaciones de las fotografías de las paredes.
Raymond resopló y se unió a ellas, dejando a Judith en medio de un sándwich policial mientras contemplaban el tablón.
—Esto es todo —confirmó—. Tenemos una causa de la muerte y sospechosos, pero ningún móvil claro ni pruebas sólidas que nos lleven en una dirección u otra.
—¿Y triángulos amorosos? ¿Riñas? ¿Parejas?
—Parece que de lo primero y lo segundo hay de sobra. Pero nada fuera de lo normal. —A Raymond le pareció oír un murmullo de Judith, pero su cara no dejaba traslucir nada—. Yo apuesto por Curtis Salinger.
Una pausa incómoda se instaló entre ellos.
—¿Por qué él?
Collins se sentó en el borde de una mesa y se cruzó de brazos. No le quitaba ojo a la cara de Judith.
—Tenía resentimiento profesional, una historia personal con Henry por Felicity y por el concurso.
—A mí me parece una persona sensata. —Captó cómo Raymond arqueaba una ceja, pero no reaccionó.
Sarah cogió de su mesa el expediente de Curtis y lo hojeó.
—Fue diplomático de carrera. Estuvo un tiempo en Grecia y luego se trasladó a Sarajevo. Es un hombre que miente por oficio.
—Igual que cualquier vendedor de seguros —dijo Raymond, cruzando los brazos con fuerza.
—Pero no a todo el mundo se le muere la mujer envenenada, ¿verdad?
Sarah y Raymond se volvieron despacio a mirarla.
Raymond tardó en recuperar la voz.
—¿Qué has dicho?
—¿No habéis indagado en el pasado de nadie? —dijo Judith con desenfado.
Sarah hojeó el expediente que tenía en las manos.
—Está soltero. Trabajó para el FCDO, el Ministerio de Asuntos Exteriores, de la Commonwealth y de Desarrollo.
—Es un tipo interesante —dijo Judith, señalando la carpeta—. Supongo que entonces no está todo ahí, teniendo en cuenta que tenía inmunidad diplomática.
Raymond se cruzó de brazos, molesto.
—¿Cuánto tiempo llevas callándote esto?
Judith chasqueó la lengua.
—Me enteré ayer. Estaba cenando con Geoff...
—¿Geoff Philby? —Raymond no sabía qué le molestaba más, que Judith fuera un paso por delante o que ahora se dedicara a cenar con los sospechosos.
Judith apartó sus acusaciones con un gesto de la mano.
—Es una larga historia. Y dio la casualidad de que mencionó que la mujer de Curtis murió envenenada. Moví algunos hilos con gente que me debía un favor...
A Raymond le sorprendió el largo alcance que parecían tener los contactos de Judith. Había evitado a propósito indagar demasiado en su pasado, pero empezaba a replanteárselo.
Judith continuó:
—Descubrí que murió envenenada en Sarajevo. Ahora sé por qué estaba allí. El juez instructor quedó lo bastante convencido de que fue un accidente. Eso fue hace cuatro años.
Sarah dio unos golpecitos en una página del expediente.
—Justo cuando dejó el puesto y volvió aquí.
El rostro de Judith se suavizó con compasión.
—Pobre hombre.
La compasión no era algo que a Raymond le interesara en ese momento.
—Sus huellas están por toda la escena del crimen.
—Igual que las de todos los demás —señaló Judith.
Sarah dejó el expediente y dio unos golpecitos en la foto de Geoff del tablón.
—Todo el mundo repetía que no se llevaban bien. Ahí está el incidente de la pintura en Crewe. Le tenía una animadversión considerable a Henry. Sobre todo por su relación con Felicity. —Colocó la foto de Felicity junto a la de él.
Raymond la volvió a mover, esta vez colocándola entre Curtis y Geoff.
—Igual que Curtis. Por eso creo que Felicity estaba detrás de aquel incidente del norte, aunque nadie lo recuerda. —Miró a Judith, que tenía el ceño fruncido—. ¿Geoff mencionó algo de eso durante vuestra cita?
Judith suspiró.
—Anoche se me estropeó el coche cuando estaba visitando a una amiga.
—¿Tienes amigas? —Raymond no pudo disimular el escepticismo en la voz.
—Él pasaba por allí casualmente mientras yo esperaba al RAC.
—Captó la mirada suspicaz que intercambiaron los detectives—.
Y yo no he dicho cita —dijo con sequedad—.
Fuimos a Patty Melts y nos comimos una hamburguesa.
Fue un interrogatorio sobre lo que sabía.
Y soltó el nombre de Curtis varias veces.
—¿Están buenas las hamburguesas? —preguntó Sarah con una sonrisa.
—Si te va ese tipo de cosas.
—Aunque es raro que sacara el tema —dijo Raymond—. A no ser que intente sabotear a la competencia.
Judith le lanzó una mirada.
—¿La exposición?
Raymond no le hizo caso.
—El culpable intentaría enturbiar las aguas de la investigación.
—No saben que estoy trabajando en el caso con vosotros.
—No lo estás. Te estás entrometiendo, como de costumbre.
—Participando de forma creativa —lo corrigió Judith. Se acercó un paso a la imagen del cuerpo de Henry Wilman tendido en el suelo—. Lo más probable es que el asesino sea un psicópata de cuidado. Y lo digo en sentido clínico.
—¡Exacto! —Raymond odió que la voz se le hubiera subido una octava. Sintió una punzada de vergüenza cuando Sarah le lanzó una mirada incrédula.
—Parece que por fin estáis de acuerdo los dos —dijo ella.
—No, no lo estamos —dijo Judith, sosteniéndole la mirada a Raymond.
—Un poco sí... —intervino Sarah, intentando llenar el gélido silencio mientras ellos contemplaban el tablón.
Judith se desplazó hasta las fotos del cuarto oscuro de Wilman. Las fotos que había revelado Wilman estaban en fundas de plástico transparente sobre una mesa pegada a la pared. Sarah se unió a ella.
—Es un fastidio que no haya puntos de referencia —dijo Sarah—. Una fotografía digital dejaría una marca de tiempo e incluso la ubicación GPS en los metadatos. Pero la película es prácticamente imposible de rastrear.
—Eso no. —Judith dio unos golpecitos sobre un pájaro posado en un poste de una valla.
—Lo hemos identificado como un chotacabras —dijo Raymond.
Judith le dio unas palmaditas en el hombro.
—Enhorabuena, Félix Rodríguez de la Fuente. Me refería a la valla.
Raymond frunció el ceño. Estaba demasiado tenso para aceptar insultos... aunque, como admirador de Félix Rodríguez de la Fuente, no podía tomárselo como tal.
—¿Te das cuenta de cuántos kilómetros de vallas de madera hay solo en este condado?
Vio cómo los cálculos traqueteaban en el cráneo de Judith. Se le daban irritantemente bien ese tipo de cosas.
—Yo calculo que unos veinte mil kilómetros —dijo por fin—. Pero eso es el poste de una verja. Eso acota la búsqueda. —Recorrió el poste arriba y abajo con el dedo—. La bisagra de arriba está rota. Y —su dedo trazó un círculo en el borde mismo de la imagen— falta este listón de madera.
—¿Estás sugiriendo que miremos todas las verjas de la zona? Y eso suponiendo que esté por aquí.
De pronto, a Judith se le iluminó la cara con una sonrisa traviesa.
—No todas las verjas, querido Raymond. Solo las verjas de este bosque. —Se acercó rápidamente a un mapa a gran escala de la zona y señaló una mancha de bosque.
—¿Por qué ahí?
—Porque me han dicho que es donde a Henry Wilman le encantaba hacer fotos. —Miró a Raymond a los ojos—. Me lo dijo Curtis cuando me llevó allí.
A Raymond se le contrajo la mandíbula, pero decidió que era mejor no decir nada más.
—Aun así va a llevar un buen rato —dijo Sarah, uniéndose a Judith junto al mapa y recorriendo los símbolos con el dedo—. Puede que muchas verjas no estén marcadas aquí.
—Un trabajo bastante tedioso —confirmó Judith.
—Embrutecedor —añadió Raymond justo cuando entraba el agente Kevin Fenton, que saludó con la cabeza.
—Buenas tardes a todos.
Raymond buscó los ojos de Sarah y ella captó el mensaje al instante: «Tú necesitas ayuda para mover cajas... nosotros necesitamos ayuda con una tarea tediosa...».
Resignada, Sarah respiró hondo.
—Agente Fenton, justo el hombre con el que quería hablar. Vamos a tomar algo.
Kevin puso mala cara.
—¿Tenemos que hacerlo?
Judith y Raymond los vieron marcharse en silencio. Un silencio que Raymond se apuntó como victoria cuando Judith lo rompió.
—Cambiando por completo de tema, estuve hablando con Rosie Tarrant en el Clarendon.
—A nosotros no nos contó nada útil.
—A mí me pareció encantadora. Me habló de un coche robado que dejaron tirado en Harkin's Recovery and Salvage hace unos meses.
—Apasionante.
—Sentía curiosidad por saber quién es el dueño del desguace. —Se encogió levemente de hombros ante el escrutinio del ceño suspicaz de Raymond—. Es algo que estoy siguiendo de manera paralela. Solo quería saber más.
Intuyendo que hacía falta una bandera blanca para rebajar la tensión, aunque obviamente era él quien había ganado lo que fuera que estuvieran disputando, Raymond se acercó a su ordenador, lo desbloqueó y buscó en la base de datos policial.
—Aquí está. Lleva once años registrado como negocio en ese emplazamiento. Y ni rastro de nada turbio. El anterior propietario, Kenneth Harkin, se lo dejó a su sobrino... Simon Kirby.
No pudo evitar fijarse en que el nombre causaba impresión en la cara de Judith.
—¿Kirby? ¿Y el coche?
Leyó rápidamente los detalles, con Judith junto a su hombro para verlo por sí misma.
—Nada interesante. Se había denunciado como robado.
Detuvieron a una mujer de diecinueve años en relación con el caso.
—Bajó hasta la resolución—. Acusada de TWOC —aclaró—: hurto de uso de vehículo, es decir, llevárselo sin consentimiento del dueño.
Un tribunal de magistrados la condenó a seis meses por ser su primer delito. Lleva cumplida la mitad. ¿Por qué?
Durante un momento, Judith se quedó mirando fijamente la pantalla. Luego recuperó su habitual actitud despreocupada.
—Ah, por nada. Iba detrás de otra cosa. Ya me conoces. —Le guiñó un ojo y salió a toda prisa de la oficina—. Tengo que irme corriendo. ¡Ya me contarás qué tal le va a Kevin en su gran caminata campestre!
Raymond la vio marcharse, más confundido que nunca. Sí que la conocía, todo lo que se la podía conocer, y que le partiera un rayo si sabía qué era lo que acababa de encajar en la mente de Judith...