Capítulo 14
R aymond Collins pensaba mejor conduciendo.
Al principio se había dicho que era porque podía desconectar y centrarse solo en los asuntos inmediatos que importaban.
Luego se había convencido de que era porque estaba fuera de la oficina y lejos del teléfono, aunque su móvil siempre iba sensatamente enfundado en un soporte sujeto al parabrisas.
Al final, tuvo que reconocer que era una combinación de todo lo anterior, pero sobre todo porque estaba fuera de su piso. Y aunque estuviera conduciendo en círculos, podía convencerse de que iba a alguna parte.
Había estado mirando sin ver las pruebas del caso en la comisaría, interrumpido constantemente por Sarah Eastly, que organizaba la mudanza del fin de semana: llamadas a inmobiliarias, redirección del correo, bajas de los antiguos suministros, el impuesto municipal y otras muchas gestiones engorrosas que había que hacer.
A Raymond lo había irritado hasta el punto de distraerlo, no porque ella tuviera que hacerlo, sino por una sensación fuera de lugar de que ella estaba haciendo avanzar su vida mientras él aparcaba marcha atrás en una plaza sin ir a ninguna parte.
Se preguntó si seguía traumatizado por la entrevista de trabajo que había tenido en Manchester.
Le había prometido una vida nueva en la gran ciudad, con una sólida trayectoria profesional. Había sido un desastre.
Necesitaba algo que hacer. Necesitaba acción, y su trabajo era la única vía que tenía para conseguirla. Así que había hecho una lista de las casas de empeño de la zona y le había dicho a Eastly que iban a hacer trabajo de detective a la antigua usanza.
Sentada a su lado en el asiento del copiloto, Sarah tenía abierta en el regazo la carpeta del caso.
—Veinte minutos —dijo, mirando el informe del forense sobre Henry Wilman—. Eso es lo que tardó. Desde la ingestión hasta el fallo cardíaco.
Raymond no apartó la vista de la carretera.
—Lo que significa que el asesino se quedó sentado con él. Hablando, bromeando... pero, sobre todo, viéndolo morir con toda tranquilidad.
No había señales de forcejeo. El desorden del salón era, como había supuesto Judith, el resultado de que el asesino buscara algo y acabara, posiblemente, llevándose una cámara, unas cuantas fotografías y los negativos.
Henry no tenía lesiones defensivas. Por lo que podían deducir, se había quedado sentado charlando con su asesino mientras moría lentamente.
Pensaron en los criminales con los que habían tratado en el pasado.
A algunos los movía el ego. A otros, creencias arraigadas aunque equivocadas.
La mayoría sentía remordimientos. Pero este era frío, calculador y tenía un punto de deleite.
Como si el asesino hubiera disfrutado del momento.
El acto final de meterle el teleobjetivo en la boca era sin duda señal de un placer sádico.
—Eso es frialdad —dijo Raymond.
—Muchísima frialdad —convino Sarah—. Lo que podría acotar la lista. Quienquiera que lo hiciera no se dejó llevar por el pánico. No tuvo prisa. No abandonó la escena en cuanto le administró el veneno. Eso requiere o una ausencia total de conciencia o un móvil muy poderoso.
—O que sea un psicópata de manual —añadió Collins.
El campo pasaba a toda velocidad a cien kilómetros por hora, indiferente a la conversación.
Sarah seguía siendo indulgente y creía que la gente era, en su mayor parte, fundamentalmente buena. Raymond era más pragmático y dudaba que hubiera límites a la capacidad de la gente para ser unos auténticos cabrones.
Llevaban varios días y tenían un grupo de sospechosos, ningún testigo, ningún móvil y ninguna pista.
La única línea de investigación era la ausencia de una cámara que suponían robada.
Las suposiciones eran una pesadilla conceptual en una investigación policial.
Sin embargo, a falta de una pista, necesitaban encontrar una.
Él razonaba que si encontraban la cámara fantasma, encontrarían al asesino.
El primer sitio donde buscar era el favorito de todo delincuente de poca monta: las casas de empeño.
De momento, doce de ellas no habían dado ningún resultado.
—Me apuesto algo a que la cámara es digital —aventuró Sarah.
—¿Cuánto?
—¿Qué?
—¿Cuánto te apuestas?
Ella lo pensó.
—Si me equivoco... no te pediré que me ayudes a decorar el piso nuevo.
—Ya me he ofrecido voluntario para no ayudarte con la mudanza. ¿Cuándo me ofrecí voluntario para no ayudarte a reformar el piso?
Sarah no le hizo caso.
—Sabemos que Henry era un apasionado de la fotografía analógica.
Las fotos que faltan se estaban revelando, y si se llevaron dos, eso significa que el carrete ya estaba fuera de la cámara.
No había ninguna necesidad de llevársela.
Si es digital, la imagen está guardada en una tarjeta de memoria dentro de la cámara.
—Lógico hasta cierto punto. Pero entonces, ¿por qué no llevarse solo la tarjeta de memoria?
Sin inmutarse, Sarah hojeó las notas de la carpeta.
—En la boca de la víctima había un teleobjetivo Sony de montura E. De gama de consumo, bastante caro. Pero en el estante no había ninguna cámara Sony, y esos objetivos no encajan en ningún otro tipo de cámara. Y Sony nunca fabricó cámaras de carrete normales.
Raymond resopló; tenía mal perder.
—Bueno, me he metido yo solo en la trampa... Aun así, ¿por qué llevarse la cámara entera y no solo la tarjeta de memoria que hay dentro?
—¿Las cámaras tienen memoria propia? —Por sus caras, ninguno de los dos lo sabía—. ¿O quizá porque estaban ocupados metiéndole el objetivo garganta abajo? —Intentó imaginarse aquel momento desagradable—. ¿Y si los interrumpieron y tuvieron que salir a toda prisa?
—No se ha presentado ningún testigo.
—Pues ampliemos la búsqueda. El cartero, repartidores, alguien en quien no hayamos pensado.
A su pesar, Raymond estaba impresionado.
—Bien pensado, detective.
—Gracias, detective.
—Subinspector —la corrigió.
—Algún día lo seré... —dijo Sarah con suavidad, mirando el campo que pasaba.
—Eso significa que me quitarás el puesto.
—Para entonces ya estarás jubilado. Jugando al bridge con Judith en una residencia.
—¿Cuántos años te crees que tenemos? —ladró Raymond.
Sarah no pudo contener la risa. Raymond la fulminó con la mirada y luego volvió a centrar la conversación—.
Se llevaron dos fotos porque revelan algo que el asesino no quiere que se sepa.
El objetivo, usado de forma gráfica como declaración. ¿Una declaración dirigida a quién?
—Una advertencia para alguien que se esperaba que fuera a la casa y lo encontrara muerto.
—O sea, la vecina.
Raymond frunció el ceño.
—Nos hemos centrado en la panda de Clickers. ¿Y la vecina?
—La víctima llevaba dos días muerta. La vecina lo vio vivo aquella mañana, pero luego pasó dos días en Gales con su familia antes de volver y encontrar el cuerpo.
—Sigue siendo tiempo suficiente para matar a alguien.
—Y sus huellas no aparecieron dentro, salvo las de cuando entró y encontró el cuerpo. En cambio, las de los otros estaban por todas partes. Incluido el cuarto oscuro. Y varias más que no podemos identificar.
—Entonces el objetivo solo sería una advertencia cuando saliera en las noticias. —A Raymond se le ocurrió algo—. Para alguien cuya identidad el asesino no conoce.
—Lo que sugiere que Wilman estaba conchabado con alguien más.
—¿Conchabado? —Ante la irritación en la cara de Raymond, Sarah decidió portarse bien—. Totalmente. Hemos trabajado con la idea de que era una víctima; bueno, obviamente es la víctima. Pero ¿y si estaba haciendo fotos para chantajear a alguien?
—Una represalia... —Eso no se le había ocurrido a Raymond—. Interesante. Solo añade otra complicación a un caso ya de por sí sin pistas. Ya hemos llegado.
Sarah cerró la carpeta mientras aparcaban delante de otra casa de empeños más.
—¿De verdad un asesino listo se desharía de la cámara aquí?
Raymond se encogió de hombros.
—Ya he probado en eBay. ¿Dónde más se desharía un psicópata de las pruebas?