Muerte tras el objetivo (Un misterio de Judith Spears 5) Capítulo 12
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Capítulo 12

A Judith le habían dado instrucciones de aparcar a dos calles de la casa de Clara.

La vivienda unifamiliar estaba en una de las aldeas más acomodadas que salpicaban el espacio entre los pueblos, retirada de la carretera, tras un murete ornamentado y un jardín delantero diseñado con meticulosidad.

La casa en sí era de estilo Tudor de imitación pasado por California, con grandes ventanales en saliente, una maciza puerta de entrada gris oscuro sin cristales y sitio para dos coches en el camino de acceso, delante de un garaje doble. Solo estaba el Mini de Clara.

Clara abrió la puerta, envuelta en un caro kimono de seda, antes de que Judith pudiera llamar al timbre. La hizo pasar con un rápido gesto de la mano, echó un vistazo brusco a la calle y cerró la puerta de golpe.

A Judith le costó no pensar que se había metido en una aventura de espías. Clara usó el móvil para volver a activar rápidamente la cámara del timbre y ocultar así la llegada de Judith, con la soltura ensayada de quien está acostumbrada a llevar aventuras ilícitas a espaldas de su marido.

La condujo hasta el salón, donde Clara tenía una botella de vino blanco a medio terminar junto a una copa grande. Judith no era una entendida, pero supuso que la etiqueta era un poco más selecta que el Château Saldo que solía beber con Maggie.

Clara se acomodó en un sillón enorme, recogiendo los pies bajo el cuerpo, y dio un trago a su copa antes de servirle una a Judith, casi como una ocurrencia de última hora.

—Qué casa tan bonita —dijo Judith.

Todo era moderno y ordenado; presumiblemente, obra de una asistenta: Judith no se imaginaba a Clara con un plumero.

Una estantería abarrotada, con libros de lomos agrietados, daba a entender que al menos uno de los dos leía mucho.

Las fotografías enmarcadas con gusto que colgaban de las paredes eran de lugares, no de personas.

Era precioso, pero le faltaba personalidad.

Nada indicaba que aquel fuera el hogar de una pareja feliz.

Clara respondió con un gruñido evasivo, apuró lo que quedaba de su copa y se sirvió otra, hasta el borde. Cerró los ojos y la sostuvo entre las manos como una bola de cristal, a la espera de malas noticias.

—La policía —dijo—. ¿Ya han...?

—Todavía no —dijo Judith. Clara se estremeció de alivio—. Pero la investigación avanza y son concienzudos. Yo diría que es cuestión de tiempo, pero no contaría con que sea mucho.

Clara soltó el aire.

—Mientras no sea esta semana... Simon tiene problemas en el trabajo, y yo necesito tiempo para poner en orden mis propias... cosas. Sé cómo suena eso.

Judith dudaba que lo supiera.

—¿Tan perjudicial sería que se conociera su relación?

Clara no pudo disimular su alarma.

—Mi marido no es un hombre agradable ni en sus mejores momentos.

Judith volvió a mirar a Clara con otros ojos.

Sujetaba la copa con ambas manos para que no le temblaran.

Ya estaba algo achispada, pero acostumbrada; quizá hasta el punto de no poder funcionar sin alcohol.

Que le asustara verse implicada en un asesinato era comprensible, igual que el miedo a que su marido la descubriera como infiel.

Pero su lenguaje corporal transmitía otra cosa.

No miedo a que su marido se enterara, sino miedo al hombre.

Igual que la primera vez que se vieron, Clara estaba elegante.

Pelo perfectamente peinado y maquillaje impecable.

Quizá demasiado perfecto. Judith no podía estar segura, pero intuía que se estaba tapando algo en la cara.

Cuando se conocieron, le había llamado la atención la simetría perfecta del rostro de Clara.

Ahora la estropeaba una ligera hinchazón bajo el ojo izquierdo.

Judith sospechó que estaba disimulando un ojo morado.

Si estaba atrapada en una relación de maltrato, eso arrojaba una luz completamente nueva sobre su aventura con Henry Wilman.

Clara se reforzó con otro trago de vino.

—Acudí a usted para evitar que esto saliera a la luz, porque no ayudaría a nadie. Yo no hice nada malo.

—¿Qué impresión tiene del club de fotografía? Así es como se conocieron, ¿no?

Clara asintió.

—Me invitaron, de hecho me pagaron, para posar para ellos.

Solo fui unas pocas veces. Henry fue amable y conectamos enseguida.

Almas gemelas. Los demás eran todos simpáticos.

Curtis, por supuesto. Fliss, que estaba claramente desaprovechada allí.

Hace unas joyas preciosas... Geoff y Heather estaban bien, supongo.

Todos son artistas con talento a su manera, pero Henry siempre decía que guardaban un profundo resentimiento hacia la gente con más talento.

Judith dio un sorbo al vino. Sabía a gloria.

—¿Hablaba de sí mismo?

Clara esbozó una sonrisa triste.

—Sabía que yo quería más; tenía ideas para que creáramos algo que pudiera hacerse viral. Había ganado premios. Hasta tenía un contrato editorial para un libro de fotografía de gran formato, pero apenas le pagaban. Odiaba tener que luchar tanto. —Sopesó sus palabras—. Quería ser famoso.

—Dice que odiaba los premios, pero ¿no fue él quien insistió en la exposición que están montando ahora?

—Eso era más cosa de Curtis. Fue él quien la impulsó. Presionó a la comisión de cultura del consejo, consiguió la financiación y lo organizó todo.

—¿Por auténtico entusiasmo? —preguntó Judith.

Clara lo pensó.

—Sinceramente, yo diría que por auténtico resentimiento. El trabajo de Henry tenía reconocimiento fuera de este pueblucho. Curtis creía que el club merecía más visibilidad. O, mejor dicho, creía que la merecía él y el club era un vehículo muy práctico. Henry lo tenía calado.

Judith dejó la copa y entrelazó las manos.

—Usted lo animaba en su trabajo.

Algo cambió levemente en la expresión de Clara.

—Creía en él —dijo—. Y él me dio esperanza de que había una vida más allá de esto. —Miró a Judith a los ojos—. Una casa bonita, dinero... La gente cree que esa es la clave de la felicidad. No lo es.

—Entonces, ¿cuál es?

—Solo puedo decirle cuál no es. Hay que salir al mundo para descubrir cuál es. —Parecía nostálgica—. Creíamos que podríamos hacerlo juntos. —Suspiró, apuró la copa y cogió el móvil, lo desbloqueó y fue a una serie de fotografías—. Esta era una idea que tuvimos.

Giró la pantalla hacia Judith, sin soltar el teléfono, y fue pasando una serie de imágenes tomadas desde el punto de vista del propio Henry.

Su brazo se extendía dentro del encuadre, con la mano abierta y los dedos entrelazados sin apretar con los de Clara, que volvía la cabeza mientras él la seguía.

La composición era extraordinaria y los lugares, preciosos: un espigón con grandes olas rompiendo sobre ellos.

Un camino rural a primera hora de la mañana, con la luz dorada salpicándolos como un sarpullido.

Una franja de arena dorada mientras caminaban hacia la puesta de sol.

Judith había visto imágenes parecidas antes, pero estas tenían un estilo que captaba el movimiento y la libertad de una forma hipnótica que las distinguía de todo lo demás.

Clara suspiró.

—Pensé que podía ser un comienzo para los dos. Un nuevo rumbo para él, algo de lo que yo pudiera formar parte. —Dejó el móvil—. Sé cómo suena.

—Suena a alguien con ambición —dijo Judith—. Lo cual no es un delito. —Hizo una pausa y añadió—: Normalmente. Se enamoraron.

Clara escogió sus palabras con cuidado.

—Al principio me dejé llevar. Algo nuevo. Libertad. Pero el mundo tiene la costumbre de echar por tierra los mejores planes. —Volvió a llenarse la copa y dio un sorbo rápido—. De pronto vi que era un desastre de proporciones titánicas. Lo dejé antes de que chocáramos con el proverbial iceberg.

Judith hizo girar el vino en la copa y no pudo resistirse a otro trago.

—Supongo que él no se lo tomó muy bien.

Una vez más, se hizo un largo silencio mientras Clara elegía sus palabras.

—Naturalmente. Aunque en algunos aspectos era pragmático, así que lo entendió. Pero en otros era un artista. Y los artistas creen que pueden moldear la realidad a su antojo. Me juró que encontraría la manera de que estuviéramos juntos.

—¿Y cuál era...?

—Nunca me lo dijo. Y, sinceramente, me pareció mejor no saberlo. La falsa esperanza también puede matar. —Dejó el móvil en la mesa—. Felicity pensaba que yo me estaba aprovechando de él. Lo dejó muy claro las veces que fui al club. Sabía que había algo entre nosotros. Es de las celosas.

Judith se inclinaba a creerlo, pero también le resultaba extraño que Felicity no lo hubiera mencionado. Si alguno de ellos había asesinado a Henry Wilman, la naturaleza humana dictaba que andarían lanzando acusaciones para desviar su propia culpa.

—¿Había algo entre ellos?

Clara soltó una risa sarcástica.

—Se echa encima de cualquier cosa que se mueva. —Se recompuso—. Pero supongo que está tan perdida como el resto de nosotros.

—¿Y Geoff? —preguntó Judith.

—¡Un baboso! —declaró con teatralidad mientras volvía a coger el móvil. Seleccionó algo, pero vaciló antes de decidirse a enseñárselo a Judith.

Era un mensaje de texto. Sin palabras. Solo una fotografía tomada con teleobjetivo: dos figuras en un banco, inclinadas la una hacia la otra, con las narices casi tocándose. El banco estaba junto a un lago escocés, con el agua gris y en calma detrás de ellos.

—Henry y yo estábamos en Perthshire —dijo Clara—. Un fin de semana. Nadie lo sabía. —Bajó el teléfono—. O eso creíamos.

Judith miró la imagen durante un buen rato. El encuadre era preciso. La había compuesto alguien con paciencia y práctica que había esperado el momento justo.

—¿Geoff le dijo algo alguna vez? —preguntó Judith.

—Nada. Solo mandó la foto, como una declaración. —Dejó el teléfono.

—¿Cree que la estaba acosando?

—Estaba claro que acosaba a uno de los dos.

Judith pensó en Geoff Philby en el prado aquella mañana, con su enorme objetivo, su paciencia extraordinaria, las cuatrocientas fotografías que había revisado en la pequeña pantalla de la cámara con una satisfacción metódica.

Un hombre para el que un visor era la forma natural de mirar el mundo y a todos los que había en él.

Judith se quedó pensativa mientras se terminaba el vino.

—Por algún motivo se la mandaría. ¿Seguro que no se le ocurre nada?

Clara negó con la cabeza, tajante.

—Aparte de los celos, no.

La mirada de Judith no vaciló. Se le daba muy bien calar a la gente, pero en este caso no sabía decir si Clara mentía o no.

Su jurado interior aún no había decidido qué parte de la historia era verdad, cuál era un velo de mentiras cuidadosamente tejido o una jugada desesperada de una mujer desesperada.

Le gustara o no, Judith no podía evitar sentir compasión por su situación.

—Es el que tiene más probabilidades de darle su nombre a la policía, pero hasta ahora no lo ha hecho.

Lo que plantea la pregunta: ¿por qué? —dijo Judith, levantándose—.

Pero, Clara, cuando venga la policía, y vendrá, dígales la verdad.

Toda. A estas alturas, una mentira por omisión es bastante peor que una verdad embarazosa.

Con suerte, para entonces habré descubierto algo que ayude a mantener su discreción.

Volvieron hacia la puerta.

—Gracias por ayudarme —dijo Clara en tono lastimero.

Judith se detuvo en la puerta; había una pregunta que le rondaba la cabeza.

—¿De verdad estaban enamorados?

—En aquel momento, sí. Quizá solo formaba parte de la fantasía de huir.

Cualquier cosa con tal de salir de este infierno.

—Judith echó un vistazo a la casa palaciega y a la aparente ausencia de apuros económicos—.

Intentamos seguir siendo amigos, pero después de haber estado tan unidos, era difícil.

Creo que los dos queríamos que todo volviera a ser como antes.

Pero era imposible. Ahora tengo que decidir si acepto mi vida tal como es. ¿Debería abandonar mis sueños?

Salieron al recibidor y Judith se dio con la espinilla contra una caja grande de cartón. Había otras dos apiladas junto a la puerta de la cocina en las que no se había fijado cuando la habían hecho pasar a toda prisa.

—Perdone, no debería haberla dejado ahí. Son para la tienda solidaria. Estoy haciendo limpieza.

Judith vislumbró algo de ropa y una pantalla de lámpara clara dentro.

—¿Preparándose para una huida rápida?

Judith lo había dicho en broma, pero la cara de Clara indicó que había tocado un punto sensible.

Judith se subió la cremallera de su plumífero amarillo y decidió presionar a Clara sobre su marido...

cuando le llegó el olor. Una fuerte vaharada de mango afrutado procedente de la cocina. Clara se fijó en su reacción.

—Simon ha estado aquí antes con un compañero. Vapean. Él acaba de coger esa costumbre espantosa. No se sabe qué llevan esos productos químicos. El olor se queda.

Judith sintió un escalofrío repentino, y no por el aire frío mientras volvía hacia el coche. Era demasiada coincidencia que fuera el mismo olor a vapeador que salía de aquel matón del desguace. Del hombre que había tenido un altercado previo con Henry Wilman.

Seguía absorta en sus pensamientos cuando se sentó al volante y giró la llave del Ka.

No pasó nada. Lo intentó otra vez; el motor hizo clic y se negó obstinadamente a arrancar.

Golpeó el volante, frustrada. El coche era nuevo y, aunque se enorgullecía de sus muchas habilidades, la mecánica no era una de ellas más allá de cambiar una rueda pinchada.

Era de noche, casi las siete, y estaba en mitad de la nada.

Por suerte, podía llamar a un equipo de superhéroes cuya afiliación le proporcionaba su aseguradora: la asistencia en carretera del RAC.

Se quedó sentada al volante, con el móvil pegado a la oreja, mientras el frío se colaba dentro del coche.

Le dijeron que tendría que esperar dos horas hasta que alguien pudiera llegar.

Ya se estaba resignando a sus nuevos planes para la noche cuando unos golpecitos en la ventanilla del copiloto la sobresaltaron.

Era Geoff Philby.

Llevaba un chaleco con unos catorce bolsillos y la expresión de un hombre que, sin esperarlo, se había encontrado con una pieza de primera en el anzuelo.

—¡Me pareció que eras tú! —Señaló su coche, que estaba al ralentí unos metros más atrás—. ¿Necesitas una mano?

—¿Sabes arreglar motores?

—Por desgracia, no.

—Los del RAC están a dos horas.

Geoff lo pensó. Luego sonrió.

—Pero Patty Melts está solo a quince minutos.

Judith se quedó desconcertada.

—No tengo el gusto de conocer a la señora.

—Es una de esas hamburgueserías chic. Iba de camino a comer algo.

Después de la fotografía que le había enseñado Clara, a Judith no le hacía ninguna gracia su repentina aparición. Aunque menos gracia le hacía quedarse sentada un par de horas en un coche helado.

—¿Quién dice que no existen las casualidades? —dijo con alegría.