Muerte tras el objetivo (Un misterio de Judith Spears 5) Capítulo 11
34%

Capítulo 11

— E s un nido de víboras —confirmó Judith—, lo cual tiene su ironía, porque es lo único que creo que todavía no han captado con la cámara. Aunque son víboras encantadoras, a su manera.

Raymond Collins le dio un golpe a la máquina, que no paraba de soltar el espeso líquido negro que pasaba por café en la cantina de la comisaría de Fulton. Ya habían pasado dos tazas y metió una tercera a toda prisa; la loza barata tintineó mientras intentaba no derramarlo por el mostrador.

Sarah Eastly lo observaba con una diversión indisimulada y no hizo el menor intento de ayudar.

—Yo tuve la misma sensación cuando los interrogamos. Los cuatro nombres que mencionaste son los que están montando la exposición. Los miembros fundadores. Hay unos veinticinco más que van de vez en cuando. Parecían normales.

Collins colocó una cuarta taza como un prestidigitador.

—Nadie se desvive por ayudar —masculló.

Ninguna de las dos mujeres supo si hablaba de los de Clickers o de ellas, que se limitaban a mirarlo.

Con un gorgoteo, la máquina por fin se quedó sin agua mientras llenaba la última taza hasta el borde.

Collins la dejó a un lado y les dio a Judith y a Sarah una taza de aquel fango a cada una.

Judith cogió una pequeña tarrina de plástico de leche y leyó la etiqueta con ojo crítico.

—¿Sucedáneo de leche? Estoy segura de que esto no ha visto una vaca en su vida.

Collins arrancó la tapa de aluminio de dos tarrinas y las vertió en su bebida.

—Te dará igual; le quita el sabor. En fin, hay una reticencia general a hablar y una resistencia concreta a decir cualquier cosa que pueda ser útil.

—Dio un sorbo al café e hizo una mueca—.

Todos conocían a Wilman. Todos confirman que habían estado en su casa en varias ocasiones: reuniones del grupo, para dejarle material, ese tipo de cosas, lo que explica las huellas.

—¿Todos? —preguntó Judith—. ¿Heather Marsh también? No es lo que se dice una mariposa social. Más bien una polilla.

—Dejó material allí después de las últimas reuniones del grupo. Otros lo han confirmado. Puede que sea un bicho raro, pero, por lo visto, si empezó a pasar menos tiempo con todos fue por los problemas que le da su hija.

Se fueron a una mesa de la cantina vacía. Los bancos, de estilo merendero, estaban soldados a la mesa, lo que obligó a Raymond a encajarse a presión. Le daba vergüenza que su figura, normalmente delgada, estuviera cogiendo kilos.

—Aquella comida para llevar que trajiste todavía no se me ha ido.

Sarah los miró alternativamente con brusquedad.

—¿Cenasteis juntos comida para llevar? ¿Y yo dónde estaba?

—Planeando vuestra nueva finca familiar —dijo Judith con sequedad. No le gustó el trasfondo de sospecha en el tono de Sarah—. ¿Había más huellas de una persona que de otra?

Raymond lo pensó un momento.

—Bastantes de Felicity y de Curtis, creo. Aunque es difícil estar del todo seguros. Había otras que no se han podido cotejar; no aparecen en ninguna base de datos.

—Dentro del grupo circulan muchos rumores sobre líos y rivalidades.

—Es bastante normal en una pandilla de conocidos que pasan tiempo juntos con regularidad. Tendríais que oír al padre Largy después de misa del domingo... —Judith negó con la cabeza—. Dale un par de vasos de vino de misa y no hay secreto que esté a salvo.

—Estos parecen tener algo de fundamento.

Felicity Nelson y Geoff Philby tuvieron una relación en algún momento de los dos últimos años.

Breve, según casi todos. Felicity la describe como un...

—imitó bastante bien a Felicity— «capricho pasajero sin importancia».

Geoff la describe... —hizo una pausa— de otra manera.

A Judith le hizo gracia la repentina incomodidad de Sarah.

—Cuenta, cuenta.

Sarah carraspeó.

—Más bien como una novela de Cincuenta sombras de Grey . Lo sacó él solito en el interrogatorio, sin que nadie le preguntara.

—Estaba fanfarroneando —dijo Raymond, y luego se removió incómodo al sentir las miradas de las dos mujeres clavadas en él—. ¿Qué? Es una mujer atractiva.

—¿Es esa tu opinión profesional? —preguntó Judith con retintín.

—Sí. ¡No! —Raymond estaba nervioso, cosa rara en él—.

Es... es una observación objetiva. También tenía mucho interés en dejar claro que fue él quien le puso fin.

—Dejó la taza—. Tenía bastante menos interés en hablar del hecho de que Felicity y nuestra víctima tenían mucha relación, igual que ella y Curtis. Asegura que eso no le afecta.

—No para quieta —comentó Judith en voz baja.

Sarah negó con la cabeza.

—Su lenguaje corporal durante el interrogatorio daba a entender que había pasado un tiempo ensayando lo de que no le afectaba con el grupo de teatro aficionado del pueblo, y sin éxito.

Pero Felicity lo descartó como una tontería: solo eran amigos.

También dijo que a Geoff le gusta inventarse cosas para llamar la atención.

Judith pensó en Geoff en el prado aquella mañana, recolocándole las manos en la cámara. Seguía sin saber si había sido accidental o una forma de provocar a Curtis.

Al pensar en Curtis, a Judith le rugió el estómago. Nada más llegar a casa, se había obligado a vomitar para expulsar la sopa del cuerpo. Ahora le parecía una tontería haberlo hecho. Pero había sobrevivido hasta entonces gracias al mantra de que más vale prevenir que curar.

Los detectives daban vueltas a la posibilidad de una riña de enamorados como móvil, pero Judith aún no era capaz de dar ese salto.

Nadie había mencionado a Clara Kirby, lo que indicaba que Henry Wilman y ella habían conseguido ocultar muy bien su aventura al grupo.

A Judith le sorprendió sentir una punzada de culpa por no sacar el tema, y se prometió hacerlo en cuanto encontrara pruebas sólidas sobre la implicación de Clara, en un sentido o en otro.

Miró la hora en el móvil. Clara seguía sin confirmar la cita de más tarde.

—Hubo un incidente en una exposición de fotografía el año pasado —dijo Collins—.

Fue allá arriba, en Crewe. Geoff, Felicity y Henry exponían obra.

La policía local recibió una llamada del conserje: no una denuncia formal, más bien un aviso de que la cosa se había caldeado.

Geoff había bebido y no le sentó nada bien la fotografía ganadora de Henry.

—¿Cómo que no le sentó bien?

—Le tiró pintura blanca encima. La foto quedó destrozada, pero solo era una copia, claro.

Henry estaba furioso. Los llevaron a comisaría y los amonestaron formalmente.

Nadie fue más allá. —Collins volvió a coger la taza—.

Solo nos enteramos al encontrar en el sistema los antecedentes penales de Heather.

Nadie lo mencionó cuando les preguntamos si había habido algún incidente.

—Interesante —musitó Judith, y luego les contó lo de las acusaciones de que el difunto usaba la IA para pulir sus imágenes y arrasar en los premios. Después volvió al comentario de Raymond—. ¿Y por qué tiene antecedentes Heather?

Sarah apartó su café tras tres sorbos. El fango la había derrotado.

—Esa mosquita muerta tiene su historia. Hace siete años la condenaron por fraude.

El rostro de Judith permaneció inmóvil, pero no se le escapó la mirada incómoda que intercambiaron los dos detectives. Al menos, Raymond tuvo la delicadeza de evitar los ojos de Judith y quedarse mirando su bebida mientras Sarah seguía adelante.

—Era tesorera de un pequeño consorcio empresarial del norte y desvió fondos durante unos ocho meses. Pequeñas cantidades, tres mil libras en total. Le cayeron dos meses de condena condicional.

—¿Lo saben los demás?

—Creemos que no —dijo Collins—. Se mudó a la zona hace unos cinco años.

Antes estaba en Nottingham, que es donde la condenaron.

Wilman era el tesorero de este grupo, pero lo detestaba.

Puede que ella le hubiera echado el ojo al puesto.

Pero no ha desaparecido nada; las cuentas están bien.

Y solo saltó en el expediente por su relación con los chicos.

Sarah tamborileó con los dedos en la mesa y miró a Judith con expectación.

—¿Y bien...?

—¿Y bien qué?

—Daba por hecho que venías a hacer tu numerito de siempre: soltar el micro y darnos la pista que resuelve el caso.

—¿Qué micro? ¿Me habéis puesto un micrófono?

Sarah no pudo disimular su decepción.

Judith soltó el aire despacio.

—No tengo nada lo bastante sólido como para resultar útil. —Miró a Sarah a los ojos con una sinceridad transparente muy bien ensayada—. Cuando tenga algo, serás la primera en saberlo. Curtis Salinger... —dijo Judith, esforzándose por ser delicada—. ¿Él es...? —Hizo una pausa—. Mencionó que era...

—Viudo —dijo Sarah, entrecerrando los ojos.

—Iba a preguntar si tenía antecedentes —dijo ella.

—No los tiene —dijo Collins—. Solo Heather.

—Bien.

A Judith la salvó un mensaje que le vibró en el móvil. Era Clara, confirmando que se pasara por su casa a última hora de la tarde para hablar.

—Ninguno de ellos tiene tampoco una furgoneta —dijo Sarah con intención—. Así que he alquilado una para el fin de semana.

Raymond se quedó perplejo.

—¿Qué pasa el fin de semana?

—Que los dos me vais a ayudar a mudarme de mi piso. Kevin tiene turno de noche todo el fin de semana.

—No recuerdo haber dicho que yo... —empezó Raymond, y se calló cuando Judith se levantó y le dio una patada en la espinilla.

—Es una cita... digo, trato hecho —se corrigió Judith rápidamente—. Yo llevo las galletas. De las buenas, obviamente.

—¿Y yo qué llevo? —preguntó Raymond.

—Los músculos —dijo Judith sin vacilar—. Cerebros ya tenemos de sobra.