Capítulo 10
E l bosque los observaba con ojos invisibles mientras el Clickers Camera Club lo atravesaba en busca de motivos que fotografiar, con el mismo sigilo que una división acorazada.
A Judith no le costó deducir por qué no habían conseguido hacer fotos de naturaleza tan gloriosas como las de Henry Wilman.
Con el escándalo que armaban, lo máximo a lo que podían aspirar era al rabo de un conejo en plena huida o al culo de un zorro.
Se declaró que el tiempo era perfecto, con una fina neblina matinal pegada al suelo y un cielo azul despejado que derramaba luz dorada entre las ramas.
El grupo tenía opiniones firmes sobre adónde ir para conseguir las mejores fotos, y ninguna coincidía del todo.
Con un pequeño lago, una cascada, arboledas centenarias y abundante fauna, aquel lugar era a todas luces el sitio de referencia que ya habían usado otras veces.
Judith se puso de inmediato en guardia para detectar cualquier cosa que se pareciera a las fotografías de Henry, con la esperanza de identificar el último lugar en el que había estado.
Por desgracia, a juzgar por las fotos que había hecho con el móvil de las imágenes de Henry, un árbol se parecía muchísimo a otro.
Geoff se dirigió enseguida hacia la linde oriental del bosque con paso decidido.
Felicity se fue alejando hacia la parte más espesa del bosque con una tristeza en el andar.
Judith tuvo que mirar dos veces al ver que Heather ya se había ido.
Hacía un momento estaba a unos metros; al siguiente se había esfumado como una ninja con Polaroid.
—He pensado enseñarle el prado —dijo Curtis, abriendo la marcha—. Casi todas las mañanas pasa por allí una manada de gamos. Si guardamos silencio y la luz aguanta, podría ser algo digno de ver.
—Tengo la cámara del móvil —le recordó Judith.
—Lo sé. —Sonrió—. Le he traído una de verdad. Nada complicado. Solo apuntar y pulsar.
—Eso encaja con mis habilidades actuales —dijo Judith, aceptando la réflex que le ofrecía.
Curtis se rio entre dientes, y el bosque absorbió el sonido con agrado.
—Es una Sony de gama de entrada, con un objetivo de 75 a 300 milímetros. Está todo en automático. Mantenga el disparador a medio pulsar para enfocar. Púlselo hasta el fondo para hacer la foto.
Judith asintió, con los ojos clavados en el objetivo: era el mismo modelo que había visto por última vez metido en la boca de Henry Wilman.
Al prado se llegaba por un sendero que se estrechaba hasta obligarlos a ir en fila de a uno a través de un tramo de hayas espesas, cuyas raíces asomaban y se entrelazaban por el suelo como dedos artríticos.
Curtis iba delante y levantó una rama baja.
Judith se agachó para pasar por debajo, reparando en su sonrisa galante.
El prado se abrió ante ellos, cubierto de hierba que llegaba a la rodilla y asomaba pintoresca entre la neblina matinal pegada al suelo. Al fondo se alzaba un muro de robles viejos y, entre los árboles y los fotógrafos, una pequeña manada de gamos pastaba con serena indiferencia.
—Oh —dijo Judith en voz baja. Hasta entonces no había estado mucho en contacto con la fauna salvaje, y la escena le pareció un momento verdaderamente mágico.
—Recuerde lo que le he dicho de la cámara —susurró Curtis mientras Judith la levantaba para mirar por el visor.
Curtis se colocó justo detrás de su hombro izquierdo y la rodeó con el brazo para enseñarle cómo sujetarla correctamente—.
Así —dijo, con la voz grave y cerca de su oído—.
La mano derecha aquí y la izquierda debajo, para sujetarla.
—Ya veo —dijo Judith, acunando el objetivo.
—El disparador está aquí. —Le guio el dedo—. Medio pulsado para enfocar, hasta el fondo para hacer la foto.
Su dedo se quedó apoyado sobre el de ella, y Judith sintió un inesperado aleteo, más propio del patio del colegio cuando era adolescente. Se humedeció los labios, de pronto secos.
—¿Y cuál de estos botones hace una buena foto?
—Ese, por desgracia, no viene incluido. —Se quedó donde estaba una fracción de segundo más de lo necesario.
Judith alzó la cámara y pulsó el disparador.
El gamo, que había estado moviendo la cabeza, dio como resultado una preciosa fotografía de una mancha marrón borrosa cruzando un prado.
—Maravilloso —dijo.
—A Fliss le va a encantar. Pruebe otra vez. Espere a que se quede quieto.
Judith lo intentó de nuevo. El resultado era más nítido: el cuerpo del gamo estaba enfocado, pero había girado la cabeza justo en el momento en que ella hizo la foto, de modo que parecía la fotografía de pesadilla de un gamo que había extraviado la cara.
Curtis miró la imagen en la pantalla de la cámara y no pudo disimular la risa.
—Tiene un don para captar lo surrealista. Fliss se va a morir de envidia.
Se oyó un ruido a sus espaldas. Geoff apareció entre las hayas con el impulso de quien venía moviéndose deprisa y había frenado justo a tiempo.
—Gamos —anunció, a un volumen que técnicamente era un susurro según los estándares estadounidenses, pero un bramido para unos británicos comedidos.
Levantó su enorme cámara, equipada con un grueso teleobjetivo; Judith casi podía oír la voz de Maggie acusándolo de querer compensar algo.
Se plantó al otro lado de ella—. Desde este ángulo la luz es mejor —dijo con autoridad—.
Lo ideal es tener el sol a la espalda. Las sombras caen lejos del motivo, lo que da una mejor separación tonal y reduce la aberración cromática en las altas luces.
—Bajó la cámara un momento para mirarla.
Alargó el brazo con la seguridad de quien creía que las barreras sociales no iban con él y le ajustó algo en el dial de la cámara.
Su mano rozó la de ella un instante, pero Judith no supo decir si había sido accidental o no. No estaba acostumbrada a convertirse de repente en el centro de atención. Y menos entre dos posibles asesinos.
Pulsó el disparador. Los gamos ya se habían adentrado entre los árboles. Judith miró la fotografía resultante. Era una foto excelente de un prado vacío.
Siguieron por el bosque con la mínima charla posible.
Judith se enorgullecía de ser capaz de sonsacar información a la gente más hermética, pero Curtis estaba resultando ser una cámara acorazada impenetrable, y Geoff se había sumido en un silencio introvertido y de vez en cuando le lanzaba a Curtis una mirada sombría cuando este no miraba.
Felicity se unió a ellos media hora más tarde, cuando Judith se detuvo a descansar en un tronco caído mientras Geoff cambiaba a un objetivo macro y se acercaba a un grupito de preciosas setas matamoscas, rojas con motas blancas, que había descubierto al pie de un árbol.
Curtis siguió merodeando unos metros por delante para localizar a un pájaro carpintero al que se oía.
Judith se identificaba con aquel animal que se daba cabezazos contra la madera.
Felicity se sentó junto a Judith.
—¿Qué tal lo lleva?
Tenía la cara fresca, pero unas arrugas de cansancio le surcaban los ojos.
A diferencia de Clara, que disfrutaba con el maquillaje, Felicity tenía una belleza más natural, con grandes ojos castaños, una nariz fina y unos pómulos marcados por los que algunas mujeres matarían, o pagarían a cirujanos plásticos carísimos.
Se había recogido el pelo en una coleta corta y aun así estaba perfecta sin esfuerzo aparente.
Tenía su propia cámara en el regazo y le daba vueltas distraídamente entre las manos, que se había envuelto con el extremo de su pañuelo de Hermès para mantenerlas calientes.
—He hecho catorce fotografías —dijo Judith—. Tres están enfocadas. Así que ya estoy avanzando a pasos agigantados.
Felicity sonrió de una manera leve y distraída.
—Se me hace raro volver aquí —dijo en voz baja—. Este era el sitio favorito de Henry. Odiaba que lo hubiéramos descubierto e invadido.
—Se tomaba su trabajo muy en serio —dijo Judith.
—Se lo tomaba todo muy en serio. —La frase cayó con un peso que no era de admiración—. Ese nivel de intensidad le quita la alegría a todo...
Dejó la frase en el aire, pero Judith siguió callada, que era la herramienta de interrogatorio más eficaz que poseía. Felicity sorbió por la nariz y se la limpió con el dorso de la mano.
—Perdone. No he tenido a nadie con quien hablar de lo que le pasó. Todavía estoy en estado de shock.
—A los demás no parece afectarles mucho.
La media sonrisa de Felicity parecía triste.
—Cada uno reacciona de una manera. Ayer me encerré en la tienda y lloré. No tenía energía para ordenar nada... —Un sollozo brusco la ahogó. Pareció avergonzada y se recompuso—. Lo siento. Pensará que soy una tonta.
—En absoluto —le aseguró Judith—. Debían de tener mucha relación.
—Últimamente no. Solo lo veía en el club. Antes éramos amigos, pero se fue distanciando. Y se volvió muy engreído con sus premios —continuó Felicity, con la mirada perdida—. Cuantos más ganaba, más creía que estábamos por debajo de él. Ya se imaginará cómo se sentía la gente.
—Tenía talento.
Felicity soltó una risa sarcástica.
—Oh, sí, un tramposo con talento. —De pronto se le descompuso la cara—. No quería decir eso. Bueno, no del todo.
—¿Ah, no? —Judith mantuvo un tono ligero.
—Geoff se quejaba de que su trabajo tonal era demasiado limpio. De que el rango dinámico era demasiado amplio para unas condiciones naturales. —Miró a Judith—. Le acusó de usar retoques con IA. Inteligencia artificial y Photoshop. Quiero decir... son herramientas útiles, pero aun así...
—Eso explicaría los premios —dijo Judith con neutralidad.
Felicity se levantó y se recolocó la correa de la cámara.
—Henry tenía un don para presentar una versión de las cosas que no era exactamente lo que parecía. —Miró a través de los árboles—. Antes no era así. Se empeñaba en ser más de lo que era. Y mire adónde le ha llevado.
Negó con la cabeza con tristeza y luego se adentró entre los árboles sin dar más detalles.
Judith la vio marcharse y pensó en Clara Kirby poniéndole su número de teléfono en la mano. Clara animaba a Wilman a ser más de lo que era. La forma en que lo había dicho Felicity no era del todo un cumplido. Era más bien una acusación.
Curtis y Geoff habían desaparecido bosque adentro, así que, con un suspiro, Judith siguió a Felicity, que se había esfumado tras una pared de helechos.
—¿Felicity?
El silencio del bosque hacía que el pulso que le martilleaba en los oídos sonara muy fuerte. Se preguntó si había ido a parar de repente a una partida gigante del escondite. Se adentró en silencio entre la vegetación, atenta a cualquier señal de...
Un clic metálico junto a su oreja la hizo girarse en redondo.
Felicity estaba justo a su lado, con la hoja de una navaja automática girando en el aire. Judith dio un paso atrás, sobresaltada, mientras Felicity se agachaba y bajaba la hoja para cortar un lazo de nailon escondido en la maleza.
—Furtivos —gruñó, sin levantar la vista—.
De vez en cuando encuentro sus trampas. Casi siempre son para conejos, pero el mes pasado encontré una lo bastante grande para un ciervo.
—Cortó el cable limpiamente, se lo guardó en el bolsillo y cerró la hoja con un clic preciso.
Captó la expresión de Judith—. Paso mucho tiempo sola por aquí. La navaja es práctica.
—Lo entiendo —sonrió Judith—. En el campo se encuentra una de todo. Una vez me topé por estos lares con una pandilla de juerguistas paganos. Resultaron ser gente muy divertida.
—No todo el mundo por aquí es tan majo... —dijo Felicity en tono ominoso.
Como si lo hubieran llamado, apareció Curtis, anunciado por el estrépito con el que atravesaba la maleza.
—Aquí están, escondidas. —En una mano llevaba un pequeño termo plateado y en la otra la taza del termo, llena de una sopa de tomate de un rojo intenso—. ¿Sopa? Debe de tener frío.
Judith cogió la taza, agradecida, y la rodeó con los dedos helados. El olor hacía la boca agua.
—La he hecho yo.
Dio un sorbo. Sabía aún mejor.
El leve clic de un obturador le hizo mirar a un lado. Heather Marsh se había materializado entre los helechos y bajaba la cámara tras haber hecho una foto del trío. Judith parpadeó: Heather había desaparecido.
Entonces se fijó en la extraña expresión de Felicity.
Una mirada rápida y cómplice entre ella y Curtis.
Casi imperceptible, pero a Judith se le esfumó el calor reconfortante de la sopa y la recorrió un escalofrío al recordar el mensaje de voz del subinspector Collins.
Alguien había entrado en la casa de Henry Wilman y había charlado con él con un café de por medio mientras lo veía morir lentamente. Algo difícil de digerir...
Miró la sopa. Esperaba que aquello de «difícil de digerir» no fuera a resultar premonitorio...