Capítulo 9
A lo largo de la velada, Judith Spears y Clara Kirby se intercambiaron una serie de mensajes, con pausas cada vez más largas entre las respuestas de la modelo.
Judith quería concertar un encuentro para ponerla al día de sus avances...
o de la falta de ellos. El entusiasmo inicial de Clara parecía estar tropezando con la indecisión, y Judith empezó a preguntarse para qué se molestaba en ayudarla.
Intentó distraer su frustración con una infusión de menta y un puzle que le había regalado alguien que no tenía ni idea de que los detestaba. Cómoda en su propia compañía, por las noches solía encontrar cierto consuelo en tareas inútiles o en programas de televisión sin sentido.
Pero aquella noche no.
Por algún motivo, sus pensamientos iban y venían entre su amiga Maggie y Fabián, que emprendían juntos una nueva aventura, demostrando que la edad no era más que un número.
Luego su mente se desvió hacia Sarah y Kevin, al principio de su camino, confirmando que la edad era una tontería.
Y luego estaba Raymond, que tenía un gusto pésimo para la decoración.
No conseguía concretar qué era lo que la inquietaba.
De pronto apareció en su móvil un mensaje de WhatsApp de Curtis Salinger:
Buenas noches. Estamos organizando una excursión al campo para hacer fotos. La exposición tiene un hueco desde que la policía se llevó la obra de Henry como prueba. Mañana por la mañana, a primera hora. ¿Le apetecería venir? Podría pasar a recogerla.
Judith lo leyó dos veces y llegó a la conclusión de que era un gesto inocente que podía proporcionarle información valiosa sobre el grupo. En el peor de los casos, sería algo que hacer.
Me encantaría , respondió.
La respuesta de él fue una sola línea: Será un placer.
Dejó el móvil bocabajo sobre la mesa e intentó no pensar más en ello.
Al despertarse a las tres y media, solo había un pensamiento que reclamaba su atención. ¿Cómo había conseguido Curtis su número? No se lo había dado a nadie del grupo. Ni le había dicho dónde vivía.
Curtis llegó a las ocho y veinticinco en un viejo Land Rover Defender verde oliva que traqueteaba con lo que algunos llamarían, con optimismo, carácter, mientras que los más aprensivos lo habrían calificado de trampa mortal.
Judith, que estaba lista desde las siete y había descubierto que en internet había poca información sobre Curtis Salinger, lo vio aparcar desde detrás de la cortina. Esperó treinta segundos antes de ir hacia la puerta.
Curtis llevaba una chaqueta encerada Barbour de color verde salvia y el aspecto ligeramente curtido por el viento de quien ya había salido una vez esa mañana. Le abrió la puerta del copiloto.
—Buenos días —dijo—. ¿Ha dormido bien?
—Lo justo —mintió Judith—. ¿Y usted?
—Fatal —dijo él alegremente—. Suele pasarme antes de madrugar. —Cerró la puerta de ella, rodeó el coche y se sentó al volante. El Defender olía a tierra y a bolsas de cámara.
—¿No ha traído al perro? —preguntó ella.
La reacción de sobresalto de él la hizo sonreír.
—¿Qué le hace pensar que tengo perro?
—Los pelos de la chaqueta, y que ya parece haber hecho ejercicio a una hora tan intempestiva.
—Bertie quiere perseguir todo lo que intentamos fotografiar. —Salió al camino—. No sabe apreciar la fauna como tema fotográfico.
—Solo como presa.
—Exacto. —Le sonrió de lado y se pusieron en marcha.
Little Pickton estaba rodeado de bosques y colinas onduladas en todas direcciones, así que salir al campo era inevitable.
Curtis conducía sin navegador y con una seguridad abundante.
Judith llevaba unos años viviendo en la zona, pero aún no dominaba el laberinto de caminos que había más allá de las arterias que llevaban a Denzel Green y a Fulton.
La conversación encontró su ritmo entre dos personas cómodas con el silencio y sin ninguna prisa por llenarlo.
El paisaje se abría a su alrededor: setos que preparaban las primeras flores de la primavera y campos oscuros donde despuntaban los primeros brotes de los cultivos.
Pasaban de vez en cuando junto a alguna granja apartada de la carretera, y junto a aún menos coches.
Las señales se convirtieron en un lujo y la geografía interior de Judith no tardó en desorientarse.
No estaba acostumbrada a perderse, y menos en su propio terreno.
Se reprendió por estar demasiado tensa y cuestionar cada desviación de lo normal. Ya iba siendo hora de empezar a disfrutar como hacía la gente normal.
—¿Cuánto tiempo lleva al frente de Clickers? —preguntó.
—Cuatro años. Desde que volví a la zona.
Necesitaba encontrar gente con la que salir a hacer fotos.
No había ningún grupo local, así que monté uno.
—Hizo una pausa—. Dicho así suena más emprendedor de lo que fue.
Puse un anuncio en la biblioteca y se presentaron siete personas.
A partir de ahí crecimos. Geoff llegó con más equipo que todos los demás juntos y enseguida se puso a explicar cosas que nadie le había preguntado.
—Muy de Geoff.
—Supongo que lo hace con buena intención. Debajo de toda esa charla sobre diafragmas, sabe de lo que habla. Claro que eso lo vuelve competitivo con la cosa más trivial.
—Me imagino que todos lo son. Henry había ganado muchos premios, así que entiendo que eso pudiera escocer.
Él soltó un suave resoplido.
—La gente es la gente —dijo en voz baja. Luego, con algo más de seguridad, continuó—: Heather siente pasión por la fotografía. Pero con ella todo es complicado. Lo ve todo a través de un objetivo. Literalmente y en sentido figurado. No es muy habladora.
—¿Y Felicity? —preguntó Judith, con el tono despreocupado que reservaba para las preguntas que no lo eran.
Una breve pausa. El seto pasaba desdibujado.
—Fliss se apasiona por todo lo que hace —dijo Curtis con voz mesurada—. Pintura, manualidades, cerámica. Se le da bien cualquier cosa.
—He oído que Henry y ella tenían mucha relación —tanteó Judith.
—Es alguien que intima muy rápido. No siempre... —Se detuvo—. Es una cualidad que tiene sus complicaciones.
Judith lo dejó estar. El silencio en el coche, o lo que pasaba por silencio con aquel motor que traqueteaba y tosía, no resultaba tenso.
Al contrario, era casi agradable, aunque se notaba que Curtis estaba deseando cambiar el rumbo de la conversación y se negaba obstinadamente a ser él quien lo hiciera. Ella se compadeció.
—¿Cómo era su vida antes de mudarse aquí?
Había pensado que sería un terreno seguro para él. En cambio, agarró el volante con algo más de fuerza e hizo crujir el cuero rígido. Su mandíbula apretada delataba lo poco que le apetecía hablar.
—Viajé por ahí... —dijo con vaguedad.
Judith se preguntó si aquello sería un eufemismo de traficante de drogas, y luego se dio un tirón de orejas mental por recurrir de inmediato a una interpretación negativa.
—Tenía talento —dijo Curtis, al cabo de un momento—. Henry. Un talento auténtico.
A Judith le sorprendió que prefiriera volver a ese tema antes que hablar de sí mismo.
—Para ser sincero, mejor que cualquiera de los demás. Mejor que la mayoría de la gente con la que me he cruzado. No es fácil reconocerlo. Simplemente tenía ojo para ello, y talento para echar a perder las oportunidades.
Por lo visto, eso era todo lo que tenía que decir sobre el tema.
Durante los veinte minutos siguientes, el paisaje que los rodeaba se fue volviendo cada vez más desconocido para Judith.
Estaba a punto de pedirle que le aclarara adónde iban cuando le vibró el móvil con un mensaje de voz del subinspector Raymond Collins.
Debía de haberla llamado mientras pasaban por una zona sin cobertura.
Se apretó el teléfono contra la oreja y lo reprodujo con el volumen justo para oírlo.
—Ahora me evitas, ¿eh? En fin, tú te lo pierdes.
Solo pensé que querrías saber que han encontrado huellas de todos los miembros del club de fotografía que mencionaste (Salinger, Philby, Nelson y Marsh) por toda la escena del crimen.
Estuvieron en la casa de Wilman en algún momento de las últimas semanas.
Aunque nadie admite haber estado allí en los últimos días.
Acertaste con el método de envenenamiento, y casi todos ellos conocen los procesos químicos.
De lo que podemos estar seguros es de que alguien entró, tuvo una conversación con un café de por medio y se marchó cuando tuvo la certeza de que la conversación había terminado de forma definitiva.
El veneno era lo bastante lento como para dar tiempo a una buena charla.
Algo difícil de digerir, ¿eh? Ah, por cierto, mi piso apesta a comida para llevar, así que debería pasarte la factura de una limpieza a fondo.
Colgó.
Judith miró la pantalla. Sin cobertura. Habían entrado en otra zona muerta.
Y acababa de confirmar que estaba a solas con uno de los posibles asesinos.
—Ya casi estamos —dijo Curtis con desenfado. Iba relajado, ahora con las dos manos en el volante, mientras el camino se estrechaba aún más—. No tendrá claustrofobia, ¿verdad?
—En absoluto —respondió ella, intentando pasar por alto el repentino matiz siniestro. Las ramas de los árboles golpeaban ambos lados del coche al pasar.
Unos minutos después, se detuvieron en un apartadero tranquilo. Geoff, Felicity y Heather esperaban junto a sus vehículos aparcados. Judith seguía sin cobertura.
Ahora estaba en mitad de la nada con todos los posibles asesinos.