Muerte tras el objetivo (Un misterio de Judith Spears 5) Capítulo 7
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Capítulo 7

L as oficinas del Clarendon ocupaban la planta baja de un estrecho edificio georgiano junto a la plaza del mercado de Denzel Green, encajonado entre una inmobiliaria y una tienda de velas artesanales que llevaba a punto de cerrar desde que nadie tenía memoria y que, sin embargo, nunca cerraba.

A Judith no le extrañaría que resultara ser una tapadera para blanquear dinero de algún empresario criminal.

La fachada del periódico no se había renovado desde los noventa y seguía aferrada al glamur de otra época del periodismo local.

La oficina de la entrada olía a tinta de impresora y a moqueta vieja y rancia.

En la sala principal había dos mesas, una vacía y la otra ocupada por una joven con una coleta rubia que tecleaba a una velocidad agresiva y no levantó la vista.

Un tabique al fondo separaba el despacho del director, cuya puerta estaba abierta.

Fabián Heinzel apareció en ella antes de que Judith hubiera terminado de cruzar el umbral.

—¡Judith! —Bramó su nombre con auténtica calidez y la envolvió en un abrazo capaz de aplastar a un luchador profesional—. ¡Pasa!

Judith rechazó la bebida; ya había tomado una allí en otra ocasión y había tenido más que suficiente para toda una vida.

Su anciana secretaria, a la que Judith nunca había visto sonreír, le trajo a él un café solo en una taza enorme con el lema El mejor padre del mundo , lo cual resultaba incongruente, ya que no tenía hijos.

El despacho estaba abarrotado de material gráfico de su campaña para diputado: Heinzel: una voz para la comarca y ¡Confía en Fabián!

En un rincón se amontonaban pilas de folletos, y una pizarra blanca en la pared lateral contenía un calendario de visitas a la circunscripción con una letra que empezaba pulcra y se volvía más frenética hacia abajo.

—¿Esto es ahora tu sala de guerra para las elecciones parciales? —dijo Judith, acomodándose en la silla frente a su escritorio.

—De momento, pero pronto tendré que pasarle el testigo a un nuevo director.

—¿Lo dejas?

—Me aparto. Si gano —añadió con una humildad tan fingida que Judith no pudo contener una carcajada seca. Él sonrió—. Bueno, podría perder.

—Entonces sabríamos que las elecciones estaban amañadas. ¿Quién te sustituye?

—Rosie Tarrant. Esa joven periodista incendiaria de ahí al lado. Vais a hacer saltar chispas.

—¿Quieres decir muchos gritos y puertas echadas abajo?

Fabián asintió afablemente.

—Es una pena que tengas que irte. Volviste a poner este periódico en pie incluso después de la revolución digital. Es todo un logro.

—Todo gracias a ti —dijo él, y su tono se volvió más serio—.

La financiación de la campaña, Judith. Después de lo de Sterling y Needlemire...

—Se contuvo, lo cual no le resultaba nada fácil, teniendo en cuenta que sus patrocinadores habían estado implicados indirectamente en un asesinato.

Aunque seguían sin tener responsabilidad penal, su cercanía había supuesto una mancha nacional para su campaña—. Quiero que sepas que no lo he olvidado.

—Tranquilo, ninguno de los dos lo olvidará. —Judith esbozó una sonrisa maquiavélica.

La expresión de Fabián osciló con cuidado entre la gratitud y una leve alarma. Conocía a Judith lo bastante como para saber que, cuando le pidiera que le devolviera el favor, no sería por un simple capricho. Era mejor no darle vueltas a esas cosas, pero no pudo evitarlo.

—¿Esto no tendrá algo que ver con ese detective de la Metropolitana que anda husmeando en tu pasado, obviamente inocente? —dijo Fabián con tacto—. El subinspector Hamper. ¿Sigue...?

—¿Metiendo las narices? —completó Judith—. Ya lo creo. Es un tipo decidido, eso hay que reconocérselo. Pero Derek y yo tenemos un plan.

—Ah, Derek —dijo Fabián, recostándose en su silla, que crujió de forma alarmante—. Me intrigaría conocerlo.

—Desde luego, haríais saltar chispas. Es un pirómano social. Mejor tenerlo a distancia. —Derek era la expareja de Judith, y su excompinche en delitos de guante blanco. Las dos facetas de su vida no habían sido incompatibles, aunque sí lamentables—. Está todo bajo control.

Fabián se estremeció. Ella lo dijo con una serenidad tan perfecta que él casi sintió lástima por aquel hombre, del que Judith le había asegurado que era un poli corrupto y, por tanto, presa legítima.

—Henry Wilman —dijo ella, pasando a otro tema con la eficiencia de quien cierra una pestaña del navegador.

Fabián dejó caer los hombros.

—Sí. Un asunto terrible. —Hizo girar la taza de café sobre el escritorio—. Era un buen tipo. Siempre pensé que este sitio le frenaba. Pero le pagaba las facturas. Le ayudaba a pagarlas —se corrigió—. Ganaba más dinero con las bodas, pero las detestaba.

—¿No era muy romántico?

—Al contrario, parecía todo un galán. Nada inapropiado —se apresuró a añadir—.

Un seductor, eso seguro. No sé si salía con alguien; sé que se divorció hace más de diez años.

—Hizo una pausa—. Nunca contaba gran cosa.

Nada de charla más allá de las cortesías de rigor.

Solo profesional. Educado. —Fabián lo pensó—.

La verdad es que no puedo decirte mucho más.

Rosie lo conocía un poco mejor que yo. Salía con él a cubrir algunos encargos locales.

Rosie Tarrant tenía treinta y pocos años y la energía de alguien que va perpetuamente con tres plazos de entrega de retraso. Cuando Judith se sentó frente a ella, dejó de teclear con el aire de quien pulsa el botón de parada de emergencia de una cinta de correr.

—Lo estoy redactando ahora mismo —dijo con el ceño fruncido, queriendo dejar claro que estaba ocupada antes de que empezara la conversación.

Su expresión dura vaciló cuando las lágrimas amenazaron con abrirse paso.

Luego, más bajo—: Perdona. Sigue pareciéndome un poco surrealista, la verdad.

Estoy redactando la noticia de su muerte.

No dejaba de pensar que debería ser él quien hiciera las fotos para esta noticia...

—¿Teníais una relación estrecha?

Se recompuso y se secó los ojos con el dorso de la mano.

—No especialmente. Venía para un encargo y se marchaba lo antes posible. Nunca se quedaba por aquí. —Se quedó pensativa—. Pero nunca se olvidaba del cumpleaños de nadie. Siempre me regalaba una caja de bombones, cosa que me parecía un detalle.

—¿Lo notaste preocupado últimamente?

—No sabría decirte. No era de los que lo contaban. Pensaba que tú lo conocerías mejor.

—¿Yo?

—Si Fabián no ha estado escribiendo tus hazañas por aquí, he sido yo. Y sé que te hizo un montón de fotos. —Captó la mirada sobresaltada de Judith—. Ese recorte de cartón a tamaño real que pusieron en la biblioteca, el tuyo, la foto la hizo él.

Aquello era nuevo para Judith. La bibliotecaria había montado una exposición sobre crímenes y había plantado un recorte a tamaño real contra las estanterías. Había tenido el efecto de amplificar una fama que ella no buscaba, y que casi le había costado la vida.

—Siempre pensé que le gustabas —añadió Rosie, como de pasada.

Judith ladeó la cabeza, intentando decidir si Rosie trataba de provocarla a propósito o hablaba en serio.

—Comentaba lo de tu pelo. Creo que le gustaban las pelirrojas. Y la boina tan peculiar —señaló el sombrero que Judith tenía en la mano— le hizo decir que eras un personaje interesante. Créeme, viniendo de él era un cumplido. Era genial pillando a la gente desprevenida.

Rosie sonrió y, por un momento, su semblante se resquebrajó.

—Aunque era muy gracioso. La primavera pasada hicimos una noticia sobre un toro escapado en la calle mayor de Little Pickton.

Material clásico del Clarendon: el ayuntamiento niega su responsabilidad, el granjero furioso, todos acusándose unos a otros.

Estamos delante de la farmacia intentando entrevistar al granjero, y el toro vuelve a bajar por la calle mayor tan tranquilo.

Henry ya tenía la cámara preparada y lo saca todo.

El toro se para justo detrás de nuestro entrevistado y...

—apretó los labios— se expresa, digámoslo así, justo cuando el granjero nos estaba contando lo mucho que le había afectado todo aquello.

Judith se sorprendió soltando una risita, cosa que no esperaba.

—¿Publicasteis la foto?

—En portada. Ganó un premio regional de fotografía de prensa, que Henry fingió que le daba vergüenza.

Yo creo que en el fondo estaba encantado.

—Rosie se quedó un momento mirando la pantalla, pensativa.

La oficina quedó en silencio salvo por el zumbido de los ordenadores y el gorgoteo lejano de la cafetera, que agonizaba lentamente.

—¿Hubo algo que te llamara la atención últimamente? —preguntó Judith.

Rosie abrió la boca para decir que no —Judith vio formarse la palabra— y entonces se detuvo.

—Hubo una cosa que me inquietó —dijo despacio—.

Hace meses, así que no sé si viene al caso.

—Hizo girar un bolígrafo entre los dedos—.

Fuimos al desguace. A las afueras de Fulton, junto a la carretera del polígono.

Harkin's. Habían encontrado allí un coche robado: una noticia rutinaria, pero formaba parte de una oleada más amplia de delitos ligados al narcotráfico en el condado que había salido en las noticias la semana anterior.

Es el tipo de noticia que cubres en media hora antes de comer.

Henry y yo fuimos juntos en coche. Él estaba haciendo fotos del sitio, cosas de ambiente general, y salió el dueño.

—Frunció el ceño—. Se puso hecho una furia.

Pero no por la noticia; normalmente se calman cuando les explicas.

Era específicamente porque Henry estaba haciendo fotos.

Estaba furioso. Furioso de verdad, más allá de lo razonable.

—¿Dijo por qué?

—No estaba prestando mucha atención; intentaba sacarle una declaración al tío que se estaba llevando el coche con la grúa.

Cuando miré, el dueño estaba encarado a Henry y Henry estaba...

—hizo una pausa— sin dar su brazo a torcer, lo cual me sorprendió.

Normalmente era muy comedido. Casi llegaron a las manos.

Luego el dueño volvió adentro, Henry no dijo nada del asunto y nos fuimos.

—Se encogió de hombros—. Como te digo, seguramente no fue nada, pero es la única vez que vi a Henry alterado.

Se le volvieron a humedecer los ojos. Judith pensó que era mejor no insistir más. Cuanto más oía sobre Henry Wilman, más le gustaba. Que el chatarrero no quisiera mala publicidad era comprensible, pero, de momento, era el único incidente del que podía informar a Clara Kirby.

Solo se preguntaba cuánto tiempo le quedaba antes de que el subinspector Collins llamara a la puerta de Clara y destapara la aventura que ella tanto deseaba mantener en secreto.

De momento, la propia aventura era el aspecto más sospechoso en torno al asesinato.

Una vez se levantara la liebre, sería difícil mantenerla fuera del foco de la culpa.