Muerte tras el objetivo (Un misterio de Judith Spears 5) Capítulo 6
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Capítulo 6

R aymond Collins estaba pasando una velada perfectamente aceptable. Lo cual, se mirara como se mirara, no era un listón muy alto.

Su viejo sofá era cómodo si uno sabía exactamente dónde sentarse.

El concurso de la tele estaba en esa fase en que los concursantes se desmoronaban a ojos vista ante las preguntas sobre capitales europeas, y él había conseguido recalentar la pasta de la noche anterior.

No es que le hubiera dado un solo bocado.

El amasijo humeante estaba tan apelmazado que el tenedor se quedaba perfectamente vertical al clavarlo, mientras que los bordes de la pasta estaban quebradizos, sin rastro de humedad.

Llevaba una camiseta gris clara, unos pantalones cortos por la rodilla y sus calcetines favoritos, con las suelas de goma antideslizante ya gastadas.

Era justo lo contrario de su camisa impecable, normalmente blanca, sus sensatos pantalones negros y unos zapatos no del todo cómodos: el uniforme que, a su juicio, se esperaba de un detective.

En su opinión, las corbatas estaban reservadas para Colombo.

Tenía el mando de la tele al alcance de la mano. El mundo era, temporalmente, problema de otro. Para algunos, aquella sería una noche desesperada en casa. Raymond estaba considerando que, para él, aquello era lo mejor que había.

Sonó el timbre.

Se encontró a Judith Spears en el umbral, con una gran bolsa de papel en brazos que olía de maravilla. Llevaba la boina ligeramente ladeada y la expresión de quien era esperada, lo supiera Collins o no.

—Espero que no hayas cenado —dijo, pasando a su lado antes de terminar la frase—, porque, si lo has hecho, tendrás que volver a cenar.

Collins miró el rellano vacío detrás de ella y luego a Judith, que ya desaparecía en su cocina.

—Pasa —le dijo a nadie.

Judith había traído comida suficiente para un pequeño comité. Los envases de aluminio se alineaban en la encimera de la cocina en una fila aromática: dos currys, arroz, pan naan, un saag aloo que humeaba suavemente y algo en un recipiente cerrado que olía a cardamomo.

—No podía molestar a Sarah —dijo Judith, abriendo ya los armarios con la seguridad de quien sabía dónde estarían lógicamente los platos.

Estaban, observó él con cierta inquietud, exactamente donde ella había supuesto—.

Está haciendo cajas con Kevin. Es una noche importante para ella y no necesita que me presente despotricando sobre un fotógrafo muerto.

—Pero está claro que yo sí —dijo Collins. Señaló, a través de la cocina abierta, la tele del salón—. Estaba teniendo mi propia noche de concurso.

—Espero que no vayas perdiendo. No dejes que te moleste —dijo ella sin la menor sinceridad—. ¿En qué canal están?

Collins se frotó la frente, todavía intentando asimilar la intrusión.

—No lo sé. En el canal Narnia, quizá. He bajado tanto por la lista de canales que el número se ha vuelto teórico.

Judith no lo escuchaba.

—Maggie ha salido con Fabián, que está preparando su campaña para conquistar el mundo.

—¿Y qué tal va eso?

—La hace feliz —dijo Judith, que era a la vez la respuesta más cálida y la menos comprometida posible. Encontró los cubiertos a la primera—. Y he leído que cenar solo puede ser poco saludable. Más calorías, o demencia, o algo así. Puedes dejar la tele puesta.

Él ya la había apagado. Volvió a encenderla y, desde la seguridad del sofá, observó a Judith revolotear por su cocina con decisión.

No tenía sentido echarle una mano. De fondo, un concursante de Northampton falló la capital de Portugal, alegando que era imposible que lo supiera porque nunca había estado allí.

Comieron con los envases entre ambos en la mesita baja, los platos en el regazo, mientras de fondo empezaba otro concurso.

El primer bocado de rogan josh de cordero arrancó a Collins un sonido involuntario de placer que le habría avergonzado si Judith no hubiera estado igual de ocupada con el saag aloo.

—¿De dónde es esto? —consiguió decir.

—Del Rajput, en la calle mayor. Abrieron la primavera pasada. Raymond, vives a doce minutos, ¿y estás comiendo pasta recalentada?

—No llegué a comérmela.

—Creo que se ha fraguado en el cuenco. Vas a necesitar un cincel para limpiarlo. —Arrancó un trozo de naan con autoridad—. Bueno: el caso Wilman.

Raymond se recostó. Sabía que iba a llegar.

—¡Estoy fuera de servicio!

—Estupendo. De vez en cuando tienes que relajarte. —Esperó atentamente una respuesta.

Raymond infló los carrillos y luego se dio por vencido.

—Al forense le impresionó que acertaras con lo del envenenamiento por hidroquinona. Se la tomó en el café...

—Como dedujimos Sarah y yo.

Él entrecerró los ojos.

—¿Sarah? ¿En serio?

Judith se encogió de hombros con picardía.

—Siempre que eso sea lo que diga tu informe.

—La taza se ha mandado al laboratorio, pero, como sabes, el asesino la lavó y limpió sus huellas. Había manchas del producto químico en la ropa y en la boca, de cuando babeó.

—¿Cuánto tiempo llevaba muerto?

—Unos dos días. —Pinchó un poco de arroz con el tenedor—. Lo que significa que murió pocas horas después de que lo viera su vecina por última vez. Alguien fue a visitarlo y, en algún momento entre las nueve y el mediodía, ese alguien se aseguró de que Henry no volviera a levantarse.

—¿Algún testigo?

—La vecina estaba metiendo los cubos de basura y se iba.

No vio nada con claridad, y ninguna de las dos casas tiene cámaras.

Todo aquello es campo, así que no hay videovigilancia en las calles.

Esta noche sale un llamamiento para ver si podemos reconstruir sus movimientos en los días anteriores.

No pinta bien. —Alargó la mano hacia un naan al mismo tiempo que Judith.

Y durante un instante estuvieron al borde de un tira y afloja por él.

Él lo soltó enseguida—. Los de la Científica no encuentran ninguna prueba de que se llevaran fotografías del cordel de secado.

—Si solo nos basáramos en hechos, ¿dónde estaríamos?

—Ese es el fundamento de mi trabajo.

—No, querido Raymond, tu trabajo es seguir corazonadas y conseguir que los hechos las respalden. —Antes de que pudiera rebatírselo, siguió adelante—. El espacio entre las imágenes colgadas indica que se llevaron dos. El negativo lo confirmaría.

—Por desgracia, no encontramos ningún negativo de esa sesión en concreto —dijo él—. Ni podemos adivinar qué, si es que se llevaron algo, faltaba en el estante.

—La cámara que hizo esas fotos y el objetivo.

—O podría ser simplemente un hueco en el estante. O que se la hubiera prestado a alguien, o que se le hubiera roto. ¿Ves lo útiles que resultan de vez en cuando las pruebas sólidas e indiscutibles?

—El objetivo era Sony. En el estante no había ninguna cámara Sony.

Raymond asintió.

—Y los objetivos no son intercambiables entre marcas. Me lo dijo Sarah.

Judith sonrió para sus adentros. La agente Eastly estaba aprendiendo.

—¿Lo ves? Trabajo en equipo. Todos llegamos a velocidades parecidas, aunque vosotros vais un poco rezagados. —Se distrajo con un episodio de Pasapalabra en la tele.

—Judith. —Intentó no sonar demasiado exasperado—. ¿Hay algo más que quieras compartir, ahora que estamos en vena de compartir?

Ella se volvió y le dedicó una mirada de total transparencia que él no se creyó ni por un segundo.

—He estado en el club de fotografía. ¡Clickers!

Raymond dejó el plato.

—Mañana vamos a interrogarlos, así que resulta un poco violento que tú ya les hayas hecho una visita.

—He sido más discreta que una tumba, te lo aseguro. Te van a parecer un grupo interesante. Les sorprendió enterarse de lo de Henry. De forma contenida, pero les sorprendió.

—¿Contenida?

Ella ladeó la cabeza.

—Como se pone la gente cuando una noticia confirma algo que ya medio sospechaba, o medio deseaba.

Me cuesta concretarlo. —Alargó la mano hacia el recipiente de cardamomo—.

Ah, kheer. —Se sirvió una buena ración del arroz con leche—.

En ese grupo hay mucha rivalidad. Están montando una exposición y eso tiene a todo el mundo con los nervios de punta.

La competición saca a relucir sus peores cualidades.

—Casi todo lo hace —dijo él.

—Cierto. Pero las rivalidades en los grupos pequeños calan hondo. —Señaló el portátil, que estaba abierto sobre el brazo del sofá—. ¿Lo has buscado?

Raymond se inclinó y buscó en Google el nombre de Henry Wilman. Los resultados aparecieron enseguida: una web personal, un reportaje en Amateur Photographer , varias listas de premios nacionales. Entró en la galería.

Los dos se quedaron callados.

Las imágenes eran excepcionales. Un cernícalo suspendido en una quietud absoluta sobre un seto, con cada pluma nítida. Un hurón al borde de un campo arado, volviéndose a mirar a la cámara como si lo hubieran pillado los paparazzi.

—Tenía un talento extraordinario —dijo Judith.

—Sí —convino Raymond. Se quedó callado un momento—. Lo cual, en cierto modo, lo hace peor.

—Siempre lo hace. —A Judith le sorprendió lo mucho que la conmovían las fotos—. La gente con verdadero talento atrae un verdadero resentimiento. Es como la gravedad.

—¿Sospechas de alguien del grupo...?

—Creo que en ese grupo había gente con motivos para que les cayera mal Henry Wilman, al margen de cualquier otra cosa. —Rebañó lo que le quedaba de kheer con una satisfacción concentrada—. Pero ¿como para matarlo? —Frunció los labios, pensativa.

Raymond le observó la cara. Había aprendido a reconocer una expresión concreta que adoptaba Judith cuando sabía más de lo que decía.

Guardaba la información como un jugador de cartas guarda su mano.

Sabías que tenía cartas. No podías verlas.

Y no estabas seguro de estar jugando a lo mismo. Pero tenía cartas.

—No puedo quitarme de encima la sensación de que hay algo que no me estás contando.

Ella se levantó, palpándose los bolsillos en busca de las llaves del coche.

—Raymond, casi siempre hay algo que no te estoy contando. La habilidad está en identificar qué cosas importan. —Se puso la boina y le dio un tironcito a modo de saludo de despedida—. Cuando yo sepa más, tú sabrás más.

—Así no es como funciona una investigación poli...

—Como tanto te gusta recordarme, no soy policía. Buenas noches. —Recogió el abrigo del sillón, miró los envases que seguían esparcidos por la mesita baja y luego lo miró a él, divertida—. Te dejo los platos a ti. El korma está especialmente bueno. Termínatelo esta noche, que mañana sabrá raro.

—Judith...

La puerta de la calle se cerró con un clic preciso.

Raymond se quedó un momento sentado, mirando a su alrededor en el salón. Olía de maravilla, pero por la mañana sería la clase de olor que le iba a impregnar el abrigo, los cojines del sofá y, muy posiblemente, su dignidad profesional durante unos cuantos días.

Se terminó el korma de todos modos.

Estaba, tal como había dicho Judith, especialmente bueno.