Capítulo 5
Lo usaban, según el día, una clase de yoga, un club de maquetismo, el grupo de teatro aficionado Denzel Players, un grupo de madres con niños pequeños, la Sociedad Terraplanista Global y, el segundo martes de cada mes, el Clickers Camera Club.
Judith los había buscado. La página web estaba bien diseñada y era elegante, mientras que la página de Facebook contenía la fotografía desenfocada de un cisne y confirmaba que el grupo se estaba reuniendo para montar una nueva exposición, Corazón rural: retrato de la vida comarcal , financiada por el consejo del condado, que estaría tres semanas en el ayuntamiento.
La fotografía ganadora se presentaría a los Premios Nacionales de Fotografía Rural, que según la web eran un certamen de prestigio, aunque Judith observó que cualquier cosa que se describiera como prestigiosa en su propia web no solía serlo.
Llegó a las siete y media y siguió el sonido de las voces y el olor amargo del café instantáneo.
La sala principal se había transformado en parte.
A lo largo de dos paredes había grandes copias montadas en paneles expositivos, todavía a medio colocar: algunas imágenes colgadas y otras aún apoyadas contra la pared.
Media docena de personas estaban atareadas limpiando el suelo, levantando paneles y discutiendo por el mejor sitio de la sala.
Un hombre se separó del grupo y se acercó a ella.
Era un pelín mayor que Judith, con el pelo plateado algo más largo de lo habitual y un rostro que había pasado mucho tiempo al aire libre y había salido ganando.
Se movía como alguien acostumbrado a tener el control.
La carpeta con pinza que llevaba lo confirmaba.
—¿Puedo ayudarla? —Lo dijo más como un saludo que como un desafío.
—Eso espero. Vi su anuncio en la biblioteca, el del grupo. Y además me lo comentó un amigo.
—¡Estupendo! Sí, esto es el CCC. ¡Bienvenida!
Judith intentó no hacer una mueca, pero no lo consiguió.
—Unas siglas casi desafortunadas.
El hombre soltó un resoplido.
—Bueno, nos iba muy bien con lo de Clickers, hasta que algún mamarracho nos hackeó la web y nos rebautizó como los Dick... da igual.
—Esperaba poder quedarme de oyente esta tarde, si no es mucha molestia. —Sonrió con amabilidad—. Soy Judith Spears.
Otros miembros habían empezado a prestar atención y asomaban la cabeza en dirección a Judith como suricatos.
—Curtis Salinger. —Le estrechó la mano, que era cálida y firme—.
Presidente. Somos gente acogedora, aunque no lo parezca.
—Echó un vistazo a la sala, donde dos personas estaban enzarzadas en lo que parecía una tensa discusión sobre la altura de una copia—.
Casi siempre. ¿Puedo preguntarle con qué dispara?
Judith sacó el móvil del bolsillo del abrigo y lo levantó.
Habría causado el mismo efecto lanzando un tejón muerto en mitad de la sala. El rostro de Curtis Salinger pasó por una serie de expresiones antes de quedarse en la neutralidad.
—Todos tenemos que empezar por algún sitio —dijo con diplomacia.
Desde el otro lado de la sala, un hombre bajito con gafas redondas de montura metálica y una bolsa de cámara que parecía contener más equipo que una expedición media al Everest se materializó a su lado.
—¿Un móvil? —dijo con deje americano. No era un saludo. Era un veredicto. Se subió las gafas—. ¿Sabe que hasta una réflex digital básica de gama de entrada le daría un rango dinámico muchísimo mejor? Solo el tamaño del sensor...
—Geoff —dijo Curtis, con el tono de un hombre que había pronunciado esa palabra con ese tono muchas veces.
—Geoff Philby —se presentó Geoff a modo de explicación, como si eso significara algo. Cuando Judith se encogió de hombros, se le descompuso la cara—. He ganado un par de premios importantes.
Judith puso cara de estar impresionada.
—¿Un bronce en natación?
Geoff parpadeó. Rondaba los cincuenta y pocos, con una barba de pocos días que le sentaba bien. Judith se lo imaginó desenvolviéndose sin problemas en plena naturaleza salvaje de la campiña inglesa.
—Solo digo que, para paisaje, de verdad debería tener en cuenta el factor de recorte. Solo el potencial del bokeh...
—¡Geoff!
Se detuvo.
—Perdón. Hola. Soy el secretario del club. —Le estrechó la mano a Judith con entusiasmo—. ¿Dispara usted en bruto o en JPEG?
—Procuro no ser bruta con nadie —respondió Judith con amabilidad.
Geoff se quedó ligeramente sin aliento.
—No le haga caso —dijo una voz al otro lado.
Había aparecido una mujer elegante de cuarenta y tantos años, con un pañuelo de seda de Hermès enrollado de forma teatral alrededor del cuello y las uñas pintadas de toda una gama de colores.
Su melena castaña, lisa y cortada a lo bob, le caía hasta los hombros—.
Tiene el cerebro en modo diafragma. Soy Felicity Nelson.
Trabajo dentro de la tradición expresiva.
—Agitó la mano hacia varias copias de la pared del fondo: imágenes grandes y agresivamente borrosas que podían ser flores o, sencillamente, estar desenfocadas—.
Para mí, el movimiento intencionado de la cámara tiene que ver con el sentimiento, no con la nitidez.
—Qué liberador —dijo Judith.
—Pues lo es, la verdad. —Felicity la miró con una intensidad repentina—.
La mayoría de la gente no es capaz de renunciar a la necesidad de perfección técnica.
—Miró de reojo a Geoff—. Es una forma de control emocional.
La fotografía es terapia. —Observó a Judith un momento—. Puede que a usted se le dé muy bien.
Judith no supo si aquello era un cumplido.
—Lo dice como algo bueno —le aseguró Curtis.
Judith captó una brevísima sonrisa cálida entre ambos antes de que se desvaneciera.
Felicity sorbió por la nariz.
—En cambio, Geoff solo valora la nitidez.
—Yo valoro la precisión —replicó Geoff, irritado—. La fotografía es una forma de arte.
—Y escribe su nombre con G, no con J —añadió Felicity con desdén antes de darse la vuelta.
Judith se mezcló con los demás miembros del grupo mientras se servían tés y cafés.
Curtis no se separó de ella ni un momento, hablándole de sus talleres de técnica para todos los niveles.
Visitaba colegios de la zona para ensalzar las virtudes de hacer fotos más allá del móvil, pero ahora mismo, a menos de una semana, la exposición les estaba ocupando todo el tiempo. Su pasión por el tema era evidente.
Judith dejó caer varias veces alguna referencia a Henry Wilman, o al fotógrafo del periódico, pero nadie pareció picar el anzuelo. Los medios locales aún no habían informado de su muerte, pero le sorprendió que un grupo aparentemente tan unido no estuviera todavía al tanto.
Todo el mundo parecía simpático, aunque Judith estaba más atenta que la mayoría para detectar una corriente subterránea de rivalidad cada vez que salía a relucir algún concurso o premio.
Había una mujer que se esforzaba claramente por evitar a Judith.
Llevaba un buen rato de pie en el extremo más alejado de la sala.
Tendría cuarenta y tantos años, una mata de pelo negro, corto y rizado, con mechones plateados, y unos ojos atentos que estudiaban cada detalle.
Sostenía una cámara pequeña que no había soltado desde que había llegado Judith, y Judith se dio cuenta, con cierta incomodidad, de que ya le había hecho fotos.
—Heather Marsh —dijo Curtis, al fijarse en la dirección de la mirada de Judith. Había algo ligeramente cauteloso en su forma de decirlo—. Documenta al grupo, nos guste o no. Lo documenta todo.
Un par de veces, Heather no fue lo bastante rápida para evitar el contacto visual directo con Judith. Judith le sonrió con amabilidad, pero recibió a cambio una indiferencia rayana en la sospecha.
Curtis le dio a Judith un café instantáneo con un chorrito de leche en polvo y volvió a llamar su atención sobre la exposición en marcha, señalando las copias con auténtico cariño.
—El tema de la exposición es la vida comarcal —dijo—. Paisajes rurales, sabor local, un retazo de gentes y lugares.
—¿Y han conseguido sacarle dinero al consejo para eso? En estos tiempos de vacas flacas, es todo un logro.
Curtis movió las cejas arriba y abajo.
—Sé ser persuasivo. Con todo el revuelo reciente de la biblioteca y ahora que están buscando nuevo alcalde, creo que necesitan toda la prensa positiva que puedan conseguir.
Judith estaba más que al tanto del revuelo. Había estado en el centro de él, pero allí nadie parecía haberse dado cuenta ni acordarse. La gente rara vez recordaba las noticias de la semana anterior. Curtis ya avanzaba a toda máquina hacia otra imagen.
—¿Y a qué viene lo del concurso? —preguntó Judith.
—La vida es una competición —dijo Geoff a su espalda. Judith se había dado cuenta de que no se había alejado lo bastante como para dejar de oírlos en ningún momento—. Siempre viene bien mantener a la gente alerta.
—Una rivalidad civilizada —dijo Judith, conciliadora.
—No siempre —respondió Geoff, impasible. Su mirada acerada no dejaba traslucir nada.
Curtis resopló, deseoso de alejar la conversación de aquel precipicio en concreto.
—Ha dicho que un amigo le habló de nosotros. ¿Quién?
—Henry me habló de ello. —Mantuvo la vista fija, con admiración, en la fotografía de un viejo puente sobre un río, con el agua desdibujada por el movimiento. El calor de las miradas de Curtis y de Geoff era inconfundible.
—¿Henry...? —se aventuró por fin Curtis.
—Henry Wilman. ¿Cuántos Henrys tienen por aquí? Aunque, si le soy sincera, el cartel de la biblioteca era más convincente. Tenía una foto preciosa de un petirrojo.
—Esa era de Henry —murmuró Curtis, intercambiando una mirada rápida con Geoff; nada más que un parpadeo.
Judith miró a su alrededor, buscando algo.
—¿No iba a presentar unas fotitos de naturaleza?
Curtis asintió.
—Pero últimamente ha estado muy ocupado. No lo hemos visto mucho.
—Somos poca cosa para él —gruñó Geoff, aunque se sumió en el silencio en cuanto Curtis le lanzó otra mirada—. ¿De qué conoce a Henry?
—Vagamente, por un amigo de un amigo. Estoy de acuerdo, puede resultar irritante.
Un «mmm» sombrío de asentimiento por parte de Curtis resultó casi inaudible. Judith estaba a punto de insistir cuando un chillido de Felicity atravesó la sala. Tenía el móvil en la mano y se tambaleaba, hasta que se desplomó en la dura silla de plástico que tenía detrás.
—Es Henry... ¡está muerto! —exclamó.
La mirada de Judith recorrió la sala mientras la noticia se recibía en un silencio contenido. ¿Una profunda conmoción por la pérdida de un amigo querido? ¿O el silencio resignado de quienes sabían que solo era cuestión de tiempo?