Capítulo 4
L a agente Sarah Eastly estaba sentada en el murete del jardín, enfundada en un enorme plumífero negro de Helly Hansen y aferrada a un café para llevar.
Estaba absorta en el móvil, pasmada por lo que costaba alquilar la furgoneta que necesitaba para trasladar unos cuantos muebles.
La sombra de Judith, cerniéndose sobre ella, la sobresaltó.
—¡Judith! No esperaba verte por aquí —mintió Sarah.
—Se me ha ocurrido venir a hacerte compañía —dijo Judith, sacando un segundo vaso de café de una bolsa de papel—. Este todavía está caliente.
Sarah lo aceptó, agradecida. Llevaba despierta desde las seis, pero aún estaba lo bastante espabilada como para reconocer un soborno en cuanto lo veía.
—Los de la Científica llegan tarde —dijo Sarah, intuyendo que, de algún modo, Judith ya lo sabía—. El cuerpo ya está con el forense —añadió—. Hoy harán lo suyo.
—Bien. —Judith dio un sorbo al café y señaló la puerta de la casita, que habían dejado sin echar la llave—. Estaba pensando en echar otro vistazo mientras esperamos.
—No veo la necesidad.
—Para ir un paso por delante cuando lleguen los resultados.
—Al pobre hombre le metieron un objetivo de cámara por la garganta.
—Lo sé, lo sé, pero ¿de verdad es esa una forma de estirar la pata?
—Yo lo clasificaría como riesgo de asfixia.
—Hay algo que me ha estado rondando toda la noche. No consigo dar con ello. —Judith se encogió de hombros con amabilidad—. Es mejor que quedarnos aquí sentadas sin hacer nada.
Sarah sopesó la utilidad de Judith frente a sus propias posibilidades de llevarse un rapapolvo del subinspector Collins. Ganó la utilidad, como de costumbre.
—No toques nada.
Dentro, el salón estaba más o menos igual que el día anterior; habían colocado un marcador cerca de donde había yacido el cuerpo.
Las fotografías de la pared volvieron a atraer a Judith.
Las recorrió despacio a lo largo de toda la pared, con las manos entrelazadas a la espalda como un sargento de instrucción.
—Era bastante bueno —dijo en voz baja.
Las imágenes eran extraordinarias. Una lechuza ladeándose contra un cielo invernal de color moratón.
Un cachorro de zorro mirando a la cámara con aire imperioso.
Una manada de gamos entre la neblina de la mañana, con una composición preciosa: todos miraban directamente al objetivo y la luz creaba un halo. Judith les hizo fotos con el móvil.
—Ganaba premios —dijo Sarah—. Mientras cubría el calabacín más grande de la feria de verano o el concurso local de peluquería canina, había ganado el premio al Fotógrafo de Vida Salvaje del Año y había quedado finalista dos veces.
—¿Habéis hablado con los familiares?
—Tiene una hermana en Francia. Por lo demás, no tiene familia directa. El jefe va a ir hoy al periódico.
—Tan al pie del cañón como siempre —dijo Judith distraída, mientras se arrodillaba para observar una taza de café volcada en el suelo. Antes de llevarse el cuerpo, habían trazado su silueta con una tenue línea de tiza blanca. El olor todavía flotaba en el aire.
Sarah dio un sorbo a su café y esperó con expectación. Cuando Judith no añadió nada más, supo que era el momento de darle pie.
—¿Qué es lo que te ha tenido en vela toda la noche?
—La cámara robada.
—¿Qué cámara robada?
Judith volvió a ponerse en pie de un salto con una elegancia y una facilidad que Sarah envidió.
Se preguntó si debería apuntarse a yoga en lugar de bádminton.
Tenía la ventaja de ser un ejercicio que podía hacer sin Kevin.
El bádminton había sido una buena excusa para pasar tiempo juntos; ahora buscaba activamente cosas para no estar todo el día pegados cuando se hubieran mudado. ¿De verdad era una actitud sana?
Distraída, de pronto se dio cuenta de que Judith había salido de la habitación y estaba entrando en el cuarto oscuro. La alcanzó y fue a encender la luz del techo, pero Judith la detuvo.
—Solo luz roja, por si se estropean las fotos.
—Tiró del cordón de la luz de seguridad roja y el cuarto se tiñó de carmesí.
Captó la mirada desconcertada de Sarah—.
Sois la generación del apuntar y disparar, de la gratificación instantánea.
—Judith abarcó el cuarto con un gesto—. Esto es ciencia y arte.
La fotografía analógica emplea un proceso químico de revelado.
El papel y la película deben protegerse de la luz blanca mientras se procesan; si no, la imagen se destruye.
—Avanzó a lo largo del banco—. Primero, el revelador: es el que hace aflorar la imagen en el papel.
Después, el baño de paro, que detiene el proceso.
Luego se aplica el fijador para que la imagen sea permanente.
—Fue señalando por orden la hilera de cubetas poco profundas —.
Después se lava y se seca. —Señaló las fotos que colgaban del cordel—.
Es todo un arte. Cada producto químico tiene que estar a la temperatura y la concentración adecuadas.
Sarah observó las cubetas con la expresión de quien contempla un idioma extranjero.
—¿No podía usar el móvil sin más?
—Podía. De hecho, también usaba cámaras digitales. —Se volvió hacia los estantes de la pared—. Una de las Canon es digital. Las otras son de las de verdad. Una Pentax y una Hasselblad. Caras.
Sarah entrecerró los ojos con suspicacia.
—Parece que sabes un poco más que Google.
Vio que Judith daba un ligero respingo. Hizo una pausa antes de responder.
—En los viejos tiempos, seguir a la gente era todo un arte. Y revelar tus propios carretes te ahorraba preguntas incómodas en la tienda de fotos.
Sarah estaba al tanto de las dudosas aventuras de Judith en el pasado.
Un detective de la Policía Metropolitana había irrumpido en escena en los últimos meses, empeñado en resolver casos de fraude archivados, y tenía a Judith en el punto de mira.
Raymond Collins le había enseñado parte del expediente contra Judith, pero no había leído mucho.
Se aferraba con desesperación a la idea de que todo el mundo es inocente hasta que se demuestre lo contrario, y no era su caso como para ponerse a fisgonear.
—¿La tienda de fotos? ¿Y eso qué tiene que ver?
Judith le lanzó una mirada resignada.
—En los tiempos de Maricastaña, allí revelaban los carretes. Se tardaban días en tener las fotos. Así que hacerlo una misma tenía sus ventajas. Además, si habías fotografiado algo comprometedor, nadie hacía preguntas.
Examinó las botellas etiquetadas del estante inferior.
—El revelador que usaba es una fórmula de metol-hidroquinona. —Cogió una botella de plástico vacía de hidroquinona y examinó el residuo del interior. Sarah estaba a punto de reprenderla cuando se dio cuenta de que Judith llevaba guantes de goma azules para no dejar huellas.
—Has venido preparada.
—Hacía fresco esta mañana —murmuró Judith, y levantó el envase para que Sarah lo viera—.
La hidroquinona deja una mancha marrón, como de posos de café.
Y persistente, además: la encontrarías bajo las uñas de cualquiera que la manejara a menudo sin guantes.
Y, si no recuerdo mal, él la tenía en las manos. Y en la camisa.
—Un trabajador desordenado.
Judith quitó el tapón y la agitó.
—Vacía. —Se la ofreció a Sarah para que la oliera. Tenía un vago olor a antiséptico.
—No huele a gran cosa.
Judith soltó un «mmm» pensativo, dejó la botella y encendió la luz del techo.
—¡Hágase la luz! —sonrió—. No te preocupes.
La luz de seguridad solo hace falta durante el revelado.
Estas ya están listas. —Se acercó a las fotos colgadas con pinzas, que mostraban escenas del bosque: pájaros en las ramas, el suelo del bosque moteado por la primera luz de la mañana, la inconfundible silueta de una ardilla comiéndose un fruto seco, en equilibrio sobre una rama recortada contra el cielo abierto.
—Ha estado en el bosque hace poco —dijo Judith.
Sarah se inclinó.
—¿Sabrías decir dónde?
Judith estudió las imágenes. Hayas y robles, sotobosque denso, una luz matinal de calidad especial filtrándose entre las ramas. Podía ser cualquier sitio.
—En concreto, no. El campo no tiene la amabilidad de poner carteles. Pero ¿qué nos dice esto?
Sarah se mordió la lengua para no soltar una frivolidad. Estaba cansada y distraída, pero ahora era consciente de que Judith la estaba llevando por un camino hacia un destino aún desconocido.
—¿Que sabía lo que hacía?
Judith chasqueó los dedos.
—¡En el clavo, agente!
Sarah se sorprendió sonriendo como una colegiala, lo cual la fastidió, porque también sabía que el comentario iba cargado de sarcasmo.
Judith señaló el hueco del estante entre dos cámaras.
—Henry Wilman era un hombre que tenía un sitio para cada cosa.
Sarah miró a su alrededor con escepticismo.
—El salón no opina lo mismo.
—El salón lo han registrado de arriba abajo. Lo han puesto patas arriba buscando algo. Estas cámaras y objetivos están ordenados con un criterio concreto. Objetivos macro, objetivos normales, teleobjetivos. Y lo mismo con los cuerpos de cámara. Falta un cuerpo de cámara y un objetivo.
Sarah se dio una colleja mental; ahora resultaba obvio.
—Supongo que uno era el objetivo que le metieron en la boca.
Judith asintió.
—Era un objetivo Sony. Aquí no hay ningún cuerpo de cámara Sony.
—¿Quizá usaba el objetivo con las otras cámaras?
—Por lo general, cada fabricante solo es compatible con su propia marca. —Judith salió del cuarto con paso decidido. Sarah la siguió rápidamente.
En la cocina, Judith rodeó la mesa y cogió la jarra vacía de la cafetera de filtro. La olió rápidamente, la volvió a dejar y, sin decir palabra, regresó al salón. Señaló la taza de café del suelo.
—¡El arma del crimen!
Sarah miró con escepticismo la taza y a Judith, alternativamente.
—¿No era el objetivo que le metieron por la garganta?
Judith suspiró.
—Huele la taza.
A regañadientes, Sarah se puso de rodillas —y añadió las clases de pilates a su lista mental de actividades por probar— y olió la taza.
—Huele a Fairy. —Siguió arrodillada y dio un sorbo a su propio café.
—Exacto. Una elección de bebida un tanto extraña, ¿no te parece? Han fregado la taza, igual que la jarra de la cafetera de la cocina.
—¿Por qué?
—Para eliminar los restos de la hidroquinona que se bebió.
Sarah negó con la cabeza.
—La ausencia de pruebas no es una prueba.
—Tenía manchas marrones, como de café, en la pechera de la camisa. Apuesto a que no era café, y el asesino o no se dio cuenta o no pudo quitarlas.
El silencio se prolongó.
—¿Lo envenenaron? —dijo Sarah despacio—. ¿Crees que alguien le echó hidroquinona en el café?
—Henry no me parece de los que dejan una botella vacía de un producto químico en el estante después de usarla.
Era metódico. Alguien que tiene tanto cuidado con sus productos químicos no se envenena por accidente.
Y la gente cuidadosa suele tener enemigos retorcidos.
El asesino la vació en su café y volvió a dejar la botella en su sitio.
—Eso es mucho suponer...
Judith caminaba ahora de un lado a otro.
—El asesino lo conocía. Hablaron, durante el tiempo suficiente y con la confianza suficiente como para preparar algo de beber. Entonces lo envenenaron. Registraron la casa y se llevaron dos fotografías.
El silencio volvió. Sarah se levantó, imaginándose la escena.
—Otra vez la falta de pruebas... ¿Y el objetivo en la boca?
Judith tuvo la elegancia de vacilar mientras lo pensaba.
—Raro. Casi parece una advertencia. O quizá una distracción.
Sarah soltó una risita mientras le sonaba el móvil.
—Creo que nos estamos ahogando en un vaso de agua, por macabro que sea. —Miró la pantalla—. Es el jefe. —Contestó y se llevó el teléfono a la oreja—. Hola...
Escuchó lo que le contaba el subinspector Collins, mientras sus ojos se desviaban hacia Judith con una burlona mirada de triunfo.
—¿Insuficiencia cardíaca?
Judith frunció el ceño.
—Si está con el forense, pregúntale si eso puede deberse a la hidroquinona.
Sarah se vio atrapada en un fuego cruzado de información a tres bandas en el que no quería estar.
—Sí, Judith está aquí. No, no lo sé, se ha presentado sin más.
Judith le arrebató el móvil de la mano y pulsó el icono del manos libres.
—¡Deja de agobiar a tu agente! —le espetó—. Acaba de hacer un trabajo muy perspicaz. ¿Está el forense contigo? Pregúntale si ingerir hidroquinona... es un producto químico que se usa en fotografía. Pregúntale si podría provocar un fallo cardíaco.
Hubo un momento de idas y venidas al otro lado de la línea antes de que oyera a Raymond soltar un largo suspiro.
—Sí. Y la víctima tiene algo de dermatitis de contacto en los dedos, que la hidroquinona puede provocar. Curiosamente, también tiene en la barbilla. Supusimos que de rascarse...
—¡O de que estaba en su café! Comprobad las manchas de la ropa y seguro que el contenido del estómago lo confirmará. A Henry Wilman lo envenenaron por algo que había fotografiado en el bosque.