Capítulo 3
E l supermercado Budgens de la calle mayor era lo más parecido a una plaza del pueblo que tenía Little Pickton.
Todo el mundo pasaba por allí en algún momento, lo que lo convertía a la vez en el mejor sitio para ver de refilón a los famosos que vivían en las grandes fincas de los alrededores o enterarse de algún cotilleo jugoso, y en el peor sitio para que te pillaran comprando algo bochornoso.
Una vez Judith había visto al padre Largy deliberar durante cuatro minutos enteros frente a los postres antes de meter, con aire culpable, tres tarrinas familiares de natillas de chocolate en la cesta para su consumo exclusivo, lo que lo pondría en el punto de mira del grupo de Weight Watchers que se reunía en el salón parroquial.
Como no tenía ningún deseo de convertirse en un elemento fijo del supermercado, Judith estaba asesinando su cartera a base de embutir en un solo carro todo lo que necesitaba para la semana. Toparse con los vecinos era algo que normalmente procuraba evitar.
Pero que los vecinos se toparan con ella era otro cantar. Había llegado hasta el pasillo de la pasta cuando notó una presencia.
Una mujer con una gabardina beis rondaba al fondo del pasillo, comparando botes de pesto rojo y verde con intensa concentración.
Eso, en sí mismo, no era sospechoso. Lo sospechoso era que había estado haciendo exactamente lo mismo en el pasillo de panadería con dos paquetes de bollos de leche y, antes de eso, en la sección de lácteos, donde Judith la había visto, reflejada en la puerta de una nevera, examinando queso cheddar.
Su intento de pasar desapercibida no se veía favorecido por el hecho de que parecía salida de los años veinte.
Judith calculó que rondaría los treinta y muchos, con los labios pintados de un rojo intenso, un maquillaje aplicado por manos expertas y una melena negra azabache perfectamente moldeada en suaves ondas.
Tenía un rostro llamativo, de una simetría perfecta, con ojos almendrados.
Judith escogió una bolsa de fusilli y siguió adelante.
En la sección de conservas, su sombra volvió a materializarse, fascinada por la información nutricional de una lata de tomate. Judith alargó el brazo por delante de ella para coger una lata, lo bastante cerca como para que la mujer se pusiera rígida.
—Ecológico —comentó Judith con amabilidad mientras echaba su lata a la cesta—. Aunque a mí siempre me ha parecido que los que no son ecológicos saben exactamente igual y cuestan la mitad. —Hizo una pausa—. Da que pensar qué será un tomate de corral. Es solo una idea.
La mujer esbozó una sonrisa tensa y salió disparada hacia la sección de vinos, dejando la lata atrás.
Cuando Judith llegó a los condimentos, ya estaba harta. Ahora la mujer estaba al final del pasillo, mirando justo hacia el lado contrario y mostrando un interés extraordinario por las placas del techo.
Judith fue directa hacia ella. La mujer intentó apartarse, pero Judith le cortó el paso con el carro.
—O es usted la compradora más indecisa del mundo —dijo—, o tiene algo que quiere decirme. En cualquier caso, ya puede decirlo aquí, porque todavía tengo que encontrar las alcaparras y fuera hace demasiado fresco para hablar.
La mujer se volvió; sus ojos oscuros se abrieron de par en par, presa del pánico.
—Es usted Judith Spears —dijo sin aliento.
—Esto no es una partida de ¿Quién es quién? Me ha estado siguiendo. —Judith ladeó la cabeza—. Quizá habría resultado más convincente si hubiera echado algo sensato a la cesta.
La mujer miró dentro de su cesta metálica. Un paquete de palitos de queso para niños, una botella de ginebra y una lata de ciruelas pasas eran pruebas irrefutables.
—No estoy acostumbrada a estos jueguecitos de espías —dijo la mujer, avergonzada.
Fuera, la tarde prometía mejor tiempo para los días siguientes: el cielo se oscurecía con un agradable tono rojizo de esos que, según el refrán, alegran a los pastores mientras se entregan a sus travesuras en la penumbra.
Judith empujó el carro por el aparcamiento hacia su Ford Ka negro.
La mujer, que había devuelto a toda prisa su compra a las estanterías, se puso a caminar a su lado.
—De verdad que no hace falta que me ayude a cargar el coche —dijo Judith—. Al fin y al cabo, en la caja tampoco me ha ayudado.
—Clara Kirby —se presentó, y le tendió la mano.
Judith miró la mano y asintió en señal de reconocimiento, pero tenía una mano ocupada pulsando la llave para abrir el maletero, mientras con la otra sujetaba el carro en su sitio, porque a alguien le había parecido muy gracioso construir el aparcamiento en una ligera pendiente.
Todavía nerviosa, Clara insistió, retorciéndose las manos.
—Sé que esto debe de parecer terriblemente extraño.
—Le sorprendería —comentó Judith, sin sorpresa alguna, mientras cargaba la compra en el coche.
—Iré al grano. —Clara vaciló, sin ir a ningún grano.
—Siempre es lo más sensato —la animó Judith.
—Henry Wilman y yo teníamos una aventura.
Judith no perdió el ritmo al cargar.
—Él estaba soltero, así que la de la aventura era usted.
—Supongo... si quiere ponerse técnica. —Clara respiró hondo y se recompuso. Su voz se volvió mesurada, casi ensayada—. Fue una de esas cosas que siguen su curso. Yo le puse fin y él... —hizo una pausa— tardó un poco más en aceptar que se había acabado.
—Un chico insistente —dijo Judith mientras colocaba con cuidado una botella de aceite de oliva tumbada.
—Fue... difícil para los dos. —Clara se alisó la gabardina sin necesidad—. Hacía semanas que no hablaba con él, y ahora está muerto, y me imagino que la policía encontrará todo tipo de cosas.
Judith cerró el maletero.
—Y le gustaría que no las encontraran.
—Preferiría que la investigación considerara otras vías antes de llamar a mi puerta y desmantelar mi matrimonio a la vista de todos. —Lo dijo con sencillez, sin autocompasión, algo que Judith respetó a su pesar—. No le pido que haga desaparecer nada, señora Spears.
—Spears, a secas —dijo Judith de forma automática—. Menos mal. Mis días de prestidigitadora quedaron atrás. —Empujó el carro vacío hacia un aparcamiento de carros cercano. Las dos observaron cómo chocaba con un suave tintineo metálico contra los demás carros allí agrupados.
—Sé que no trabaja para la policía. Pero sí sé que ayuda a la gente.
Judith chasqueó la lengua.
—Bueno...
—Tiene una forma de descubrir las cosas que importan antes de que los demás tropiecen con ellas. —Clara la miró por fin a los ojos—. Y saquen conclusiones equivocadas.
Judith estudió a la mujer con atención, buscando algún indicio de que le afligiera haber perdido a un antiguo amante. O no existía tal emoción, o estaba oculta tras un velo de ansiedad.
—Estoy segura de que es un momento preocupante para usted, pero creo que haría mejor en buscar un buen consejero matrimonial, en lugar de confiar en poder ocultar secretos que la policía acabará descubriendo inevitablemente y tendrá que sacar a la luz. —Judith hizo ademán de subirse al coche.
—Mi marido no es un hombre que se exprese con claridad. Tiene mal genio. —Dejó que aquello calara un momento.
La mano de Judith se quedó congelada a medio camino de la manilla de la puerta del conductor. Por suerte, Clara no podía verle la cara, pero ahora sentía curiosidad. Clara debió de intuir que el pez había picado, porque se apresuró a seguir.
—Creo que quizá se haya enterado de lo de Henry.
Judith la observó durante un buen rato. Un zorro cruzó el otro extremo del aparcamiento con una seguridad sin prisas y se detuvo a mirarlas antes de desaparecer entre los coches aparcados.
—¿No se lo ha preguntado directamente?
—¿Lo haría usted?
Judith lo pensó.
—Probablemente no —admitió—. ¿Es de los que harían algo al respecto?
Clara se miró los pies y se encogió de hombros.
—Me sorprendería... pero últimamente me sorprendo a menudo. ¿Eso significa que me ayudará?
A Clara se le pusieron los ojos grandes y húmedos en una imitación bastante aceptable de Bambi. Judith soltó un gruñido para sus adentros y abrió la puerta del coche con un poco más de fuerza de la necesaria.
—No le prometo nada, señora Kirby. Pero mantendré los ojos abiertos. Es lo único que hago siempre.
Clara metió la mano en su propio bolsillo y sacó un papel doblado con su número de teléfono garabateado.
—Gracias.
Judith le echó un vistazo. Le bastó una sola vez para memorizarlo.
—¿Alguien más sabía lo suyo con Henry?
Clara negó con la cabeza.
—Éramos muy discretos.
—¿Y cómo se conocieron?
—En su club de fotografía. A menudo invitan a gente para que pose como modelo.
—Ah, ¿como en las clases de dibujo al natural?
Clara asintió.
—Pero con más ropa. Siempre he querido ser modelo. —Levantó sus manos esbeltas y flexionó los dedos de forma hipnótica—. Modelo de manos. Usted podría haberlo sido, en otros tiempos.
Judith pasó por alto lo de «en otros tiempos» y se quedó azorada porque no estaba del todo segura de si se refería a sus manos o no.
—No me dé las gracias todavía —dijo Judith mientras se subía al Ka—. Aún no he hecho nada.
Observó cómo Clara miraba a su alrededor con recelo y se dirigía a un Mini Countryman blanco aparcado en una esquina.
Clara había dicho que la aventura había sido discreta, pero si su idea de seguirle la pista a Judith con disimulo era vestirse como una figurante de El gran Gatsby , la cuestión sería más bien qué no sabía su marido...