Muerte tras el objetivo (Un misterio de Judith Spears 5) Capítulo 2
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Capítulo 2

E l subinspector Raymond Collins parpadeó rápidamente para librarse de los destellos que le estallaban ante los ojos: el fotógrafo había hecho una serie de fotos justo en el momento en que él lo miraba.

—Gracias por dejarme ciego, agente.

El agente Barry bajó su voluminosa cámara réflex, avergonzado.

—Perdone, señor.

Collins intentó no tropezar con la pata de una mesita baja cubierta de revistas y señaló el suelo.

—La escena del crimen está ahí abajo.

Costaba distinguir gran cosa en la penumbra de la habitación. Las gruesas cortinas estaban corridas, y la luz del sol a duras penas se colaba por los huecos y por los espesos visillos.

El agente se arrodilló para seguir fotografiando el desorden.

Porque eso era la casita: los muebles del salón se habían apiñado hasta formar una red de pasillos estrechos.

A juzgar por su aspecto, eran piezas de categoría, de esas que Collins pensaba que estaban mejor en una tienda de antigüedades que en una casa.

Todas las superficies estaban cubiertas de revistas, periódicos, tapetes de ganchillo, lámparas viejas, estatuillas y cachivaches.

—Era un acumulador compulsivo —comentó el agente Barry con ligereza.

Collins asintió ante lo evidente. Si no le hubieran avisado de que allí había un cadáver, quizá lo habría pasado por alto. De no ser por el olor. Eso sí que era desagradable.

Intentó distraerse echando un vistazo a las decenas de fotografías de la pared.

Animales, paisajes, personas en poses cuidadosamente artísticas.

Todas tenían una composición preciosa, incluso para un ojo tan poco refinado como el del subinspector Collins.

A regañadientes, volvió a mirar el cuerpo tendido en el suelo.

El hombre yacía boca abajo; algunos papeles y adornos habían rodado de la mesa al caer él y habían ido a parar encima de su cuerpo.

Raymond imitó los últimos movimientos del difunto.

—Se cayó y, al hacerlo, barrió estas cosas con el brazo. Y ya no volvió a levantarse. No hay señales de que forzaran la entrada. Podría haber sido un infarto.

—Lo dudo —dijo Judith a su espalda, y Collins dio un respingo.

—No te he oído entrar.

—La puerta estaba abierta. —Señaló la puerta de la cocina, por la que entraba aire fresco en la habitación de olor nauseabundo. Se quitó la boina negra y se tapó la nariz con ella.

—Ahí fuera debería haber un agente impidiendo el paso al público.

Judith lo rodeó para ver mejor al hombre del suelo. Se guardó la boina en el bolsillo y la sustituyó por un pañuelo de papel para filtrar los olores desagradables.

—Ah, sí, ahí está, desde luego. Y tú sí me enviaste un mensaje oficial.

—No era oficial —la corrigió él, y luego añadió, esperanzado—: ¿Ha venido Eastly contigo? Por eso te escribí. No me parecía bien molestarla en su día libre.

—Está ocupada. Me ha mandado a mí.

Collins apretó los dientes y no dijo nada. No tenía mucho sentido pelearse con una Judith testaruda. Y menos aún lo tenía discutir con ella sobre los procedimientos policiales de verdad.

—Me apuesto lo que quieras a que lleva varios días muerto.

Collins asintió.

—Un vecino preocupado llevaba días sin verlo y se fijó en que la puerta estaba entornada. Entonces, ¿por qué no es un infarto?

Judith señaló un viejo teléfono fijo sobre una mesa a medio metro.

—Cayó hacia la izquierda, lo que significa que pasó junto al teléfono que podría haber usado para llamar a una ambulancia, y la puerta estaba abierta, como tú mismo acabas de señalar.

—Podría haber muerto en el acto.

Judith indicó algunas revistas del suelo a su alrededor.

—No, fíjate en cómo están apartadas. Consiguió arrastrarse medio metro. Pasó junto al teléfono... —Se giró para mirar alternativamente el cuerpo y un sillón vacío—. Casi como si se alejara a propósito de ese sillón.

—No hay señales de lesiones —apuntó Collins.

—Ninguna que podamos ver. —Se inclinó sobre el cuerpo para mirar mejor. Un mantel que colgaba le tapaba la cara, que además quedaba en parte oculta bajo una mesa, de modo que no podían verle los rasgos.

—Y no hay señales de que forzaran la entrada —dijo Collins—. Estás insinuando un crimen sin nada en qué basarte.

—Me baso en el cadáver, en que no forzaron la entrada pero la puerta estaba abierta, lo que da a entender que conocía al asesino antes de que este se marchara a toda prisa.

Judith giró despacio sobre sí misma hasta dar una vuelta completa, absorbiéndolo todo. A un lado, un pasillo llevaba al dormitorio y al cuarto de baño, mientras que por una puerta abierta se pasaba a la amplia cocina, con su mesa de comedor y todo.

—Vivía solo —observó Judith—. ¿Tenéis un nombre?

—Henry Wilman.

A Judith el nombre le resultaba vagamente familiar.

La casita estaba a varios kilómetros de Little Pickton y de Denzel Green, enclavada en pleno campo, en una zona escasamente poblada por gente que solo asomaba la cabeza para las fiestas del pueblo y algún que otro sermón dominical.

Se acercó un paso a la pared de fotografías, con el ceño fruncido.

—Creo que me he cruzado antes con este hombre... —murmuró casi para sí misma.

—A mí no me suena de nada. O, al menos, su nuca no.

Judith indicó las fotos, pensativa.

—Apuesto a que las hizo él mismo. Wilman... —Chasqueó los dedos—. ¡Pues claro, el fotógrafo del Clarendon!

—¿El periódico de Fabián?

Fabián Heinzel, exalcalde de Denzel Green y director del periódico local del condado, se presentaba ahora a un escaño en el Parlamento debido a unas circunstancias en las que, inesperadamente, habían tenido mucho que ver las manos de Judith Spears.

—Estuvo en la inauguración de la biblioteca. Hace bodas, eventos, ese tipo de cosas.

A Collins no le sonaba de nada, pero a Judith la había puesto en marcha.

—¿Adónde vas? El difunto está aquí.

—Pero las pistas más interesantes están por aquí.

Dejaron al agente haciendo fotos detalladas del salón. Judith guio a Collins a través de la cocina y se detuvo ante otra puerta que no se veía desde el salón.

—¿Una despensa? —dijo Raymond, desconcertado.

—Por la distribución de la casa, diría que es más grande.

He pasado por delante al entrar —respondió Judith, que ahora usaba el pañuelo con el que se había protegido del olor del salón para no dejar huellas en el picaporte.

Bajó la manilla, abrió la puerta y se adentró en la oscuridad del otro lado.

El subinspector Collins la siguió y, por instinto, sacó el móvil del bolsillo y lo levantó para encender la linterna.

En cuanto cruzó la puerta, se abrió paso entre unas gruesas cortinas...

y entonces Judith cerró la puerta de golpe a su espalda.

Antes de que pudiera encender la linterna, ella le bajó la mano de un manotazo.

—¿Qué estás...? —empezó.

—¡Tiene que estar a oscuras! Deja que se te acostumbre la vista.

Aún la tenía un poco borrosa por los flashes de antes, pero Collins cerró los ojos y luego los abrió despacio para adaptarse a la penumbra.

Todo era rojo. Durante un instante horrible pensó que era sangre, pero no era más que la tenue iluminación de una única bombilla que colgaba en el centro del pequeño cuarto.

La mayor parte del espacio lo ocupaban una estantería en una pared —con botellas de plástico en la parte de abajo y cuerpos de cámara y objetivos en los estantes superiores— y, enfrente, un banco de madera con media docena de cubetas llenas de líquido colocadas una junto a otra.

De un cordel que cruzaba el cuarto por la mitad colgaban fotografías tamaño A4 sujetas con pinzas.

Un tablón de corcho estaba cubierto de más fotografías.

Collins soltó un pequeño silbido de admiración.

—Era un fotógrafo de la vieja escuela.

—Todavía hay quien sabe apreciar el oficio —dijo Judith, pensativa. Se acercó a las cámaras del estante—. Algunas son digitales. Un pasatiempo caro. —Señaló un hueco—. Y falta una.

Pasó junto a Collins, se escabulló por la cortina y volvió a salir. Él la siguió rápidamente antes de que la puerta tuviera tiempo de cerrarse.

Judith volvió a toda prisa junto al cadáver, se agachó y alargó la mano hacia él con delicadeza.

—¡Quieta! —dijo Collins con firmeza—. No quiero que nadie toque el cuerpo hasta que lleguen los sanitarios.

—No creo que puedan hacer gran cosa ya por el pobre hombre —apuntó Judith. Pero captó la indirecta y, en lugar de tocarlo, apoyó su peso para apartar la mesa que le ocultaba la cara.

—¡Ajá! —exclamó triunfal—. ¡La causa de la muerte!

El subinspector Raymond Collins dio un paso al frente y se quedó clavado en el sitio. Alguien le había metido a Wilman un teleobjetivo en la boca y se lo había empujado tan garganta abajo que solo asomaba la mitad.

—Ahora se nos revela una imagen más nítida del crimen —bromeó.

Judith le dedicó una mirada gélida.

—No. Eso es sencillamente... espantoso.

Collins se removió, incómodo.

—Humor negro —murmuró, avergonzado—. Es lo que impide que los polis nos volvamos majaras.

—Mi querido Raymond, en tu caso puede que ya sea demasiado tarde.