Muerte tras el objetivo (Un misterio de Judith Spears 5) Capítulo 1
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Capítulo 1

J udith Spears estaba reflexionando sobre cómo algunas decisiones podían tener consecuencias indeseadas. Y la que tenía entre manos empezaba con una magdalena.

—Es una decisión importante —dijo Sarah Eastly, pensativa, mientras se servía té negro y lo removía despacio con un movimiento casi hipnótico.

Judith chasqueó los dedos y devolvió a Sarah al presente.

A la joven se le crisparon las comisuras de los labios al darse cuenta de lo que había hecho—. Perdona, últimamente apenas duermo.

—¿El estrés del trabajo? —preguntó Judith mientras pellizcaba un trozo del copete hinchado de su magdalena de arándanos y lo mordisqueaba.

No se había despertado con mucho apetito, porque había pasado la noche dándole vueltas a las últimas novedades de su propia vida personal.

Pero Sarah le había escrito para preguntarle si tenía tiempo para una charla personal en su día libre, y Judith no había tenido valor para decirle que no.

La vacilación de Sarah lo decía todo.

—El estrés del... futuro. Y tú eres una mujer con experiencia.

Judith hizo una mueca. Lo siguiente sería soltarle frases como tú tienes mucha mili y otras expresiones espantosas pensadas para que la gente se sintiera como un vejestorio.

—Y tú tienes mucha mili...

Judith la interrumpió a toda prisa.

—Te refieres a Kevin. ¿Qué ha hecho ahora ese granuja despreciable?

Ir directamente a por el novio siempre era un atajo en este tipo de conversaciones.

Sarah la miró desconcertada.

—Nada. Por fin hemos puesto fecha para irnos a vivir juntos.

Aliviada, Judith dio un sorbo al té.

—Ah, estupendo. Siempre me ha caído bien.

—Acabas de llamarlo granuja.

—No ha sido más que un acto reflejo porque me has acusado de tener experiencia.

Os ha costado lo vuestro. ¿No lo habíais decidido hace un par de meses?

—Se tragó el trozo de magdalena y le sobrevino al instante un subidón de azúcar.

El dueño de la cafetería Time For Tea las horneaba él mismo con orgullo; a Judith no le extrañaría que su ingrediente secreto fuera droga de primera, por cómo le daba vueltas la cabeza.

—Teníamos que decidir adónde nos mudábamos. A su casa o a la mía.

Judith bajó el resto de la magdalena con un trago de té hirviendo.

—¿Y os decidisteis por...? —consiguió decir por fin.

Sarah no se había percatado de su sufrimiento.

—Elegimos terreno neutral. Un piso nuevo en Denzel Green.

Era el pueblo de al lado del de Judith, Little Pickton, y un gran paso para Sarah, que vivía en Fulton, una ciudad mucho más grande donde estaba su comisaría.

Aunque a todos ellos se llegaba con facilidad por el laberinto de carreteras comarcales o por la desangelada circunvalación, suponía un cambio enorme para Sarah Eastly.

—Es uno de esos pisos nuevos —continuó Sarah—. Mucho más grande que el mío y, además, los gastos van incluidos en el alquiler. —Sonrió, aunque la sonrisa no le llegó a los ojos—. Es que no sé si es lo correcto.

—Seguro que habéis elegido bien. Y, si no, siempre puedes amenazar al casero con detenerlo.

Sarah bajó la voz. No porque le preocupara que alguien la oyera, sino en una rara muestra de inseguridad.

—Me refería a irnos a vivir juntos.

Judith nunca había percibido semejante desasosiego en la normalmente lanzada agente.

Juntas se habían enfrentado a peligros, asesinos e intrigantes, y, sin embargo, Sarah había conseguido que su nueva decisión vital sonara mucho peor.

Judith se dio cuenta de que aquella iba a ser una conversación mucho más sentimental de lo que había previsto, y eso le echó sobre los hombros un manto de inquietud.

No porque fuera una persona desalmada e insensible, sino porque llevaba toda una vida esquivando aguas tan peligrosas como aquellas.

—Desde un punto de vista práctico, tiene todo el sentido del mundo, con lo que está subiendo el coste de la vida y... —Dejó la frase en el aire y bebió un sorbo de té; prefería quemarse la lengua antes que aguantar la mirada que le estaba lanzando Sarah.

—Sabes que no me refiero a eso. —Sarah se llevó la taza a los labios, más como escudo que para beber. También para ella eran aguas desconocidas—. Nunca he vivido de verdad... ya sabes.

—Ah. Daba por hecho que...

—Pues te equivocabas —terminó Sarah—. Ni siquiera en la universidad. Bueno, compartí piso con un grupo de chicas, pero no es lo mismo.

—¿Menos chillidos y menos locura? —murmuró Judith.

—¿Cómo dices?

Judith forzó una sonrisa.

—Nada. Mira, los cambios asustan a todo el mundo. E irse a vivir con alguien es como tirarse de un tren en marcha. Cada vez que lo he hecho, me ha cambiado la vida. O, mejor dicho, los ritmos y las rutinas a los que estás acostumbrada cambian, te guste o no.

—¿Y te salió bien alguna vez? —Sarah se arrepintió de la pregunta al instante y puso los ojos en blanco—. Está claro que no. Quiero decir...

—Pues muchísimas gracias. Una o dos fueron una maravilla. —Judith dejó la taza con una fuerza involuntaria que estuvo a punto de partir el platillo. No la había sobresaltado tanto la pregunta como su propia reacción—. Que ahora viva sola no dice nada de aquellos momentos.

—Es que yo suponía que...

—Todo se reduce a querer convivir por los motivos adecuados. Pagar las facturas es una cosa, pero a los compañeros de piso no se les suele querer.

Judith se apresuró a volver a su té. Durante un momento, ambas mujeres permanecieron sentadas frente a frente con la cabeza metida en la taza como dos avestruces, porque la palabra que empieza por A era algo de lo que ninguna de las dos quería hablar. Sarah fue la primera en ceder.

—Supongo que sí lo quiero —murmuró—. Y creo que él a mí también. Pero ¿cómo se sabe?

Judith echó un vistazo al salón de té. Había pocos clientes ese día, así que las posibilidades de que alguien las interrumpiera en el momento justo eran escasas.

Las dos estaban atrapadas en la conversación.

Cuando volvió a mirar a Sarah, la joven agente estaba desmenuzando su propia magdalena sin ninguna gana real de comérsela.

Judith estaba al tanto de la tumultuosa relación de Sarah con su madre.

Era algo de lo que nunca se hablaba, pero había fragmentos de información esparcidos por distintas conversaciones como minas antipersona, y a Judith se le daba muy bien reconstruir hechos y calar a la gente.

Sarah era adicta al trabajo y nunca hablaba de salir con amigas.

Lo poco que había contado sobre ellas se reducía a antiguas compañeras de clase que llevaban vidas emocionantes en las redes sociales, mientras que ella no. Amistades a distancia prudencial.

Por desgracia, eso convertía a Judith en lo más parecido a una confidente que tenía.

Pobre chica.

Se mirara por donde se mirara, el historial sentimental de Judith era delictivo. Casi en sentido literal. Temía que el único consejo que podía darle fuera un mal consejo. Aunque la estaba mirando, Judith no se dio cuenta de que Sarah había dicho algo hasta que esta le lanzó una mirada extrañada.

—¿Perdona?

—Te he preguntado que cómo sabes que sientes... eso por alguien.

Ni siquiera se atreve a decir la palabra , pensó Judith para sus adentros. Chica sensata. Carraspeó y adoptó un aire de autoridad. Alguien en quien Sarah pudiera confiar.

Pero no tenía respuesta. Miró a su alrededor en busca de inspiración.

—No lo sabes —admitió por fin. A juzgar por su reacción, no era la sabiduría salomónica que Sarah esperaba.

Judith siguió adelante a trompicones—. Yo nunca lo supe.

Pero sí sé que dar el paso de iros a vivir juntos es algo positivo.

Aunque no seas capaz de razonarlo aquí dentro —se dio unos golpecitos en la cabeza—, al menos esta cosa —se dio unos golpecitos en el corazón, o más o menos donde suponía que lo tenía— está haciendo su trabajo metafórico.

Dejó la taza y le cogió la mano a Sarah para darle un suave apretón.

—Pero a ti sí te conozco, Sarah Eastly. Y no eres de las que cometen errores.

Salvo pedirme consejo a mí. —Aquello hizo que una chispa de calidez asomara a los ojos de Sarah—.

Kevin es un buen chico. Tú eres una fuerza de la naturaleza.

Estas cosas no están hechas para ser sencillas.

Pero te aseguro que, incluso según mi experiencia, son la mar de divertidas.

A veces hay que dejarse llevar por la corriente en lugar de nadar siempre en contra.

Durante una fracción de segundo, Judith habría jurado que había visto una lágrima en el ojo de Sarah. O bien consiguió contenerla, o bien había sido una ilusión óptica. Al menos, la gratitud en su rostro era sincera.

—Gracias. Da gusto tener a alguien con quien hablar de... la vida.

Estaba claro que quería decir algo más, pero, en lugar de eso, bebió un sorbo de té, satisfecha con lo avanzado. Aunque habían empleado el mínimo de palabras posible y se habían andado por las ramas con destreza olímpica, Judith tuvo la sensación de que las dos habían llegado a un entendimiento.

—Lo que haga falta para ayudarte —dijo Judith con cariño.

Sarah le dio unas palmaditas en el brazo.

—Me alegra saberlo. Vamos a necesitar ayuda para trasladar algunas cajas.

Ahí estaba la consecuencia indeseada que Judith tanto temía. Estaba acorralada, sin posibilidad de negarse. Solo el aviso de un mensaje en su móvil rompió el incómodo silencio.

—Vaya, es Raymond... —dijo, alejando y acercando la pantalla del móvil a los ojos mientras se preguntaba si necesitaría gafas.

—Hoy es mi día libre —respondió Sarah al instante, atreviéndose por fin con un trocito de magdalena.

Judith leyó el mensaje y luego miró a Sarah a los ojos.

—Pues tienes suerte de que lo sea. Así tienes tiempo para empezar a hacer las cajas. Yo tengo que asegurarme de que tu jefe no lo eche todo a perder. ¡Han encontrado un cadáver! —Tras una brevísima pausa, aclaró—: ¡Uno muerto!