Muerte tras el objetivo (Un misterio de Judith Spears 5) Prólogo
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Muerte tras el objetivo (Un misterio de Judith Spears 5)

Muerte tras el objetivo (Un misterio de Judith Spears 5)

Por Sam Oman

© inepub.com

Prólogo

A puntar. Clic. Disparar.

Eran palabras brutales y toscas para lo que estaba a punto de ocurrir, pensó Henry Wilman mientras centraba en el visor al hermoso ciervo.

Medía casi un metro y medio de alto, y su majestuosa cornamenta le añadía otros sesenta centímetros de grandeza.

El animal alzó la cabeza y rumió despacio mientras vigilaba por si había peligro.

Cada respiración salía de sus ollares en largas volutas de vaho.

Su pelaje rojizo y oscuro casi lo camuflaba entre los tonos verdes y cobrizos del bosque, realzados por la preciosa luz primaveral que se filtraba entre los árboles.

Pero Henry tenía buen ojo. Pocas cosas escapaban a su punto de mira.

Disparó.

El imponente ciervo agachó la cabeza para arrancar otro bocado de helecho, pero Henry ya había capturado el instante a la perfección, con la luz del alba formando un halo alrededor del animal.

Bajó su carísima cámara réflex; solo el objetivo le había costado un ojo de la cara.

La cámara pasó a colgarle del costado junto a otra, una digital algo más barata, como si llevara un arsenal.

Se tomó un buen rato para admirar al animal con sus propios ojos.

Como fotógrafo consumado, siempre había sabido reconocer cuándo dejar de mirar una pantalla y empaparse del mundo real.

Momentos de asombro como aquel estaban hechos para disfrutarlos.

Su fotografía le permitía congelar un instante en el tiempo, pero la imagen que guardaba en la mente le devolvería los olores, los sonidos y las texturas durante el resto de su vida.

Por desgracia, no le quedaba mucha.

Solo que aún no lo sabía.

Henry Wilman era un hombre ambicioso. Cada paso de su vida estaba planeado con minuciosa atención.

No su vida actual, claro, sino la que llegaría a tener.

Algún día. Como buen procrastinador, aplazaba una y otra vez el siguiente paso, pero, ¡caramba, qué bien planeado lo tenía! ¡El futuro lo esperaba!

Lo impulsaba haber probado, aunque fuera de pasada, lo que podía llegar a tener. Una oportunidad que le habían arrebatado de las manos, pero que estaba convencido de poder recuperar.

Ojalá se hubiera dado cuenta de que la vida tenía su propio calendario, que rara vez era una calle de doble sentido en la que ambas partes se comunicaran y que aún más raramente dejaba las cosas a decisión de mutuo acuerdo.

Quizá, de haberlo sabido, habría tomado otras decisiones y no habría llegado a aquella mañana.

O quizá habría seguido adelante con algunos de sus otros planes maravillosos en lugar de esperar a un momento más propicio...

Como mínimo, tal vez se habría puesto ropa interior limpia esa mañana. Pero la vida tenía otros planes.

Y poner la lavadora no figuraba entre ellos.