Muerte entre castaños (Los misterios de Valdecerezos 2) Capítulo 31 #2
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Capítulo 31 #2

Adela siguió su mirada.

—Fue en una comida hace muchos años.

—Está muy guapa.

—Se lo dije aquel día y me contestó que no dijera tonterías.

Conchi sonrió, aunque Adela no lo hizo.

—Me han contado que fue Óscar.

—Sí.

—Ella no le tenía miedo.

—Lo sé.

Adela apretó los labios y se quedó un momento mirando la fotografía.

—Eso es lo que más me cuesta entender. Si hubiera estado asustada, quizá ahora pensaría que hubo algo que no vimos, alguna señal.

Pero estaba enfadada con él, nada más. Cansada de que se metiera en cosas que ya no quería seguir discutiendo.

Como cuando un sobrino se empeña en hacer lo que cree mejor y una piensa que basta con decirle cuatro cosas para que pare.

—Eso fue lo que me contaste desde el principio.

—Y era verdad.

Adela permaneció unos segundos en silencio antes de añadir:

—Óscar también la quería.

La frase podía haber sonado como una defensa, pero Conchi comprendió que no lo era. Adela intentaba colocar dos realidades que parecían incompatibles dentro de la misma persona.

—Supongo que una cosa no impide la otra —dijo.

—No.

Adela volvió a mirar la fotografía.

—Qué manera más estúpida de acabar todo.

Conchi no intentó buscar una respuesta que mejorara aquella frase porque no la había.

Se quedó con ella un rato y dejó que la conversación siguiera otros caminos.

Adela recordó una excursión en la que Berta se había caído a una acequia mientras se reía de otra persona, una discusión absurda de hacía veinte años por una receta de torrijas y una ocasión en que ambas habían terminado perdidas al volver de un pueblo cercano.

Conchi escuchó sin llevar ninguna de aquellas historias hacia el caso. Durante aquellos minutos, Berta dejó de ser la víctima de Valhondo y volvió a convertirse, al menos para Adela, en la amiga que había vivido muchas cosas antes de que una de ellas terminara eclipsando todas las demás.

Cuando salió, empezaba a oscurecer.

La plaza continuaba más animada de lo normal para el frío que hacía. Había pequeños corrillos junto al bar, delante de la farmacia y cerca de la fuente, como si la noticia hubiera proporcionado al pueblo una razón suficiente para quedarse un poco más en la calle.

Conchi cruzó sin prisa hasta que oyó su nombre.

—¡Conchi!

Era Carmen.

—Ven, que estábamos diciendo que al final lo sacaste tú.

Conchi se detuvo.

—No lo saqué yo.

—Bueno, tú viste lo del cierre.

—Y la Guardia Civil comprobó todo lo demás.

—Pero si tú no llegas a verlo...

Conchi levantó una mano antes de que terminara.

—Carmen, de verdad, no.

La firmeza bastó para frenar la siguiente frase.

Carmen se encogió de hombros.

—Bueno, pues nada.

Al lado había una mujer a la que Conchi conocía de vista. Cuando ella se acercó, bajó la voz y dejó a medias lo que estaba diciendo. Conchi advirtió el gesto, pero siguió caminando sin intentar averiguar qué conversación acababa de interrumpir.

Unos metros más allá escuchó a un hombre mayor decir, sin reparar en que ella pasaba cerca:

—Desde lo de Emilio se mete en todo.

Otra persona respondió:

—Pues menos mal que se metió.

Conchi continuó sin volver la cabeza. No necesitaba decidir cuál de las dos frases era la correcta porque probablemente ambas formarían parte de su vida en Valdecerezos durante bastante tiempo.

Algunas personas interpretarían su curiosidad como ayuda; otras, como intromisión.

Habría quienes cambiaran de conversación cuando ella se acercara y también quienes buscaran precisamente su presencia para contarle algo.

Por primera vez entendió de verdad que su reputación ya no dependía únicamente de lo que ella quisiera hacer con ella.

Al pasar de nuevo por La Tahona encontró a Pilar limpiando una mesa y entró para despedirse antes de regresar a casa.

—¿Todo bien? —preguntó Pilar.

—Más o menos.

—Eso suele ser lo más realista.

Conchi dejó la bolsa vacía sobre una silla.

Pilar la miró.

—¿Y las mandarinas?

—Han cumplido una misión diplomática.

—Pobres.

Conchi se sentó un momento.

—He estado con Marta y con Adela.

Pilar no pidió detalles.

—¿Y cómo están?

—Marta está enfadada con medio mundo y Adela está triste. Diego también está enfadado, Andrés también, y probablemente todos tengan motivos.

Pilar dejó el paño sobre la mesa.

—Conchi, tú no los acusaste.

—No estoy diciendo eso. Tampoco me siento culpable. Lo que me impresiona es lo fácil que resulta construir una historia completa con dos o tres cosas ciertas, sobre todo cuando esa historia coincide con lo que uno esperaba encontrar.

Pilar volvió a coger el paño.

—Eso lleva haciéndolo el pueblo desde antes de que tú y yo naciéramos y seguirá haciéndolo cuando no estemos.

—Muy alentador.

—No pretendía animarte.

Pilar continuó limpiando la mesa antes de añadir:

—La diferencia es que antes tú escuchabas esas historias como cualquiera. Ahora hay gente que piensa que, si consigue contártelas a ti y tú las escuchas con atención, ya tienen más valor.

Conchi recordó la conversación con Óscar y aquella frase sobre la confianza que la gente depositaba en ella.

—Eso sí me preocupa.

—Pues tendrás que aprender a vivir con ello sin convertirte en la policía del cotilleo.

—Gran cargo municipal.

—Sin sueldo, además.

Conchi se rio.

—Hoy estás demasiado sensata.

—Mañana procuraré compensarlo.

Se despidieron poco después. Durante el camino hacia las Moreras, Conchi pensó en Andrés, Marta y Diego sin volver a repasar toda la investigación.

Ya no eran piezas de un rompecabezas ni posibilidades que hubiera que comparar con Óscar, sino personas que tendrían que seguir viviendo en un pueblo donde, durante varios días, otros habían hablado de ellos como si una discusión, un mensaje o un dinero pendiente pudieran contener por sí solos la explicación de una muerte.

La resolución del caso aclaraba lo ocurrido con Berta, pero no podía borrar aquella semana ni devolver inmediatamente a cada uno al lugar que ocupaba antes.

Andrés tendría que soportar durante algún tiempo que alguien recordara todavía su frase; Diego sabría que una disputa profesional había bastado para que lo miraran de otra manera, y Marta probablemente escucharía durante meses versiones deformadas de un mensaje cuya única finalidad había sido fijar una reunión para terminar con el conflicto.

Conchi tampoco regresaría exactamente al lugar que ocupaba antes.

Al doblar la última esquina hacia las Moreras comprendió que no podía controlar lo que Valdecerezos dijera de ella, impedir que alguien buscara su aprobación al contarle una historia ni evitar que otras personas callaran cuando la vieran aparecer.

Lo único que realmente dependía de ella era cómo tratara aquello que escuchaba y qué decidiera hacer con la información que otros le confiaran.

Durante aquellos días había aprendido que escuchar a alguien no significaba creerlo, del mismo modo que hacer una pregunta no equivalía a acusar ni conocer un dato la convertía automáticamente en la persona adecuada para divulgarlo.

La diferencia parecía sencilla formulada así, pero había necesitado todo el caso de Berta para comprender hasta qué punto podía afectar a quienes la rodeaban.

Al llegar a casa abrió la puerta y oyó a Lili acercarse por el pasillo.

Se agachó para acariciarla mientras se quitaba el abrigo y, durante unos segundos, la tarde recuperó un tamaño mucho más sencillo.

Valdecerezos seguiría hablando al día siguiente, y Conchi seguiría viviendo allí, pero ahora sabía un poco mejor qué parte de todo aquel ruido quería escuchar y cuál debía dejar pasar.