Capítulo 31
La noticia empezó a circular por Valdecerezos antes de que la mayoría de la gente supiera contarla bien.
A media tarde ya existían varias versiones distintas sobre lo ocurrido con Óscar y ninguna coincidía del todo con lo que Conchi conocía.
Según unas voces, la Guardia Civil lo había detenido en El Cruce delante de media docena de personas; según otras, había confesado en la propia finca, y no faltaba quien aseguraba que llevaban semanas siguiéndolo y que todo estaba prácticamente resuelto desde el principio.
Conchi consiguió escuchar las tres versiones sin abandonar la plaza.
Había salido a comprar fruta y a recoger un paquete que le habían dejado en la papelería. No tenía intención de entrar en La Tahona, pero Pilar la vio pasar desde la puerta y levantó una mano.
—Ven un momento.
Conchi señaló la bolsa que llevaba colgada del brazo.
—Tengo mandarinas.
—No creo que se escapen.
—No las conoces.
—Entra.
Dentro había más gente de la habitual para aquella hora: dos mesas ocupadas, varias personas junto a la barra y una conversación que bajó perceptiblemente de volumen en cuanto Conchi cruzó la puerta.
Lo notó, igual que advirtió varias miradas rápidas que regresaban enseguida a las tazas o a los platos, aunque aquella reacción ya no la sorprendía tanto como unos días atrás.
Pilar dejó delante de ella un vaso de agua sin preguntarle.
—No te voy a ofrecer café porque llevas cara de haber tomado cinco.
—Dos.
—Pues eso es peor. Significa que la cara te viene de serie.
Conchi sonrió y se quedó apoyada junto a la barra.
Desde una de las mesas del fondo, un hombre levantó la mano.
—Conchi, al final tenías razón.
Ella volvió la cabeza.
—¿En qué?
—En lo de Óscar.
La afirmación le produjo una incomodidad inmediata.
—Yo no dije que fuera Óscar.
El hombre hizo un gesto que parecía convertir su respuesta en falsa modestia.
—Bueno, pero estabas metida en el asunto.
—No estaba metida en ningún asunto. Vi algunas cosas, hablé con gente y la Guardia Civil hizo su trabajo.
—Ya, ya.
Conchi estuvo a punto de insistir, pero Pilar le rozó ligeramente el antebrazo.
—Déjalo.
Esta vez le hizo caso. Durante la última semana le había preocupado equivocarse al preguntar, provocar una reacción que otros interpretaran demasiado o contribuir sin querer a que alguien quedara señalado.
Ahora que la verdad estaba establecida, comprendía que corregir cada exageración también podía acabar colocándola en el centro de una historia que nunca había sido suya.
Bebió un poco de agua mientras, en una mesa cercana, Carmen Vela discutía con otra mujer sobre Andrés Roldán.
—Pues yo siempre dije que aquello de «esto se iba a terminar de una vez» sonaba fatal.
—Y al final no tenía nada que ver.
—Tener, tenía. Estaban peleados.
Conchi escuchó la frase y pensó que, sin proponérselo, Carmen acababa de resumir bastante bien una de las trampas de aquellos días.
Andrés sí había discutido con Berta, llevaba años harto del conflicto y había pronunciado aquellas palabras; todo eso era cierto.
El error había consistido en obligar a esos hechos a contar una historia distinta de la que realmente contenían.
Pilar siguió la dirección de su mirada.
—Andrés no ha venido hoy.
—Normal.
—Ayer tampoco.
Conchi imaginó lo que debía de haber supuesto para él soportar durante varios días que medio pueblo utilizara una discusión real como medida de lo que podía ser capaz de hacer.
—¿Cómo está?
—Cabreado.
—También normal.
Pilar apoyó los codos sobre la barra.
—Mateo dice que la Guardia Civil ya dejó claro que estaba en el Centro Cultural cuando murió Berta.
—Eso se sabía desde hacía días dentro de la investigación.
—Exactamente. Dentro de la investigación. Aquí la gente se entera cuando se entera y luego recuerda lo que le conviene.
Conchi asintió. La diferencia importaba, porque una sospecha podía quedar cerrada oficialmente y continuar viva durante mucho tiempo en las conversaciones.
Los rumores y los hechos no viajaban a la misma velocidad, y algunos parecían resistirse especialmente a desaparecer cuando resultaban más entretenidos que la verdad.
La puerta se abrió y entró Diego Soria.
El cambio en el ambiente fue pequeño, pero perceptible. Varias personas dejaron de hablar durante un instante antes de fingir que no había ocurrido nada. Diego lo notó, lanzó una mirada rápida alrededor y se acercó a la barra.
—Un café para llevar.
Pilar se volvió hacia la máquina.
Conchi recordó los doscientos cuarenta euros retenidos, la discusión por los castaños y la rapidez con que ambas cosas habían terminado convertidas en algo mucho más grave.
Diego reparó entonces en ella.
—Hola.
—Hola, Diego.
Él dudó antes de hablar.
—Al final no había sido yo lo de los árboles.
—No.
—Ya.
No había satisfacción en su voz. Durante varios días había insistido en que la poda no podía explicar aquellos daños y, aunque finalmente se hubiera demostrado que tenía razón, el alivio llegaba después de haber visto su nombre circular por el pueblo unido a una muerte.
—Lo de los doscientos cuarenta euros sí era verdad —continuó—. Berta me los retenía hasta aclarar lo de la poda y discutimos por eso.
—Sí.
Diego miró hacia las mesas.
—Y con eso bastó para que pareciera otra cosa.
Conchi tardó un momento en contestar.
—Bastó para que muchos quisieran completar lo que no sabían.
Pilar dejó el café sobre la barra. Diego pagó y cogió el vaso.
—La próxima vez que discuta con alguien, igual digo que todo fue perfecto.
La ironía llevaba poco humor.
—Probablemente sería peor —respondió Conchi—. Nadie se cree nunca que todo fue perfecto.
Diego la miró y acabó asintiendo.
—Puede.
Se marchó sin añadir nada más.
Pilar esperó a que la puerta se cerrara.
—Ese también tiene derecho a estar enfadado.
—Sí.
Conchi terminó el agua y dejó el vaso sobre la barra.
Andrés había quedado atrapado por una frase; Diego, por un dinero retenido y una discusión profesional; Marta, por un mensaje que solo parecía oscuro mientras se ignoraba de qué estaban hablando ella y Berta.
En los tres casos existía un hecho verdadero que el pueblo había llevado mucho más lejos de lo que permitía.
—¿Has visto a Marta? —preguntó Pilar.
—Esta mañana.
—Me refiero a después de que empezara a saberse lo de Óscar.
Conchi negó.
—Ha pasado por aquí hace un rato, pero no se quedó.
—¿Cómo estaba?
Pilar hizo una mueca.
—Seria. Más enfadada que triste, diría yo.
Conchi dejó la bolsa sobre una silla.
—Voy a verla.
Pilar la observó.
—¿A preguntarle algo?
—No.
La respuesta salió con tal rapidez que Pilar sonrió.
—Entonces ve.
Marta estaba en casa. El coche permanecía aparcado junto a la puerta y había luz en la cocina, aunque Conchi dudó unos segundos antes de llamar. No quería presentarse allí como quien acudía a comprobar una reacción ni como si conocer parte de la investigación le concediera algún derecho especial.
Al final miró la bolsa de fruta y tocó el timbre.
Marta abrió al segundo toque.
—Hola.
—Hola.
Conchi levantó ligeramente las mandarinas.
—He comprado demasiadas.
Marta miró la bolsa y después a ella.
—Eso es mentira.
—Bastante.
—¿Has venido a sobornarme con fruta?
—Es lo mejor que he encontrado sin planificación previa.
La comisura de la boca de Marta se movió apenas.
—Pasa.
La cocina estaba tranquila. Sobre la mesa seguían algunos documentos que Conchi reconoció por la carpeta de aquella mañana. Marta los apartó para dejar sitio y esperó a que se sentara.
—Ya me han contado lo de Óscar.
—Sí.
—También que Berta lo llamó aquel día.
Conchi se limitó a asentir.
—Supongo que la Guardia Civil te habrá explicado lo que corresponda.
—Lo suficiente.
Marta apoyó los antebrazos sobre la mesa.
—No sé qué me fastidia más, que fuera él o haber pasado una semana entera viendo cómo cualquiera de nosotros podía convertirse en culpable dependiendo de qué historia se contara ese día.
Conchi ocupó la silla de enfrente.
—Yo te hice una pregunta delante del ayuntamiento cuando no debía.
Marta levantó la vista.
—Ya hablamos de eso.
—Lo sé.
—Entonces no lo conviertas ahora en una ceremonia de disculpas, porque no pienso hacer una yo tampoco.
Conchi sonrió.
—Vale.
—Además, estaba a la defensiva con todo el mundo. Cualquier pregunta me sonaba a acusación.
—Tenías motivos para estarlo.
Marta pasó un dedo por el borde de uno de los documentos.
—Lo que todavía me enfada es el mensaje. «Lo dejamos zanjado». Si alguien lo cuenta sin explicar nada, parece casi una amenaza.
—Y en realidad significaba exactamente lo contrario.
—Era literalmente dejar zanjado el lindero.
Conchi sonrió ligeramente.
—Una frase bastante poco literaria.
—Nunca he tenido vocación.
El comentario alivió un poco el ambiente.
—Andrés también está harto —añadió Marta—. Dice que la próxima vez que se enfade con alguien va a hablar únicamente de recetas.
Conchi se echó a reír.
—Eso sí que levantaría sospechas.
La conversación no necesitó mucho más. Hablaron unos minutos de los documentos, pero no de la investigación, y Marta terminó guardándolos en la carpeta antes de acompañarla hasta la puerta.
No hubo abrazos ni grandes explicaciones, solo una despedida sencilla y un «gracias por venir» que a Conchi le pareció suficiente para dejar atrás la tensión de los días anteriores sin fingir una intimidad que no existía.
Cuando volvió a la calle decidió pasar por casa de Adela. Solo entonces descubrió que había dejado todas las mandarinas con Marta, lo que confirmaba que la excusa había sido bastante peor de lo que pretendía.
Adela abrió despacio y, al ver quién era, no pareció sorprendida.
—Ya lo sé.
Conchi asintió.
—¿Puedo pasar?
Adela se hizo a un lado.
El salón estaba caliente y olía ligeramente a manzanilla.
Sobre una mesa baja había una fotografía de Berta que Conchi no recordaba haber visto antes.
Era de años atrás: llevaba una blusa clara, tenía el pelo más oscuro y miraba a la cámara con esa expresión impaciente de quien parece querer que terminen pronto de hacerle la foto.