Capítulo 30 #2
—Una versión falsa resulta más creíble cuando contiene partes verdaderas. Óscar no necesitaba inventarse toda la tarde. Le bastaba con ocultar el tramo importante y colocar dentro una actividad que explicara dónde se suponía que había estado.
Conchi recordó haber llegado a una idea parecida cuando Las Eras se vino abajo.
—¿Y Diego?
—Llegó a Valhondo alrededor de las cinco y veintiocho —respondió Lucía—.
Hasta aproximadamente las cinco y dieciocho estaba terminando otro trabajo forestal acompañado por personas que podían situarlo allí, y el desplazamiento hasta la finca encaja con esa llegada.
Encontró a Berta unos minutos después y llamó al 112 a las cinco y treinta y tres.
La secuencia terminó de cerrarse.
Berta había llamado a Óscar a las 15:42.
Él llegó hacia las 16:05. A las 16:27 ella escribió a Marta y seguía decidida a terminar la disputa.
Poco después, la discusión derivó en el golpe.
Entre las 16:35 y las 16:47, aproximadamente, Óscar manipuló el entorno antes de marcharse hacia las 16:48.
A las 17:07 aparecía ya en El Cruce; Diego llegaba en torno a las 17:28 y cinco minutos más tarde llamaba al 112.
Por primera vez, la tarde de la muerte no estaba formada por fragmentos dispersos.
—¿Cómo habéis conseguido reconstruirlo sin depender de que Óscar lo reconociera?
Lucía esbozó una sonrisa muy leve.
—Por eso hemos tardado.
Cogió la taza, aunque no bebió.
—Tu observación del cierre tenía una fecha anterior al homicidio.
Diego lo vio trabajando allí ese mismo día.
La compra de material compatible con aquella reparación era reciente y estaba vinculada a él.
Después pudimos comparar posiciones antiguas y actuales de varias referencias, comprobar que los daños de los castaños no procedían del trabajo de Diego y reunir las declaraciones de personas a las que Berta había contado que estaba cansada de que su sobrino hiciera cambios por su cuenta.
Álvaro continuó:
—A eso se añadieron la mentira de Las Eras, la cronología real del día de la muerte, la llamada de Berta, el mensaje a Marta y la presencia comprobada en El Cruce. Ninguno de esos elementos resolvía el caso por sí mismo, pero al verificarlos de manera independiente dejaron de ser piezas aisladas.
Conchi recordó su paseo del día diecisiete. Había visto un poste de madera más clara, un alambre distinto y el brillo de un enganche metálico. En aquel momento no supo qué significaban ni los relacionó con nada grave; simplemente los conservó porque le llamaron la atención.
Durante un instante estuvo tentada de pensar que todo había empezado allí, aunque enseguida comprendió que no era cierto. La disputa llevaba décadas existiendo y las manipulaciones de Óscar habían comenzado meses antes.
Lo que ella había visto aquel viernes era solamente una de las últimas.
—¿Óscar lo ha reconocido?
Álvaro y Lucía intercambiaron una mirada.
—Después de confrontarlo con las contradicciones de su declaración y con las comprobaciones que ya teníamos —respondió Álvaro—, ha admitido lo esencial.
Conchi no preguntó cómo había sido aquel momento. No necesitaba imaginar lágrimas, gritos ni una confesión teatral.
—Entonces ya podíais sostenerlo antes.
—Sí —dijo Lucía—. Su admisión confirma la reconstrucción, pero no la sustituye. No hemos llegado hasta él porque confesara; confesó cuando la cadena ya hacía muy difícil mantener su versión.
Aquella diferencia le pareció fundamental.
—¿Ha explicado lo de los mojones y los castaños?
—Ha relacionado sus intervenciones con su padre y con la convicción de que los Roldán llevaban años apropiándose poco a poco de terreno que no les correspondía —respondió Lucía—.
Seguiremos trabajando sobre sus declaraciones, pero lo esencial coincide con lo que ya habíamos reconstruido: necesitaba mantener vivo el conflicto porque lo había convertido en una forma de defender la memoria de su padre y justificar lo que él mismo estaba haciendo.
Conchi permaneció un momento en silencio.
—Pobre Berta.
Ninguno respondió con una frase de consuelo.
Desde la ventana se veía pasar a un hombre empujando una bicicleta y a una mujer que regresaba de la compra. Valdecerezos seguía funcionando con normalidad mientras, dentro de aquella cocina, una semana de rumores, sospechas y conversaciones acababa de adquirir una explicación completa.
—¿Lo sabe la familia? —preguntó Conchi.
—Estamos haciendo las comunicaciones que corresponden —contestó Álvaro—. Por eso todavía no debes contar nada.
—No lo haré.
Lucía la observó durante unos segundos.
—Lo digo en serio.
Conchi sostuvo su mirada sin molestarse.
—Yo también.
Días atrás habría podido sentir aquella advertencia como una falta de confianza. Ahora entendía que conocer algo antes que el resto del pueblo no convertía aquella información en suya.
Se levantó para dejar la taza en el fregadero, aunque todavía quedaba café.
—Hay una cosa que sigo sin entender.
Álvaro esperó.
—Después de mover referencias durante meses y de tocar el cierre, ¿de verdad pensaba que una medición neutral nunca iba a descubrirlo?
—No sabemos hasta qué punto pensó en el final de todo eso —respondió—.
Hay conductas que pueden mantenerse durante mucho tiempo mientras nadie obliga a reunir los hechos, compararlos y decidir qué significan.
Berta fue precisamente quien empezó a hacer eso cuando decidió parar la pelea y revisar el terreno con alguien neutral.
—Y entonces dejó de ser una sucesión de pequeñas cosas.
—Exactamente.
Conchi volvió a mirar hacia el pasillo, donde Lili continuaba dormida junto al radiador.
—Todo el pueblo estaba convencido de que la muerte tenía que ver con los lindes.
Lucía asintió.
—Y no estaba completamente equivocado. El error fue asumir demasiado pronto quién estaba haciendo qué dentro de esa disputa.
La frase se quedó con Conchi porque resumía mejor que cualquier otra cosa lo ocurrido durante aquella semana.
Andrés había discutido con Berta de verdad. Marta había recibido un mensaje que, leído fuera de contexto, podía parecer inquietante. Diego había tenido una bronca y un dinero pendiente. Incluso las protestas de los Roldán eran reales.
Nada de aquello necesitaba ser falso para conducir a una conclusión equivocada.
El problema había sido pedirle a cada hecho que explicara más de lo que podía.
Álvaro consultó la hora y se levantó. Lucía hizo lo mismo.
—Tenemos que seguir.
Conchi los acompañó hacia la puerta, aunque antes de que salieran recordó algo que llevaba días rondándole.
—Lo que vi en el cierre aquel viernes... ¿sirvió realmente?
Álvaro se volvió hacia ella.
—Sirvió porque recordabas cuándo lo viste y porque distinguiste lo que habías observado de lo que suponías. Después pudimos compararlo con lo que había visto Diego, con la compra de material y con la situación física del cierre.
—Pero yo no sabía lo que significaba.
—No hacía falta que lo supieras.
La respuesta le produjo más tranquilidad que orgullo.
No había resuelto el caso por haber visto un poste distinto.
Había aportado una observación que otras personas, haciendo su trabajo, habían podido comprobar y colocar junto a muchas más.
Antes de salir, Lucía volvió a recordarle que no comentara todavía ni la actuación sobre Óscar ni lo que había admitido. Conchi prometió que no lo haría y esta vez nadie añadió ninguna advertencia más.
Cuando cerró la puerta, la casa recuperó poco a poco el silencio.
No llamó a Pilar.
Tampoco escribió a Fernando ni salió a buscar a nadie.
Regresó a la cocina y empezó a recoger las tazas mientras intentaba acostumbrarse a la forma completa de lo ocurrido.
Óscar había alimentado durante meses una disputa que Berta ya no quería continuar.
Cuando ella decidió terminarla, amenazó también con dejar al descubierto unas manipulaciones que él había convertido en parte de la defensa de la memoria de su padre.
La discusión de aquella tarde no había empezado como un plan para matarla, pero había terminado con un golpe impulsivo y, después, con un intento desesperado de utilizar el mismo conflicto que él había ayudado a alimentar para dirigir las primeras sospechas hacia otros.
Conchi secó una taza y la guardó en el armario.
Durante días había vivido rodeada de huecos que invitaban a llenarse con rumores, intuiciones o explicaciones demasiado rápidas.
Ahora ya no necesitaba hacerlo, porque la Guardia Civil había conseguido unir la cronología, las alteraciones, las mentiras y las declaraciones hasta obtener una secuencia que se sostenía sin depender de una confesión de última hora.
Y quizá por eso, precisamente ahora que conocía la verdad completa, Conchi sentía menos necesidad que nunca de ser la primera persona en contarla.