Capítulo 30
Álvaro llamó a Conchi poco antes del mediodía del veintinueve de enero.
No hubo bromas sobre cinco minutos ni ninguna de aquellas frases a medias con las que, durante los últimos días, él y Lucía habían anunciado una nueva comprobación.
Se limitó a preguntarle si estaba en casa y, cuando Conchi respondió que sí, le dijo que ambos pasarían en un rato.
El tono bastó para que comprendiera que aquella visita iba a ser distinta.
No preparó café de inmediato. Primero recogió dos revistas que había dejado sobre el sofá, apartó la manta que Lili había convertido en su sitio habitual y abrió unos centímetros la ventana de la cocina para renovar el aire.
Fuera hacía frío, aunque el cielo estaba despejado y una luz limpia entraba sobre las baldosas mientras Valdecerezos continuaba con su mañana como si nada extraordinario pudiera estar a punto de saberse.
Una mujer pasó por la calle cargada con una bolsa de la compra, alguien arrancó un coche unos metros más abajo y desde una casa vecina llegó el golpe seco de una persiana al cerrarse.
Aquella normalidad le resultó extraña después de tantos días midiendo conversaciones, horarios y desplazamientos alrededor de la muerte de Berta.
Álvaro y Lucía llegaron juntos poco después.
Conchi los hizo pasar y, esta vez, ninguno rechazó el café. Se sentaron en la cocina mientras Lili inspeccionaba las botas de ambos con una curiosidad breve y práctica; al comprobar que no traían nada comestible, se retiró al pasillo y terminó tumbándose junto al radiador.
Conchi sirvió las tres tazas antes de sentarse.
Lucía esperó a que dejara la cafetera sobre la mesa.
—La investigación sobre la muerte de Berta está suficientemente reconstruida.
La frase no necesitaba mucha preparación. Conchi sostuvo la mirada de ambos y preguntó directamente:
—¿Óscar?
Álvaro asintió.
Aquella confirmación no le produjo alivio ni una sorpresa verdadera.
Durante los últimos días, el nombre de Óscar había ido ocupando cada vez más espacio a medida que otras posibilidades se debilitaban y sus propias contradicciones ganaban peso, pero escucharlo ya no como una sospecha sino como una certeza tuvo un efecto mucho más pesado de lo que esperaba.
—Fue él —dijo.
—Sí —confirmó Lucía.
Durante unos segundos nadie añadió nada.
Conchi pensó en Berta como la había conocido: seca algunas veces, orgullosa muchas y, al final, profundamente cansada de una pelea que llevaba demasiado tiempo formando parte de su vida.
Después apareció Óscar, hablando de su padre y de los Roldán con una mezcla de agravio y obligación, como si los límites de una finca fueran también la frontera entre respetar una memoria familiar y traicionarla.
—¿Cómo habéis conseguido cerrarlo? —preguntó finalmente.
Lucía apoyó las manos junto a la taza.
—No por una prueba aislada ni porque Óscar haya terminado admitiéndolo. Lo hemos cerrado porque las distintas comprobaciones, vistas juntas, forman una cadena coherente.
Conchi no dijo nada y esperó.
—Berta llamó a Óscar a las tres y cuarenta y dos de la tarde —continuó Lucía—. Fue ella quien le pidió que fuera a Valhondo antes de la reunión que tenía prevista con Marta para la mañana siguiente.
El dato era nuevo.
—¿Berta lo llamó?
—Sí. Óscar llegó aproximadamente a las cuatro y cinco. Que estuviera allí no tenía nada de extraño, porque era su sobrino, entraba con frecuencia en la finca y hacía trabajos para ella.
Álvaro tomó el relevo.
—Hablaron de la finca y de la disputa. Después, Óscar declaró que se había marchado alrededor de las cuatro y veinte y que había dejado a Berta con vida.
Conchi conocía ya aquella parte.
—Pero Berta escribió a Marta a las cuatro y veintisiete.
—Exacto.
—Y Las Eras no ocurrió.
—Tampoco.
Álvaro sostuvo la taza sin beber.
—La reconstrucción sitúa a Óscar todavía en Valhondo después del mensaje.
Conchi miró la superficie oscura del café.
—Entonces la salida de las cuatro y veinte era falsa.
—Sí. No se marchó a esa hora.
La claridad de la respuesta cerraba una de las zonas que habían permanecido abiertas durante días. Aquella hora había sido primero una simple declaración de Óscar, después una referencia pendiente de comprobar y finalmente una parte demostrablemente falsa de su versión.
—¿Qué pasó después de que Berta escribiera a Marta?
Lucía respondió con la misma serenidad con la que había ido colocando el resto de la cronología.
—La discusión continuó. Berta le dejó claro que iba a aceptar la delimitación neutral y que quería terminar la disputa. También le dijo que no pensaba permitir que siguiera moviendo referencias, tocando el cierre ni haciendo cambios en la finca sin consultarla.
La escena resultaba fácil de relacionar con lo que Adela y Marta habían contado desde lugares distintos. Berta no tenía miedo de su sobrino; estaba cansada de que interviniera en un conflicto que ella ya no deseaba seguir alimentando.
—¿Los mojones los había movido él?
—Sí —respondió Álvaro—. Las alteraciones anteriores que hemos podido reconstruir están vinculadas a Óscar. También intervino en el cierre que tú viste el día diecisiete y está acreditado que los daños deliberados en los tres castaños procedían de él.
Conchi dejó escapar lentamente el aire.
Escuchar de una vez todo lo que durante días había aparecido por separado modificaba la historia de los meses anteriores. La disputa entre las familias era real y venía de mucho antes, pero Óscar había aprendido a mantenerla activa introduciendo nuevas razones para que volviera a estallar.
—¿Lo hacía para ganar terreno?
Álvaro negó.
—No en un sentido jurídico. Mover un mojón o un poste no cambia una escritura ni convierte automáticamente una franja en propiedad de otra persona.
Lo que hacía era desplazar referencias visibles hacia el lado de los Roldán, provocar protestas y utilizar esas protestas como una nueva prueba de que ellos seguían atacando a los Velasco.
Conchi recordó la conversación que había mantenido con él unos días atrás: su padre, las cesiones, la idea de que cualquier protesta confirmaba que el conflicto seguía abierto y que los Roldán intentaban aprovecharse otra vez.
—Quería demostrar que su padre siempre había tenido razón.
—Eso forma parte del motivo —dijo Lucía—.
Óscar había convertido el enfrentamiento en una especie de deuda familiar.
La medición neutral podía mostrar que varias de las alteraciones recientes no procedían de los Roldán, desacreditar lo que él llevaba meses haciendo y cerrar definitivamente una pelea que necesitaba mantener viva para sostener ese relato.
—Y Berta había decidido hacerlo aunque a él no le gustara.
—Sí.
Conchi bajó la mirada.
—Pero no fue allí con intención de matarla.
—No —respondió Lucía—. No hay indicios de que el homicidio estuviera planeado.
Aquella precisión importaba. Todo lo anterior podía revelar una manipulación prolongada y deliberada del conflicto, pero la muerte pertenecía a otra escala.
—Entonces ocurrió durante la discusión.
Lucía asintió.
—Después del mensaje de las 16:27. Siguieron discutiendo y acabaron en el cobertizo. Berta insistió en que aquello terminaba, que no iba a permitir más cambios y que la medición se haría. Óscar reaccionó con ira y cogió uno de los maderos que se utilizaban allí como apuntalamiento.
Conchi apretó ligeramente los labios.
—La golpeó con él.
—Una sola vez.
No había necesidad de añadir dramatismo. Precisamente porque el gesto había sido breve e impulsivo, resultaba más difícil reconciliarlo con todo lo que había ocurrido después.
—¿Ese golpe la mató?
—Sí.
Lucía no dio detalles y Conchi no se los pidió.
El madero no había llegado a Valhondo como un arma ni había sido escondido allí con antelación. Formaba parte del cobertizo, uno de tantos objetos corrientes que durante unos segundos habían adquirido una función completamente distinta.
—¿Qué hizo Óscar después?
Álvaro dejó la taza sobre el plato.
—Entró en pánico, aunque eso no significa que se limitara a salir corriendo. Intentó orientar la primera interpretación hacia una explicación que ya existía antes del homicidio: la pelea con los Roldán.
Conchi permaneció inmóvil.
—¿Manipuló el lindero?
—Movió otro mojón unos centímetros hacia el lado de los Roldán, removió tierra alrededor para que pareciera recién tocado y dejó sin asegurar el tramo del cierre que daba hacia la finca vecina.
No montó una escena complicada ni especialmente sofisticada; utilizó elementos que sabía que, en cuanto alguien los viera, remitirían a un conflicto conocido por todo el pueblo.
La sencillez de la maniobra le resultó más inquietante que cualquier montaje elaborado.
En Valdecerezos no hacía falta fabricar un enemigo nuevo.
Los Roldán ya estaban disponibles.
—Quería que pareciera otro episodio de los lindes.
—Quería que esa fuera la primera lectura —dijo Lucía—.
Y funcionó porque había suficiente verdad alrededor como para sostenerla durante un tiempo.
Andrés y Berta llevaban años discutiendo, Marta estaba tratando de cerrar la delimitación y los Roldán habían protestado muchas veces por cambios en las referencias.
Conchi pensó en las conversaciones de los primeros días. Nadie había tenido que inventar la enemistad entre vecinos, ni la frase de Andrés, ni la reunión de Marta, ni siquiera la disputa económica de Diego.
Los hechos existían.
Lo que había estado equivocado era obligarlos a explicar la muerte.
—¿Cuándo salió Óscar de Valhondo?
Álvaro respondió sin consultar nada.
—Aproximadamente a las cuatro y cuarenta y ocho.
Aquella hora cerró buena parte del espacio que durante los últimos días había permanecido vacío.
—Y a las cinco y siete estaba en El Cruce.
—Sí.
—Diecinueve minutos después.
—El desplazamiento encaja.
Conchi imaginó únicamente el recorrido, sin convertirlo en una escena que nadie le había descrito.
—La compra de El Cruce sí era verdad.
—Completamente.
—Por eso su historia tenía algo firme donde apoyarse.
Álvaro asintió.