Capítulo 32
La noche cayó pronto sobre Valdecerezos, limpia y fría.
Cuando Conchi cerró la puerta de casa después del último paseo con Lili, tuvo la sensación de que llevaba fuera mucho más de los veinte minutos que marcaba el reloj de la cocina.
Quizá era porque, por primera vez en varios días, había caminado sin fijarse en quién venía por la acera de enfrente ni preguntarse qué versión de lo ocurrido estaría circulando en cada esquina.
Lili se sacudió junto al felpudo y fue directamente a su cuenco de agua.
Conchi se quitó el abrigo, dejó la correa en el perchero y encendió una de las lámparas del salón.
La casa recuperó enseguida sus sonidos habituales: el pequeño golpeteo de las uñas de la perra sobre el suelo, el zumbido bajo de la calefacción y una tubería que protestaba cada vez que empezaba a calentarse.
Le gustó aquella normalidad.
Durante los últimos días había dedicado demasiada atención a horarios, llamadas, lindes y frases cuyo significado cambiaba según quién las contara.
Había aprendido que un detalle insignificante podía acabar formando parte de algo mucho mayor, pero también que una anomalía no se convertía en prueba solo porque resultara llamativa, y que entre observar una cosa e interpretar lo que significaba podía existir una distancia considerable.
Entró en la cocina y abrió la nevera.
Las croquetas de Pilar seguían allí.
—Hoy sí.
Lili apareció a su lado con una rapidez que desmentía cualquier cansancio del paseo.
—Tú sigues sin participar.
Conchi puso tres croquetas en una sartén pequeña, preparó una ensalada y encendió la radio mientras esperaba. Sonaba música y nadie hablaba de Valdecerezos, lo que aquella noche le pareció una ventaja considerable.
Estaba terminando de cenar cuando llamaron al timbre.
Miró la hora. Pasaban unos minutos de las nueve y no esperaba a nadie.
Cuando abrió, encontró a Julián con una bolsa de papel en una mano y la bufanda enrollada hasta casi cubrirle la barbilla.
—Antes de que digas nada, no vengo a preguntarte por el caso.
Conchi se apoyó en el marco.
—Eso era exactamente lo que iba a preguntarte.
—Lo suponía.
Julián levantó la bolsa.
—He traído castañas.
Conchi miró primero la bolsa y después a él.
—Eso tiene bastante mal gusto.
Julián tardó medio segundo en comprenderlo.
—No había caído.
—Ya.
—Puedo volver mañana con naranjas.
Conchi se apartó para dejarlo pasar.
—Entra antes de que algún vecino te vea con eso y decida que vienes a provocarme.
Julián dejó la bolsa en la cocina y se quitó la bufanda. Lili acudió a saludarlo con el entusiasmo reservado a las personas que alguna vez habían dejado caer comida al suelo.
—Ella no parece ofendida por las castañas.
—Ella tiene una ética muy flexible cuando hay comida de por medio.
—Eso facilita mucho la existencia.
Conchi puso agua a calentar y Julián se sentó a la mesa. Miró de reojo la sartén vacía.
—¿Has cenado croquetas?
—Tres.
—¿De Pilar?
—Claro.
—Entonces has cenado seis.
—No exageres.
—Las croquetas de Pilar deberían contar doble por ley.
La conversación se mantuvo durante un rato en cosas pequeñas. Julián le habló de una silla que estaba restaurando para una casa de la plaza y de un cliente que pretendía que una mesa de nogal pareciera antigua sin aceptar ninguna marca en la madera. Conchi se rio al imaginar la discusión.
—La gente quiere muebles viejos que parezcan nuevos y muebles nuevos que parezcan viejos.
—Por eso nunca me falta trabajo.
Ella le dejó una taza delante y se sentó al otro lado de la mesa.
Julián bebió con cuidado antes de preguntar:
—¿Estás bien?
No había curiosidad escondida en el tono ni una segunda pregunta esperando detrás. Solo quería saber eso.
Conchi miró la superficie de la infusión.
—Sí. Cansada, pero bien.
Julián asintió.
—Mejor.
—¿No vas a pedirme detalles?
—Has dicho que estás bien.
—Eso no son detalles.
—Precisamente.
Conchi sonrió.
Había algo cómodo en mantener una conversación con alguien que no esperaba obtener información de ella. Durante los últimos días muchas preguntas habían llegado acompañadas de una teoría, una insinuación o el deseo de que confirmara algo. Con Julián no ocurría.
—Ha sido raro —dijo después de un momento.
—Me imagino.
—No solo por el caso. También por lo que ha pasado alrededor.
Julián esperó sin interrumpirla.
—Después de lo de Emilio, la gente empezó a mirarme de otra manera, pero entonces no sabía hasta qué punto podía cambiar las conversaciones.
Esta vez algunos han venido a contarme cosas para ver qué opinaba, otros han dejado de hablar cuando me acercaba y he descubierto que una pregunta hecha en el sitio equivocado puede sonar como una acusación aunque no pretendas que lo sea.
—Tiene que resultar incómodo.
—Lo es.
Julián dejó la taza sobre la mesa.
—¿Y vas a dejar de preguntar?
Conchi lo miró.
—No.
La respuesta salió con tanta rapidez que ambos sonrieron.
—Me parecía —dijo él.
—Pero tendré que aprender a elegir mejor cuándo, dónde y a quién.
—Eso también me parecía.
Conchi se reclinó en la silla.
—Qué listo estás hoy.
—Son las castañas.
—No vuelvas a mencionarlas.
Se quedaron un momento en silencio. Lili se había tumbado junto al radiador y respiraba con los ojos cerrados, indiferente a cualquier aprendizaje personal que estuviera teniendo lugar en la cocina.
—Lo que más me ha impresionado —continuó Conchi— es ver lo fácil que resulta equivocarse sin que nadie tenga que inventar nada.
Andrés había discutido con Berta, Diego tenía el problema del dinero y Marta había enviado aquel mensaje.
Cada cosa era cierta, pero ninguna significaba lo que algunos decidieron que significaba.
Julián asintió.
—Porque faltaba el resto.
—Sí.
Conchi pasó un dedo por el borde de la taza.
No quería volver a reconstruir el caso, que ya estaba cerrado, pero seguía pensando en lo ocurrido alrededor de las personas que habían quedado bajo sospecha simplemente porque uno o dos hechos reales encajaban demasiado bien en una explicación apresurada.
—Supongo que eso pasa bastante —dijo Julián.
—Seguro.
—Aquí y en cualquier sitio.
—Aquí además todos creemos conocernos.
—Eso no significa que sea verdad.
Conchi hizo una mueca.
—Esa frase me gusta menos.
—No pretendía gustarte.
Julián bebió otro sorbo antes de añadir:
—¿Y qué piensas hacer ahora con todo eso?
Conchi levantó las cejas.
—¿Con qué?
—Con lo que has aprendido.
La pregunta no sonó solemne y quizá por eso tuvo que pensársela.
—Intentar no hacer daño por tener prisa. Escuchar algo sin necesitar convertirlo enseguida en una explicación, preguntar con un poco más de cabeza y callarme cuando me cuenten algo que no me corresponde repetir.
—No parece mal.
—Y seguir haciendo mi vida.
—Eso sería aconsejable.
—Y no convertirme en detective.
Julián sonrió.
Conchi lo señaló con un dedo.
—No pongas esa cara.
—¿Qué cara?
—La de no creerte la última parte.
—No he puesto ninguna.
—Llevo toda la semana aprendiendo a observar.
—Eso sí que empieza a preocuparme.
Se echaron a reír.
La risa deshizo algo que Conchi llevaba acumulando desde la mañana. No era tensión exactamente, sino la sensación de que debía entender de una vez qué había cambiado después de todo aquello. Quizá no necesitaba decidirlo aquella noche.
Julián se marchó poco antes de las diez. Ya estaba cerca de la puerta cuando recordó la bolsa de papel y volvió hacia la cocina.
—Me llevo las castañas.
—Ni hablar.
—Has dicho que eran de mal gusto.
—Eso no significa que vaya a desperdiciarlas.
—Entonces mañana dirás que estaban buenas.
—No abuses de la confianza.
Se despidieron sin añadir nada más. Julián echó a andar calle abajo con las manos metidas en los bolsillos y Conchi esperó hasta verlo doblar la esquina antes de cerrar.
La casa estaba caliente.
Recogió las tazas, guardó las castañas en un armario y apagó la luz de la cocina antes de pasar al salón.
Lili levantó la cabeza desde su manta.
—Venga.
La perrita se incorporó de inmediato, convencida de que aquella palabra siempre anunciaba algo interesante.
—No, otro paseo no. Ya has salido.
Lili permaneció mirándola.
—No me manipules.
La perrita volvió a tumbarse con una parsimonia que Conchi decidió interpretar como protesta.
Cogió el libro que tenía a medias desde hacía más de una semana y se acomodó en el sofá. Consiguió leer dos páginas antes de descubrir que no recordaba nada de la segunda, así que lo cerró y apoyó la cabeza contra el respaldo.
No estaba inquieta.
Solo cansada.
Desde la ventana se veía parte de la calle y, más allá, el círculo amarillento de una farola. Pasó una pareja hablando en voz baja y, unos minutos después, una mujer con un perro grande. Nadie corría, nadie discutía y ningún coche oficial se detuvo delante de ninguna casa.
Aquella ausencia de acontecimientos resultaba agradable.
Durante unos días había sentido que cada conversación podía contener una pista y que cualquier detalle de Valhondo podía cambiar de significado en cuanto aparecía otro dato.
Ahora Valdecerezos volvía a parecerse simplemente al pueblo donde vivía, con personas que hablaban demasiado, otras que preferían callar, amistades antiguas, enfados pequeños, inviernos fríos y problemas que fuera de allí apenas importarían.
Ella seguía siendo Conchi Sánchez.
Había visto algo durante un paseo y lo había recordado.
Había hecho preguntas cuando algo no le encajaba, algunas veces con acierto y otras en momentos poco oportunos.
También había aprendido a distinguir mejor entre aquello que sabía, aquello que intuía y lo que solo podía demostrarse mediante un trabajo que no le correspondía hacer a ella.
La Guardia Civil había hecho ese trabajo.
Y eso también formaba parte de la verdad de lo ocurrido.
El teléfono vibró sobre la mesa.
Era un mensaje de Pilar.
«Mañana café. Y no me vengas con que estás ocupada.»
Conchi sonrió y respondió:
«A las diez.»
Los tres puntos aparecieron casi inmediatamente en la pantalla.
«A las diez y cuarto. Te conozco.»
Conchi dejó el teléfono boca abajo.
—Qué pesada.
Lili abrió un ojo.
—No hablaba contigo.
La perrita volvió a dormirse.
Conchi se levantó para apagar la lámpara del rincón y dejó únicamente la luz pequeña junto al sofá.
Al día siguiente tendría que comprar detergente, devolver un recipiente a Pilar y llamar a Fernando, porque llevaba dos días posponiéndolo.
Si el tiempo aguantaba, quería además dar una vuelta larga con Lili antes de comer.
Eran cosas pequeñas y completamente normales.
Una semana antes le habrían parecido demasiado poco para cerrar unos días como aquellos. Esa noche le parecieron exactamente suficientes.
Se acomodó de nuevo bajo la manta y abrió el libro.
Esta vez consiguió avanzar varias páginas.
Fuera, Valdecerezos continuó con su noche sin pedirle nada.
Y Conchi tampoco necesitó pedirle respuestas.