Muerte entre castaños (Los misterios de Valdecerezos 2) Capítulo 29
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Capítulo 29

La mañana del veintinueve de enero, Fernando apareció en casa de Conchi con diez minutos de retraso y la seguridad de quien sabía que su madre iba a recordárselo, aunque en realidad no hubieran fijado ninguna hora.

—No llegas tarde porque no habíamos quedado a una hora concreta —dijo él nada más entrar.

Conchi se apartó para dejarlo pasar.

—Entonces tampoco hacía falta que empezaras defendiéndote.

Fernando dejó la chaqueta en el perchero y miró hacia el pasillo.

—Buenos días, mamá. ¿Dónde está la caja?

—Mucho mejor.

Lili apareció desde el salón y lo recibió con bastante más entusiasmo.

Mientras Fernando se agachaba para acariciarla, Conchi fue hasta el pequeño cuarto donde guardaba herramientas, bombillas, tornillos, varias pilas usadas que llevaba meses prometiéndose llevar al contenedor adecuado y una cantidad absurda de objetos cuya utilidad solo solía descubrirse justo después de haberlos tirado.

La caja gris apareció debajo de otra azul.

—Aquí tienes tu tesoro.

Fernando la abrió sobre la mesa de la cocina y empezó a revolver entre llaves, alicates y destornilladores.

—Esta casa podría sobrevivir a un apagón nuclear.

—Y, aun así, eres tú quien viene buscando una llave.

Encontró la que necesitaba en menos de un minuto, pero Conchi consiguió retenerlo un rato más ofreciéndole café.

Durante el siguiente cuarto de hora hablaron de una avería del coche, de una comida que llevaban semanas aplazando y de una vecina de Fernando que había decidido que poner música a las dos de la madrugada era una aportación razonable a la convivencia.

Conchi agradeció aquella conversación precisamente porque no llevaba a Berta, a Valhondo ni a ninguna hora concreta de la tarde del miércoles.

Cuando Fernando se marchó, recogió las tazas y decidió aprovechar la mañana para hacer unas compras. El frío era seco y hacía crujir la gravilla bajo los zapatos, aunque el cielo estaba limpio y el sol empezaba a calentar las fachadas orientadas al sur.

En la plaza encontró a Marta Roldán frente al ayuntamiento. Llevaba una carpeta grande bajo el brazo y estaba hablando con una empleada municipal, de modo que Conchi habría seguido de largo si Marta no hubiera levantado una mano al verla.

—Conchi.

—Hola.

La empleada se despidió y entró en el edificio. Marta ajustó la carpeta contra el costado.

—He traído unas copias que me pidieron.

Conchi miró la carpeta, pero no preguntó.

Marta sonrió ligeramente.

—Puedes decirlo.

—¿El qué?

—Que te estás mordiendo la lengua.

—Estoy aprendiendo a utilizarla solo cuando hace falta.

—Eso sí que es una novedad.

La broma salió sin esfuerzo y confirmó que la tensión entre ambas había perdido buena parte de la incomodidad de los días anteriores.

Marta dio unos golpecitos sobre la carpeta.

—Son papeles del lindero: fotografías antiguas, referencias catastrales, una medición que tenía mi padre guardada y alguna documentación más. Lo que te expliqué.

—Lo que ibais a revisar con Berta.

—Sí. La idea era que viniera alguien ajeno a las dos familias, comparara la documentación con las referencias que todavía existen sobre el terreno y dejara por escrito una delimitación que no dependiera de quién recordara mejor dónde había estado una piedra veinte años atrás.

Conchi miró la carpeta de otra manera.

Unos días antes, aquella explicación habría sido solamente la parte técnica de una discusión vecinal.

Ahora conocía el cierre desplazado, los mojones que no conservaban la posición anterior y el hecho de que varias alteraciones siguieran una misma dirección.

Una comparación con fotografías, documentos y referencias antiguas podía convertir años de versiones enfrentadas en diferencias que ya no dependieran únicamente de la memoria de cada familia.

—Entonces también habríais revisado el cierre y los mojones.

—Claro. No porque una piedra tenga más valor que una escritura, sino porque sirve para comparar. Si tienes fotografías antiguas, mediciones anteriores y referencias sobre el terreno, puedes ver qué se ha mantenido y qué ha cambiado.

Conchi permaneció unos segundos en silencio.

—Y si algo se había desplazado, podía quedar bastante claro.

Marta bajó la vista hacia la carpeta.

—Esa era parte de la idea.

—¿Berta sabía que había cosas que no cuadraban?

Marta tardó un poco en responder, no porque pareciera ocultar nada, sino porque buscaba una formulación que no dijera más de lo que sabía.

—Sabía que había demasiadas cosas que acababan provocando otra discusión. La última vez que hablamos estaba más cansada que enfadada. Me dijo que no quería seguir decidiendo quién tenía razón dependiendo de dónde apareciera una piedra, de quién hubiera tocado un poste o de quién protestara primero.

Aquello encajaba con lo que Adela había contado y con la actitud que Berta parecía haber tenido durante sus últimos días.

—Por eso aceptó la medición neutral.

—Sí. Y porque empezaba a estar bastante harta de algunos arreglos que se hacían sin consultarla.

Conchi no necesitó preguntar de quién hablaba. Marta se lo aclaró antes.

—De Óscar.

El nombre quedó entre ambas sin necesidad de ningún énfasis especial.

—¿Te lo dijo así?

—No como una acusación ni como si tuviera miedo de él.

Berta quería a su sobrino. Lo que decía era que se metía demasiado, que arreglaba cosas sin preguntarle y que al final cualquier cambio terminaba provocando otra bronca con nosotros.

Según ella, Óscar estaba convencido de que defendía a la familia, pero muchas veces conseguía justo lo contrario de lo que ella quería.

La explicación no convertía la relación entre tía y sobrino en algo amenazante. Berta no parecía haber temido a Óscar; estaba cansada de que él tomara decisiones sobre una finca que seguía siendo suya y de que tratara el conflicto como una obligación familiar que ella ya no compartía.

Conchi volvió a mirar la carpeta.

—Si la medición seguía adelante, esos arreglos podían compararse con cómo estaba antes la finca.

—Sí.

—Y algunas diferencias dejarían de ser una cuestión de recuerdos.

—Exactamente.

Marta ajustó la carpeta bajo el brazo.

—Eso era lo que Berta quería. Dejar de discutir cada invierno la misma historia con una versión distinta.

Conchi recordó el mensaje de las 16:27. Mañana a las diez.

Lo dejamos zanjado. Durante los primeros días, aquella frase había podido parecer seca o incluso inquietante si se separaba de todo lo demás.

Ahora describía una decisión mucho más concreta: Berta esperaba estar allí a la mañana siguiente, revisar la documentación y terminar con una disputa que llevaba demasiado tiempo ocupando espacio en su vida.

—¿Óscar sabía que ibais a hacer la medición?

Marta frunció ligeramente el ceño.

—Sabía que yo estaba intentando llegar a un acuerdo y que Berta estaba cambiando de postura. No sé cuánto le contó ella sobre la reunión ni si conocía todos los detalles.

Conchi aceptó la respuesta sin intentar completarla.

Sabía que Óscar había estado con Berta la tarde de su muerte y que, según su propia versión, habían hablado de asuntos relacionados con la finca.

Cualquier afirmación sobre lo que Berta le había comunicado exactamente pertenecía todavía a la investigación.

—Vale.

Marta la observó con sorpresa.

—¿Nada más?

—Nada más.

—Definitivamente estás rara.

Conchi se echó a reír.

—Eso mismo me dicen últimamente.

La sonrisa de Marta se apagó un poco.

—Si al final todo esto tiene algo que ver con Óscar, me da mucha pena Berta.

La frase invitaba a juntar demasiadas cosas y Conchi notó la tentación. Precisamente por eso eligió una respuesta más prudente.

—Que la medición pudiera poner en evidencia cambios en la finca no demuestra qué pasó aquella tarde.

Marta asintió despacio.

—Eso me dirían ellos también.

—Seguramente con más palabras.

—Y poniendo cara de que una está a punto de cometer un delito por sacar una conclusión.

—Eso también.

Las dos sonrieron y la conversación terminó sin necesidad de prolongarla. Marta entró en el ayuntamiento y Conchi continuó hacia la tienda.

Mientras caminaba, volvió sobre lo que acababa de escuchar, aunque esta vez no tuvo la sensación de estar forzando ninguna pieza.

Hasta entonces había interpretado las alteraciones principalmente como una manera posible de mantener vivo el conflicto: un cierre modificado, los mojones desplazados, los castaños dañados y unas protestas que podían alimentar nuevas discusiones.

Una familia reaccionaba, la otra interpretaba esa reacción según una historia antigua y la pelea encontraba otro motivo para continuar.

La medición neutral añadía algo diferente.

No solo podía acabar con la disputa, sino también mostrar cómo se había ido alimentando.

Si existían fotografías antiguas, posiciones documentadas y referencias suficientes para comparar, algunos cambios podían dejar de ser una impresión o un recuerdo discutible y convertirse en discrepancias físicas.

Para quien hubiera intervenido deliberadamente en ellas, la decisión de Berta de permitir una revisión profesional podía resultar mucho más incómoda que perder una discusión sobre unos metros de terreno.

Conchi no necesitó pronunciar el nombre de Óscar para pensar en él.

Había defendido la historia familiar con una intensidad que Berta ya no compartía, había intervenido en la finca sin consultarla y había intentado que Conchi mirara el conflicto desde la versión de los Velasco. Además, su relato sobre la tarde del homicidio contenía ya una mentira comprobada.

Aquello no demostraba que hubiera matado a Berta.

Pero empezaba a explicar por qué el final de la disputa podía haber resultado especialmente importante para él.

Cuando regresó hacia la plaza, percibió que el ambiente había cambiado de una forma mucho menos precisa que la conversación con Marta.

Dos hombres que hablaban junto a la entrada del bar bajaron la voz cuando ella pasó y Carmen Vela, que salía de la farmacia, se acercó con una rapidez que anunciaba pocas posibilidades de hablar del tiempo.

—Conchi.

—Hola, Carmen.