Capítulo 28 #2
Conchi dejó el móvil sobre la mesa y permaneció unos minutos en la cocina.
No necesitaba volver a recitar cada hora como si estuviera resolviendo un problema de matemáticas; las piezas principales habían quedado suficientemente claras.
La tarde de Óscar contenía una falsedad concreta, porque había situado un trabajo en Las Eras que no se realizó, mientras que su siguiente presencia comprobable aparecía a las 17:07 en El Cruce y Berta había enviado el mensaje a Marta a las 16:27.
Fuera de aquella cronología, además, seguía existiendo otro problema en su relato: el arreglo del cierre tampoco parecía tan antiguo como había asegurado.
Aquellas dos contradicciones no demostraban que ambas pertenecieran a un homicidio ni permitían reconstruir lo ocurrido entre Berta y su sobrino, pero ya no eran simples impresiones de Conchi.
Regresó al salón. La película seguía detenida y Lili ocupaba prácticamente la misma posición que antes, como si aquellos veinte minutos no hubieran alterado nada importante.
Conchi volvió a sentarse y cogió el mando, aunque no llegó a pulsar ningún botón.
A las nueve y media llamaron a la puerta.
Lili levantó la cabeza de inmediato y Conchi dejó otra vez el mando sobre la mesa.
—Hoy no vamos a terminar esto ni aunque nos paguen.
La perrita se incorporó y la siguió hasta el recibidor.
Al abrir encontró a Pilar con el abrigo cerrado hasta la barbilla y un táper en una mano.
—He hecho croquetas y me han salido demasiadas.
Conchi miró primero el recipiente y después a su amiga.
—Eso no ha pasado nunca.
—Hoy sí.
—Entonces entra, que estamos ante un acontecimiento histórico.
Pilar pasó a la cocina, se quitó el abrigo y dejó el táper sobre la mesa. No necesitó que Conchi le indicara nada. Abrió la nevera y colocó dentro las croquetas con la naturalidad de quien llevaba tantos años entrando en aquella casa que pedir permiso habría resultado más extraño que no hacerlo.
—Te las dejo para mañana.
—No prometo que lleguen.
—No pienso quedarme a vigilarlas.
Cerró la nevera y se volvió hacia Conchi. Bastó una mirada para que la expresión divertida se suavizara.
—Tienes cara rara.
—Gracias.
—No era un cumplido.
—Eso mejora muchísimo las cosas.
Pilar la observó durante unos segundos antes de sentarse a la mesa.
—¿Ha pasado algo?
Conchi se apoyó contra la encimera. Durante un instante estuvo a punto de responder que no, pero conocía demasiado bien a Pilar para pensar que la mentira duraría más de medio minuto.
—Me han contado algunas cosas del caso que me preocupan.
—¿Quieres contármelas?
Conchi negó con la cabeza.
—No puedo.
La respuesta salió sin esfuerzo y eso la sorprendió un poco. Días atrás habría necesitado justificar por qué callaba o habría terminado compartiendo más de lo conveniente simplemente porque Pilar era Pilar.
Su amiga, en cambio, se limitó a asentir.
—Pues no me las cuentes.
Conchi sonrió.
—Antes habrías insistido.
—Antes tú habrías acabado contándomelas aunque te dijera que no.
—También es verdad.
Pilar se quitó la bufanda y la dejó sobre el respaldo de la silla.
—¿Y qué hacemos entonces?
Conchi ocupó el asiento de enfrente.
—Hablar de cualquier otra cosa.
—Eso sí sé hacerlo.
—Ya lo sé.
Pilar esperó un momento.
—¿Estás bien?
Esta vez Conchi se tomó algo más de tiempo antes de responder.
—Sí. Solo hay cosas que empiezan a encajar de una manera que no me gusta.
Pilar no pidió nombres ni intentó deducir a qué se refería.
—Eso suele pasar cuando una investigación avanza.
—Muy profundo.
—He traído croquetas, no filosofía.
La respuesta consiguió que Conchi se riera y, con esa risa, buena parte de la tensión acumulada durante la llamada perdió algo de peso.
Pilar empezó a contarle entonces el problema de una clienta que había encargado para el sábado una tarta para veinte personas, con tres rellenos distintos y la condición de que pareciera «sencilla».
Según ella, la palabra sencilla se había convertido durante los últimos años en una amenaza que podía significar cualquier cosa.
—Quiere flores de azúcar, una foto encima y no sé qué cosa de chocolate por los lados —explicó—. Pero sencilla.
—A lo mejor para ella lo complicado empieza con cuatro rellenos.
—No le des ideas.
Hablaron después de Fernando, que seguía diciendo que pasaría por Valdecerezos antes de terminar la semana, aunque todavía no había concretado cuándo; del frío que parecía dispuesto a durar todo febrero y de una vecina de Pilar que llevaba tres días convencida de que la calefacción comunitaria funcionaba peor únicamente porque otro vecino había cambiado un termostato.
Durante casi veinte minutos no pronunciaron los nombres de Berta, Óscar, Andrés, Marta o Diego.
Conchi agradeció aquel descanso más de lo que quiso admitir.
Cuando Pilar se levantó para marcharse, se puso de nuevo la bufanda y miró hacia la nevera.
—Mañana caliéntalas en sartén. En el microondas pierden.
—Sí, señora.
—Y Lili no come.
La perrita, que se había instalado cerca de la puerta de la cocina, levantó la cabeza al escuchar su nombre.
—Eso tendrás que discutírselo a ella.
Pilar se agachó para acariciarla.
—Ni una.
Lili movió la cola.
—No te fíes —dijo Conchi—. Lleva años perfeccionando esa cara.
Pilar se puso el abrigo y salió al recibidor. Antes de abrir la puerta, se volvió hacia Conchi.
—Si mañana necesitas hablar, hablamos.
—Sí.
—Y si no puedes contarme algo, tampoco pasa nada.
La sencillez de la frase hizo que Conchi permaneciera quieta unos segundos.
—Gracias.
Pilar hizo un gesto con la mano.
—Buenas noches.
—Buenas noches.
Cuando se marchó, Conchi cerró la puerta y regresó a la cocina. Abrió la nevera durante apenas un instante para comprobar el táper, aunque no necesitaba hacerlo. Lili apareció inmediatamente a su lado, atraída más por el olor que por cualquier preocupación culinaria.
—Tú ni lo sueñes.
La perrita olisqueó el aire.
—Y mañana tampoco.
Cerró la nevera y volvió al salón con la manta sobre los hombros.
La película seguía detenida en la misma escena. Conchi se sentó y durante unos segundos contempló la pantalla sin reanudarla.
La tarde de Óscar había dejado de ser una secuencia sostenida únicamente por su palabra.
Berta estaba viva a las 16:27, la presencia de él en El Cruce estaba acreditada a las 17:07 y el trabajo con el que había explicado parte de ese intervalo no se había realizado.
La mentira de Las Eras no demostraba dónde había estado ni qué había hecho, pero convertía una sospecha difusa en una contradicción concreta que la Guardia Civil podía comprobar y confrontar.
Todavía quedaba mucha distancia entre aquella mentira y saber cómo había muerto Berta.
Conchi seguía sin conocer qué había ocurrido durante ese intervalo y tampoco podía decidir que las discrepancias del cierre, los mojones, los castaños y la tarde del homicidio pertenecieran necesariamente a una única historia.
La diferencia era que ya no sentía la obligación de llenar esos huecos.
Había tardado bastante en aprenderlo, pero empezaba a entender que una investigación también avanzaba cuando una explicación dejaba de sostenerse, aunque la correcta todavía no hubiera aparecido.
Cogió el mando, reanudó la película y retrocedió unos minutos porque ya no recordaba quién era uno de los personajes que acababa de entrar en escena.
Lili volvió a acomodarse cerca del radiador.
—Como mañana no entienda nada, la culpa es de todos vosotros.
La perrita cerró los ojos sin mostrar el menor interés por asumir responsabilidades.