Muerte entre castaños (Los misterios de Valdecerezos 2) Capítulo 27
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Capítulo 27

A media tarde, Conchi entró en La Tahona con la única intención de comprar pan.

Pilar estaba terminando de atender a una pareja mayor y había dejado sobre el mostrador dos hogazas ya envueltas, mientras el olor de una bandeja recién salida del horno se extendía por el local con suficiente fuerza para hacerle sospechar que, si permanecía allí demasiado tiempo, acabaría llevándose algo más de lo previsto.

—Una barra —dijo cuando le llegó el turno—. Y no empieces.

Pilar levantó ambas manos.

—No he dicho nada.

—Te conozco.

—Eso es prejuicio.

Conchi estaba guardando el cambio cuando se abrió la puerta y entró Lucía.

Llevaba todavía el abrigo puesto y el viento le había desordenado un poco el pelo, aunque por la manera en que miró alrededor no parecía haber ido allí expresamente a buscarla.

Saludó a Pilar, pidió un café y esperó junto al mostrador mientras se lo preparaban.

Conchi cogió la bolsa del pan.

—Yo me marcho antes de que alguien decida que esto es una reunión.

Lucía levantó la vista.

—Si no tienes prisa, espera un momento.

Pilar arqueó las cejas, pero tuvo suficiente prudencia para no comentar nada. Dejó la taza delante de Lucía, recogió una bandeja vacía y desapareció hacia la parte trasera del local con esa habilidad suya para alejarse sin que pareciera que estaba dejando intimidad a nadie.

—No tengo prisa —respondió Conchi—, aunque cada vez que uno de vosotros dice «un momento», termino necesitando una silla.

Lucía señaló una mesa del fondo.

—Esta vez te ahorro el esfuerzo de pedirla.

Se sentaron lejos del mostrador. Lucía dejó el café delante de ella y, para sorpresa de Conchi, no sacó ninguna carpeta ni colocó el teléfono sobre la mesa.

Aquello no la tranquilizó demasiado; a esas alturas ya sabía que la Guardia Civil podía traer una información importante sin necesidad de acompañarla de papeles.

—¿Te acuerdas del mensaje de Berta a Marta? —preguntó Lucía.

—Claro. El que Marta me contó, pero que yo no llegué a ver.

—Ese mismo. Ya hemos podido fijar la hora a la que se envió.

El tono de la conversación cambió lo suficiente para que Conchi dejara de pensar en el pan.

—¿Cuál?

—Las cuatro y veintisiete de la tarde.

Durante unos segundos no respondió. La secuencia que Álvaro le había contado aquella mañana regresó enseguida: Óscar reconocía haber estado con Berta, sostenía que se había marchado de Valhondo alrededor de las 16:20 y situaba después un trabajo en Las Eras antes de una compra posterior en El Cruce.

—Las 16:27 —repitió, más para fijar el dato que porque necesitara confirmación.

—Sí.

—¿Y el contenido coincide con lo que recordó Marta?

Lucía asintió.

—En lo esencial, exactamente. «Mañana a las diez. Lo dejamos zanjado».

Hasta entonces, aquella frase había llegado hasta Conchi únicamente a través de Marta. Ahora sabía que el mensaje existía, que su contenido coincidía con lo que ella había contado y, sobre todo, que podía situarse en un momento concreto de la tarde.

—Entonces Berta estaba viva a las cuatro y veintisiete.

—Eso sí podemos afirmarlo.

—Y seguía pensando en verse con Marta a la mañana siguiente para terminar con lo de los lindes.

—El mensaje es coherente con eso y con lo que ambas venían hablando.

Conchi apoyó la bolsa del pan contra la pata de la silla.

Durante buena parte de la semana, las palabras lo dejamos zanjado habían parecido sospechosas simplemente porque Berta había muerto pocas horas después.

Cuanto más aparecía el contexto, sin embargo, menos oscuras resultaban: no hablaban de una amenaza ni de una discusión destinada a acabar mal, sino de una reunión prevista para cerrar un conflicto demasiado antiguo.

—Marta tenía razón —dijo—. Sacada de contexto, la frase podía parecer cualquier cosa.

—Y dentro de la conversación tenía un significado bastante concreto.

Conchi observó durante unos segundos la taza de Lucía.

—También encaja con lo que contó Adela. Berta no estaba echándose atrás. Seguía queriendo terminar con aquella historia.

—No hay nada en el mensaje que indique un cambio de decisión. A las 16:27 estaba organizando la reunión del día siguiente.

Aquello le pareció importante por una razón distinta de la sospecha.

Durante días, casi cualquier dato había acabado valorándose según a quién podía señalar, pero el mensaje decía algo sobre Berta antes que sobre nadie más.

Estaba viva, hacía planes para la mañana siguiente y actuaba como alguien que esperaba continuar con su vida unas horas después.

—La hora que dio Óscar para marcharse no queda contradicha solo por esto —dijo Conchi después de pensarlo un momento—. Podía haberse ido a las cuatro y veinte y Berta escribir siete minutos después.

—Correcto.

La respuesta llegó sin matices.

Conchi agradeció que Lucía no intentara convertir la proximidad entre ambas horas en algo que todavía no era.

—Entonces este dato no demuestra que Óscar siguiera allí.

—No. Demuestra que Berta estaba viva a una hora determinada y nos dice qué estaba haciendo en ese momento.

—Eso ya es bastante.

—Lo es.

Lucía bebió un poco de café antes de continuar.

—Hasta ahora teníamos recuerdos, conversaciones y versiones sobre lo que Berta pensaba hacer. El mensaje introduce algo distinto: una acción registrada en una hora concreta. A las 16:27 seguía adelante con la reunión que tenía prevista para la mañana siguiente.

Conchi pensó en lo mucho que cambiaba una historia cuando una hora dejaba de depender de la memoria de alguien. La frase seguía siendo la misma, pero ya no flotaba dentro de un «aquella tarde» más o menos aproximado ni dependía de que Marta recordara correctamente cuándo la había recibido.

—Entonces la muerte tuvo que producirse después.

—Después de las 16:27.

—Y Diego llegó a Valhondo alrededor de las cinco y veintiocho.

—Su llegada está suficientemente situada en torno a esa hora.

Conchi hizo el cálculo mentalmente, aunque se cuidó de no convertirlo en una precisión que nadie le había dado. Entre ambos puntos había algo más de una hora; eso acotaba la tarde, pero no establecía todavía el momento exacto de la muerte.

—Reduce bastante la franja.

—La acota —corrigió Lucía—, pero no la conviertas en algo más preciso de lo que sabemos.

Conchi sonrió.

—No iba a hacerlo.

Lucía levantó una ceja.

—Me alegro de oírlo.

—Estoy aprendiendo.

—Se nota.

La conversación podría haber terminado allí, aunque quedaba una pregunta que llevaba rondándole desde la mañana y que resultaba demasiado evidente para fingir que no existía.

—La compra de El Cruce fue después de las 16:27.

Lucía sostuvo su mirada.

—Sí.

—Y no vas a decirme a qué hora.

—No.

Conchi dejó escapar una risa.

—¿Ni siquiera ahora que ya tengo este punto fijo?

—Precisamente ahora menos. Si te doy una hora y me guardo otra es porque todavía no corresponde utilizarla para cerrar una secuencia que seguimos comprobando.

—¿Y Las Eras?

Lucía negó suavemente con la cabeza antes de que terminara.

—Tampoco.

—Ni siquiera sabes qué iba a preguntarte.

—Sí lo sé.

—Me dais poquísimo margen.

—El necesario.

Lucía terminó el café y dejó la taza sobre el plato.

—Quédate con lo que sí está cerrado hoy: Berta estaba viva a las 16:27, envió ese mensaje y seguía decidida a reunirse con Marta al día siguiente.

La versión de Óscar sobre haberse marchado hacia las cuatro y veinte no queda contradicha automáticamente por ese dato.

Lo demás llegará cuando podamos sostenerlo.

Conchi recogió la bolsa del suelo.

—Eso es bastante más de una cosa.

—Pero todo pertenece al mismo hecho.

—Te estás volviendo filosófica.

—Debe de ser el café.

Se levantaron y regresaron hacia el mostrador. Pilar apareció desde la parte de atrás casi al mismo tiempo y miró primero a Lucía y después a Conchi.

—¿Ya habéis terminado de conspirar?

—No hemos empezado —respondió Lucía.

—Eso diríais si estuvierais conspirando.

Conchi levantó la bolsa del pan.

—No la animes, que luego se cree sus propias teorías.

Pilar fingió ofenderse.

—Yo no tengo teorías. Tengo clientes que hablan demasiado.

Lucía dejó unas monedas junto a la taza y se despidió. Salieron juntas a la plaza, donde el viento había aumentado y arrastraba pequeñas hojas secas contra los bordillos. Al llegar al centro se separaron: Lucía tomó dirección al ayuntamiento y Conchi continuó hacia las Moreras.

Caminó sin prisa. No necesitaba darle demasiadas vueltas a lo que acababa de saber porque, precisamente, el valor de aquel dato estaba en su sencillez.

Las 16:27.

Por primera vez existía un punto firme dentro de la tarde de Berta que no dependía de recuerdos posteriores ni de interpretaciones. Había enviado un mensaje y aquel mensaje tenía una hora registrada.

La versión de Óscar continuaba siendo posible. Podía haber salido a las 16:20 y encontrarse ya camino de Las Eras cuando Berta escribió a Marta. Nada de lo que Lucía acababa de contar permitía afirmar que hubiera permanecido en Valhondo después de la hora que él había dado.

Tampoco permitía descartarlo.

Y, por el momento, ninguna de las dos cosas era necesaria.

Lo verdaderamente importante era que Berta seguía viva siete minutos después de la hora de salida declarada por Óscar y que, lejos de haberse arrepentido de la decisión sobre los lindes, estaba organizando la reunión con la que esperaba terminar aquella disputa.

Eso reforzaba una imagen de Berta que llevaba varios días haciéndose más clara. Ya no parecía una mujer empeñada en perpetuar una guerra familiar, sino alguien cansado de ella y dispuesto a ponerle fin aunque otras personas no compartieran esa decisión.

Al llegar a casa, Lili apareció en el pasillo y fue directamente hacia la bolsa que Conchi llevaba en la mano.

—Es pan.

La perrita acercó todavía más el hocico.

—Puedes comprobarlo todas las veces que quieras y seguirá siendo pan.

Conchi dejó la barra sobre la encimera, se quitó el abrigo y se sirvió un vaso de agua. No necesitó buscar ningún cuaderno ni apuntar la hora; sabía que no iba a olvidarla.

A las 16:27, Berta estaba viva y tenía planes para la mañana siguiente. Alrededor de una hora más tarde, Diego llegaría a Valhondo y encontraría una situación completamente distinta.

Entre ambos momentos había ocurrido la muerte, pero casi todo lo que pudiera decirse sobre ese intervalo seguía perteneciendo a las comprobaciones de la Guardia Civil.

Las Eras continuaba formando parte de la versión de Óscar. La hora exacta de El Cruce seguía reservada y Conchi no sabía cuánto espacio real existía entre unos puntos y otros. Intentar completarlo desde su cocina no haría más que sustituir datos que todavía no tenía por una cronología imaginada.

Abrió ligeramente las cortinas del salón. La tarde empezaba a perder luz sobre los tejados y algunas ventanas se encendían ya en las casas de enfrente.

Aquella información no señalaba todavía a nadie.

Lo que hacía era algo más útil: colocar una hora indiscutible dentro de una tarde construida hasta entonces con demasiados recuerdos y versiones.

Y, después de tantos días escuchando a personas convencidas de recordar exactamente lo ocurrido, Conchi empezaba a apreciar especialmente los datos que no necesitaban convencer a nadie.