Capítulo 26
A mediodía, la niebla de primera hora había desaparecido por completo y el cielo mostraba un azul pálido que hacía parecer el frío menos intenso de lo que realmente era.
Conchi había regresado del paseo con Lili hacía apenas veinte minutos y estaba guardando unas patatas en el armario de la cocina cuando llamaron a la puerta.
La visita no era del todo inesperada. Álvaro le había escrito aquella mañana para avisarle de que quizá pasaría por la zona, aunque no había concretado ninguna hora, de modo que cuando abrió y lo encontró con las manos metidas en los bolsillos de la cazadora no se sorprendió demasiado.
Sí reconoció, en cambio, una expresión que empezaba a resultarle familiar: había venido a contarle algo, aunque probablemente no todo.
—Cinco minutos —dijo él antes de entrar.
Conchi se apartó para dejarle paso.
—Eso ya no me lo creo.
Álvaro sonrió mientras Lili aparecía en el pasillo, comprobaba quién era el visitante y regresaba al salón después de decidir que no merecía una inspección más detenida.
—¿Café? —preguntó Conchi.
—No, gracias.
—Entonces quizá esta vez consigas cumplir lo de los cinco minutos.
Entraron en la cocina y se sentaron a la mesa.
Álvaro no llevaba ninguna carpeta a la vista ni sacó papeles de los bolsillos, algo que a Conchi le resultó casi extraño después de tantos días en los que cada novedad parecía llegar acompañada de horarios, anotaciones o documentos que nunca terminaban de quedar al alcance de su vista.
—Quería contarte una parte de la versión de Óscar sobre la tarde en que murió Berta —dijo—. Afecta a varias cosas que ya conoces y conviene que distingas lo que él afirma de lo que nosotros hemos podido comprobar.
Conchi apoyó los antebrazos sobre la mesa.
—Te escucho.
—Óscar reconoce que estuvo con Berta aquella tarde y sostiene que se marchó de Valhondo alrededor de las cuatro y veinte, dejándola viva.
Que Óscar hubiera estado en la finca no resultaba sorprendente por sí mismo. Era sobrino de Berta, entraba allí con frecuencia y llevaba años ocupándose de pequeños trabajos, pero escuchar por primera vez una hora concreta otorgaba a aquella visita un peso distinto.
—¿Las cuatro y veinte es una hora comprobada o la que da él?
Álvaro pareció apreciar la precisión.
—La que da él.
—Entonces es su versión, no una hora fijada.
—Exactamente.
Después de lo ocurrido con Diego, Andrés y Marta, aquella diferencia ya no le parecía una manía profesional de la Guardia Civil.
Había comprobado demasiadas veces que una declaración podía sonar razonable, coherente e incluso sincera y continuar necesitando un dato independiente que la sostuviera antes de convertirse en un hecho.
—¿Y qué dice que hizo después?
—Según él, fue a Las Eras para hacer un pequeño trabajo que tenía pendiente.
Conchi conocía la zona. Había allí parcelas, algunas construcciones aisladas y terrenos donde no era extraño que alguien pasara una mañana o una tarde reparando una puerta, arreglando un cierre o haciendo cualquier otro trabajo menor.
—¿Para quién?
—No necesitas ese detalle.
—Tenía que intentarlo.
—Ya lo sé.
La respuesta llegó con suficiente naturalidad para que no insistiera.
—¿Y cuánto tiempo estuvo allí?
—Eso forma parte de las comprobaciones que estamos haciendo.
Por la manera de responder resultaba imposible saber si aquella parte del relato presentaba ya algún problema o si Álvaro se limitaba a respetar los límites de la investigación.
—¿Después de Las Eras?
—Sitúa una compra en El Cruce.
Conchi frunció ligeramente el ceño.
—¿En el supermercado?
—Sí.
—¿La compra existe?
Álvaro asintió.
—Existe y podemos vincularla a él.
Aquello introducía una diferencia importante entre las distintas partes del relato. Las Eras seguía siendo, al menos desde el punto de vista de Conchi, una afirmación de Óscar pendiente de respaldo, mientras que la compra de El Cruce aportaba un punto real que no dependía únicamente de su palabra.
—Entonces una parte posterior de su tarde sí tiene apoyo independiente.
—Correcto.
Conchi esperó apenas un instante.
—¿A qué hora compró?
Álvaro respondió sin la menor vacilación.
—Esa hora no te la voy a dar todavía.
Conchi dejó escapar una protesta y se levantó para sacar una botella de agua de la nevera.
—Me cuentas una cronología y te guardas precisamente el dato que permitiría ver cómo encaja.
—No te estoy dando una cronología cerrada —corrigió él—. Te estoy explicando lo que Óscar dice haber hecho y confirmando que una parte concreta de ese relato tiene respaldo externo. Son cosas diferentes.
Conchi bebió un poco y regresó a la mesa.
—Berta, salida hacia las cuatro y veinte, Las Eras y después El Cruce.
—Según Óscar, sí.
—Y Las Eras sigue siendo únicamente su versión, al menos para mí.
—Correcto.
No tenía sentido intentar adivinar por el tono de Álvaro si la Guardia Civil había encontrado ya algo que pusiera en duda aquel tramo o si todavía estaban trabajando sobre él.
Durante los últimos días, Conchi había aprendido que rellenar los silencios con intuiciones era una forma bastante eficaz de terminar creyendo algo que nadie había demostrado.
—¿Por qué me lo cuentas ahora?
Álvaro se tomó unos segundos antes de responder.
—Porque ya conoces varias cosas relacionadas con Óscar: el cierre reciente, las discrepancias sobre cuándo se modificó, las alteraciones del lindero, las quejas de Berta y su forma de vivir el conflicto.
Si ahora supieras solamente que estuvo con ella la tarde de la muerte y no conocieras la explicación que ofrece para lo que hizo después, sería muy fácil que construyeras un vacío que todavía no sabemos si existe.
La palabra le llamó la atención.
—¿Un vacío?
—Sí. Podrías pensar que sale de Valhondo y después nadie sabe dónde estuvo hasta mucho más tarde, y eso no sería exacto. Él aporta una secuencia. Lo que tenemos que hacer nosotros es comprobarla.
Conchi asintió despacio.
—Tiene una explicación.
—Tiene una versión.
Ella sonrió ligeramente.
—Otra vez la palabra exacta.
—Porque importa.
Esta vez no discutió. Una versión podía resultar verdadera, falsa o estar formada por hechos ciertos unidos mediante una parte que no lo fuera.
La existencia de la compra de El Cruce demostraba al menos que Óscar no había inventado todo lo ocurrido después de visitar a Berta, y precisamente por eso convenía comprobar con cuidado aquello que todavía dependía solo de su relato.
—¿Os explicó por qué fue a verla?
Álvaro tardó un momento.
—Hablaron de asuntos de la finca.
—Eso abarca prácticamente todo Valhondo.
—Lo sé.
—¿De los lindes?
—Forma parte de lo que estamos reconstruyendo y no voy a entrar ahora en el contenido completo de esa conversación.
Conchi reconoció el límite sin necesidad de que insistiera.
—Entendido.
Álvaro consultó la hora y se levantó. Conchi hizo lo mismo.
—Pues mira, esta vez casi has cumplido.
—Te dije cinco minutos.
—No te acostumbres a que te dé la razón.
Ya estaba cerca de la puerta cuando Álvaro se volvió.
—Una cosa más. No busques a Óscar para preguntarle por Las Eras ni por los horarios.
Conchi levantó las cejas.
—No pensaba hacerlo.
—Mejor.
—Empieza a cansarme un poco que penséis que voy por el pueblo interrogando a todo el mundo.
Álvaro apoyó una mano en el marco.
—No pensamos eso. Lo que sabemos es que, cuando una cosa no te encaja, tu primera reacción suele ser intentar aclararla hablando con la persona que puede explicártela.
Conchi estuvo a punto de protestar, aunque terminó reconociendo que la descripción no era completamente injusta.
—No es exactamente lo mismo.
—No, pero se parece lo suficiente.
—Qué confianza.
—Es experiencia.
Se despidieron y, cuando la puerta se cerró, Conchi regresó a la cocina. Las patatas continuaban sobre la encimera y terminó de guardarlas mientras repasaba la conversación procurando conservar cada dato dentro del lugar que le correspondía.
Óscar afirmaba haber estado con Berta y haberse marchado aproximadamente a las 16:20.
Después situaba un pequeño trabajo en Las Eras y, más tarde, una compra en El Cruce cuya existencia sí podía comprobarse.
Era una historia sencilla, ordenada y perfectamente posible, pero precisamente por eso debía evitar la tentación de confundir una narración coherente con una narración verdadera.
Puso una cazuela al fuego y empezó a limpiar judías verdes.
La tarea repetitiva le permitió pensar con algo más de calma en los tres tramos de aquella tarde.
La primera parte dependía de la propia declaración de Óscar: había estado con Berta y decía haberla dejado viva.
La segunda, Las Eras, seguía necesitando una comprobación que la Guardia Civil aún no quería compartir con ella.
La tercera terminaba en El Cruce, donde existía una compra real.
Lo que faltaba eran precisamente los elementos que Álvaro había decidido reservarse: cuánto ocupaba cada tramo y qué espacio quedaba entre unos y otros.
Unos días antes, Conchi habría empezado a calcular distancias, trayectos y minutos con una seguridad completamente injustificada; ahora entendía que cualquier cuenta hecha desde la cocina acabaría apoyándose en datos que todavía no tenía y sustituiría comprobaciones reales por una cronología inventada.
Lili apareció entonces y se sentó a su lado, mirando las judías con un interés completamente desproporcionado.
—Estás perdiendo el tiempo.
La perrita permaneció inmóvil.
—No va a caer nada interesante.
Una judía resbaló de la tabla y cayó al suelo. Lili acudió de inmediato, la olisqueó durante un par de segundos y se retiró con una expresión de decepción que Conchi consideró bastante ofensiva.
—Te lo había advertido.
Terminó de preparar la comida y, después de comer, salió para tirar un pequeño paquete de cartón. Aprovechó para dar una vuelta corta por la plaza, sin necesidad de comprar nada ni intención alguna de buscar a nadie.
Al otro lado de la calle vio a Óscar. Caminaba con una pequeña bolsa en una mano y ambos se reconocieron casi al mismo tiempo.
—Hola, Conchi.
—Hola.
Durante una fracción de segundo acudieron a su cabeza todas las preguntas que acababa de decidir que no debía formular: qué había hecho exactamente en Las Eras, cuánto había tardado, a qué hora había llegado a El Cruce y cuánto tiempo permaneció realmente con Berta antes de marcharse.
Habría sido sencillo preguntar cualquiera de aquellas cosas con naturalidad, disfrazar la curiosidad de conversación casual y evitar cualquier referencia a Álvaro.
Precisamente por eso decidió no hacerlo.
—¿Cómo estás? —preguntó.
Óscar se encogió ligeramente de hombros.
—Como se puede. Entre los papeles de mi tía y todo lo demás, parece que cada día aparece algo nuevo.
—Supongo que ordenar una casa después de algo así lleva tiempo.
—Más del que pensaba.
Óscar levantó un poco la bolsa que llevaba.
—Y ahora resulta que cualquier cosa que hice en la finca, cualquier arreglo o cualquier compra, necesita una explicación especial.
La frase podía contener cierta defensa, aunque también describía de una manera bastante razonable cómo debía sentirse alguien cuyos movimientos de los últimos meses estaban siendo reconstruidos después de una muerte. Conchi no intentó escoger entre ambas interpretaciones.
—La Guardia Civil tendrá que decidir qué importa y qué no.
Óscar la observó durante un instante.
—Eso espero.
Hubo una breve pausa antes de que él mirara hacia la plaza.
—Supongo que siguen preguntando por todo.
La frase ofrecía demasiadas posibilidades para prolongar la conversación y Conchi prefirió no aprovechar ninguna.
—Supongo que están haciendo su trabajo.
Óscar soltó una risa sin demasiada alegría.
—Cada vez hablas más como ellos.
—Me lo dicen bastante.
—No sé si eso es bueno.
—Yo tampoco.
Lili tiró suavemente de la correa y Conchi aprovechó el movimiento.
—Tengo que seguir.
—Claro. Nos vemos.
—Hasta luego.
Continuaron en direcciones opuestas.
Mientras regresaba hacia las Moreras, Conchi comprobó que no sentía ninguna frustración por haber dejado pasar la oportunidad de preguntar.
Unos días antes habría pensado que una conversación directa podía aclarar una duda; ahora entendía que, si la Guardia Civil estaba comprobando una versión concreta, preguntarle a Óscar precisamente por las partes sometidas a contraste no serviría para descubrir nada, sino para advertirle de qué aspectos despertaban interés.
Aquello ya no le correspondía.
Al llegar a casa dejó la correa en el recibidor y se quitó el abrigo mientras Lili iba directa al cuenco de agua. La cocina conservaba todavía un ligero olor de la comida y la radio seguía encendida a un volumen tan bajo que llevaba horas hablando para nadie.
Conchi la apagó y se quedó un momento junto a la mesa.
La tarde de Óscar empezaba a adquirir puntos concretos, aunque todavía estaba lejos de formar una cronología demostrada: había una hora aproximada procedente de su propia declaración, un supuesto trabajo cuya comprobación seguía reservada y una compra real cuya hora exacta la Guardia Civil todavía no quería compartir.
No hacía falta completar nada más por su cuenta. Cuando terminaran las comprobaciones, las distintas partes del relato encajarían o dejarían de hacerlo sin necesidad de que ella fabricara los minutos que faltaban.
Por ahora, esperar era también una manera de no equivocarse.