Muerte entre castaños (Los misterios de Valdecerezos 2) Capítulo 25
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Capítulo 25

Conchi preparó café, tostó una rebanada de pan y encendió la radio a un volumen bajo.

Hablaban del tráfico de entrada a Madrid y de una huelga que apenas escuchó, pero agradeció que durante unos minutos el mundo pareciera ocupado en asuntos que no tenían ninguna relación con Berta, los Roldán ni Valhondo.

La llamada llegó poco después de las nueve.

Esta vez era Lucía.

—Buenos días.

—Buenos días. ¿Te pillo ocupada?

Conchi miró hacia el radiador.

—Muchísimo. Estoy retrasando una crisis diplomática con Lili.

—Entonces intentaré ser breve.

—Eso decís siempre.

Lucía dejó escapar una risa breve, aunque enseguida recuperó el tono de quien llamaba por algo concreto.

—Hemos terminado de comparar varias referencias antiguas del lindero.

Conchi dejó la taza sobre la mesa.

—¿Los mojones?

—Sí. Y antes de que empecemos quiero dejar una cosa clara: no estamos haciendo una delimitación jurídica definitiva de las fincas. Estamos comparando posiciones físicas a partir de fotografías antiguas, documentación disponible y referencias que se repiten a lo largo del tiempo.

—Entendido.

—Bien.

Lucía hizo una pausa.

—El mojón del que hablamos ayer no es el único que ha cambiado de posición.

Conchi permaneció en silencio unos segundos.

—¿Cuántos hay?

—Tres.

La cifra modificó de inmediato el tamaño de lo que estaban hablando. Hasta entonces, el poste desplazado y aquel primer mojón podían seguir mirándose como dos anomalías relacionadas, pero todavía cabía la posibilidad de que cada una tuviera una explicación distinta.

—¿Los tres hacia el lado de los Roldán?

—Sí. En pequeñas distancias. No todos al mismo tiempo y, por lo que podemos establecer, tampoco en una única intervención.

Conchi apoyó una mano junto a la taza.

—Entonces no estamos hablando de alguien que un día movió varias piedras de golpe.

—No parece eso.

—¿Sabéis durante cuánto tiempo?

—Meses, como mínimo. No podemos darte el día exacto de cada desplazamiento, pero las referencias permiten ver que no ocurrieron todos a la vez.

Aquello era diferente.

Un poste reciente podía formar parte de una reparación mal explicada. Un mojón desplazado podía ser una anomalía. Tres mojones movidos poco a poco, siempre en la misma dirección y durante meses, empezaban a dibujar algo mucho menos fácil de atribuir al azar.

—¿Y el efecto visual es siempre el mismo?

—Sí. La parcela de Berta parece extenderse hacia el lado de los Roldán.

Conchi se quedó pensando en las discusiones que había escuchado durante años.

En cada versión, una familia parecía responder a una agresión de la otra; nadie empezaba nunca.

Si algunas de aquellas referencias se habían desplazado hacia el lado de los Roldán antes de que ellos protestaran, la secuencia adquiría un sentido bastante distinto del que había circulado por el pueblo.

—Entonces, al menos en esos casos, tenían motivos para quejarse.

—Por esas alteraciones concretas, sí.

—Y Berta podía escuchar sus protestas como otra demostración de que querían avanzar sobre su terreno.

—También.

Lucía dejó que la respuesta se asentara antes de añadir:

—Pero no conviertas eso en una explicación de cuarenta años de conflicto. La disputa entre las familias es anterior y real. Lo que estamos viendo son modificaciones recientes dentro de una historia mucho más antigua.

Conchi asintió aunque Lucía no pudiera verla.

—No estoy reescribiendo todo.

—Bien.

Durante unos segundos se oyó únicamente la radio desde el otro extremo de la cocina. Conchi bajó el volumen con el mando y volvió a la conversación.

—Lo que sí parece es que alguien ha contribuido a que la pelea siguiera activa.

Lucía tardó un instante en responder.

—Esa es una formulación razonable.

La ausencia de una corrección inmediata le llamó la atención.

—¿Razonable de verdad?

—No te emociones. He dicho que es razonable pensar que varias alteraciones recientes pudieron alimentar nuevas protestas. No que sepamos todavía quién hizo cada una ni con qué intención.

Conchi sonrió.

—Ya me parecía demasiada generosidad.

—No te acostumbres.

La respuesta relajó un momento la conversación, pero la nueva información seguía resultando demasiado importante para dejarla ahí.

—¿Y los castaños?

Lucía volvió a ponerse seria.

—Estamos trabajando en esa misma línea de contexto.

—Eso no es un no.

—Tampoco es un sí completo.

—Qué sorpresa.

—Lo que sí puedo decirte es que los tres árboles dañados están próximos a la franja discutida y que las lesiones que no corresponden a la poda de Diego son posteriores a su trabajo.

—Y al menos parte de esos daños fueron intencionados.

—Sí.

Conchi miró hacia la ventana. La niebla seguía pegada a las fachadas, aunque empezaba a aclararse ligeramente por encima de los tejados.

Hasta entonces había intentado mantener separadas las distintas anomalías porque unirlas demasiado pronto podía ser otra forma de inventar una historia.

Sin embargo, el cierre reciente, los mojones desplazados durante meses y los tres castaños dañados compartían algo más que la proximidad física: todos habían generado o agravado discusiones dentro del mismo conflicto.

—Parece difícil pensar que todo eso no tenga ninguna relación.

Lucía respondió con cautela.

—Puede existir una relación de contexto sin que todavía podamos cerrar una autoría común o una finalidad única.

—No estoy diciendo que lo hiciera la misma persona.

—Bien.

—Estoy diciendo que alguien ha ido creando o aumentando motivos para discutir.

Esta vez Lucía no la corrigió inmediatamente.

—Es una de las hipótesis que la investigación está considerando.

Conchi permaneció en silencio. Era la primera vez que una formulación suya recibía algo más parecido a una confirmación que a una advertencia.

—Entonces no voy completamente desencaminada.

—No te vengas arriba.

—Demasiado tarde.

Lucía se rio, pero enseguida retomó el tono serio.

—El problema es que una manipulación prolongada del lindero puede responder a motivos muy distintos.

Puede haber orgullo, interés económico, deseo de ganar una disputa, obsesión con un agravio familiar o incluso la convicción de que uno está corrigiendo algo que considera injusto.

No puedes escoger todavía una de esas explicaciones.

Conchi pensó inmediatamente en Óscar y en la forma en que hablaba de su padre, de las cesiones y de los Roldán. También recordó la compra reciente del material de cerramiento y la contradicción temporal que había dejado su versión sobre el poste en una posición incómoda.

—Berta quería terminar con el conflicto.

—Sí.

—Y Adela decía que eso podía molestar a Óscar.

—Dijo que Óscar se tomaba el asunto de una manera mucho más personal que su tía.

—Además sabemos que intervino en el cierre y que su versión sobre cuándo se hizo no encaja bien.

—Eso está acreditado.

Conchi dejó pasar unos segundos antes de continuar.

—Y compró el material poco antes.

—Sí.

La suma empezaba a resultar demasiado coherente para ignorarla, pero precisamente por eso sabía que debía evitar transformarla en una conclusión cerrada.

—¿Tenéis algo que lo sitúe moviendo los otros mojones?

Lucía tardó un instante.

—No algo que deba contarte ahora.

La respuesta no era un no rotundo.

Conchi se obligó a no tirar del hilo.

—Vale.

—Y antes de que empieces a preguntarme por la tarde de la muerte, tampoco voy a entrar ahí.

—No iba a hacerlo.

—Claro.

—De verdad.

—Te creo a medias.

Conchi soltó una risa.

La conversación continuó unos minutos más.

Lucía insistió en que los desplazamientos se habían producido en momentos distintos y que, para atribuirlos a una persona concreta, no bastaría con demostrar que alguien tenía acceso habitual a la finca.

Había que relacionar cada intervención con hechos comprobables, no con la lógica de una historia que empezaba a parecer convincente.

Cuando colgaron, Conchi permaneció un rato en la cocina sin terminar el café.

La niebla empezaba a levantar y las fachadas del final de la calle recuperaban poco a poco sus contornos.

Durante los últimos días, la investigación había ido cambiando de aspecto a medida que aparecían comprobaciones más sólidas.

Primero había estado el cierre, luego el primer mojón y después la compra de materiales vinculada a Óscar.

Ahora ya no podía hablarse de una única piedra desplazada: eran tres mojones movidos en momentos diferentes y siempre hacia el mismo lado.

Aquello explicaba algo que hasta entonces podía parecer simplemente propio de una disputa enquistada. Si cada cierto tiempo aparecía una nueva alteración física, los Roldán protestaban; y si protestaban, Berta volvía a escuchar que los vecinos querían ganar terreno.

No hacía falta que alguien inventara el conflicto desde cero. Bastaba con mantenerlo suficientemente activo para que la historia familiar siguiera pareciendo cierta.

Conchi pensó en Óscar. Recordó la conversación en la plaza, la manera en que había hablado de su padre y aquella convicción de que ceder un centímetro era casi lo mismo que aceptar una derrota heredada.

También recordó a Marta explicándole que, para él, una medición neutral no resolvía el problema porque el problema no era solo el terreno.

Todo encajaba mejor que unos días atrás, pero seguía faltando algo esencial.

No sabía quién había movido cada mojón.

No sabía quién había dañado los castaños.

Y tampoco sabía hasta qué punto aquellas alteraciones tenían relación directa con la muerte de Berta.

Conchi terminó por levantarse y abrir la puerta del patio. Lili apareció de inmediato desde el pasillo.

—Sí, ya puedes retirar la denuncia.

La perrita salió con entusiasmo, como si aquella media hora de espera hubiera constituido una ofensa personal.

Conchi se puso el abrigo y la siguió.

La niebla se había convertido en una bruma ligera y empezaban a verse claros entre las nubes. Tomaron la calle de la Fuente y después giraron hacia una zona más tranquila del pueblo. Durante el paseo, Conchi procuró no convertir los tres mojones en una certeza mayor de la que eran.

Sabía que habían sido desplazados poco a poco y siempre en la misma dirección.

Sabía que el efecto favorecía visualmente a Berta y generaba razones para que los Roldán protestaran.

Sabía también que los castaños dañados se encontraban cerca de aquella franja y que las lesiones posteriores a la poda no habían sido accidentales.

Todo aquello permitía pensar en una manipulación prolongada del conflicto.

Lo que todavía no permitía era poner un nombre al conjunto.

Al llegar a la plaza vio a Mateo entrando en el ayuntamiento.

Durante unos segundos pensó en llamarlo y preguntarle si recordaba discusiones antiguas relacionadas con aquellos mojones, pero descartó la idea antes de abrir la boca.

La Guardia Civil ya estaba trabajando con fotografías, documentación y referencias comparables.

Una colección de recuerdos de pueblo no iba a mejorar aquello.

Siguió andando.

Ese pequeño gesto le produjo una satisfacción discreta. Días atrás habría pensado que preguntar era una forma de avanzar. Ahora empezaba a comprender que, en algunos momentos, avanzar consistía precisamente en no añadir ruido a algo que ya estaba siendo comprobado.

Cuando regresó a casa, Lili fue directa al cuenco de agua y Conchi se quitó el abrigo en el recibidor. Entró en la cocina, apagó la radio y volvió a mirar por la ventana.

La niebla casi había desaparecido.

También empezaba a desaparecer otra cosa: la idea de que las discusiones de Valhondo se renovaban únicamente porque dos familias fueran incapaces de ponerse de acuerdo.

Alguien había movido tres mojones en momentos distintos y siempre hacia el mismo lado.

Alguien había dañado deliberadamente tres castaños próximos a la franja discutida.

El cierre había sido modificado recientemente y la persona que reconocía haber intervenido en él había dado una versión temporal que no encajaba bien con las comprobaciones.

La acumulación empezaba a formar una lógica, pero todavía no una acusación.

Y Conchi sabía que esa diferencia seguía siendo la más importante.