Muerte entre castaños (Los misterios de Valdecerezos 2) Capítulo 24
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Capítulo 24

Había dejado los platos en el fregadero y se disponía a recoger la cocina cuando recordó que, por la tarde, había tendido dos paños y una funda de cojín en una cuerda baja del patio.

No había vuelto a llover, pero el frío había aumentado lo suficiente para que, al salir, encontrara las prendas húmedas y rígidas, como si hubieran pasado las últimas horas absorbiendo toda la humedad del aire.

—Muy bien organizado todo —murmuró mientras desenganchaba el primer paño.

Lili la observaba desde la puerta de la cocina sin la menor intención de acompañarla.

—Ahora no pongas esa cara, que tú tampoco te acordaste.

La perrita se limitó a sentarse.

Conchi recogió el resto de la ropa, volvió al interior y cerró la puerta detrás de ella. Extendió los paños sobre el respaldo de dos sillas, dejó la funda cerca del radiador y terminó de ordenar la cocina antes de prepararse una infusión.

Llevaba la taza hacia el salón cuando sonó el teléfono. Miró la pantalla y reconoció el nombre de Álvaro.

—Buenas noches.

—Buenas.

—Espero que no llames para decirme que también habéis analizado mis paños húmedos.

Álvaro se rio.

—Todavía no.

—Menos mal.

—Te llamo por el cierre de Valhondo.

Conchi se detuvo antes de llegar al sofá.

Aquella entrada había empezado siendo apenas una imagen recordada durante un paseo: un poste de madera más clara, el alambre tensado de otra manera y un enganche metálico que recogía la poca luz de aquella tarde.

Desde entonces, cada comprobación había añadido algo nuevo.

—¿Qué habéis encontrado?

—Una compra reciente de material de cerramiento.

Conchi dejó la taza sobre la mesa baja y se sentó.

—¿Qué material?

—Un poste de madera tratada, alambre y varios herrajes compatibles con una reparación como la que se hizo en la entrada de Berta.

La enumeración era demasiado concreta para no llamar su atención.

—¿Y la compra está relacionada con Óscar?

—Sí. Está vinculada a él de manera suficiente para la investigación.

—¿La hizo él?

—No voy a darte el detalle del procedimiento por el que la hemos vinculado. Lo importante es que la relación es sólida.

Conchi aceptó el límite, aunque no pudo evitar seguir tirando un poco del hilo.

—¿Cuándo se compró?

—Pocos días antes de que tú vieras el cierre cambiado.

La respuesta le hizo enderezarse en el sofá.

—Entonces fue antes del diecisiete.

—Sí.

—¿Y no semanas antes?

—No.

Ahí estaba la parte verdaderamente importante.

Óscar había dicho que el cierre llevaba bastante tiempo arreglado.

Diego, en cambio, lo había visto trabajando allí el día diecisiete, y Conchi había pasado esa misma tarde encontrando una entrada que le había parecido recién modificada.

Ahora aparecía además una compra reciente de materiales compatibles con aquel arreglo y vinculada al propio Óscar.

La contradicción ya no descansaba únicamente en dos recuerdos.

—Entonces su versión empieza a sostenerse bastante mal.

—En lo relativo a la antigüedad del arreglo, sí.

Conchi cogió la taza, aunque apenas bebió.

—¿El poste comprado es compatible con el del cierre?

—Sí.

—¿Y el alambre?

—También.

—¿Y los herrajes?

—Con el tipo de reparación, sí.

—Eso ya es bastante más que una impresión mía.

—Es una pieza documental que refuerza lo que ya sabíamos.

La expresión le llamó la atención.

—Refuerza, pero no demuestra que ese material se utilizara exactamente allí.

—Correcto.

—Ni que el poste se desplazara por una razón concreta.

—Correcto.

—Ni que todo esto tenga relación con la muerte de Berta.

—Exactamente.

Conchi apoyó la taza en el plato. Agradecía que Álvaro fuera poniendo frenos a cada paso, porque aquella noche resultaba demasiado fácil dejarse llevar por la acumulación.

La secuencia era incómoda: Óscar había reconocido que se ocupaba de trabajos en la finca, había intervenido en el cierre, había dicho que llevaba tiempo reparado, y sin embargo Diego lo había visto allí el diecisiete, Conchi había observado cambios ese mismo día y ahora existía una compra reciente de material compatible.

Además, el poste había sido desplazado hacia el lado de los Roldán y un mojón antiguo había aparecido movido en la misma dirección.

Todo empezaba a parecer menos casual, pero eso no significaba todavía que fuera una sola historia.

—¿Habéis hablado con Óscar de la compra?

—Forma parte de la investigación.

—Eso significa que sí.

—Significa exactamente lo que he dicho.

Conchi sonrió.

—Qué desesperante.

—Lo sé.

Durante unos segundos, ninguno habló. Desde el salón llegaba el leve zumbido del radiador y Lili se había tumbado junto a él con la tranquilidad de quien no tenía que reconstruir fechas ni versiones.

—Hay una cosa que me preocupa —dijo Conchi al final.

—Dime.

—Que cada vez hay más piezas alrededor de Óscar.

Álvaro no respondió enseguida.

—Ordénamelas.

Conchi se tomó un momento antes de hacerlo, procurando distinguir lo que sabía de lo que solo sospechaba.

—Berta estaba cansada de la disputa y Adela dijo que también estaba harta de que Óscar hiciera arreglos y moviera cosas sin consultarla.

Diego lo vio trabajando en el cierre el día diecisiete.

Yo pasé ese mismo día y me pareció recién cambiado.

Después habéis comprobado que el poste se desplazó hacia el lado de los Roldán y que un mojón antiguo apareció movido en la misma dirección.

Óscar me habló de su padre, de que los Roldán llevaban años aprovechándose de cada cesión e intentó que yo mirara hacia ellos.

Y ahora aparece una compra reciente que contradice su versión sobre cuándo se arregló el cierre.

—Eso es lo que tienes.

—Y no es poco.

—No.

La respuesta directa le sorprendió.

—Entonces su línea gana peso.

—Sí, pero por hechos propios, no porque Andrés, Marta o Diego hayan dejado de encajar. Esa diferencia importa.

Conchi comprendió enseguida lo que quería decir.

Durante los días anteriores había sentido varias veces la tentación de pensar que la sospecha funcionaba como una cantidad fija que debía trasladarse de una persona a otra.

Si Diego caía, alguien ocupaba su lugar; si Andrés quedaba fuera, otro subía automáticamente.

Pero con Óscar estaba ocurriendo algo distinto.

Su posición no se reforzaba solo porque quedaran menos nombres, sino porque alrededor de él aparecían contradicciones que le pertenecían.

—Eso sí cambia las cosas.

—Las cambia en esa línea concreta.

—Ya sé que no vas a dejarme decir algo sencillo.

—Algún día.

—No me lo creo.

Álvaro se rio.

Conchi volvió a pensar en el cierre. Aquella compra reciente no probaba quién había movido el mojón ni quién había dañado los castaños, pero sí hacía mucho más difícil mantener que la intervención en la entrada pertenecía a un pasado lejano.

La versión de Óscar empezaba a chocar con elementos que ya no dependían únicamente de percepciones.

—¿Crees que mintió?

—Creo que su explicación sobre cuándo se hizo el arreglo no encaja bien con lo que estamos comprobando.

—Eso es una forma muy larga de decirlo.

—Es una forma más exacta.

Conchi sonrió.

—Vale.

Álvaro dejó pasar un breve silencio antes de añadir:

—Y no vayas a preguntarle por la compra.

Conchi cerró los ojos.

—Otra vez.

—Otra vez.

—No pensaba hacerlo.

—Mejor.

—Empiezo a sentirme vigilada.

—Estás aprendiendo a no hacerlo, pero todavía no hace tanto que ibas a hablar con la gente cuando algo no te encajaba.

—Eso suena peor de lo que era.

—Probablemente.

Conchi se acomodó mejor en el sofá.

—No voy a buscarlo.

—Perfecto.

—Lucía te ha enseñado a decir eso.

—Buenas noches, Conchi.

—Buenas noches.

La llamada terminó y Conchi permaneció un rato sentada sin encender la televisión.

Lo que acababa de saber tenía una cualidad distinta de muchas de las cosas que había oído durante la investigación.

No procedía de una conversación reconstruida días después ni de la impresión de alguien que creía recordar una fecha.

Era una compra vinculada a Óscar y realizada poco antes de que ella observara el cierre cambiado.

El material coincidía con el tipo de reparación que él mismo reconocía haber hecho, mientras que la antigüedad que había atribuido al arreglo empezaba a resultar cada vez menos creíble.

Aquello no explicaba la muerte de Berta, pero tampoco podía tratarse ya como una simple discrepancia de memoria.

Conchi llevó la taza a la cocina y la aclaró bajo el grifo. Mientras el agua corría, volvió mentalmente sobre la disputa de los lindes, aunque esta vez no empezó por los sospechosos.

Durante casi toda la semana, la pregunta había sido quién tenía motivos para enfrentarse a Berta.

Andrés había discutido con ella, Marta llevaba la cuestión de la delimitación y Diego tenía dinero retenido.

Las tres líneas habían resultado convincentes durante un tiempo porque partían de hechos reales, pero las comprobaciones posteriores habían cambiado su significado.

Con Óscar, en cambio, el movimiento estaba siendo el contrario. Cuanto más se comprobaban algunos detalles, más preguntas aparecían alrededor de su propia versión.

Berta quería acabar con la pelea. Marta también.

Andrés llevaba tiempo harto y Diego había entrado en el conflicto porque alguien había dañado unos árboles que él no había estropeado.

Óscar era quien seguía hablando de los lindes como de una deuda familiar, de algo heredado de su padre que no podía cerrarse simplemente con una medición y un acuerdo.

Conchi cerró el grifo y dejó la taza en el escurridor.

Ese contraste le parecía cada vez más significativo, aunque todavía no supiera qué podía demostrar. Óscar podía estar resentido, convencido de que su familia tenía razón y dispuesto a defender una historia que llevaba escuchando desde niño. Nada de eso era un delito.

La compra reciente introducía algo diferente porque ya no se refería a lo que pensaba, sino a una acción concreta que chocaba con su relato.

Volvió al salón y se sentó de nuevo.

Lili se había apropiado de una esquina de la manta. Conchi la miró unos segundos y después encendió la televisión, aunque mantuvo el volumen bajo.

No necesitaba convertir la compra en una explicación completa.

Tampoco necesitaba decidir quién había movido el mojón, quién había dañado los castaños o por qué alguien podía querer mantener abierta la pelea.

Esas preguntas seguían sin respuesta y, por mucho que algunas piezas empezaran a acercarse, la distancia entre una manipulación de lindes y un homicidio continuaba siendo enorme.

Lo que sí podía reconocer era que la versión de Óscar sobre el cierre había dejado de apoyarse únicamente en su palabra contra los recuerdos de otros.

Había una comprobación material que la debilitaba, y eso justificaba que la Guardia Civil siguiera mirando con más atención todo lo relacionado con sus intervenciones en Valhondo.

Conchi apoyó la cabeza contra el respaldo y dejó que la presentadora del programa siguiera hablando de un pueblo costero que parecía vivir bajo un sol imposible para finales de enero.

Aquella noche no había aparecido la respuesta a la muerte de Berta. Había aparecido algo más pequeño, pero también más sólido: una mentira o, como mínimo, una versión que ya no encajaba bien con los hechos. Por ahora, eso era suficiente.