Capítulo 22
A mediodía, el sol había conseguido secar buena parte de la plaza, aunque en las zonas que permanecían a la sombra todavía quedaban manchas oscuras entre las piedras.
Conchi salió de la mercería con las pilas guardadas en el bolso y una madeja de lana que no figuraba en ninguna lista, pero que había acabado comprando después de dedicar demasiado tiempo a mirar colores para una bufanda que ni siquiera estaba segura de querer tejer.
No tenía prisa por regresar a casa. La mañana había resultado más tranquila de lo esperado y le apetecía aprovechar el aire limpio que había dejado la lluvia de la víspera, así que dio una vuelta corta por la plaza antes de detenerse frente al escaparate de la ferretería, más por costumbre que por verdadero interés.
Fue entonces cuando vio salir del ayuntamiento a Lucía acompañada por Mateo.
Los dos hablaban mientras revisaban unas hojas. Conchi apartó la vista casi de inmediato, no porque estuviera haciendo nada malo, sino porque después de aquellos días había empezado a ser especialmente consciente de lo fácil que resultaba parecer pendiente de conversaciones que no le correspondían.
—Conchi.
La voz de Mateo la obligó a volverse. Él levantó una mano a modo de saludo y continuó hacia la calle Mayor, mientras Lucía permanecía unos segundos junto a la entrada del ayuntamiento antes de acercarse.
—¿Tienes un momento?
Conchi miró el reloj.
—Sí. No tengo ninguna urgencia.
Lucía echó una mirada rápida alrededor y señaló uno de los laterales del edificio municipal, donde un pequeño tramo cubierto quedaba algo apartado del movimiento de la plaza.
—Mejor aquí.
Conchi la siguió sin hacer preguntas. No había nada especialmente misterioso en el gesto; a esas alturas entendía que Lucía prefería evitar que una conversación relacionada con Valhondo terminara reuniendo espectadores antes de haber empezado.
—¿Ha pasado algo?
—Nada urgente. Hemos terminado de comparar algunas referencias sobre el cierre de la finca y, como tú fuiste quien nos habló de él antes de que supieras nada de la investigación, quería explicarte una cosa con cuidado.
Conchi acomodó el bolso sobre el hombro.
—Ese «con cuidado» nunca anuncia nada sencillo.
—En realidad sí lo es. Lo complicado es no sacar de ello más de lo que permite.
Lucía abrió la carpeta que llevaba bajo el brazo, aunque mantuvo las hojas orientadas hacia sí.
—Empezamos por el poste que viste el día diecisiete.
Conchi recordó enseguida aquella tarde: la madera más clara, el alambre que le había parecido tensado de otra manera y el enganche metálico que había recogido la poca luz que quedaba.
Después había sabido que Diego vio a Óscar trabajando allí aquel mismo día y que el propio Óscar reconocía haber cambiado el poste, aunque seguía sosteniendo que el arreglo llevaba bastante tiempo hecho.
—¿Habéis podido comprobar cuándo se movió?
—La fecha exacta no. Lo que hemos podido comparar es su posición actual con referencias anteriores suficientemente fiables para saber en qué dirección cambió.
Conchi esperó.
—La posición nueva está desplazada hacia el lado de la parcela de los Roldán.
Necesitó unos segundos para representárselo.
—¿Hacia dentro de su terreno?
Lucía negó suavemente.
—No te estoy diciendo dónde pasa exactamente la línea jurídica entre las fincas. Eso sería otra cuestión. Te estoy diciendo que, comparado con la posición anterior, el poste se movió en dirección al lado de los Roldán.
Conchi trató de imaginar el acceso tal como lo había visto tantas veces.
—Entonces, visualmente, la finca de Berta parecía llegar un poco más lejos.
—Ese es el efecto.
—No que hubiera ganado terreno legalmente.
—Exactamente.
Aquella dirección modificaba bastante una idea que había circulado casi desde el primer momento.
Durante días, la disputa se había contado de una manera muy sencilla: los Roldán protestaban porque querían más terreno y los Velasco se defendían de esa presión.
Sin embargo, si el cierre se había desplazado hacia la parcela de los Roldán, el cambio concreto que ahora podían comprobar producía justo el efecto contrario.
—Eso no encaja demasiado con que Andrés o Marta hubieran movido el cierre para quedarse con terreno de Berta.
—Ese movimiento concreto no los favorece —respondió Lucía—. Visualmente ocurre lo contrario.
Conchi guardó silencio.
No era una prueba de autoría. Podía comprenderlo sin que Lucía tuviera que recordárselo. Sin embargo, sí alteraba la lógica de algunas discusiones que hasta entonces había dado casi por supuesta.
—Si los Roldán veían que el cierre avanzaba hacia su lado, protestaban.
—Sería una reacción bastante comprensible.
La frase apareció casi sola en la cabeza de Conchi.
—Y después esa protesta podía contarse como otra prueba de que estaban intentando reclamar terreno.
Lucía tardó un instante en responder.
—Podía interpretarse así por la otra parte.
—Entonces el orden importa.
—Mucho.
Conchi apoyó una mano sobre el bolso.
—Porque no sería lo mismo que Andrés apareciera un día intentando mover un límite que protestar después de que alguien hubiera cambiado una referencia hacia su finca.
—Exacto. Reacción y autoría son cosas diferentes.
La sencillez de la frase consiguió que Conchi volviera mentalmente sobre muchas de las historias que había escuchado aquellos días.
Cierres, piedras, ramas, pasos, discusiones por centímetros.
Cada familia parecía conservar una lista interminable de agravios y, con el tiempo, cualquier protesta terminaba funcionando como demostración de que el otro llevaba años haciendo lo mismo.
—Eso coloca la pelea de otra manera.
Lucía levantó ligeramente una ceja.
—Coloca este episodio de otra manera.
Conchi sonrió.
—No me dejas generalizar ni un minuto.
—Porque no sabemos qué ocurrió en cada disputa de los últimos treinta años. El conflicto entre las dos familias es real y viene de mucho antes que esta modificación. No conviertas ahora todos los desacuerdos históricos en una sola manipulación.
—No lo haré.
—Bien.
Desde aquel lateral del ayuntamiento se veía parte de la calle Mayor.
Dos hombres descargaban cajas de una furgoneta y una mujer cruzaba la plaza con una bolsa de la compra.
Nada en la escena tenía relación con Valhondo, pero Conchi sintió que la imagen del conflicto acababa de moverse un poco en su cabeza.
Hasta entonces había pensado demasiado en quién protestaba.
Tal vez, al menos en aquel episodio, resultara más importante saber qué había ocurrido antes de la protesta.
—Óscar reconoció que arregló el cierre —dijo.
—Sí.
—Y sigue diciendo que llevaba bastante tiempo hecho.
—Sí.
—Mientras Diego lo vio trabajando allí el diecisiete y yo pasé ese mismo día y me llamó la atención.
Lucía asintió.
—Esas son las piezas que conoces.
—Y ahora sé que el poste no solo se cambió, sino que cambió de posición hacia el lado de los Roldán.
—Correcto.
Conchi dejó pasar unos segundos.
—No parece una reparación completamente neutra.
Lucía escogió la respuesta con cuidado.
—Sabemos que existe un desplazamiento. No sabemos todavía qué intención concreta tuvo la persona que lo realizó.
Alguien puede mover una referencia porque cree que ese es el lugar correcto, porque pretende reforzar su posición dentro de una disputa o por otras razones.
Elegir ahora una finalidad concreta sería adelantarse.
—Pero la dirección es objetiva.
—La dirección que hemos comprobado, sí.
—Y esa dirección hacía parecer que Berta tenía un poco más de terreno.
—Visualmente, sí.
Conchi volvió a pensar en Óscar y en la forma en que hablaba del conflicto.
Su padre, las cesiones, la idea de que los Roldán avanzaban poco a poco si nadie se enfrentaba a ellos.
También recordó a Berta, según Adela, cansada de que su sobrino hiciera arreglos y moviera cosas de la finca sin preguntarle.
La combinación resultaba incómoda.
—La línea de Óscar gana peso —dijo.
—Gana coherencia una contradicción que ya existía.
—No es lo mismo.
—No.
Conchi agradeció la precisión.
Que Óscar hubiera trabajado en el cierre, que afirmara que llevaba semanas arreglado y que el desplazamiento concreto favoreciera visualmente a Berta no demostraba por sí solo que él hubiera movido el poste con intención de alimentar el conflicto.
Mucho menos que aquello tuviera relación directa con la muerte.
Pero ya no se trataba únicamente de una reparación que a Conchi le había parecido reciente.
Ahora conocían también la dirección del cambio.
—¿Habéis hablado con Óscar sobre esto?
Lucía la miró.
—Eso pertenece a la investigación.
—Tenía que intentarlo.
—No especialmente.
Conchi sonrió.
Lucía cerró la carpeta y volvió a colocársela bajo el brazo.
—Y no quiero que empiece a circular por el pueblo hacia qué lado se movió el cierre.
—No tenía intención de anunciarlo.
—Me alegro.
—Aunque reconozco que en La Tahona daría conversación para toda la tarde.
—Precisamente.
Durante unos segundos permanecieron en silencio.
Conchi seguía dándole vueltas a una cuestión.
—Hay algo que no termino de colocar.
Lucía esperó.
—Si mover un poste no cambia legalmente el terreno, ¿qué sentido tendría hacerlo?
—Puede tener varios. Y ese es exactamente el punto en el que no debes elegir todavía ninguno.
—Ya.
—Una referencia visible tiene importancia aunque no modifique por sí sola una propiedad.
Puede reforzar la percepción de dónde termina una finca, provocar una discusión o simplemente reflejar dónde alguien cree que debería estar el límite.
Pero nosotros necesitamos saber qué ocurrió realmente antes de decidir por qué ocurrió.
Conchi asintió lentamente.
—Primero el cambio. Después la protesta.
—En este caso concreto, esa posibilidad adquiere sentido.
—Y no al revés.
—Puede no haber sido al revés.
Conchi soltó una risa.
—No te vas a comprometer ni por casualidad.
—Procuro no hacerlo cuando no corresponde.
Lucía dio un par de pasos hacia la plaza antes de detenerse.
—Y no busques a Óscar para preguntarle por la posición del poste.
Conchi levantó las manos.
—No pensaba hacerlo.
—Perfecto.
—Empieza a resultar ofensivo.
—Cuando deje de ser una posibilidad razonable, dejaré de recordártelo.
—Qué confianza.
Lucía sonrió y regresó hacia el ayuntamiento.
Conchi permaneció unos segundos bajo el tramo cubierto antes de volver a la plaza. No necesitaba esconder que habían hablado, pero sí quería ordenar la información antes de mezclarse con otra conversación.
Lo que acababa de saber parecía poco si se resumía deprisa.
Un poste se había movido y, aunque por sí solo aquello parecía poca cosa, la dirección importaba.
El cierre se había desplazado hacia el lado de los Roldán, de manera que la finca de Berta aparentaba extenderse un poco más.
Eso no decía quién había movido nada, ni por qué, ni qué valor jurídico tenía aquel cambio.
Tampoco demostraba que la muerte de Berta estuviera relacionada con él.
Lo que sí hacía era invertir una parte de la historia que llevaba días escuchando.
Quizá algunas protestas de los Roldán no demostraban que estuvieran intentando avanzar.
Quizá, al menos alguna vez, protestaban porque algo había avanzado hacia ellos.
Al cruzar la plaza vio a Pilar atendiendo a dos clientes detrás del cristal de La Tahona. Por un momento pensó en entrar, aunque siguió caminando. No tenía nada que preguntarle y, sobre todo, no tenía ninguna razón para convertir lo que Lucía acababa de contarle en conversación de mostrador.
Regresó a casa poco después de las doce y media. Lili la recibió con una alegría suficiente para hacer pensar que llevaba fuera toda la mañana, aunque perdió rápidamente el interés al comprobar que el bolso solo contenía unas pilas y una madeja de lana.
—Puedes decepcionarte tranquilamente. No hay comida.
La perrita olisqueó una última vez y se marchó hacia el salón mientras Conchi dejaba las compras sobre la mesa y ponía agua a calentar.
Durante unos minutos volvió mentalmente sobre la explicación de Lucía.
El cierre ya no era únicamente algo que le había parecido reciente el día diecisiete. Ahora sabía que su posición había cambiado en una dirección concreta, y esa dirección no respaldaba la historia de unos Roldán avanzando sobre la finca de Berta.
Eso no señalaba todavía a Óscar, pero tampoco permitía mirar su intervención en el cierre con la misma indiferencia de unos días antes. Conchi preparó la infusión y se sentó junto a la ventana.
Pensó en Berta, cansada de la pelea; en Andrés y Marta, que ya no encajaban en la franja de la muerte; en Diego, que había cargado con las consecuencias de unos daños que no había causado; y finalmente en Óscar, que continuaba hablando del conflicto como si cada centímetro cedido fuera una deuda heredada de su padre.
Todavía no había una respuesta, pero por primera vez la pregunta ya no era únicamente quién había discutido más fuerte por aquellos terrenos. Era qué podía ocurrir cuando alguien movía primero una referencia y conseguía que la protesta pareciera venir después por iniciativa del otro.