Muerte entre castaños (Los misterios de Valdecerezos 2) Capítulo 21
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Capítulo 21

El lunes por la mañana amaneció con un cielo limpio y un frío seco que endurecía las sombras junto a las fachadas.

Conchi abrió la ventana de la cocina durante unos minutos mientras preparaba el desayuno y agradeció que, al menos por fuera, Valdecerezos pareciera haberse despertado sin ninguna novedad.

Lili se acercó a la corriente de aire, olisqueó durante unos segundos y retrocedió enseguida hacia el radiador.

—Muy valiente.

La perrita se acomodó de nuevo sin mostrar el menor arrepentimiento.

Conchi había dormido mejor que las noches anteriores. La conversación con Lucía sobre Andrés había dejado una sensación extraña de alivio, no porque le importara demostrar la inocencia de nadie en particular, sino porque otra historia demasiado sencilla acababa de colocarse en su sitio.

Andrés había discutido con Berta y había pronunciado aquella frase desafortunada, pero aun así estaba en el Centro Cultural durante la franja en la que ella murió. Los hechos no habían dejado de ser ciertos; lo que había cambiado era la conclusión que podía construirse con ellos.

Conchi estaba terminando el café cuando sonó el teléfono.

Miró la pantalla.

Álvaro.

—Buenos días.

—Buenos días.

—Empiezo a sospechar que habéis organizado turnos.

—No sé de qué hablas.

—Ayer Lucía. Hoy tú.

Álvaro se rio.

—Te llamo por Marta Roldán.

Conchi dejó la taza sobre la mesa.

El nombre le devolvió inmediatamente a la conversación de La Parra, al mensaje de Berta, a la reunión que no llegó a celebrarse y, sobre todo, al incómodo encuentro frente al ayuntamiento.

—¿Qué pasa con ella?

—Hemos terminado de comprobar su situación durante la tarde del homicidio.

Conchi esperó sin interrumpir.

—Su presencia laboral durante la franja crítica está suficientemente acreditada.

La respuesta llegó con tanta sencillez que Conchi tardó un segundo en colocarla junto a todo lo demás.

—¿Por varias personas?

—Por varias verificaciones independientes.

—¿Y no podía salir un rato?

—También hemos comprobado eso.

La frase estaba dicha con la precisión habitual, pero no dejaba mucho margen.

—Entonces Marta no estaba en Valhondo.

—No durante el intervalo relevante para la muerte de Berta.

Conchi apoyó la espalda en la silla.

Otra pieza caía.

Durante días, Marta había parecido sospechosa por razones que no eran inventadas.

Había hablado con Berta, existía un mensaje con una expresión que fuera de contexto sonaba incómoda y tenían una reunión pendiente para la mañana siguiente.

A eso se añadía el peso de ser hija de Andrés y miembro de la familia que medio pueblo había colocado frente a los Velasco desde el primer momento.

Sin embargo, ninguna de esas cosas la situaba junto a Berta cuando murió.

—Entonces el mensaje...

Álvaro la interrumpió con suavidad.

—Sigue siendo un mensaje real.

—Ya.

—Y la reunión también estaba prevista.

—Sí.

—Lo que cambia es el valor que pueden tener dentro de una explicación homicida cuando sabemos que Marta no estaba allí en la franja crítica.

Conchi asintió aunque él no pudiera verla.

—Es exactamente lo mismo que ha pasado con Diego y Andrés.

—Parecido.

—Hechos verdaderos que parecían conducir a una historia.

—Y que después, al añadir más información, dejan de sostener esa historia.

Conchi jugueteó con el asa de la taza.

—Tres seguidos.

Álvaro guardó un momento de silencio.

—¿Tres qué?

—Tres personas a las que el pueblo ha podido construirles una historia bastante convincente con cosas que eran verdad.

—Eso ocurre más de lo que parece.

—Diego tenía el dinero retenido y la bronca. Andrés tenía la discusión y la frase. Marta tenía el mensaje y la reunión.

—Todo cierto.

—Y ninguna de esas cosas bastaba.

—Exactamente.

Conchi miró hacia el pasillo. Lili dormía cerca del radiador, completamente ajena a la lección.

—Supongo que ahora me vas a decir que eso tampoco convierte a Óscar en culpable.

Álvaro sonrió al otro lado.

—Me ahorras trabajo.

—Empiezo a conoceros.

—Y nosotros a ti.

La respuesta le hizo sonreír, aunque la idea siguió rondándole.

Con Andrés, Diego y Marta prácticamente fuera de las líneas principales, Óscar ocupaba inevitablemente más espacio en el conjunto. Pero ese aumento era relativo. No había aparecido de pronto una nueva prueba contra él simplemente porque otros dejaran de encajar.

Seguían existiendo el cierre, la discrepancia sobre cuándo se había arreglado, las quejas de Berta y aquella conversación en la que había intentado orientar la mirada de Conchi hacia los Roldán.

Eso era todo lo que podía afirmar sin añadir nada por su cuenta.

—¿Marta sabe que habéis terminado de comprobarlo?

—Sí.

Conchi dudó antes de continuar.

—Me alegro.

—Imagino.

—La última vez que hablamos no acabamos especialmente bien.

Álvaro no preguntó qué había ocurrido. Ya conocía, al menos en parte, la discusión frente al ayuntamiento.

—No hace falta que arregles nada por nuestra cuenta.

—No pensaba hacerlo.

—Bien.

Conchi sonrió.

—No confías nada en mí.

—Confío en que tienes tendencia a querer dejar las cosas claras.

—Eso no es malo.

—No siempre.

La llamada terminó pocos minutos después. Álvaro no le dio detalles del trabajo de Marta, ni nombres, ni horarios más precisos, y Conchi tampoco los pidió.

Cuando colgó, permaneció un rato sentada frente a la mesa.

La falsa pista de Marta había sido quizá la que más le había molestado personalmente, porque ella misma había contribuido a tensarla con preguntas hechas en un momento inadecuado.

Recordó el rostro de Marta frente al ayuntamiento, la incomodidad de las personas que escuchaban alrededor y aquella frase directa: Entonces pregunta menos.

En su momento había sentido que la respuesta era injusta.

Ahora no estaba tan segura.

No porque su pregunta hubiera sido malintencionada, sino porque la situación había hecho que sonara distinta.

Terminó el desayuno y salió de casa poco después de las diez. Tenía que pasar por la mercería a comprar hilo oscuro y unas pilas que llevaba varios días olvidando.

La plaza estaba tranquila. Dos personas hablaban frente al bar y un repartidor descargaba cajas cerca de La Tahona. Conchi cruzó sin detenerse y entró en la mercería.

Había una mujer esperando junto al mostrador y otra revisando botones en una caja abierta. Conchi saludó, se colocó detrás y empezó a mirar unos carretes de hilo.

No vio a Marta hasta que esta salió de la parte del fondo con una pequeña bolsa en la mano.

Ambas se encontraron casi frente a frente.

—Hola —dijo Marta.

—Hola.

Hubo un instante de vacilación.

No era hostilidad, pero tampoco la naturalidad que habían tenido antes de aquella discusión.

Marta fue la primera en sonreír ligeramente.

—Prometo que hoy no llevo carpetas.

Conchi tardó medio segundo en comprender la broma y soltó una risa.

—Y yo prometo no preguntar por nada.

—Eso sí que no me lo creo.

La tensión se redujo lo suficiente para que ambas pudieran quedarse allí sin sentirse obligadas a marcharse.

—¿Cómo estás? —preguntó Conchi.

—Mejor.

La respuesta era general y Conchi decidió aceptar exactamente lo que ofrecía.

—Me alegro.

Marta miró hacia el mostrador.

—El otro día fui bastante seca contigo.

Conchi negó ligeramente con la cabeza.

—Yo pregunté donde no debía.

—También.

Las dos sonrieron.

—Pues empate —dijo Marta.

—Me parece justo.

La mujer que estaba delante avanzó hacia la caja y el movimiento obligó a Conchi a apartarse un poco. Marta permaneció a su lado.

—Han sido días raros —añadió.

—Eso también.

—Todo el mundo quería saber algo de mi padre, del mensaje, de Berta... y yo acabé reaccionando como si cualquier pregunta fuera una acusación.

Conchi pudo haberle dicho que entendía perfectamente por qué. También podía haber mencionado que la Guardia Civil ya había cerrado su situación laboral, pero aquello no le correspondía. Si Marta quería hablar de lo que había comprobado la investigación, debía hacerlo porque ella lo eligiera.

—No te preocupes —respondió—. Creo que yo también tardé demasiado en entender cómo sonaban algunas preguntas.

Marta asintió.

—La reunión con Berta era de verdad, ¿sabes?

Conchi la miró.

—No lo dudaba.

—Quiero decir que de verdad queríamos terminar con todo aquello. No era una excusa después.

—Lo sé.

Marta pareció sorprendida por la seguridad de la respuesta.

Conchi corrigió enseguida.

—Quiero decir que es coherente con lo que me contaste y con otras cosas que he oído. No que yo sepa todo lo que ocurrió.

Marta sonrió.

—Ahí estás otra vez.

—¿Dónde?

—Midiendo cada palabra.

—Se pega.

Aquello consiguió que las dos rieran.

La dependienta llamó a Conchi y ella se acercó al mostrador para pedir el hilo y las pilas. Marta esperó unos segundos cerca de la puerta.

Cuando Conchi terminó, salieron juntas.

La mañana seguía fría, aunque el sol iluminaba ya buena parte de la plaza.

—Mi padre está más tranquilo —dijo Marta.

—Me alegro.

—Yo también.

No hacía falta preguntar por qué. La comprobación del Centro Cultural había empezado a cambiar algo más que una línea de investigación.

Caminaron unos metros en la misma dirección.

—Berta estaba cansada —dijo Marta—. Creo que al final eso era lo importante. Quería dejar de discutir.

Conchi recordó a Adela diciendo prácticamente lo mismo.

—Sí.

—Y yo también.

Marta se encogió de hombros.

—Llevábamos demasiado tiempo intentando demostrar quién tenía razón en vez de buscar una manera de dejar de pelear.

—Quizá por eso la reunión tenía sentido.

—Exacto.

No hubo más preguntas.

Al llegar a una esquina, Marta se detuvo.

—Tengo que ir por aquí.

—Nos vemos.

—Conchi.

—Dime.

Marta dudó apenas un instante.

—Gracias por no preguntarme nada.

Conchi sonrió.

—Me ha costado muchísimo.

Marta se rio y continuó por la calle.

Conchi siguió hacia las Moreras con la bolsa pequeña de la mercería dentro del bolso.

El encuentro había sido más sencillo de lo que esperaba precisamente porque no había intentado resolver nada. Marta había hablado porque quiso hacerlo y la tensión entre ambas se había rebajado sin necesidad de explicar cada malentendido.

A mitad de camino, Conchi volvió mentalmente sobre los últimos días.

Conchi pensó en Diego, Andrés y Marta. Las tres falsas pistas habían funcionado de una manera parecida.. No estaban construidas sobre mentiras inventadas, sino sobre fragmentos verdaderos a los que se había pedido explicar demasiado.

Una deuda retenida, una discusión, una frase, un mensaje y una reunión: todo había existido.

Lo peligroso había sido convertir cada uno de esos hechos en una historia completa antes de disponer del resto y ahora, con esas tres líneas casi cerradas, el riesgo era hacer exactamente lo mismo con Óscar.

Conchi reconoció que alrededor de él quedaban más preguntas abiertas: el cierre reciente, la fecha del arreglo, su manera de vivir la disputa, las quejas de Berta y aquella conversación en la que había intentado orientar su mirada.

Pero no iba a transformar esas piezas en una conclusión solo porque las otras historias hubieran caído.

Al llegar a casa abrió la puerta y Lili apareció desde el salón, atraída por el ruido de la bolsa.

—Son pilas.

La perrita perdió el interés de inmediato.

Conchi dejó las compras sobre la mesa y se quitó el abrigo.

Tres sospechas habían perdido fuerza sin que nadie hubiera necesitado borrar los hechos que las habían creado.

Aquello empezaba a parecerle una de las lecciones más importantes de todo el caso: una verdad parcial podía conducir a una historia completamente equivocada si se le pedía explicar más de lo que realmente podía sostener.

Y con Óscar, precisamente por eso, tendría que tener todavía más cuidado.