Muerte entre castaños (Los misterios de Valdecerezos 2) Capítulo 20
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Capítulo 20

Al caer la tarde del domingo empezó a llover de verdad. No era una de esas lloviznas que apenas justificaban abrir el paraguas, sino una lluvia continua que oscurecía las aceras, borraba poco a poco el movimiento de las calles y convertía las ventanas iluminadas en pequeños refugios contra el frío.

Conchi la observó durante un rato desde el salón antes de decidir que no tenía ninguna necesidad urgente de salir.

Lili parecía compartir la opinión. Después de una breve inspección de la puerta del patio, regresó junto al radiador y se tumbó con la resignación satisfecha de quien había aceptado que, por aquella tarde, el mundo exterior podía esperar.

Conchi preparó café, recogió un par de revistas que llevaba varios días dejando sobre la mesa y se sentó con intención de leer. Apenas había avanzado tres páginas cuando sonó el teléfono.

Era Lucía.

—Buenas tardes.

—Depende de si llamas para estropearme el café.

—No creo que llegue a tanto.

Conchi cerró la revista y la dejó boca abajo.

—Dime.

—Quería completar una cosa que llevamos arrastrando desde el principio: Andrés Roldán.

El nombre no la sorprendió. Durante los primeros días, medio pueblo había colocado a Andrés en el centro de la muerte de Berta con una facilidad que ahora empezaba a parecerle excesiva.

—¿Qué pasa con él?

—Que ya tenemos suficientemente comprobada su situación durante la franja crítica.

Conchi se incorporó un poco en el sillón.

—¿Dónde estaba?

—En el Centro Cultural.

La respuesta era tan sencilla que tardó un instante en encajarla con todo lo demás.

—¿Toda la tarde?

—No toda, pero sí durante el intervalo que nos interesa. Había ido por un asunto de una asociación y varias personas lo sitúan allí.

—¿No pudo salir un rato?

Lucía guardó silencio un segundo.

—Esa es exactamente la clase de posibilidad que hemos comprobado.

Conchi sonrió.

—Ya.

—Su presencia no depende de que él diga que estaba allí. Hay personas que lo vieron llegar, hablar, quedarse y marcharse, y también contamos con elementos horarios que encajan con esas declaraciones.

—Entonces no estaba en Valhondo.

—Durante la franja crítica, no.

Conchi volvió la mirada hacia la ventana. El agua descendía por el cristal formando líneas irregulares y, al otro lado, las casas apenas se distinguían bajo una luz gris que parecía haber adelantado la noche.

Durante varios días, Andrés había sido el sospechoso perfecto para cualquiera que necesitara una explicación rápida: años de discusiones con Berta, una bronca reciente y aquella frase que Mateo había oído, «esto se iba a terminar de una vez».

Todo parecía empujar en la misma dirección siempre que nadie se detuviera demasiado en comprobar cuándo había ocurrido cada cosa.

—¿Él os dijo desde el principio lo del Centro Cultural?

—Sí.

—¿Y por qué no lo habíais dicho antes?

—Porque comprobar una coartada no consiste en repetirla.

Conchi aceptó la respuesta sin discutir.

—Claro.

—Y porque, mientras la estábamos verificando, no tenía sentido que empezara a circular como una verdad cerrada.

—Aunque el pueblo ya lo hubiera condenado.

—El pueblo no trabaja con nuestro criterio.

Eso era bastante evidente.

Conchi cogió la taza y dio un sorbo. El café se había enfriado un poco, aunque todavía estaba lo bastante caliente para resultar agradable.

—Entonces la frase de la discusión tampoco cambia nada.

—Cambia lo que realmente puede cambiar. Sabemos que la dijo y sabemos también que, separada de su contexto, suena peor de lo que necesariamente significaba.

—Él me dijo que quería terminar con la disputa.

—Eso encaja con lo que hemos reconstruido de aquella conversación. Andrés estaba harto y Berta también. El conflicto era real, pero una frase pronunciada durante una discusión no se convierte por sí sola en una amenaza.

Conchi recordó al propio Andrés junto a la fuente, reconociendo que incluso a él le parecía que sus palabras sonaban mal después de la muerte.

No había intentado negar la bronca ni presentarse como alguien que nunca hubiera tenido problemas con Berta.

Había admitido que estaba cansado de ella algunos días y, sobre todo, que llevaba años harto de una disputa que parecía incapaz de desaparecer.

—Entonces queda fuera.

—La cronología lo coloca fuera de la franja crítica de la muerte.

Conchi sonrió.

—Otra vez la precisión.

—Otra vez.

Lucía hizo una breve pausa antes de continuar.

—Y, antes de que preguntes, que Andrés quede fuera de esa franja no convierte automáticamente en sospechosa a Marta por ser la siguiente Roldán.

Conchi soltó una carcajada.

—Empiezas a adelantarte demasiado.

—Me lo pones fácil.

—No iba a preguntarte por Marta.

—Claro.

—De verdad.

—Entonces estoy perdiendo facultades.

Conchi apoyó la taza sobre la mesa.

—Lo que sí iba a preguntarte es si Andrés ya sabe que habéis comprobado dónde estaba.

—Sí.

—¿Y el pueblo?

—Eso no es asunto nuestro.

—Acabará sabiéndolo.

—Probablemente, pero una cosa es que se sepa y otra que organicemos una rueda de prensa en la plaza.

La imagen hizo sonreír a Conchi.

—Sería entretenido.

—Para ti, quizá.

La conversación terminó poco después. Lucía no dio nombres de testigos ni horarios exactos del Centro Cultural, y Conchi tampoco se los pidió.

Unos días antes, aquella ausencia de detalles le habría dejado la sensación de que le faltaba algo importante; ahora empezaba a resultarle completamente normal no conocer cada comprobación que hacía la Guardia Civil.

Colgó y se quedó mirando la lluvia.

En menos de veinticuatro horas, dos de las líneas que más rumores habían generado empezaban a colocarse en su sitio.

Los daños de los castaños no procedían de la poda de Diego y su horario lo mantenía fuera de la franja crítica.

Ahora Andrés, el vecino que llevaba años enfrentado con Berta, estaba en el Centro Cultural mientras ella moría.

Lo curioso era que los hechos que habían alimentado ambas sospechas seguían siendo ciertos.

Diego había discutido con Berta y tenía dinero retenido; Andrés había protagonizado una bronca reciente y pronunciado una frase que, escuchada después de una muerte, parecía casi diseñada para convertirse en rumor.

Nada de aquello había desaparecido. Lo que había cambiado era el significado que podía atribuírsele una vez comprobados los horarios.

Conchi abrió de nuevo la revista, aunque no consiguió recuperar la lectura. Después de releer dos veces el mismo párrafo, se levantó para llevar la taza a la cocina. Lili la siguió con la mirada desde el radiador.

—No, a ti tampoco te voy a contar quién queda.

La perrita bostezó sin levantarse.

—Muy bien. Gracias por el interés.

A las seis y media, la lluvia aflojó lo suficiente para que Conchi decidiera salir diez minutos a comprar leche y airearse un poco.

La plaza tenía el brillo oscuro que dejaban las farolas sobre el suelo mojado y apenas había gente fuera.

Caminó deprisa, procurando no pisar los charcos que empezaban a formarse junto a los bordillos.

Al doblar hacia la tienda se encontró con Andrés.

Llevaba un paraguas cerrado en una mano y una bolsa de papel en la otra. Al verla, se detuvo.

—Hola.

—Hola.

Hubo un pequeño silencio. Andrés parecía menos tenso que la última vez que habían hablado, aunque aún conservaba la expresión cansada de quien había pasado demasiados días sintiendo miradas a su espalda.

—Me han dicho que ya sabes lo del Centro Cultural.

Conchi no preguntó quién se lo había contado.

—Sí.

Andrés asintió.

—Por fin sirve de algo pasar una tarde escuchando hablar de subvenciones.

La broma la sorprendió y le hizo sonreír.

—Siempre hay un lado bueno.

—No te creas. Fue bastante aburrido.

Se quedaron bajo el alero de una casa cuando empezaron a caer otra vez gotas más gruesas.

—Supongo que ahora dejarán de mirarte —dijo Conchi.

Andrés soltó aire.

—Algunos, sí. Otros dirán que tuve suerte de tener coartada.

—La gente siempre encuentra trabajo.

—Eso parece.

Cambió la bolsa de mano antes de continuar.

—Lo peor ha sido pensar que una frase dicha enfadado podía quedarse pegada a ti como si explicara todo lo demás.

Conchi recordó las palabras exactas.

—«Esto se iba a terminar de una vez».

—Sí.

—Suena mal.

—Ya lo sé.

—Pero no es lo mismo que decir que ibas a acabar con Berta.

Andrés la miró con seriedad.

—Nunca quise hacerle daño.

Conchi sostuvo su mirada.

—Eso ya no depende de cómo sonara aquella frase. Depende, entre otras cosas, de dónde estabas.

Por primera vez desde que habían empezado a hablar, Andrés pareció relajarse de verdad.

—Mira tú. Ahora hablas como la Guardia Civil.

—Me lo dicen mucho últimamente.

—Pues cuidado.

—Lo intento.

Andrés volvió la vista hacia la plaza.

—Berta y yo nos llevábamos mal por ese asunto. No voy a negarlo ahora que está muerta. Hubo años en los que no podíamos vernos sin acabar hablando de una piedra o de un metro de terreno, pero también temporadas en las que casi ni tocábamos el tema.

—Marta quería terminarlo.

—Sí.

—Y Berta también parecía cansada.

Andrés hizo un movimiento lento con la cabeza.

—Al final estábamos todos cansados. Quizá fuera lo único en lo que habíamos terminado poniéndonos de acuerdo.

Conchi pensó inevitablemente en Óscar. Por lo que habían contado Marta y Adela, él parecía vivir aquella disputa de una manera distinta, menos como un problema agotador y más como una cuestión de orgullo familiar que no podía cerrarse fácilmente sin sentir que los Velasco estaban cediendo.

No dijo nada de eso.

—¿Tú sabías que Berta y Marta iban a reunirse? —preguntó.

Andrés la miró y Conchi comprendió, apenas un instante tarde, que acababa de volver a hacer exactamente aquello que llevaba varios días intentando regular.

—Sabía que Marta estaba moviendo el asunto —respondió él—. Los detalles, no.

Conchi asintió.

—Vale.

Y no añadió ninguna pregunta más.

Andrés pareció darse cuenta.

—¿Ya está?

—Ya está.

—Estás rara.

—Estoy aprendiendo.

Él se rio.

—Pues que te dure.

Se despidieron cuando la lluvia volvió a apretar. Conchi compró la leche y regresó a casa antes de que el paraguas empezara a gotear por una de las costuras.

Mientras se secaba el pelo con una toalla, volvió a pensar en lo fácil que había sido construir sospechas enteras con hechos verdaderos colocados en el orden equivocado.

Diego tenía un posible motivo y una discusión reciente; Andrés, una enemistad visible y una frase desafortunada.

Todo aquello era real y, sin embargo, ninguno de los dos encajaba ya en la franja en la que había muerto Berta.

No porque hubieran dado explicaciones más convincentes que los demás, sino porque sus horarios podían comprobarse.

Eso dejaba menos ruido alrededor de otras líneas de la investigación, incluida la de Óscar, pero no convertía el espacio que quedaba libre en una prueba contra nadie. La caída de Andrés no demostraba nada nuevo sobre el sobrino de Berta, del mismo modo que la caída de Diego tampoco lo había hecho.

Conchi empezaba a entender que descartar una historia no significaba haber encontrado automáticamente la correcta.

Solo significaba que había una historia menos capaz de sostenerse.