Capítulo 19
El domingo por la tarde seguía despejado y frío, aunque el sol empezaba a perder fuerza sobre las fachadas. Conchi salió con Lili, todavía con la conversación de unas horas antes dando vueltas en algún rincón de la cabeza, aunque había decidido no dedicarle más tiempo.
Óscar había querido orientarla hacia los Roldán.
Eso era lo único que podía afirmar sin añadir nada.
También sabía que los daños de los tres castaños no procedían de la poda de Diego y que parte de aquellas lesiones parecían posteriores e intencionadas, pero ninguna de esas cosas autorizaba a unir automáticamente los árboles, el cierre y las palabras de Óscar como si fueran piezas de una historia ya resuelta.
Precisamente por eso agradeció que Lili se entretuviera durante varios minutos junto a una pared donde, al parecer, había ocurrido algo de enorme importancia durante la noche.
—Tómate tu tiempo. Yo no tengo ninguna investigación que dirigir.
La perrita continuó olisqueando sin mostrar el menor interés por el comentario.
Conchi sonrió y se ajustó mejor la bufanda. Había empezado a hablarle más desde que murió Berta, quizá porque Lili tenía una ventaja sobre casi todos los habitantes de Valdecerezos: escuchaba sin sacar conclusiones y, sobre todo, no repetía nada en La Tahona.
Dieron una vuelta corta por las calles próximas a las Moreras. Conchi no tenía ningún recado urgente y esperaba regresar pronto a casa para poner una lavadora y llamar a Fernando, pero al llegar a la plaza vio el vehículo de la Guardia Civil estacionado junto al ayuntamiento.
No redujo el paso.
Esa reacción, por pequeña que fuera, le produjo cierta satisfacción.
Una semana antes habría notado inmediatamente la tentación de preguntarse qué hacían allí Álvaro y Lucía, a quién habían ido a ver o si había ocurrido algo nuevo.
Aquella tarde consiguió seguir andando como si un coche oficial fuera exactamente lo que era: un coche aparcado delante de un edificio municipal.
La decisión duró poco.
—Conchi.
La voz de Álvaro llegó desde la puerta del ayuntamiento.
Ella se volvió.
—Eso es hacer trampa.
Él bajó los dos escalones de la entrada.
—¿Qué he hecho?
—Justo estaba consiguiendo no preguntar qué hacíais aquí.
—Pues no preguntes.
Conchi lo miró.
—Qué fácil.
Álvaro sonrió. Llevaba una carpeta fina bajo el brazo, aunque no hizo ademán de abrirla.
—¿Tienes unos minutos?
—Eso depende mucho de cuánto duren tus minutos.
—Podemos dar una vuelta.
La propuesta le pareció preferible a quedarse delante del ayuntamiento. Había dos personas entrando y saliendo del edificio y Conchi había aprendido lo rápido que una conversación podía adquirir otro aspecto cuando ocurría a la vista de todo el mundo.
—Voy hacia casa.
—Te acompaño un tramo.
Echaron a andar con Lili entre ambos. Durante los primeros metros Álvaro no habló de Berta. Comentó que la carretera había amanecido con algo de hielo en las zonas de sombra y preguntó si la calefacción de casa de Conchi seguía haciendo aquel ruido que ella había mencionado unos días atrás.
La normalidad del inicio no la engañó.
—Puedes empezar cuando quieras.
Álvaro la miró de reojo.
—¿Empezar qué?
—Lo que sea que me ibas a contar.
—Cada día eres más impaciente.
—Y tú das demasiadas vueltas.
Álvaro dejó escapar una risa.
—Hemos terminado algunas comprobaciones sobre Diego.
Conchi notó cómo la conversación cambiaba de peso sin necesidad de que ninguno modificara el paso.
—¿Sobre los castaños?
—También, pero eso ya lo conoces. Me refiero a la tarde en que murió Berta.
La precisión hizo que Conchi prestara más atención.
Desde que Diego había contado que tenía una cita con Berta para revisar los tres árboles y discutir los doscientos cuarenta euros retenidos, su presencia en Valhondo había quedado rodeada de demasiadas cosas incómodas.
Había discutido con ella, tenía un interés económico real y había sido quien encontró el cuerpo.
La valoración técnica de los castaños había debilitado una parte de aquella historia, pero todavía quedaba la cuestión más sencilla de todas: dónde estaba Diego antes de llegar a la finca.
—¿Habéis podido fijarlo?
Álvaro asintió.
—Con bastante margen, sí.
Lili se detuvo junto a una farola y Conchi esperó mientras Álvaro hacía lo mismo.
—Diego estaba trabajando esa tarde en otra finca —continuó—. No muy lejos del pueblo, pero suficientemente apartada de Valhondo.
—Eso ya lo había dicho él.
—Sí. Lo importante es que podemos respaldarlo.
Conchi levantó ligeramente las cejas.
—¿Hasta qué hora?
Álvaro tardó un segundo.
—Aproximadamente hasta las cinco y dieciocho.
La hora quedó inmediatamente fijada en su cabeza.
—¿17:18?
—Sí.
—¿Y eso está comprobado por alguien?
—Por más de una cosa.
La respuesta era deliberadamente imprecisa, pero Conchi sabía que no iba a conseguir más detalles sobre registros o declaraciones que no necesitaba conocer.
—Entonces no podía estar en Valhondo antes.
—No voy a formularlo de esa manera porque siempre existe cierto margen cuando reconstruimos desplazamientos. Lo que podemos decir es que estaba terminando ese otro trabajo aproximadamente a las 17:18 y que la secuencia posterior encaja con su llegada a Valhondo.
Conchi retomó el paso cuando Lili decidió que la farola había quedado suficientemente investigada.
—¿A qué hora llegó?
—En torno a las cinco y veintiocho.
Esta vez no necesitó repetirlo. Las dos horas quedaron inmediatamente fijadas en su cabeza: 17:18 y 17:28, apenas diez minutos de diferencia.
—¿Y después encontró a Berta?
—Sí.
Conchi permaneció unos segundos en silencio.
—Entonces la cita con ella era real.
—Sí.
—La discusión por el dinero era real.
—También.
—Y los doscientos cuarenta euros seguían retenidos.
—Correcto.
—Pero su horario no encaja con que estuviera allí antes de encontrarla.
Álvaro la miró.
—Eso está mejor.
Conchi sonrió.
—Estoy aprendiendo vuestra forma de hablar.
—Espero que no demasiado.
Continuaron caminando. La calle estaba casi vacía a aquellas horas y el sol empezaba a calentar una de las paredes de piedra. Lili caminaba ahora sin detenerse, quizá porque había decidido que los humanos podían conversar perfectamente mientras avanzaban.
Conchi volvió sobre las horas.
—¿Sabéis cuánto tiempo tardó en llegar desde la otra finca?
—Lo hemos comprobado.
—No me digas que no necesito saberlo.
—No necesitas saberlo.
Ella soltó una risa.
—Sois muy previsibles.
—Nos ayuda mucho.
La conversación podría haber quedado allí, pero había algo que Conchi quería entender bien.
—Cuando dices que la línea de Diego pierde fuerza, ¿quieres decir que queda descartado?
Álvaro tardó unos segundos antes de responder.
—Quiere decir que la combinación que parecía comprometedora —el dinero retenido, la discusión, la cita y el hecho de que encontrara el cuerpo— ya no sostiene una explicación razonable del homicidio cuando añadimos las comprobaciones técnicas y temporales.
Conchi procesó la frase.
—Pero no me estás diciendo simplemente «Diego es inocente».
—Te estoy diciendo qué hechos hemos podido comprobar. Las conclusiones formales corresponden a la investigación.
—A veces parece que os pagan por evitar una frase sencilla.
—A veces nos pagan precisamente por eso.
La respuesta la hizo sonreír.
Habían llegado a una pequeña esquina desde la que se veía parte de la plaza a lo lejos. Dos personas conversaban junto a un coche aparcado y una mujer salía de una tienda con una bolsa de tela en la mano. Todo parecía completamente normal.
Conchi pensó en la facilidad con la que Diego había llegado a parecer sospechoso.
No había hecho falta inventar nada.
Berta sí le había retenido doscientos cuarenta euros. Sí habían discutido. Sí tenía previsto volver a la finca. Sí había encontrado el cuerpo.
Cada pieza era verdadera.
El error había estado en pensar que, por estar juntas, debían explicar necesariamente la muerte.
—Eso es lo que más me incomoda —dijo.
Álvaro volvió la cabeza.
—¿Qué?
—Que casi todo lo que parecía señalar a Diego era verdad.
—Las falsas pistas suelen ser más convincentes cuando nacen de hechos reales.
Conchi lo miró.
—Eso ha sonado peligrosamente a clase.
—Ha sonado a que llevo días viendo cómo el pueblo convierte datos sueltos en conclusiones.
—Yo también.
Álvaro se detuvo antes de cruzar la calle.
—Y ahí está precisamente el problema. Si Diego hubiera mentido sobre el dinero, si no hubiera existido la discusión o si la cita con Berta fuera inventada, habría sido más sencillo. Pero nada de eso era falso. Lo que cambia es la interpretación cuando aparece el resto de la información.
Conchi asintió.
La misma reflexión podía aplicarse a Andrés y Marta. Andrés había discutido realmente con Berta y había pronunciado una frase que después parecía oscura. Marta había recibido un mensaje que, leído fuera de contexto, podía resultar sospechoso. Ninguna de esas cosas era inventada.
Y ahora Diego.
—Entonces no basta con encontrar un motivo posible —dijo.
—Nunca basta.
—Ni una discusión.
—Tampoco.
—Ni una oportunidad aparente.
Álvaro la miró con una sonrisa pequeña.
—Te estás poniendo pesada.
—Estoy aprovechando que tengo profesor.
—No soy tu profesor.
—Eso díselo a Lucía, que pone exámenes.
Álvaro se rio.
Durante unos metros hablaron de otra cosa. Él le preguntó por Fernando y Conchi le contó que seguía sin decidir cuándo vendría al pueblo. Después comentaron una obra menor que estaban haciendo en una calle cercana y el frío que parecía haberse instalado definitivamente aquella semana.
La conversación regresó al caso cuando ya estaban cerca de las Moreras.
—Hay una cosa que quiero dejar clara —dijo Álvaro.
Conchi lo miró.
—A ver.
—Que la explicación de Diego pierda peso no convierte automáticamente en mejor ninguna otra.
Ella supo a qué se refería antes de que pronunciara ningún nombre.
—Óscar.
—Por ejemplo.
La respuesta le hizo pensar en el encuentro del día anterior.
—No iba a decir que, si no fue Diego, entonces fue Óscar.
—Me alegro.
—Pero también entenderás que empiezo a mirarlo de otra manera.
Álvaro no respondió inmediatamente.
—Puedes preguntarte lo que quieras. Otra cosa es qué puedes afirmar.
Conchi recordó las palabras de Óscar, su insistencia en los Roldán y la referencia casi calculada a la reputación que ella había adquirido después del caso de Emilio.
—Puedo afirmar que intentó orientarme hacia los Roldán.
—Si eso es exactamente lo que ocurrió y puedes describir cómo lo hizo, sí.
—Y puedo afirmar que dijo que el cierre llevaba bastante tiempo arreglado.
—Sí.
—Mientras Diego lo vio trabajando allí el diecisiete y yo pasé ese mismo día y lo vi distinto.
—También.
Conchi esperó.
—Pero no puedo afirmar que él dañara los castaños.
—No.
—Ni que moviera nada más.
—No.
—Ni que matara a Berta.
—Evidentemente.
Ella suspiró.
—Cada vez dejáis menos sitio para divertirse.
Álvaro sonrió.
—No es exactamente la finalidad.
Al llegar a la esquina de la calle de las Moreras se detuvieron. Desde allí Conchi podía ver su casa y Lili ya había reconocido el recorrido, porque empezó a tirar suavemente en aquella dirección.
—¿Eso era todo? —preguntó.
—Eso era todo.
—Diego estaba trabajando hasta las 17:18 y llegó a Valhondo aproximadamente a las 17:28.
—Sí.
—Y los daños de los árboles no proceden de su poda.
—Eso ya lo sabías.
—Estoy ordenando.
Álvaro levantó una mano.
—Ordénalo sin rellenar nada más.
Conchi puso los ojos en blanco.
—Me tenéis muy poca fe.
—Tenemos experiencia.
Se despidieron. Álvaro regresó hacia el centro y Conchi continuó con Lili hacia casa.
Antes de entrar, se quedó unos segundos junto a la puerta mientras buscaba las llaves en el bolso.
Le parecía extraño que una diferencia de diez minutos pudiera cambiar tanto una historia, aunque en realidad no eran solo diez minutos.
Era el hecho de que Diego pudiera ser situado en otro lugar hasta muy poco antes de aparecer en Valhondo.
Los doscientos cuarenta euros, la bronca y el enfado de Diego cuando Berta puso en duda su trabajo seguían existiendo y explicaban perfectamente por qué la sospecha había encontrado en él un lugar cómodo donde instalarse. Lo que ya no explicaban era la muerte.
Entró en casa. Lili corrió hacia el cuenco de agua mientras Conchi dejó el abrigo sobre una silla y fue a la cocina.
El teléfono tenía un mensaje de Pilar.
¿Café esta tarde o estás interrogando sospechosos?
Conchi sonrió.
Respondió:
Hoy estoy de descanso. Se han acabado los interrogatorios.
La contestación llegó casi de inmediato.
Eso no se lo cree nadie.
Conchi dejó el móvil boca abajo y empezó a preparar algo de comer.
Mientras cortaba una cebolla, volvió a la conversación con Álvaro.
La caída de Diego como explicación principal creaba inevitablemente un espacio.
Durante varios días, él había ocupado una parte considerable de la atención: la deuda, la discusión, los árboles y el descubrimiento del cuerpo componían una historia demasiado fácil de contar.
Ahora esa historia ya no servía, pero desplazar todo aquel peso sobre Óscar habría significado repetir exactamente el mismo error con otra persona.
Alrededor de él seguían abiertas demasiadas preguntas —el cierre, la fecha del arreglo, su relación con Berta y aquella necesidad tan evidente de que Conchi mirara hacia la familia Roldán—, pero la desaparición de una sospecha no demostraba automáticamente la siguiente.
La idea era sencilla y, sin embargo, Conchi sabía que durante los últimos días le había costado aplicarla más de una vez.
Encendió el fuego y dejó la sartén sobre la placa. Desde el pasillo llegó el ruido de Lili acomodándose otra vez cerca del radiador.
Diego había tenido un conflicto real con Berta y podía haber parecido un sospechoso razonable mientras faltaban datos.
Ahora había más datos.
Y esos datos obligaban a mirar su historia de otra manera.
Conchi removió la cebolla y decidió que, al menos aquella tarde, no necesitaba sustituir un nombre por otro.
Le bastaba con aceptar que una posibilidad acababa de hacerse mucho más pequeña.