Muerte entre castaños (Los misterios de Valdecerezos 2) Capítulo 18
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Capítulo 18

El domingo a mediodía, Conchi consiguió pasar casi una hora sin pensar en Valhondo.

No fue una decisión consciente ni ningún triunfo especial.

Simplemente se puso a cambiar unas plantas de maceta en la galería y descubrió que la tierra seca, las raíces enredadas y el empeño de Lili por meter el hocico donde no debía exigían bastante más atención de la prevista.

Cuando terminó, tenía las manos sucias, dos macetas vacías en el suelo y una pequeña montaña de tierra extendida sobre un periódico viejo. Una de las plantas había quedado algo torcida, pero después de intentar corregirla dos veces decidió que podía vivir perfectamente así.

El teléfono sonó mientras recogía.

Conchi se limpió una mano en el pantalón y miró la pantalla. Era Álvaro.

—Dime.

—Buenas tardes.

—Eso espero.

Álvaro se rio.

—¿Interrumpo algo?

Conchi miró hacia Lili, que acababa de encontrar un trozo de raíz debajo de la mesa y lo examinaba con una concentración desproporcionada.

—Una operación delicadísima.

—Entonces llamo luego.

—Ni se te ocurra. Habla.

El tono de Álvaro cambió lo justo para que Conchi dejara la bolsa de tierra sobre una silla y prestara atención.

—Quería comentarte una cosa porque afecta a algo que ya conoces y prefiero que no te llegue deformado por el pueblo.

Conchi pensó en Diego antes incluso de que él dijera el nombre.

—¿Los castaños?

—Sí.

—¿Qué habéis averiguado?

—Lo suficiente para corregir una idea que estaba circulando demasiado deprisa. Los daños de esos tres árboles no encajan con una mala poda de Diego.

Conchi permaneció unos segundos en silencio.

—¿Entonces no los causó él?

—Eso no es exactamente lo que he dicho.

La precisión le recordó inmediatamente a Lucía.

—Ya empezamos.

—Y seguiremos. Tenemos una valoración técnica que permite distinguir el trabajo de poda de unas lesiones posteriores. Hay cortes y daños que no corresponden a lo que hizo Diego.

Conchi volvió la vista hacia la ventana. La tarde empezaba a perder luz y las fachadas de enfrente adquirían ya ese tono frío de los domingos de enero, cuando parecía anochecer antes de que uno hubiera terminado de aprovechar el día.

—¿Posteriores cuánto?

—No podemos darte una fecha cerrada con esa precisión.

—Pero sí son posteriores a la poda.

—Eso sí.

La discusión entre Berta y Diego adquiría otra forma.

Berta le había retenido doscientos cuarenta euros porque pensaba que había estropeado tres castaños; Diego había reaccionado con indignación porque defendía que aquellos daños no procedían de su trabajo.

Ahora una valoración técnica respaldaba, al menos en ese punto, lo que llevaba diciendo desde el principio.

—Entonces Berta estaba equivocada.

Álvaro tardó apenas un instante.

—Berta vio unos daños después de que Diego hubiera trabajado allí. Desde su punto de vista, relacionar una cosa con la otra podía parecer lógico. Eso no significa que la causa fuera la que ella pensaba.

Conchi aceptó el matiz.

—Vale.

—Y hay algo más importante. Que las lesiones no procedan de la poda no significa que sepamos quién las causó.

La frase hizo que Conchi apartara la vista de la ventana.

—¿Fueron provocadas?

Esta vez la pausa fue algo más larga.

—Hay indicios suficientes para considerar que parte de esos daños no fue accidental.

—¿Deliberados?

—Eso es lo que se está valorando.

Conchi apoyó una mano en el respaldo de una silla.

—Álvaro.

—Conchi.

—Sabes perfectamente que acabas de decir casi lo mismo.

—Y tú sabes perfectamente por qué no digo exactamente lo mismo.

No pudo evitar sonreír.

—Sí.

Lili había conseguido acercarse de nuevo a la bolsa de tierra. Conchi la apartó suavemente con el pie y volvió a concentrarse en la conversación.

—¿Diego lo sabe?

—Hemos hablado con él.

—¿Y?

—Y nada que necesites saber ahora.

Unos días antes quizá habría insistido. Aquella tarde no lo hizo. Empezaba a aceptar que conocer algunos datos porque había estado relacionada con ellos no la convertía en parte de todas las conversaciones posteriores.

—Entonces su versión sobre los árboles gana fuerza.

—Sobre los árboles, sí.

—No sobre todo lo demás.

—Exactamente.

Diego seguía habiendo discutido con Berta, seguía teniendo dinero retenido y seguía siendo quien había encontrado el cuerpo.

Que tuviera razón sobre la poda no borraba ninguna de esas circunstancias, del mismo modo que aquellas circunstancias nunca habían demostrado por sí solas que tuviera algo que ver con la muerte.

—¿Y su horario?

—Estamos terminando de comprobarlo.

—Eso significa que no me lo vas a contar.

—Significa que, cuando tengamos algo cerrado que puedas conocer sin complicar nada, ya veremos.

Conchi resopló.

—Cada vez habláis más como manuales.

—Deformación profesional.

—Deberíais tratarla.

Álvaro volvió a reírse, aunque enseguida recuperó la seriedad.

—Hay otra razón por la que te llamo. Como lo de los castaños ya está empezando a circular, es probable que alguien te pregunte si Diego queda descartado.

—No pensaba decirlo.

—Bien.

—Podría limitarme a decir que los daños no encajan con su poda.

—Preferiría que tampoco. Si alguien quiere saber qué hemos comprobado, que nos pregunte a nosotros.

La respuesta le recordó casi palabra por palabra algo que había aprendido durante los últimos días.

—¿Ni siquiera algo que tú acabas de contarme?

—Te lo cuento porque ya estabas dentro de esa línea y porque prefiero que entiendas bien algo que seguramente vas a oír por otras vías. No para que lo repartas por el pueblo.

Conchi miró la tierra esparcida sobre el periódico.

—Entendido.

—Gracias.

—No abuses de mi madurez.

—Intentaré contenerme.

Antes de colgar, Conchi volvió sobre la parte de la conversación que más incómoda le resultaba.

—Si las lesiones son posteriores a la poda y parte de ellas no parecen accidentales, alguien tuvo que intervenir en esos árboles después.

—Es una inferencia razonable.

Conchi esperó.

—Y hasta ahí.

—Hasta ahí.

La llamada terminó poco después.

Dejó el teléfono sobre la mesa y permaneció un momento de pie en la galería.

Lo ocurrido con los tres castaños ya no se parecía exactamente a la historia que había circulado durante los últimos días.

No era únicamente una propietaria descontenta y un trabajador ofendido por una acusación contra su oficio.

Había daños posteriores a la poda y, al menos en parte, existían motivos para pensar que alguien los había causado de forma intencionada.

La asociación con Óscar apareció enseguida.

Adela acababa de contarle aquella misma mañana que Berta estaba cansada de que su sobrino hiciera arreglos y moviera cosas de la finca sin consultarla.

Diego lo había visto trabajando en el cierre y la Guardia Civil sabía que el poste se había desplazado recientemente.

Conchi se obligó a detener el pensamiento ahí.

Berta no le había dicho a Adela que Óscar hubiera tocado los castaños.

Adela no lo había visto hacerlo. Diego lo había situado en el cierre, no junto a los árboles, y la comprobación física del poste no decía quién había provocado aquellas lesiones.

La proximidad de varias piezas podía resultar sugerente, pero todavía no las convertía en una sola historia.

Recogió con cuidado la tierra que había caído fuera del periódico y terminó de limpiar la galería.

Después se lavó las manos y se preparó para sacar a Lili.

Necesitaba tirar una bolsa al contenedor y la perrita había empezado a rondar la puerta con la impaciencia de quien consideraba que toda la tarde había estado dedicada a actividades completamente inútiles.

—Vamos. Pero corto.

Lili salió disparada hacia el recibidor.

El aire era más frío de lo que Conchi esperaba. Se cerró bien el abrigo y caminó hacia la esquina de las Moreras con la bolsa de basura en una mano y la correa en la otra.

Había dejado el paquete en el contenedor y estaba esperando a que Lili terminara de olisquear una pared cuando escuchó su nombre.

—Conchi.

Se volvió.

Óscar Velasco venía desde la dirección de la plaza. Llevaba una chaqueta oscura cerrada hasta el cuello y caminaba con las manos metidas en los bolsillos.

—Hola.

—Hola, Óscar.

Él se detuvo a un par de metros. Parecía cansado, aunque a aquellas alturas Conchi había aprendido a no intentar extraer demasiado de una cara.

—¿Paseando?

Conchi miró a Lili, que estaba empeñada en investigar la base de una farola.

—Ella pasea. Yo la acompaño.

Óscar sonrió ligeramente.

Durante unos segundos pareció que aquello sería todo, pero no se marchó.

—Supongo que ya habrás oído lo de Diego.

Conchi lo miró.

—He oído bastantes cosas estos días.

—Que parece que los castaños no los estropeó él.

La información viajaba deprisa. Álvaro no había exagerado.

—Eso dicen.

Óscar hizo una mueca.

—Al final siempre es lo mismo.

—¿Qué cosa?

—Que en aquella finca pasa algo y terminamos mirando donde no es.

Conchi esperó.

Óscar sacó una mano del bolsillo y señaló vagamente hacia el norte, aunque desde allí Valhondo quedaba oculto por las casas.

—Mi tía llevaba años con problemas con los Roldán. Cierres, árboles, piedras... Todo. Y ahora parece que nadie quiere acordarse.

No había dicho nada que Conchi no hubiera escuchado ya decenas de veces. Lo diferente era la manera de enlazarlo con los castaños.

—Que Diego no causara unos daños no significa que sepamos quién los hizo.

Óscar la miró.

—No. Claro.

Sin embargo, su respuesta tuvo el tono de quien consideraba evidente la continuación.

—Pero ellos entran por su lado —añadió—. Siempre han entrado. Y Andrés llevaba tiempo buscando cualquier motivo para apretar con los lindes.

Conchi notó enseguida el rumbo de la conversación.

—Eso tendrás que contárselo a la Guardia Civil.

—Ya lo saben.

—Entonces mejor.

Óscar guardó silencio un instante.

—Tú misma viste que había cosas cambiadas.

Conchi sintió una pequeña incomodidad.

—Vi un cierre que me pareció distinto.

—Eso.

—No es lo mismo.

Óscar frunció un poco el ceño.

—Bueno, pero sabes a qué me refiero.

Conchi sí lo sabía. Precisamente por eso eligió con cuidado la respuesta.

—Sé lo que vi. No sé quién hizo qué alrededor de la finca ni por qué.

Él bajó la mirada hacia Lili y sonrió de una manera cansada.

—Últimamente habláis todos igual.

—¿Todos quiénes?

—La Guardia Civil. Tú. Todo el mundo midiendo cada palabra como si una frase mal dicha pudiera meterte en un problema.

Conchi pensó en Andrés, en Marta y en Diego. Quizá, después de aquella semana, Óscar no anduviera desencaminado en eso.

—Una mujer ha muerto —dijo—. Supongo que es mejor medirlas un poco.

Óscar asintió despacio.

—Sí.

Volvió a meter la mano en el bolsillo.

—Mi padre pasó media vida diciendo que los Roldán iban ganando terreno poco a poco porque en mi familia nadie quería montar más líos. Cada vez que cedías en una piedra, al año siguiente discutías por la siguiente.

Conchi recordaba haber oído algo parecido de boca de Mateo y Marta. Para Óscar, aquella disputa parecía pertenecer tanto a la memoria de su padre como a la finca de Berta.

—Tu tía parecía cansada de seguir con eso.

La frase produjo un cambio mínimo en su expresión, nada que Conchi hubiera podido describir después con seguridad.

—Mi tía estaba cansada de muchas cosas.

—Adela dice que quería terminar con la disputa.

Óscar apartó un momento la vista.

—Adela habla mucho.

A Conchi no le gustó el comentario.

—Era amiga de Berta.

—Ya lo sé. No lo he dicho por eso.

Hubo una pausa.

Óscar miró hacia el final de la calle antes de continuar.

—Solo digo que es muy fácil hablar de terminar cuando eres tú quien lleva años cediendo. Mi padre no podía soportarlo. Yo tampoco lo entendía.

Conchi permaneció atenta. No había agresividad en su voz, pero sí una convicción difícil de separar de algo mucho más antiguo.

—Marta Roldán llevaba tiempo intentando convencerla —continuó—. Al final, cuando te repiten muchas veces que la culpa es tuya por no ceder, acabas dudando hasta de lo que has visto toda la vida.

Conchi sintió que aquella frase iba dirigida a ella de una manera que las anteriores no.

—¿Por qué me lo cuentas?

Óscar pareció sorprendido.

—Porque tú escuchas.

—También escuchan Álvaro y Lucía.

—No es lo mismo.

Aquello sí la puso alerta.

—¿Qué no es lo mismo?

Óscar se encogió de hombros.

—Que a ti la gente te cree. Después de lo de Emilio... ya sabes.

Ahí estaba.

Conchi llevaba días oyendo versiones de la misma idea, pero por primera vez alguien la utilizaba de forma tan clara dentro de una conversación sobre Berta.

—No creo que eso sea una ventaja.

—Depende.

—¿De qué?

—De si alguien consigue que se escuche lo que está pasando de verdad.

La frase permaneció entre ambos.

Conchi comprendió entonces que Óscar no solo estaba contándole cómo veía el conflicto. Quería que aquella versión tuviera peso precisamente porque se la estaba contando a ella.

—Si tienes algo concreto sobre los Roldán, díselo a la Guardia Civil.

—Ya les he dicho lo que sé.

—Entonces no necesitas decírmelo a mí.

Óscar la miró durante unos segundos. Después sonrió ligeramente.

—Supongo que no.

—Supongo que no.

Lili tiró de la correa en dirección a casa.

Óscar dio un paso atrás.

—No quería molestarte.

—No me has molestado.

—Nos vemos.

—Hasta luego.

Conchi lo observó alejarse unos metros antes de continuar hacia las Moreras.

La conversación la había dejado más incómoda que cualquier comentario de Carmen.

No porque Óscar hubiera aportado una prueba contra los Roldán —no lo había hecho—, sino porque había intentado colocar delante de ella una historia completa utilizando hechos que ya conocía: el conflicto antiguo, el cansancio de Berta, los accesos entre las fincas y la memoria de su padre.

Todo podía ser cierto sin que lo fuera necesariamente la conclusión a la que Óscar quería conducirla.

Al entrar en casa encontró la planta torcida exactamente igual que antes. Lili se fue directa al salón mientras Conchi se quitaba el abrigo.

Miró la maceta unos segundos y resistió la tentación de volver a enderezarla.

Aquella tarde había aprendido dos cosas distintas. La primera era que alguien había dañado los castaños después de la poda de Diego. La segunda no tenía que ver con árboles: Óscar había querido que Conchi mirara hacia los Roldán.

Por ahora, ninguna de las dos cosas demostraba quién había matado a Berta. Pero la segunda confirmaba algo que Pilar ya le había advertido: algunas personas no se acercaban a ella para ayudarla a entender; a veces se acercaban esperando que su versión llegara más lejos.