Capítulo 17
La mañana del domingo amaneció despejada y fría, con una luz tan limpia que las sombras parecían recortadas sobre las fachadas.
Conchi aprovechó para sacar a Lili antes de que el pueblo terminara de despertarse.
No tenía ningún recado urgente ni un destino concreto; simplemente tomó la calle que bajaba hacia el Barrio de la Fuente y dejó que la perrita eligiera el ritmo.
Los últimos días le habían enseñado que caminar sin buscar nada era más difícil de lo que parecía.
Cualquier coche aparcado, cualquier conversación a media voz o cualquier nombre conocido podía despertar una pregunta.
Aun así, aquella mañana hizo el esfuerzo de no convertir el paseo en una colección de detalles.
Lili olfateó dos esquinas, se empeñó en investigar una bolsa vacía atrapada bajo un banco y terminó tirando hacia la fuente vieja como si llevara semanas esperando aquella oportunidad.
Conchi la siguió sonriendo.
—Tú sí que sabes organizarte el domingo.
Al llegar a la calle donde vivía Adela Mora, la encontró junto a la puerta de su casa, sacudiendo una alfombrilla pequeña contra el muro. Llevaba un jersey grueso bajo el abrigo y el pelo recogido de cualquier manera. Cuando las vio acercarse, dejó la alfombrilla apoyada en el suelo.
—Conchi. Ven un momento.
El tono no era alarmado, aunque tampoco parecía el de un simple saludo.
Conchi acortó un poco la correa de Lili antes de acercarse.
—Buenos días.
—Buenos días. ¿Tienes prisa?
—Ninguna.
Adela miró hacia ambos lados de la calle, aunque no había nadie cerca.
—Llevo varios días pensando si decirte una cosa.
Conchi sintió la reacción automática que llevaba toda la semana intentando controlar: primero curiosidad y después cautela. Las conversaciones con Pilar y las advertencias de Lucía seguían demasiado recientes para olvidarlas.
—Si tiene que ver con Berta y crees que puede ser importante, lo mejor es que se lo cuentes a la Guardia Civil.
—Ya se lo he contado.
La respuesta la tranquilizó más de lo que esperaba.
—Entonces bien.
—Pero también quería decírtelo a ti. Te conozco y sé que estás dándole vueltas a todo esto, aunque ahora quieras hacer como que no.
Conchi estuvo a punto de protestar, pero decidió no hacerlo.
—Te escucho.
Adela abrió la puerta de casa.
—Entra un momento, que aquí fuera me estoy quedando helada.
Conchi dudó por Lili, pero Adela señaló hacia el pequeño recibidor.
—Que pase también. Mientras no me rompa nada, no hay problema.
—No prometo nada.
—Pues entra tú primero y ya veremos.
La casa olía a café recién hecho y a madera. Adela dejó el abrigo en un perchero y Conchi se sentó en una de las sillas de la cocina mientras Lili inspeccionaba el suelo con una seriedad excesiva.
Sobre la mesa había una taza a medio terminar y un plato con dos galletas.
Adela se acomodó frente a ella.
—Fue el martes. El día antes de que la encontraran.
Conchi no dijo nada y esperó.
—Berta vino por aquí a media mañana. Nada raro. A veces pasaba y nos tomábamos un café. Éramos amigas desde hacía una vida, ya lo sabes.
Conchi asintió. Adela y Berta pertenecían a esa clase de amistades que no necesitaban verse todos los días para seguir existiendo.
—Estaba cansada —continuó Adela—. No triste. Cansada de la finca, de los Roldán, de Óscar y de todo lo que llevaba años arrastrando.
Conchi levantó un poco la mirada.
—¿De Óscar también?
La pregunta salió antes de que pudiera evitarla, aunque esta vez estaban solas y Adela había abierto la conversación por voluntad propia.
—De Óscar especialmente en ese momento.
Adela apartó la taza y apoyó los antebrazos en la mesa.
—Me dijo que quería terminar con lo de los lindes de una vez. Que Marta estaba intentando poner orden y que ella ya no tenía ganas de seguir discutiendo por medio metro arriba o abajo hasta morirse.
Conchi recordó la reunión que Berta y Marta tenían prevista para el jueves, una cita que nunca había llegado a celebrarse.
—¿Dijo que hubiera aceptado la propuesta de Marta?
Adela negó con la cabeza.
—No me habló de ninguna propuesta concreta. Me dijo que estaba decidida a acabar con aquello, que no es lo mismo. No sé qué había firmado, acordado o dejado de acordar porque de papeles no me contó nada.
La precisión importaba. Conchi se obligó a guardarla tal como Adela la había expresado, sin rellenar lo que faltaba.
—¿Y Óscar?
—Ahí viene la parte que me ha tenido pensando.
Adela se levantó para servirse más café y señaló la cafetera.
—¿Quieres?
—No, gracias.
Volvió a sentarse con la taza recién llena.
—Berta estaba harta de que Óscar hiciera cosas en la finca sin consultarle. Arreglos, decía ella. Una alambrada, un poste, mover una piedra porque estaba mal puesta... Ese tipo de cosas.
Mientras Adela hablaba, varios recuerdos se ordenaron casi solos en la cabeza de Conchi: el cierre que había visto distinto el día diecisiete, Óscar reconociendo después que había cambiado el poste y tensado el alambre, Diego situándolo allí con herramientas aquel mismo viernes y, por último, la comprobación de la Guardia Civil de que el poste había ocupado otra posición.
No necesitó decir nada. Adela continuó.
—A Berta le molestaba porque era su finca. Óscar ayudaba mucho, eso es verdad, pero se había acostumbrado a decidir algunas cosas como si fueran suyas.
—¿Te dijo qué había hecho exactamente?
—No con detalle. Me habló de arreglos y de mover cosas. Recuerdo lo de los lindes porque estaba enfadada. Me dijo algo así como que iba a decirle que dejara los límites tranquilos y que no tocara nada más por su cuenta.
Conchi se tomó un instante antes de repetir una de las palabras.
—¿Los límites?
—Sí. O los lindes. No recuerdo exactamente cómo lo dijo.
Conchi se obligó a no escoger por Adela la palabra que encajara mejor con todo lo demás.
—¿Y cuándo pensaba hablar con él?
—No me dijo cuándo. Solo que tenía que hacerlo.
Adela dio un pequeño sorbo al café antes de continuar.
—Y también dijo que a Óscar no le iba a gustar.
Aquello hizo que Conchi levantara la vista.
—¿Por qué?
—Porque él se tomaba el asunto de los Roldán casi peor que ella. Berta decía que, para Óscar, aquello era una cuestión de orgullo. Si los Velasco cedían, aunque solo fuera un poco, parecía que toda la familia llevaba décadas equivocada.
Era muy parecido a lo que Marta había explicado días antes.
Óscar interpretaba cualquier concesión como si equivaliera a admitir que su familia había estado equivocada desde siempre.
Dos personas diferentes describían la misma rigidez, aunque ninguna podía saber qué consecuencias reales tenía esa forma de pensar.
Conchi dudó antes de formular la siguiente pregunta.
—¿Berta tenía miedo de Óscar?
Adela respondió casi de inmediato.
—No.
La seguridad con que lo dijo obligó a Conchi a prestarle atención.
—Estaba enfadada con él y cansada de algunas cosas que hacía. Incluso dijo que, si se molestaba, ya se le pasaría. Pero miedo no. Si yo hubiera notado que le daba miedo su sobrino, te lo diría.
Conchi agradeció aquella distinción. Después de una muerte resultaba demasiado fácil convertir una discusión familiar en algo más oscuro de lo que había sido.
—¿Y por qué no pensaste antes que esto podía ser importante?
Adela frunció el ceño.
—Sí pensé en ello. Lo que pasa es que al principio me pareció una conversación de tantas.
Berta llevaba años quejándose de los lindes.
Cuando vino la Guardia Civil, les conté que quería acabar con el problema y que estaba enfadada con Óscar porque hacía cosas en la finca sin consultarle.
Luego, cuando empecé a oír que estaban mirando el cierre y que había un poste cambiado, pensé que quizá esa parte tenía más importancia de la que yo le había dado.
—¿Quién te ha contado lo del poste?
Adela hizo una mueca.
—Conchi, vivimos en Valdecerezos. Aquí se sabe hasta quién compra dos yogures en lugar de cuatro.
—Eso no responde.
—Porque no sé quién empezó. Lo he oído ya varias veces.
Conchi decidió no seguir por ese camino. Intentar averiguar cómo había viajado el rumor solo conseguiría generar otra conversación más alrededor del rumor.
—Hiciste bien en contárselo a la Guardia Civil.
—Ya.
Adela permaneció unos segundos mirando la mesa.
—Lo que me da rabia es pensar que estaba tomando café con ella el martes y hablaba del jueves como si el jueves estuviera garantizado.
La frase cambió de inmediato el peso de la conversación. Durante unos instantes, Berta dejó de ser la mujer alrededor de la que se ordenaban cierres, horarios y mensajes. Volvió a ser simplemente una amiga que hacía planes para dos días después sin imaginar que no llegaría a cumplirlos.
Conchi no encontró ninguna respuesta que pudiera mejorar aquello.
—Lo siento, Adela.
—Yo también.
Lili, que hasta entonces había permanecido tumbada junto a la silla, se levantó y se acercó a Adela. La mujer le acarició la cabeza sin mirar hacia abajo.
—Era muy cabezota —dijo—. Y podía hacerte enfadar como nadie. Pero llevábamos conociéndonos desde niñas.
Conchi dejó que el silencio durara. No quería estropear aquel momento llevando de nuevo la conversación al caso.
Fue Adela quien lo hizo.
—¿Tú crees que eso de Óscar importa?
Conchi pensó la respuesta antes de pronunciarla.
—Creo que importa saber que Berta quería que dejara de hacer algunos arreglos y de mover cosas por su cuenta. Lo que significa exactamente, eso ya no lo sé.
Adela sonrió un poco.
—Siempre dices que no sabes.
—Últimamente estoy practicando.
—Pues te está quedando muy bien.
Conchi se levantó y se puso el abrigo. Antes de que saliera, Adela le hizo prometer que volvería otro día sin necesidad de que hubiera una muerte de por medio y Conchi aceptó sin discutir.
De nuevo en la calle, el aire frío le despejó la cabeza. No tomó el camino de Valhondo y tampoco llamó inmediatamente a Álvaro o a Lucía. Adela ya había contado oficialmente lo que sabía y no había ninguna urgencia que justificara convertir cada dato nuevo en una llamada.
Siguió hacia casa con Lili avanzando unos pasos por delante.
Hasta aquella mañana, la diferencia entre la versión de Óscar y lo que habían ido comprobando podía explicarse todavía como una cuestión de fechas.
Él había dicho que el cierre llevaba arreglado bastante tiempo; Diego lo había visto trabajando allí el día diecisiete y Conchi había observado ese mismo día que la entrada parecía diferente.
Ahora había algo más alrededor de aquel dato.
El martes, un día antes de morir, Berta había contado a una amiga que estaba cansada de que su sobrino hiciera arreglos y moviera cosas en la finca por su cuenta. Incluso tenía intención de pedirle que dejara tranquilos los lindes y que no tocara más cosas sin consultarle.
Eso no decía qué había movido Óscar, ni cuándo, ni por qué. Mucho menos demostraba que tuviera relación alguna con la muerte de Berta.
Pero sí cambiaba el contexto del cierre. Ya no era únicamente una reparación cuya fecha Óscar había situado de una manera que no terminaba de encajar. Formaba parte de una discusión familiar más amplia sobre quién podía decidir qué se tocaba en Valhondo.
Conchi acortó un poco la correa al llegar a la esquina de las Moreras.
Por ahora, aquello era suficiente: Berta quería poner fin a la disputa y también recuperar el control sobre lo que se hacía en su propia finca.
Lo demás seguía estando por demostrar.