Muerte entre castaños (Los misterios de Valdecerezos 2) Capítulo 16
46%

Capítulo 16

Conchi había terminado de recoger la cocina cuando sonó el teléfono. Durante un instante pensó que sería Fernando; los sábados por la noche solía llamar si no habían hablado durante el día. Sin embargo, al mirar la pantalla encontró el nombre de Álvaro.

—Buenas noches.

—¿Te pillo bien?

—Sí. Acabo de cenar.

—Tengo aquí a Lucía. Estamos terminando unas cosas y queríamos preguntarte otra vez por lo que viste el viernes pasado en Valhondo.

Conchi se sentó a la mesa de la cocina. Lili dormía al otro lado de la puerta, cerca del radiador del salón, y la casa estaba tan tranquila que la voz de Álvaro parecía más próxima de lo habitual.

—¿Ha hablado Diego con vosotros?

—Sí. Esta tarde —respondió Álvaro—. Nos ha contado que vio a Óscar trabajando en la entrada de la finca el día diecisiete.

Conchi sintió cierto alivio. Diego había hecho exactamente lo que había dicho que haría y, por una vez, ella no tenía que convertirse en transmisora de una conversación ajena.

—Eso fue lo que me contó a mí.

La voz de Lucía llegó algo más lejana, probablemente desde el otro lado de una mesa.

—Queremos comprobar tu recuerdo sin mezclarlo con el suyo. Vuelve por un momento a tu paseo del diecisiete e intenta apartar lo que Diego te ha contado hoy. ¿Qué viste tú?

Conchi cerró los ojos durante unos segundos. No porque creyera que así recordaría mejor, sino porque quería separar aquella tarde de la imagen mucho más reciente de Diego descargando leña y hablando de Óscar.

El viernes diecisiete había salido simplemente a pasear con Lili. No buscaba nada y no tenía ningún motivo para prestar especial atención a la finca de Berta. Precisamente por eso el cierre se había quedado en su memoria: algo en él no coincidía con la imagen que tenía de otras veces.

—Vi un poste de madera más claro que los demás, como si fuera más nuevo o estuviera menos oscurecido por el tiempo. El alambre me pareció más tenso de lo habitual y el enganche metálico brillaba bastante. Eso es lo que recuerdo.

—¿Viste a alguien trabajando allí? —preguntó Lucía.

—No.

—¿Algún poste tumbado en el suelo?

—No me fijé en ninguno.

—¿Puedes asegurar que el poste que viste estaba colocado en un punto diferente del que ocupaba antes?

Conchi abrió los ojos.

—No. Me pareció distinto el conjunto, pero yo nunca había medido dónde estaba aquel poste. No habría podido decirte entonces si lo habían desplazado veinte centímetros, medio metro o nada.

—Bien. Eso es justo lo que necesitaba.

Conchi sonrió sin demasiado entusiasmo.

—Tu famoso «bien».

—Hoy no he dicho «perfecto».

Álvaro soltó una risa al fondo.

—No la provoques, Lucía.

—Estoy trabajando.

La ligereza duró apenas unos segundos. Cuando Lucía volvió a hablar, recuperó enseguida su tono profesional.

—Hemos estado comprobando la entrada de la finca y puedo contarte una parte porque afecta directamente a lo que nos dijiste. El poste no llevaba semanas exactamente en la posición en la que tú lo viste.

Conchi permaneció callada. Había imaginado que podían encontrar algo parecido, pero oírlo de boca de Lucía convertía su recuerdo en algo muy distinto. Ya no se trataba solo de cómo le había parecido el cierre durante un paseo.

—¿Se había movido?

—Sí. Hay indicios suficientes para establecer que antes ocupaba otra posición y que la modificación es reciente.

—¿Cuánto de reciente?

—No voy a darte una fecha cerrada ni medidas concretas.

Conchi apoyó un codo sobre la mesa.

—Ya sabía que ibas a decir eso.

—Entonces me ahorras la explicación.

—Pero podría encajar con el diecisiete.

Hubo una pausa breve.

—Encaja con que la modificación no es antigua —precisó Lucía—. No es exactamente lo mismo.

Conchi aceptó la corrección antes de intentar discutirla. Era precisamente una de las cosas que llevaba días aprendiendo: que dos datos compatibles podían reforzarse sin demostrar que hubieran ocurrido exactamente como ella imaginaba.

—Vale. No podéis decir que se movió el diecisiete solo porque Diego viera a Óscar trabajando allí y yo lo encontrara distinto ese mismo día.

—Exacto.

—Pero tampoco parece que llevara semanas igual.

—Eso sí podemos decirlo. La idea de que el cierre llevaba mucho tiempo sin cambios encaja peor con lo que hemos comprobado.

Conchi recordó a Óscar junto a Mateo, explicando con absoluta naturalidad que él había cambiado el poste, tensado el alambre y colocado el gancho porque Berta se lo había pedido.

Nunca había negado haber trabajado en aquella entrada.

Lo que empezaba a no ajustarse bien era el momento en que situaba ese trabajo.

—Óscar dijo que aquello estaba hecho desde bastante antes de la muerte de Berta.

—Lo sabemos —respondió Álvaro.

Conchi estuvo a punto de preguntar qué explicación había dado Óscar cuando se lo plantearon, pero Lucía se adelantó.

—Estamos comprobando versiones. No vamos a contarte cada conversación que tengamos.

—No os la he pedido.

—La siguiente pregunta iba a ser qué había dicho él.

Conchi guardó silencio un instante.

—Probablemente.

Álvaro volvió a reírse, esta vez más bajo.

—Os dejo solas y voy a por un café.

—No te atreves —dijo Conchi.

—No.

Aquellas llamadas ya no resultaban frías, aunque tampoco tenían la familiaridad de una conversación entre amigos.

Conchi empezaba a reconocer otra cosa: una cierta confianza construida precisamente sobre los límites.

Álvaro y Lucía escuchaban lo que ella podía aportar, pero no dejaban que confundiera esa escucha con formar parte de la investigación.

—Entonces —dijo—, lo que vi el diecisiete ya no depende solo de mi impresión.

Lucía tardó un momento en responder.

—Vamos a colocarlo bien. Tu impresión sigue siendo tu impresión: aquel día el cierre te pareció distinto.

Lo que nosotros sabemos ahora, por nuestras propias comprobaciones, es que el poste había ocupado otra posición y que el cambio es reciente.

A eso se añade que Diego sitúa a Óscar trabajando en esa zona el día diecisiete.

Son datos relacionados, pero no son el mismo dato.

Conchi miró la mesa. Delante tenía un vaso con un poco de agua que no recordaba haber dejado allí.

—Entiendo. Yo vi un cierre que me pareció reciente. Diego vio a Óscar trabajando junto a la entrada el diecisiete. Y vosotros habéis comprobado que el poste había estado antes en otro sitio y que se movió hace poco. Ninguna de esas tres cosas explica por sí sola por qué se hizo.

—Eso es.

—Ni demuestra qué relación tiene con la muerte de Berta.

—Tampoco.

Conchi dejó que la idea se asentara. Lo importante ya no era simplemente que Óscar pudiera haberse equivocado al hablar de una fecha. Existía ahora una diferencia entre su versión y una comprobación física independiente.

—Entonces, por lo menos, su versión sobre cuándo se hizo el arreglo no encaja demasiado bien.

—Eso está mejor dicho —respondió Lucía—. Después habrá que averiguar por qué.

—Podría haber recordado mal.

—Podría.

—O el trabajo podría haberse hecho en varias veces.

—También.

—O podría haber querido que pareciera más antiguo.

Lucía tardó un segundo más en contestar.

—Esa es otra posibilidad, pero por ahora solo eso: una posibilidad.

Conchi sonrió ligeramente.

—Sabía que ibas a decirlo.

—Entonces voy consiguiendo algo.

La conversación había llegado al punto que importaba. Por primera vez, una versión relacionada con Óscar no terminaba de encajar con algo que la Guardia Civil podía comprobar sobre el terreno. Aun así, aquello seguía estando muy lejos de explicar qué había ocurrido dentro del cobertizo.

Conchi se levantó y caminó hasta la encimera. No necesitaba hacer nada allí, pero estar sentada empezaba a ponerla nerviosa.

—¿Sabéis hacia dónde estaba antes el poste?

El silencio al otro lado fue suficiente para que comprendiera que acababa de acercarse a otro límite.

—No necesito saberlo —añadió antes de que Lucía respondiera.

—No. Y aunque lo supieras, sin el resto de comprobaciones podrías darle un significado que todavía no tiene.

—Ya.

—Quédate con esto: hiciste bien en contarnos un detalle que habías observado antes de la muerte. Diego también hizo bien en comunicar lo que recordó después. A partir de ahí, determinar qué se movió, cuánto, hacia dónde y con qué finalidad es trabajo nuestro.

—No tengo intención de presentarme mañana en Valhondo con una cinta métrica.

—Me tranquiliza muchísimo.

Conchi soltó una risa.

—No sé por qué todos pensáis tan mal de mí.

Álvaro volvió a intervenir desde el fondo.

—Porque te conocemos.

—Pues vaya confianza.

—Precisamente por eso.

La respuesta la dejó unos segundos sin nada que decir.

Miró hacia la puerta del salón. Lili había aparecido en el pasillo y la observaba con expresión paciente, quizá esperando que aquella conversación nocturna terminara de una vez.

Conchi recordó entonces otra cuestión.

—Hay algo más. Diego está convencido de que los daños de los castaños no proceden de su poda.

—Eso también lo estamos comprobando —respondió Álvaro.

—¿Y?

—Y todavía no hay nada que podamos contarte.

Conchi hizo una mueca, aunque ninguno pudiera verla.

—Tenía que intentarlo.

—No tenías que hacerlo —dijo Lucía—, pero sabíamos que lo harías.

La llamada terminó poco después. Álvaro le pidió que, si recordaba algún otro detalle concreto del día diecisiete, se lo comunicara sin intentar reconstruirlo a partir de lo que hubiera escuchado después. Conchi prometió hacerlo y colgó.

Permaneció un rato de pie en la cocina, todavía con el teléfono en la mano. Fuera apenas se oía nada, salvo el paso ocasional de algún coche por la calle principal. Valdecerezos parecía, visto desde aquella casa tranquila, un lugar donde no estaba ocurriendo nada urgente.

Sin embargo, la situación había cambiado un poco.

Hasta ese momento, el cierre había sido primero un recuerdo suyo y después el recuerdo de Diego.

Ahora existía una tercera pieza independiente: la Guardia Civil había comprobado que el poste había ocupado otra posición y que el cambio era reciente.

La manera en que Óscar había situado aquel arreglo semanas atrás resultaba, por tanto, bastante menos sólida que antes.

Conchi abrió el grifo y llenó el vaso. Se obligó a no avanzar más deprisa que los hechos.

No conocía la dirección del desplazamiento, ignoraba quién había decidido hacerlo y tampoco sabía por qué.

Podía haber sido una reparación autorizada por Berta, una modificación hecha en varios momentos o algo relacionado con el conflicto de los lindes.

Incluso si Óscar había sido impreciso al explicar cuándo trabajó allí, eso no decía todavía nada sobre la muerte de su tía.

Lo único nuevo era que su versión no encajaba del todo con lo que empezaban a mostrar otras piezas.

Lili entró por fin en la cocina y se sentó junto a ella.

—No vamos a ningún sitio —dijo Conchi—. Ni a Valhondo ni a medir postes.

La perrita movió una oreja y siguió observándola.

—Te aviso por si estabas haciendo planes.

Conchi apagó la luz de la cocina y regresó al salón. No necesitaba averiguar aquella noche qué significaba el cierre ni buscar una explicación que todavía no podía sostenerse.

Por primera vez tenía algo más útil que una sospecha: una discrepancia concreta que otros podían comprobar.

Y eso era suficiente por ahora.