Capítulo 15
A media tarde, Conchi salió con Lili sin intención de alargar demasiado el paseo.
El frío seguía pegado al suelo desde por la mañana y, en los lugares donde apenas llegaba el sol, la humedad oscurecía las piedras y obligaba a caminar con algo más de cuidado.
Tomó una de las calles que bajaban desde las Moreras hacia la salida del pueblo, más por variar el recorrido que porque tuviera algún destino concreto.
Lili avanzaba con el entusiasmo habitual, deteniéndose en cada esquina como si alguien hubiera aprovechado las últimas veinticuatro horas para reorganizar Valdecerezos sin consultarla.
Conchi la dejó hacer. Después de varios días en los que casi cualquier conversación terminaba desembocando en Berta, agradecía un rato sin versiones, sospechas ni personas esperando de ella una opinión.
Estuvo a punto de conseguirlo.
Al llegar a una casa de piedra situada antes del cruce del camino viejo, vio una furgoneta aparcada junto a la acera y a Diego Soria descargando leña.
Había dejado abiertas las puertas traseras y llevaba los guantes sujetos al cinturón.
Sacaba los troncos de dos en dos y los iba apilando junto a un pequeño cobertizo.
Conchi pensó en continuar. No porque quisiera evitarlo, sino porque no tenía nada nuevo que preguntarle y empezaba a comprender que eso, por sí solo, ya era una buena razón para no convertir cada encuentro en una conversación sobre el caso.
Fue Diego quien levantó la cabeza.
—Conchi.
Ella se acercó lo suficiente para poder hablar sin ponerse en medio del trabajo. Lili olisqueó una de las ruedas de la furgoneta y perdió el interés casi inmediatamente.
—Hola.
Diego dejó dos trozos de leña sobre la pila.
—Lo de ayer... Fui un poco seco contigo.
—Ya te disculpaste.
—Sí, pero luego pensé que podía parecer que me había enfadado porque me estabas pillando en algo.
Conchi lo observó un momento. La frase contenía precisamente una de las trampas que llevaba días descubriendo: cuanto más trataba alguien de explicar por qué se había puesto nervioso, más fácil resultaba que otra persona interpretara ese nerviosismo como una señal.
—No tienes que justificar cada vez que estés de mal humor.
Diego soltó una risa breve.
—Pues últimamente parece que sí.
Regresó a la furgoneta y sacó otros dos troncos. Conchi esperó sin preguntar. Si Diego la había llamado porque quería contarle algo, prefería dejarle decidir hasta dónde.
Él colocó la madera y tardó unos segundos en volver a hablar.
—He estado pensando en los castaños.
—¿En los tres de Berta?
—Sí. Y en la última vez que estuve por allí antes de... bueno, antes de lo del miércoles.
Conchi dejó que continuara.
—Fue el viernes anterior. El diecisiete.
La fecha le llamó la atención inmediatamente. Era el mismo día en que ella había paseado por Valhondo y se había fijado en el poste de madera clara, el alambre más tenso y aquel enganche metálico que parecía nuevo.
—¿Estuviste en la finca?
—Solo un momento. Tenía que recoger unos trozos de madera que habían quedado de una poda anterior. Berta me había dicho que me los llevara cuando pudiera porque le estorbaban cerca del cobertizo pequeño. No fui por los tres castaños de la discusión. Eso vino después.
Conchi asintió. Diego no necesitaba volver a defender delante de ella la calidad de su trabajo.
—¿Y qué has recordado?
Él se quedó unos segundos con una pieza de leña entre las manos antes de dejarla sobre el montón.
—A Óscar.
Conchi no reaccionó.
—Estaba en la entrada —continuó Diego—. Junto al cierre. Entré con la furgoneta hasta donde podía recoger la madera y tuve que pasar cerca de él. Estaba trabajando allí.
Aquello encajaba demasiado bien con el recuerdo de Conchi como para no llamar su atención, aunque se obligó a no adelantarse.
—¿Qué estaba haciendo exactamente?
Diego frunció el ceño mientras intentaba reconstruir la escena.
—Estaba junto al poste. Había uno tumbado en el suelo y él estaba en la zona donde se engancha la alambrada. No me paré a mirar. Le saludé, él me respondió y seguí hacia dentro.
—¿Viste que cambiara el poste?
—No. Vi a Óscar trabajando allí y un poste en el suelo. No me quedé hasta que terminara.
La precisión le gustó a Conchi. Diego no estaba intentando convertir en certeza algo que no había visto.
—¿Y el alambre? ¿Estaba suelto?
—No sabría decírtelo con seguridad. Había herramientas y creo recordar que una parte estaba sin tensar, pero eso no te lo puedo jurar. Lo que sí recuerdo bien es a Óscar y el poste porque tuve que reducir bastante para pasar con la furgoneta.
Conchi miró hacia el extremo de la calle.
Más allá del cruce, el camino descendía entre huertas y pequeños muros todavía húmedos.
El diecisiete ella había recorrido Valhondo a pie con Lili y había encontrado el cierre diferente de como lo recordaba, aunque no había visto a Óscar ni sabía a qué hora había estado Diego allí.
—¿Recuerdas aproximadamente cuándo fue?
En cuanto formuló la pregunta pensó en todo lo que había hablado con Pilar durante los últimos días. Aquella, al menos, tenía una razón concreta.
Diego se encogió de hombros.
—Por la tarde, pero no muy tarde. Tendría que mirar qué hice aquel día para concretar más.
—Entonces no intentes adivinarlo.
—No pensaba hacerlo.
Sacó otro trozo de madera y lo dejó con cuidado sobre los anteriores.
—Lo raro es que no me acordé de esto cuando me preguntó la Guardia Civil.
—Te preguntaron sobre todo por el día en que murió Berta.
—Sí. Por dónde estaba, cuándo llegué, por qué había ido, lo del dinero... También me preguntaron por los días anteriores, pero yo estaba pensando en la discusión de los castaños. No en Óscar arreglando una alambrada cinco días antes.
Conchi comprendió perfectamente la diferencia.
Para Diego, hasta ese momento, aquel cierre no tenía nada de especial.
Óscar se ocupaba con frecuencia de pequeños trabajos en la finca de su tía y verlo con herramientas junto a una alambrada no tenía por qué habérsele quedado grabado como algo importante.
—¿Por qué te has acordado ahora?
Diego tardó unos segundos en responder.
—Porque ayer volvimos a hablar de los castaños y después, en casa, me puse a pensar en las últimas veces que había estado en Valhondo. Me acordé de la madera y, al acordarme de que fui a recogerla, me vi pasando con la furgoneta junto a Óscar.
—¿Berta estaba allí?
—No la vi cuando entré. Después apareció un momento cerca de la casa y me dijo dónde había dejado lo mío. Nada más.
Conchi recordó entonces la conversación que había mantenido con Óscar después de la muerte. No necesitó esforzarse demasiado porque había sido bastante clara: él mismo había reconocido que había cambiado el poste, tensado el alambre y colocado un gancho nuevo.
Hasta ahí no existía ninguna discrepancia.
La diferencia estaba en cuándo había hecho aquel trabajo.
Óscar había hablado del cierre como de algo que llevaba semanas arreglado, bastante anterior a la muerte de Berta. Diego, en cambio, lo situaba trabajando allí el viernes diecisiete, el mismo día en que Conchi había reparado en que el acceso parecía recién cambiado.
—¿Qué pasa? —preguntó Diego.
Conchi se dio cuenta de que llevaba varios segundos en silencio.
—Yo también pasé por Valhondo aquel viernes.
—¿El diecisiete?
—Sí. Iba con Lili y me fijé en el cierre porque me pareció distinto de como lo recordaba.
Diego miró hacia la perrita, que en ese momento estaba ocupada con una mata seca junto al muro.
—Entonces sería lo que estaba haciendo Óscar.
Conchi no contestó inmediatamente.
—Puede ser.
Diego levantó las cejas.
—¿Puede ser?
—Tú viste a Óscar trabajando junto al cierre y un poste en el suelo. Yo pasé en algún momento de esa tarde y el cierre me pareció cambiado. Eso es lo que sabemos de verdad.
—Bueno, tampoco hace falta ser ingeniero.
—No. Pero tampoco hace falta añadir la parte que ninguno de los dos vio.
Diego dejó escapar una media sonrisa.
—Te estás volviendo muy cuidadosa.
—Me está costando bastante, así que déjame disfrutarlo.
Esta vez Diego sonrió un poco más y volvió hacia la furgoneta para comprobar cuánto le quedaba por descargar.
Conchi dudó antes de añadir:
—Óscar me dijo que ese cierre llevaba así bastante tiempo. Semanas, entendí yo.
Diego se quedó quieto.
—Pues el viernes estaba allí trabajando.
—Eso es lo que acabas de contarme.
—Y no estaba simplemente de paso. Llevaba herramientas y había un poste en el suelo.
Conchi volvió a recordar el destello del enganche metálico bajo la luz de aquella tarde. Un detalle tan insignificante que, si Berta no hubiera muerto cinco días después, seguramente habría desaparecido de su memoria sin dejar rastro.
—¿Esto se lo has contado ya a la Guardia Civil?
Diego negó con la cabeza.
—No de esta manera. Ya te digo que me he acordado hoy.
—Entonces deberías hacerlo.
Él la miró.
—¿Crees que importa?
Conchi estuvo a punto de contestar afirmativamente, pero corrigió la respuesta antes de pronunciarla.
—Creo que eso deben decidirlo ellos.
Diego observó la pila de leña y después la furgoneta.
—Vale.
—Cuéntales exactamente lo que recuerdas. Que viste a Óscar trabajando junto a la entrada, que había un poste en el suelo y que no te quedaste a comprobar qué hacía después.
Diego arqueó una ceja.
—Ya sé contar lo que vi.
Conchi se dio cuenta de que había vuelto a adoptar un tono que no le correspondía.
—Tienes razón. Perdona.
—No pasa nada. Después de todo esto supongo que cualquiera acaba añadiendo detalles sin darse cuenta.
Conchi pensó que ni siquiera hacía falta querer adornar un recuerdo. Bastaba con contarlo varias veces para que los bordes terminaran pareciendo más definidos de lo que habían sido al principio.
Diego cerró una de las puertas traseras de la furgoneta.
—Lo que no entiendo es por qué Óscar iba a decir que llevaba semanas así.
Conchi tiró suavemente de la correa cuando Lili intentó acercarse otra vez a la rueda.
—Yo tampoco.
Y prefirió dejarlo ahí.
Podía haber muchas explicaciones. Tal vez el arreglo se hubiera hecho en varios días, quizá Óscar hubiese hablado con imprecisión o Diego estuviera recordando una intervención distinta en el mismo cierre.
Ninguna de esas posibilidades podía descartarse solo porque una resultara más incómoda que las otras.
—Gracias por decírmelo.
Diego se encogió de hombros.
—Si sirve para algo...
—Eso ya no nos toca decidirlo.
Se despidieron y Conchi reanudó el paseo.
Lili recibió el movimiento con entusiasmo y tiró hacia el cruce, aunque Conchi no tomó el camino de Valhondo.
No necesitaba volver a la finca ni mirar otra vez el poste.
Lo que había visto el día diecisiete ya estaba contado y lo que Diego acababa de recordar debía seguir ahora otro camino.
Mientras regresaba hacia las Moreras, repasó una sola vez las palabras de Óscar.
Había admitido haber reparado el cierre, pero había presentado aquel trabajo como algo realizado semanas antes.
Diego acababa de situarlo trabajando en la entrada el mismo viernes en que ella había observado que algo había cambiado.
Por primera vez no se trataba de una discusión, de un rumor del pueblo ni de una frase cuyo significado pudiera deformarse después de una muerte. Eran dos recuerdos independientes que coincidían en una fecha concreta y no encajaban del todo con la versión que Óscar había dado.
Aquello todavía no explicaba nada sobre la muerte de Berta.
Pero sí era una discrepancia suficientemente concreta como para que la Guardia Civil pudiera comprobarla.