Capítulo 14
A mediodía, la historia de los doscientos cuarenta euros había crecido lo suficiente como para no parecer ya la misma que Conchi había escuchado unas horas antes de boca de Diego.
En la plaza, la cantidad circulaba acompañada de palabras como deuda , bronca y hasta amenaza , aunque nadie parecía ponerse de acuerdo sobre qué había ocurrido exactamente ni en qué orden.
Conchi lo comprobó nada más entrar en La Tahona.
Había tres personas esperando junto al mostrador y una cuarta terminaba de guardar una barra en una bolsa de tela.
Pilar atendía sin prisa, aunque la manera en que apretaba los labios cada vez que alguien pronunciaba el nombre de Diego dejaba claro que llevaba un buen rato escuchando versiones parecidas.
—Pues yo te digo que por menos se ha matado la gente —comentó uno de los hombres.
Pilar levantó la vista.
—Y por más no.
—No estoy diciendo que fuera él.
—Ya.
—Solo digo que doscientos cuarenta euros no son veinte.
Conchi se quedó cerca de la puerta y decidió no intervenir. Unos días antes seguramente habría corregido la lógica de aquella conversación antes de pensarlo demasiado; ahora empezaba a descubrir que no todas las afirmaciones equivocadas necesitaban una respuesta suya.
El hombre continuó, animado por su propio razonamiento.
—Además, discutieron.
—Eso sí parece cierto —dijo la mujer que estaba a su lado.
—Y había quedado con ella.
—También.
El hombre abrió las manos, satisfecho.
—Pues blanco y en botella.
Pilar apoyó ambas manos sobre el mostrador.
—¿Blanco y en botella qué?
Él hizo un gesto de impaciencia.
—Nada. Es una forma de hablar.
—Pues busca otra forma.
La mujer soltó una risa pequeña y aquello bastó para rebajar un poco la tensión. En menos de un minuto estaban hablando del precio de la leña y de lo poco que había durado una oferta en la cooperativa.
Conchi esperó a que los demás salieran antes de acercarse.
—Vas a acabar cobrando entrada.
Pilar resopló.
—O cerrando a mediodía.
—Eso te lo creeré cuando lo vea.
Pilar cogió una barra.
—¿La de siempre?
—Sí.
Mientras la envolvía, Conchi volvió la mirada hacia el escaparate. Diego cruzaba la plaza en aquel momento con una chaqueta oscura y una gorra calada hasta las cejas. Caminaba deprisa, pero al ver a Conchi a través del cristal redujo el paso.
Pilar también lo vio.
—Te ha visto.
—Ya.
—No pongas esa cara.
Conchi la miró.
—¿Qué cara?
—La de que preferirías que siguiera andando.
Conchi no tuvo tiempo de responder. Diego vaciló apenas un instante antes de abrir la puerta de La Tahona.
—Buenas.
—Hola —respondió Pilar.
Conchi se volvió.
—Hola.
Durante unos segundos ninguno de los tres encontró una frase que sonara completamente normal. Diego terminó resolviendo el problema acercándose al mostrador.
—Dame una barra y una bolsa de magdalenas.
—¿De las pequeñas?
—Sí.
Pilar empezó a prepararlo mientras Diego dirigía la mirada hacia Conchi.
—Supongo que ya sabes lo de los doscientos cuarenta euros.
No sonó acusador. Sonó cansado.
—Lo sé porque me lo contaste tú.
—Ahora lo sabe medio pueblo.
Conchi sostuvo contra el pecho la barra ya envuelta.
—Eso ya es otra cosa.
Diego soltó aire por la nariz.
—No tanto. Esta mañana me han parado dos personas para preguntarme si era verdad que Berta me debía dinero.
—No te lo debía —dijo Conchi—. Me explicaste que te había retenido esa cantidad porque no estaba conforme con una parte del trabajo.
Diego la miró con cierta gratitud.
—Exacto.
Pilar alzó apenas una ceja mientras terminaba de meter las magdalenas en una bolsa de papel.
—Parece una tontería —continuó Diego—, pero no es lo mismo. Yo había hecho un trabajo. Ella dijo que tres castaños habían quedado dañados y decidió no pagar esa parte hasta que volviéramos a revisarlo. Eso era todo.
Conchi recordó la conversación de aquella mañana. Diego había tardado en reconocer hasta qué punto habían discutido y ese hecho seguía existiendo, aunque el pueblo hubiera simplificado la historia hasta convertir una retención en una deuda y una discrepancia profesional en un posible móvil.
—También discutisteis.
Diego apretó ligeramente la mandíbula.
—Sí.
Pilar dejó la bolsa de magdalenas encima del mostrador.
—¿Queréis que me vaya de mi propia panadería?
Conchi sonrió.
—No estamos interrogando a nadie.
—Me tranquiliza muchísimo.
Diego no sonrió.
—Discutimos porque Berta dijo que yo había destrozado tres castaños y le respondí que aquellos daños no los había causado mi poda.
Conchi notó de nuevo el cambio que ya había percibido esa mañana. Diego podía admitir una discusión o reconocer que había gritado, pero en cuanto alguien ponía en duda su trabajo aparecía otra cosa en su voz: orgullo, enfado y una necesidad evidente de defender su oficio.
—Eso ya me lo dijiste.
—Pues parece que a los demás se les olvida.
—Los demás no estaban allí.
—Tampoco tú.
La frase salió con más brusquedad de la necesaria. Diego se dio cuenta casi inmediatamente.
—Perdona.
—No pasa nada.
Se pasó una mano por la nuca antes de continuar.
—Estoy harto de que ahora todo signifique algo distinto.
Si digo que me enfadé, parece que la odiaba.
Si digo que no quería perder ese dinero, parece que habría sido capaz de matarla por doscientos cuarenta euros.
Y si defiendo que mi trabajo estaba bien hecho, entonces resulta que estoy ocultando algo.
Conchi entendía demasiado bien esa sensación de ver cómo cada frase adquiría otro peso después de una muerte. Aun así, eso no significaba que tuviera que darle la razón.
—Que el pueblo exagere las cosas no demuestra que tú tengas razón sobre los castaños.
Diego levantó la mirada.
—Yo no he dicho eso.
—Has dicho que tu poda no provocó los daños.
—Porque no los provocó.
—Y eso habrá que comprobarlo.
—Ya lo están comprobando.
La firmeza de la respuesta llamó la atención de Conchi. No sonaba a alguien que estuviera pidiéndole confianza; casi al contrario. Diego parecía preferir que un tercero examinara los árboles y terminara con aquella discusión de una vez.
—Entonces deja que lo comprueben.
—Eso intento.
Pilar empujó hacia él la bolsa de magdalenas.
—Y mientras tanto procura no discutir con cada persona que te pregunte.
Diego la miró con agotamiento.
—Es muy fácil decirlo.
—Muchísimo más fácil que hacerlo.
Él pagó y guardó el cambio sin contarlo. Durante un instante pareció dispuesto a marcharse, pero permaneció junto al mostrador.
—Yo no quería hacerle daño a Berta.
La frase cambió el tono de la conversación.
Conchi sostuvo su mirada.
—No tienes que convencerme a mí.
—Ya.
—Ni a Pilar.
Diego asintió.
—También lo sé. Pero parece que últimamente hay que explicarlo todo.
Pilar abrió la boca como si fuera a responder, aunque finalmente decidió no hacerlo.
Diego cogió la barra y las magdalenas, se despidió y salió de La Tahona. Conchi lo vio atravesar la plaza sin detenerse.
—Pobre hombre —dijo Pilar.
Conchi volvió la cabeza hacia ella.
—Eso tampoco lo sabemos.
Pilar la miró con paciencia.
—No he dicho que sea inocente. He dicho pobre hombre.
Conchi tardó apenas un segundo en reconocer la diferencia.
—Ya.
—Estás aprendiendo demasiado bien.
—No te acostumbres.
Pilar apoyó los antebrazos en el mostrador.
—Entonces, ¿tú qué piensas?
La pregunta hizo sonreír a Conchi.
—Que doscientos cuarenta euros son doscientos cuarenta euros.
—Profundo.
—Y que una discusión es una discusión.
—Sigue.
Conchi se tomó un momento antes de continuar.
—Que ambas cosas pueden ser importantes y ninguna explica por sí sola una muerte.
Pilar asintió.
—Eso ya suena mejor.
Conchi guardó el pan dentro de la bolsa.
—Lo que no sé es si Diego está siendo completamente sincero.
—¿Por qué?
—Porque esta mañana empezó quitándole importancia a la discusión. Dijo que habían hablado y solo después admitió que se habían enfadado bastante.
Pilar se encogió ligeramente de hombros.
—Puede ser miedo. Si sabe lo mal que suena una bronca ahora, es normal que intente rebajarla.
—O puede ser otra cosa.
—También.
La respuesta sencilla de Pilar le pareció suficiente. Aquel era precisamente el punto en el que tantas conversaciones de los últimos días acababan estropeándose: alguien planteaba una posibilidad y, unos minutos después, otro empezaba a contarla como si fuera un hecho.
Conchi pagó el pan y salió de La Tahona.
El sol seguía fuera, aunque el aire no había perdido el frío. A mitad de la plaza se cruzó con Carmen Vela.
—¿Has hablado con Diego?
Conchi se detuvo.
—Sí.
Carmen esperó un instante.
—¿Y?
Su curiosidad era casi infantil.
—Y nada.
—¿Nada?
—Nada que vaya a contarte.
Carmen abrió mucho los ojos.
—Qué borde.
—Puede ser.
—Solo preguntaba.
Conchi estuvo a punto de reír. Llevaba demasiados días escuchando aquellas dos palabras.
—Ya.
Carmen continuó su camino con una expresión de ofensa leve que probablemente no le duraría ni hasta la siguiente esquina. Conchi siguió hacia la calle de las Moreras sin sentirse culpable.
Al llegar a casa encontró a Lili dormida exactamente donde la había dejado. La perrita abrió un ojo cuando escuchó la puerta, comprobó que Conchi no llevaba nada especialmente interesante y volvió a acomodarse.
Conchi dejó el pan sobre la mesa, se quitó el abrigo y puso agua a calentar. Mientras esperaba, volvió mentalmente sobre la conversación de La Tahona.
Diego tenía un conflicto real con Berta: doscientos cuarenta euros retenidos, una discusión fuerte y una cita para regresar a la finca. Además, había sido él quien había encontrado el cuerpo. Eran hechos suficientes para que cualquiera empezara a mirarlo de otra manera.
Pero ninguno de ellos, por separado ni todos juntos, explicaba todavía qué había sucedido en el cobertizo.
Conchi estaba empezando a comprender que esa distancia entre una historia sospechosa y una explicación verdadera podía parecer muy pequeña cuando se contaba deprisa.
Precisamente por eso había que tener cuidado de no borrarla.