Capítulo 13
El sábado amaneció con una helada que dejó los coches cubiertos por una fina capa blanca y los tejados brillando bajo un sol que apenas calentaba.
Conchi salió algo más tarde de lo habitual, después de insistir tres veces para que Lili abandonara su rincón junto al radiador.
La perrita aceptó finalmente el paseo con una dignidad ofendida que desapareció en cuanto puso las patas en la calle y encontró algo interesante que olisquear.
Conchi no tenía ningún recado urgente. Quería comprar fruta, dar una vuelta y regresar a casa antes de que el pueblo empezara a llenarse otra vez de conversaciones sobre Berta.
Después de varios días pendiente de palabras, gestos y versiones, agradecía la posibilidad de una mañana corriente en la que nada necesitara interpretarse.
La normalidad duró hasta que llegó a la plaza.
Junto a la fachada del bar había una furgoneta blanca con el portón trasero abierto.
Diego Soria estaba inclinado en su interior, moviendo varias cajas de herramientas.
Conchi lo reconoció antes de que él levantara la cabeza.
Desde la muerte de Berta no habían hablado, aunque lo había visto de lejos en un par de ocasiones, siempre acompañado por alguien o entrando y saliendo de algún sitio con bastante prisa.
Diego cerró el portón con un golpe seco y, al darse la vuelta, la vio.
—Buenos días.
—Buenos días.
Conchi habría seguido caminando si él no hubiera mirado primero a Lili y después a ella con una expresión que parecía debatirse entre un simple saludo y la necesidad de decir algo más.
—¿Tú también vas a preguntarme?
La frase consiguió detenerla.
—No pensaba hacerlo.
Diego se pasó una mano por la barbilla. Llevaba varios días sin afeitarse y tenía unas ojeras que destacaban todavía más bajo la luz fría de la mañana.
—Perdona. Es que últimamente todo el mundo pregunta.
—En eso no eres el único.
Él dejó escapar una risa sin demasiada alegría.
—Ya. Pero yo encontré el cuerpo. Eso parece dar derecho a la gente a saber qué hacía allí, cuánto tiempo llevaba, si discutí con ella o si me debía dinero.
Conchi captó perfectamente la última frase, aunque no se apresuró a tirar de ella. La conversación con Pilar y Lucía seguía demasiado reciente.
—No tienes que contarme nada.
Diego la miró durante unos segundos, como si esperara que aquella frase escondiera una segunda parte.
—¿Eso es todo?
—Eso es todo.
Lili tiró hacia una papelera y Conchi aflojó un poco la correa. Diego volvió la vista hacia la furgoneta.
—Pues sí me debía dinero —dijo al cabo de un momento—. Doscientos cuarenta euros.
Conchi mantuvo la atención en Lili.
—No te lo había preguntado.
—Ya lo sé. Pero se va a saber igualmente.
La frase sonó más cansada que resignada. Diego apoyó una mano en la puerta trasera de la furgoneta.
—Era por un trabajo de poda. Berta decía que había dejado tres castaños mal y decidió retenerme esa parte hasta que volviéramos a mirarlo.
Conchi pensó en la cifra. Doscientos cuarenta euros no era una cantidad insignificante, pero tampoco parecía razonable convertirla automáticamente en explicación de una muerte. Una deuda podía provocar una discusión sin convertirse por ello en un móvil.
—¿Y discutisteis?
Diego hizo una mueca.
—Hablar, hablamos.
La elección de la palabra resultó tan evidente que Conchi levantó la vista hacia él.
—Eso suena a que no os limitasteis a hablar.
Diego soltó aire por la nariz.
—Nos enfadamos. Ya está.
—No hace falta que me lo cuentes.
—No, pero luego parece que estás ocultando algo si no lo dices exactamente como quieren oírlo.
Conchi reconoció enseguida el mismo problema que había visto en Andrés y en Marta: una frase adquiría un peso distinto cuando alguien había muerto después y todo lo anterior empezaba a examinarse con otra luz.
—¿La Guardia Civil lo sabe?
—Claro que lo sabe. Sabe lo de los doscientos cuarenta euros, sabe que discutimos y sabe también que yo tenía que volver a la finca.
Aquello sí era nuevo para Conchi.
—¿Habías quedado con Berta?
Diego asintió, esta vez sin intentar suavizar nada.
—Sí. Para revisar otra vez los árboles. Yo quería que estuviera delante cuando se comprobara todo, porque no pensaba cargar con un daño que no reconocía como mío.
Su manera de hablar cambió ligeramente. Hasta entonces había sonado agotado por los rumores; al referirse a su trabajo apareció algo distinto, una mezcla de orgullo y ofensa.
—Llevo muchos años podando castaños —continuó—. Sé lo que hago. Puedo equivocarme, como cualquiera, pero si alguien me dice que he estropeado tres árboles, quiero verlos y saber exactamente de qué me acusa.
—¿Berta te acusó directamente?
Diego tardó un momento en responder.
—Dijo que las marcas habían aparecido después de mi trabajo.
—No es exactamente lo mismo.
—Para ella sí lo era.
Conchi decidió no insistir. Había aprendido durante aquellos días a reconocer cuándo alguien estaba intentando proteger una parte de su relato, pero también sabía que defenderse no equivalía necesariamente a mentir.
Un hombre salió del bar y saludó a Diego desde la puerta. Él respondió con un gesto. El hombre miró después hacia Conchi y volvió a entrar sin decir nada.
Diego siguió su movimiento con los ojos.
—Eso es lo que te decía.
—¿Qué?
—Que ahora todo el mundo mira. Si estoy hablando contigo, mañana dirán que me has sacado algo.
La escena le recordó demasiado a lo ocurrido con Marta delante del ayuntamiento, aunque esta vez Conchi apenas había formulado unas cuantas preguntas.
—Pues no te he sacado nada.
—Ya lo sé.
—Y si alguien pregunta, puedes decir que hemos hablado porque nos hemos encontrado aquí.
Diego sonrió por primera vez, aunque la sonrisa duró muy poco.
—Eso sonaría todavía más raro.
Conchi acabó riéndose también.
—Puede ser.
El momento alivió algo la tensión. Lili regresó junto a ella después de decidir que la papelera no ofrecía ninguna novedad digna de atención.
Conchi dudó un instante antes de volver al asunto.
—¿Cuándo tenías que regresar a la finca?
Diego miró primero al suelo y después a ella.
—La tarde que la encontré.
Conchi no dijo nada.
—Por eso estaba allí —añadió—. No fui a buscarla sin más. Habíamos quedado para revisar los castaños y hablar del dinero que me había retenido.
—¿A una hora concreta?
Diego vaciló.
—A última hora de la tarde. La Guardia Civil lo sabe.
El límite era bastante claro y Conchi decidió respetarlo.
—Entonces no hace falta que me digas más.
Diego bajó la mirada hacia sus manos.
—Llegar y encontrarla así...
No terminó la frase.
Conchi tampoco intentó completarla. Algunas cosas no necesitaban que alguien ayudara a ponerles palabras.
—Lo siento.
Él asintió.
—Luego empiezas a pensar si tendrías que haber ido antes, si habrías visto algo, si habría cambiado alguna cosa... En fin.
—No puedes saberlo.
—Ya.
Diego abrió de nuevo el portón de la furgoneta y movió una caja que no parecía necesitar ningún cambio de sitio.
—Lo que me fastidia es que ahora todo lo de los árboles parece una historia que me he inventado para quedar bien. Como si estuviera diciendo que no fui allí para cobrar, que no discutí con ella o que no me enfadé.
Conchi recordó su primera respuesta: Hablar, hablamos .
—Al principio lo has contado un poco más suave.
Diego la miró de lado.
—Porque estoy cansado de que una discusión sea lo único que importe.
—Eso les está pasando a más personas.
—¿A Andrés?
Conchi no respondió.
Diego entendió enseguida que no iba a entrar en esa conversación.
—No quiero saberlo. Bastante tengo con lo mío.
—Mejor.
Él la miró de nuevo.
—¿Ves? Ahí sí que pareces policía.
Conchi negó con la cabeza.
—No me hagas más mala fama, que ya tengo suficiente.
La broma funcionó solo a medias. Diego sonrió, pero el cansancio regresó enseguida a su expresión.
—Lo de los doscientos cuarenta euros no es ningún secreto —dijo—. Solo me habría gustado que no pareciera que eso era lo único que había entre Berta y yo.
Conchi dejó pasar unos segundos antes de hablar.
—¿Y qué más había?
La pregunta se le escapó antes de poder valorar si convenía hacerla. Diego, sin embargo, no se cerró.
—Trabajo. Años de trabajo. La había ayudado muchas veces con los árboles, con ramas caídas, con limpiezas y con cualquier cosa que surgiera. También habíamos discutido otras veces y después seguíamos trabajando. Como pasa con mucha gente.
Conchi comprendió entonces qué era lo que los rumores conseguían borrar con más facilidad: todo lo que había existido antes del último conflicto. Una discusión reciente podía ocupar tanto espacio que terminaba ocultando años enteros de una relación.
—Pues quédate también con eso.
Diego arqueó una ceja.
—¿Con qué?
—Con que una bronca no resume una relación entera.
Él no contestó enseguida, aunque algo se relajó en su expresión.
Conchi tiró suavemente de la correa.
—Me voy, que Lili está empezando a pensar que la furgoneta es nuestra.
—Nos vemos.
—Hasta luego.
Se alejó hacia la frutería sin volver la cabeza. Durante los primeros metros procuró no pensar en los doscientos cuarenta euros ni en la cita que Diego tenía con Berta. Lo fácil habría sido escuchar la cifra, sumar una discusión y decidir que todo aquello proporcionaba una explicación.
Pero no lo hacía. Al menos, todavía no.
En la frutería había dos personas esperando. Conchi se colocó al final de la cola y dejó que Lili olfateara discretamente una caja vacía junto a la puerta.
La mujer que tenía delante se volvió.
—¿Estabas hablando con Diego?
Conchi tardó apenas un segundo en responder.
—Sí.
—Dicen que Berta le debía dinero.
Ahí estaba. La cantidad exacta todavía no había llegado a la historia y el dato ya viajaba por el pueblo.
—La Guardia Civil sabrá lo que tenga que saber.
La mujer pareció algo decepcionada.
—Solo preguntaba.
Conchi estuvo a punto de sonreír. Había escuchado aquellas dos palabras demasiadas veces durante la última semana.
—Ya.
Cuando salió de la frutería llevaba una bolsa de mandarinas y una certeza bastante más modesta que las versiones que circulaban por Valdecerezos: Diego había discutido con Berta por doscientos cuarenta euros y había regresado a la finca porque tenían que revisar juntos unos castaños.
Eso era lo que sabía.
Lo que aquella verdad significaba todavía estaba por comprobar.