Capítulo 12
La llamada llegó cuando Conchi acababa de sentarse a cenar.
Había preparado una tortilla pequeña y una ensalada que llevaba ya diez minutos aliñada porque, desde que regresó de La Tahona, se había entretenido ordenando unos papeles que no necesitaban orden y cambiando dos veces de sitio el mismo frutero.
El teléfono vibró sobre la mesa. Conchi miró la pantalla y vio el nombre de Lucía.
—Dime.
—Buenas noches. ¿Te pillo cenando?
Conchi miró el plato.
—Depende. Si tardas mucho, me pillas desayunando.
Lucía dejó escapar una risa breve.
—Serán dos minutos.
—Eso dicen todos.
—Necesito aclarar una cosa sobre lo que te contó Marta ayer.
El cambio de tono bastó para que Conchi dejara el tenedor sobre el plato.
—Vale.
—Cuando te habló del mensaje de Berta, ¿te enseñó el teléfono?
Conchi reconstruyó mentalmente la escena de La Parra. Marta había cogido el móvil y lo había tenido en la mano durante unos segundos, pero no llegó a desbloquearlo delante de ella.
—No.
—¿Viste el mensaje en la pantalla?
—No.
—¿Y la conversación completa?
—Tampoco.
—Entonces, lo que tú sabes de ese mensaje es únicamente lo que Marta te contó.
Conchi comprendió enseguida el motivo de la llamada.
—Sí. Me dijo que Berta había escrito para confirmar la reunión del día siguiente y que había puesto algo como «lo dejamos zanjado».
—Bien. Eso es lo que quería comprobar.
Conchi apoyó la espalda en la silla.
—¿He dicho en algún sitio que llegara a verlo?
—No que sepamos. Pero como ayer hablaste con Marta y hoy han empezado a circular comentarios por el pueblo, prefiero asegurarme de dónde procede cada información antes de que una versión se convierta en otra.
La explicación le pareció razonable y, al mismo tiempo, demasiado familiar. Pilar acababa de hablarle precisamente de eso: de cómo una conversación podía ir cambiando según pasara de una persona a otra.
—Yo no le he contado a nadie el contenido del mensaje.
—No te estoy acusando.
—Ya lo sé.
Lucía guardó un momento de silencio.
—La frase existe dentro de una conversación sobre una reunión. No puede separarse de ese contexto y leerse como si, por sí sola, fuera una amenaza.
Conchi miró la tortilla, que empezaba a enfriarse.
—Eso también lo había pensado.
—Pensarlo está bien. Afirmarlo sin haber visto la conversación completa sería otra cosa.
—No lo he afirmado.
—Perfecto.
La palabra le recordó inmediatamente la primera conversación sobre el cierre. Lucía tenía una forma muy particular de usar perfecto : no parecía un elogio, sino la señal de que una diferencia había quedado colocada en su sitio.
—Te gusta mucho esa palabra.
—Porque funciona.
—A veces irrita.
—También funciona para eso.
Conchi sonrió pese a sí misma.
—¿Hay algo más?
Lucía tardó un instante en responder.
—Sí. Ya que hablamos de Marta, quiero que tengas clara otra cosa. Sabemos que esa tarde estaba trabajando.
Conchi permaneció en silencio unos segundos.
—¿Toda la tarde?
—No voy a darte ahora una cronología completa.
—No te la he pedido.
—Estabas bastante cerca.
Conchi cerró la boca. Lucía tenía razón y eso no contribuyó especialmente a mejorarle el humor.
—Lo que puedo decirte es que su versión laboral es comprobable y que estamos haciendo las verificaciones que corresponden. No estamos leyendo un mensaje y colocando automáticamente a Marta en Valhondo.
—Entendido.
—¿Seguro?
Conchi dejó escapar el aire.
—Lucía, llevo dos días practicando el «no sé».
—Te está sentando bien.
—No abuses.
La conversación podría haber terminado ahí, pero algo le rondaba la cabeza desde la mañana y decidió plantearlo con cuidado.
—Entonces mi pregunta de hoy fue demasiado rápida.
—¿Qué pregunta?
Conchi le contó brevemente lo ocurrido frente al ayuntamiento: Marta con la documentación catastral, las personas alrededor, su pregunta sobre lo que quedaba por decidir y la reacción que había provocado.
Lucía escuchó sin interrumpir.
—¿Le preguntaste delante de otras personas?
—Sí.
—Entonces es bastante posible que el problema fuera más el lugar que la pregunta.
Conchi resopló.
—Ya sois dos.
—¿Pilar?
—Pilar.
—Pues hazle caso.
—Esto empieza a parecer una conspiración.
—Una bastante poco sofisticada.
Conchi miró hacia el salón. Lili estaba tumbada cerca del radiador, con los ojos cerrados y completamente ajena a sus problemas sociales.
—Marta me dijo que preguntara menos.
—Marta está sometida a bastante presión.
—Eso no significa que no tenga razón.
—No. Pero tampoco significa que tengas que convertirte en una estatua.
La respuesta se parecía tanto a lo que Pilar le había dicho unas horas antes que Conchi acabó riéndose.
—Definitivamente estáis hablando entre vosotras.
—Te aseguro que tengo cosas mejores que hacer.
Lucía cambió entonces de tono.
—Escucha. Hiciste bien en contarnos lo del cierre porque era algo que habías visto antes de la muerte y podías describir dejando claros tus límites. Eso puede ser útil. Otra cosa diferente es intentar completar huecos preguntando a personas que pueden sentirse señaladas.
—No quería completar ningún hueco.
—Ya lo sé. Pero la intención no siempre decide cómo recibe el otro una pregunta.
Conchi permaneció callada. Aquella frase resumía, sin adornos, todo lo que llevaba pensando desde el mediodía.
—Vale.
—¿Vale de verdad o vale para que cuelgue?
—De verdad.
—Perfecto.
Conchi cerró los ojos.
—Otra vez.
Lucía se rio.
—Te dejo cenar.
—Gracias.
—Una cosa más.
Conchi miró el teléfono.
—Tus dos minutos son larguísimos.
—Si alguien vuelve a hablarte de Marta, de Andrés o de cualquier otra persona como si estuviera definitivamente descartada o condenada, no des nada por hecho. Estamos comprobando horarios, movimientos y versiones. Habrá cosas que encajen y otras que no.
—Eso ya lo sé.
—Bien.
Conchi esperó un instante.
—No digas perfecto.
—Buenas noches, Conchi.
—Buenas noches.
Colgaron.
Conchi se quedó unos segundos con el teléfono todavía en la mano.
No había recibido ninguna gran revelación.
Marta había estado trabajando aquella tarde y su versión podía comprobarse.
El mensaje que Conchi conocía de oídas pertenecía a una conversación sobre una reunión prevista para el día siguiente.
Ninguna de esas cosas convertía a Marta, por sí sola, en inocente o culpable; simplemente devolvía cada dato a su tamaño.
Y eso, descubría, era bastante más difícil de hacer de lo que parecía.
Cogió de nuevo el tenedor. La tortilla estaba ya tibia, pero todavía aceptable, y empezó a cenar mientras repasaba la llamada solo hasta donde tenía sentido.
Lo que sabía sobre Marta podía resumirse en muy poco: había estado en contacto con Berta, quería solucionar el conflicto de los lindes, tenían una reunión pendiente y aquella tarde estaba trabajando en un lugar y con unos registros que la Guardia Civil podía comprobar.
Lo que ignoraba era mucho más amplio.
No conocía su horario completo, no sabía hasta qué punto Berta había aceptado la propuesta y tampoco había visto el mensaje ni la conversación entera.
Desconocía qué había hecho Marta después del trabajo y qué conclusiones sacarían Álvaro y Lucía cuando terminaran de verificar todo lo que estuvieran comprobando.
Y, sobre todo, no necesitaba saberlo aquella noche.
Terminó de cenar y llevó el plato al fregadero. Mientras abría el grifo, recordó lo cómoda que había resultado durante los primeros días la explicación que circulaba por el pueblo: dos familias enfrentadas, una discusión fuerte, una frase desafortunada y un hombre harto.
Después había aparecido Marta con un mensaje seco y una reunión pendiente, y durante unas horas la historia parecía capaz de inclinarse hacia ella con la misma facilidad.
Aquello empezaba a incomodarla.
No porque existieran varios posibles motivos. Eso era normal. Lo que le molestaba era la rapidez con la que una pieza aislada parecía exigir siempre una conclusión completa.
Secó el plato, lo guardó en el armario y, al volverse, encontró a Lili sentada en la puerta de la cocina.
—Has llegado tarde.
La perrita siguió mirándola.
—No queda tortilla.
Lili no se movió.
—Puedes insistir todo lo que quieras, pero no va a aparecer.
Conchi apagó la luz y pasó al salón con el teléfono en la mano. No tenía intención de llamar a Pilar para contarle la conversación con Lucía, ni tampoco de buscar a Marta para decirle que la Guardia Civil estaba comprobando su horario. Ninguna de las dos cosas le correspondía.
Se sentó con un libro, aunque tardó unos minutos en abrirlo.
Por primera vez desde que había empezado el caso, tuvo la sensación de que el foco podía desplazarse sin necesidad de que apareciera un nuevo sospechoso.
Andrés tenía una discusión y una frase incómoda; Marta, un mensaje y una reunión pendiente; Diego había encontrado el cuerpo, y Óscar conocía la finca mejor que casi nadie.
Todos mantenían alguna relación real con Berta y todos podían aportar hechos capaces de parecer importantes si se observaban aislados.
Lo que todavía faltaba era averiguar cuáles de aquellas relaciones explicaban únicamente una vida complicada y cuáles tenían algo que ver con su muerte.
Conchi abrió finalmente el libro por la página marcada.
Esa diferencia no iba a encontrarla interrogando a nadie en mitad de una plaza.