Capítulo 11
Pilar estaba colocando unas bandejas de rosquillas en el escaparate cuando vio entrar a Conchi. No dijo nada hasta que la puerta se cerró detrás de ella y el sonido de la calle quedó amortiguado por el cristal.
—Tienes cara de haber venido a hablar y no a comprar pan.
Conchi se quitó los guantes y los guardó en el bolsillo del abrigo.
—¿Tan evidente es?
—Un poco.
—Pues dame una barra también, para disimular.
Pilar sonrió y dejó las pinzas sobre el mostrador. A aquella hora de la tarde no había nadie más en La Tahona. El horno llevaba ya bastante tiempo apagado y apenas quedaban unas cuantas piezas de pan en las cestas, junto a una fila de dulces cubiertos con plástico transparente.
—¿Qué ha pasado?
Conchi dudó antes de contestar. Había pasado buena parte de la comida intentando convencerse de que la conversación con Marta no merecía tantas vueltas, pero cada vez que recordaba el tono con que le había dicho que preguntara menos volvía a sentir la misma mezcla de enfado y vergüenza.
—He metido la pata con Marta.
Pilar no pareció especialmente sorprendida.
—¿Mucho?
—Depende de a quién preguntes.
—Te estoy preguntando a ti.
Conchi apoyó las manos en el borde del mostrador.
—Le he hecho una pregunta delante del ayuntamiento. Sobre la reunión que iba a tener con Berta y unos papeles de Valhondo. Se ha enfadado.
—¿Por la pregunta?
—Por la pregunta, por el sitio, por mí... No sé exactamente.
Pilar la observó un instante.
—Eso ya son tres cosas diferentes.
Conchi levantó la mirada.
—No empieces tú también.
—No estoy empezando nada. Te estoy escuchando.
La respuesta hizo que bajara un poco la guardia.
Conchi explicó entonces la conversación con más calma: la referencia catastral, lo que había preguntado sobre la reunión, la gente que estaba alrededor, la reacción de Marta y, sobre todo, esa sensación posterior de que sus palabras habían sonado de una manera muy distinta a como ella las había formulado en su cabeza.
Pilar no la interrumpió hasta que terminó.
—¿Y tú por qué se lo preguntaste?
—Porque me dio curiosidad.
—Bien.
Conchi frunció el ceño.
—¿Bien?
—Sí. Tener curiosidad no es ningún delito.
Conchi soltó el aire.
—Pues Marta no parecía verlo así.
—Marta lleva varios días con medio pueblo mirando a su padre como si ya estuviera condenado.
Y a ella la están metiendo en la misma historia por ser su hija, por los mensajes y por todo lo demás.
Quizá no era el mejor momento para preguntarle, delante de varias personas, qué faltaba por cerrar con Berta.
Conchi hizo una mueca.
—Eso ya me lo he dicho unas cuantas veces.
—Entonces no necesitas que yo te lo diga.
—Pero me lo estás diciendo.
—Porque has venido a contármelo.
Durante unos segundos se miraron en silencio. Pilar acabó alejándose hacia la cafetera y pulsó el interruptor.
—¿Quieres uno?
—Sí.
—Eso sí que lo has contestado rápido.
Conchi se quitó el abrigo y lo dejó sobre una silla mientras Pilar preparaba los cafés. Desde allí podía ver el escaparate. Dos mujeres pasaron por delante, saludaron con la mano y siguieron caminando sin entrar.
—Ayer me dijiste que algunos vienen a contarme cosas y otros dejan de hablar en cuanto aparezco.
—Sí.
—¿De verdad se nota tanto?
Pilar dejó una taza delante de ella.
—No para todo el mundo ni todo el tiempo.
—Eso suena bastante a que sí.
—Suena a que el pueblo no es una sola persona.
Pilar rodeó el mostrador y ocupó la silla de enfrente.
—Hay gente a la que le hace gracia que te fijes en las cosas.
Otros te admiran un poco por lo de Emilio.
Algunos creen que tienes una especie de talento especial que no existe y también están los que se ponen nerviosos porque piensan que cualquier pregunta tuya significa que sospechas de ellos.
Y luego hay gente que intenta utilizarte.
Conchi frunció el ceño.
—¿Utilizarme para qué?
—Para que su versión llegue más lejos.
—Yo no voy repitiendo versiones.
—Ya sé que no. Pero eso no significa que nadie vaya a intentarlo.
Pilar tomó un sorbo de café antes de continuar.
—Si alguien quiere que todo el mundo piense que Andrés era violento, puede contártelo a ti esperando que luego se sepa que tú también lo has oído.
Si otra persona quiere que Marta parezca sospechosa, intentará meterte lo del mensaje en la cabeza.
Y si alguien teme que una conversación pueda acabar llegando a la Guardia Civil, quizá deje de hablar cuando tú entres.
Conchi sintió una incomodidad distinta a la que había experimentado delante del ayuntamiento. Ya no era vergüenza por una pregunta mal hecha, sino la sensación de que una parte de su vida en el pueblo estaba cambiando sin que ella hubiera decidido hacerlo.
—No me gusta nada.
—Normal.
—Yo no he pedido que nadie venga a contarme cosas.
—Tampoco pediste que empezaran a verte de otra manera después del caso de Emilio.
Conchi pasó el dedo por el asa de la taza.
—Entonces, ¿qué hago? ¿Dejo de preguntar?
—No.
La respuesta de Pilar fue inmediata.
Conchi levantó la vista.
—¿Entonces?
—Aprendes a elegir cuándo preguntas y delante de quién.
La sencillez de la respuesta le produjo una pequeña irritación.
—Eso suena muy fácil dicho desde aquí.
—Claro que no es fácil. Pero tampoco es tan difícil de entender.
Pilar dejó la taza sobre el plato.
—Mira lo de Marta. Ayer estabais las dos tomando un café. Ella abrió la conversación y te habló de la cita con Berta. Ahí podías preguntar sin que pareciera que estabas montando nada. Hoy estaba en la calle, con Mateo, papeles y gente alrededor. No era la misma situación.
Conchi sabía que tenía razón y precisamente por eso le molestó un poco más.
—No pensé en eso.
—Pues ahora ya sí.
Pilar no lo dijo como un reproche, y tal vez por eso la frase se asentó con más facilidad.
—También me ha dicho que pregunte menos.
—Eso lo dijo enfadada.
—Puede tener razón.
—En parte.
Pilar se inclinó ligeramente hacia delante.
—Pero no conviertas esto en una penitencia. Tú eres curiosa y siempre lo has sido. Si ahora te propones no volver a preguntar nada, aguantarás dos días y luego acabarás haciéndolo peor.
Conchi sonrió a pesar de sí misma.
—Qué confianza tienes en mí.
—Muchísima. Por eso sé exactamente cuánto durarías.
La puerta se abrió y entró un hombre a comprar dos barras. Pilar se levantó y regresó detrás del mostrador mientras Conchi permanecía con el café entre las manos.
Pilar y el cliente hablaron del frío, del fin de semana y de una entrega que se había retrasado. Ni una sola palabra sobre Berta.
Cuando el hombre salió, Pilar volvió a sentarse.
—Mira. Eso también pasa.
—¿Qué?
—Que no todo Valdecerezos está hablando del caso a todas horas.
Conchi miró hacia la puerta.
—Últimamente cuesta creerlo.
—Porque ahora estás más pendiente.
Aquella respuesta la hizo pensar. Quizá fuera verdad.
Desde la muerte de Berta, cualquier silencio le parecía significativo y cualquier conversación podía acabar desviándose hacia Valhondo.
Era fácil olvidar que, alrededor de todo aquello, el pueblo continuaba funcionando: encargos, averías, comidas, familias, trabajo.
—Esta mañana Carmen me vio hablar con Marta y, cinco minutos después, ya quería saber si me había contado algo.
—Eso es Carmen.
—Sí, pero antes me habría hecho gracia.
—Antes tampoco estabas preocupada por si una respuesta tuya podía convertirse en un rumor.
Conchi terminó el café.
—Supongo que ahí está el problema.
—Una parte.
—¿Cuál es la otra?
Pilar recogió su taza.
—Que a ti también te gusta entender las cosas.
Conchi abrió la boca para protestar, pero la cerró enseguida.
—Vale.
—Y eso no tiene nada de malo.
—Ya.
—Lo malo sería pensar que, porque quieres entender algo, tienes derecho a saberlo todo.
La frase hizo que Conchi permaneciera quieta.
No le gustó, aunque no porque fuera injusta.
Rozaba un punto que llevaba varios días intentando ordenar.
Durante el caso de Emilio, preguntar había tenido un efecto casi inmediato: cada dato parecía acercarla a una verdad que los demás todavía no estaban mirando de la misma manera.
Ahora era distinto. Había personas vivas alrededor de aquella muerte, relaciones antiguas y familias enteras sintiéndose observadas.
—No creo tener derecho a saberlo todo.
—Ya sé que no.
Conchi miró hacia la taza vacía.
—Pero a veces actúo como si hacer una pregunta no costara nada.
Pilar asintió.
—Eso sí.
Conchi se levantó y fue a por el abrigo.
—Estás disfrutando demasiado de esto.
—Muchísimo.
—Se te nota.
Pilar sonrió mientras envolvía la barra de pan que Conchi había pedido al entrar.
—No te castigues por lo de Marta. Si hace falta, ya hablaréis otro día.
—No pienso perseguirla por el pueblo para pedirle perdón.
—Eso sería bastante peor.
—Gracias por la fe.
—De nada.
Conchi cogió el pan y volvió a ponerse los guantes. Antes de abrir la puerta, se volvió hacia Pilar.
—Entonces, según tú, ¿qué tendría que hacer?
Pilar apoyó los codos sobre el mostrador.
—Lo mismo que haces cuando de verdad escuchas a alguien: esperar un poco más antes de preguntar.
Conchi salió a la calle con aquella frase todavía en la cabeza. No le pareció ninguna revelación ni una regla que pudiera aplicar como una receta, pero sí una corrección de rumbo que quizá necesitaba.
Al cruzar frente al ayuntamiento vio a dos hombres conversando junto a la puerta. Uno la saludó y el otro permaneció en silencio durante un instante antes de continuar hablando.
Conchi notó el gesto.
La diferencia fue que esta vez no intentó averiguar por qué se había callado.
Continuó caminando hacia casa, consciente de que no iba a dejar de ser curiosa y de que tampoco podía fingir que sus preguntas eran inocuas solo porque ella no tuviera intención de acusar a nadie.
Tendría que aprender a elegir mejor el momento y, sobre todo, a escuchar cuando alguien quisiera hablar sin empujarlo hacia una respuesta.
Por ahora, le parecía un buen principio.